Ilusiones convertidas en chatarra, por Adriana Bruno

Tarde de domingo en Almagro. Desde un megáfono se escuchaba: “colchones, somier, bajo mesada, aproveche, compro todo”. El hombre que manejaba la camioneta me contó que ya se iba a su casa, porque en apenas dos horas había llenado el flete. «No sabe por acá la cantidad de parejitas que tienen que volver a lo de los padres y no se pueden llevar las cosas que compraron. Antes andábamos más por otros barrios, donde hay casas con gente que estuvo ahí toda la vida, y bueno, después los que quedan se deshacen de todo.” “Pero esto es nuevo. Es feo. Los pibes venden heladeras, muebles casi nuevos. Para mí es buen negocio, pero esto (el flete) lo estoy llenando con las ilusiones de estos chicos, y me da pena también». Un poeta de la calle, lleno de preguntas. “Imagínese la situación –se lamenta-. ¿Cuánto más van a durar esas parejas?”.

A la noche seguí el tema de la usurpación de una casa en el partido de San Martín. En Twitter aparecieron cientos de testimonios parecidos, todos en provincia de Buenos Aires y recientes. La mayoría de quienes lo habían resuelto contaban haberlo hecho al margen de la justicia, contratando bandas (sí, hay específicas para desalojos) o a la misma policía local. El escenario posapocalíptico ya no hace falta imaginarlo.

Mientras, el presidente arrasa con la independencia de los poderes, con lo cual, desde muy arriba les está dando la razón a los usurpados que apelan a la fuerza, ya que la justicia no vale nada.

Hoy una mujer joven dijo que Macri sería como la quimioterapia para terminar con el «cáncer kirchnerista», una analogía muy política por cierto, y nada original. La implosión social de la que hablaba Daniel Arroyo está en curso. No la vemos porque los medios nos muestran la versión organizada de «los pobres» que se expresa en los movimientos sociales. Los implosionados no marchan. Están buscando una manera de sobrevivir, por las malas, igual que los usurpados. O se dieron por vencidos y la vida no vale nada. La de ellos, y la tuya también. La tristeza no tiene fin.

 

  • Adriana Bruno: reconocida periodista que anduvo por algunas de las más importantes redacciones del país -El Periodista, Página 12, Clarín, entre otras-, pasando por fascículos de cocina naturista y demás yerbas. Hoy dice que dejó el periodismo, como si fuera posible tal cosa. Despunta el vicio de escribir y contar lo que ve, en las redes. La Columna Vertebral se siente honrada de marchar junto a ella, una auténtica laburante de los medios. Hoy, sigue respirando la calle y dejando testimonio. El periodismo no se deja.

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