La V Columna |La ilusión del GPS

Verano. Carnaval. Tiempos de conocer ciudades. Tanto ajenas como propias. Bien vale escuchar los consejos de don Edwin:

«Soy un caminador de ciudades. Lo hago por afición, convencido de que para ver de verdad hay que moverse a la velocidad de peatón, no a la del vehículo en marcha. Caminar permite detenerse, tomar las rutas que la curiosidad provoque, hacer las combinaciones que se antojen, ver al ritmo que se desee. Caminar permite conocer las particularidades de la vida de la ciudad, ver los rostros de la gente, mirar detrás de la ciudad vitrina. Caminar es una manera de acercarse a las ciudades y su historia, enterarse de sus interioridades. Las calles son metáforas de la ciudad. Las ciudades se leen. Se leen y se escriben como un texto con códigos propios. Las ciudades son como un archivo histórico, guardan la memoria de los procesos que las formaron, de las vidas que pasaron por allí. Podemos conocer a través de sus espacios y representaciones quienes viven y vivieron, las maneras como se ejerció el poder, las inclusiones y las exclusiones, los miedos y las certezas,las grandes gestas, así como las cotidianidades.» Edwin Quiles, arquitecto y escritor de Puerto Rico

Caminar por la ciudad, alzar la mirada, perderse y reencontrar el camino. Hábitos en desuso. Pocos caminan, casi nadie alza la vista y perderse no se toma como aventura sino como fracaso. El tiempo es oro, ninguna dilación en el camino. Ir con anteojeras derechito al objetivo. Así es que caemos en la ilusión del GPS.

Para ubicar un rancho al que nos invitan a comer un asadito, antes había un modo de guía tan pintoresco como práctico. Casas abandonadas, carteles, árboles inconfundibles, almacenes añosos, todo formaba parte de las señales del camino. Y si te perdías, seguramente descubrías otro pueblo, otras miradas o tonadas. Rostros curtidos, algún chiste al pasar, una leyenda que te larga el vecino más anciano. El camino no es un mero instrumento para llegar, el camino es parte del viaje, es el viaje. 

Si la vida es un camino, no te dejes llevar por las narices de ningún GPS. Nadie podrá decirte con exactitud dónde doblar -a la derecha o a la izquierda?-. Además, digamos la verdad, la gallega del GPS a veces está más perdida que el conductor. Pero habla firme: a 20 metros doble hacia la derecha. Y vos sabés que no, que no tenés que hacerlo, que a la derecha desde hace dos semanas hay un abismo, un abismo que la gallega todavía no sabe. Pero dudas. Al menos duda el conductor del UBER que, por el contrario del taxista, maneja con los ojos puestos en el GPS y obedece, generalmente callado, resentido por estar en ese maldito auto y no poder hacer lo que le gusta. Porque, básicamente, es un desocupado, alguien que hace una changa. Amo, en cambio, a taxistas o camioneros de vocación. A los que les gusta el camino y la charla. 

Y volviendo a las ciudades, no se deslumbren solo con los monumentos. Una vez, le propusieron a Pier Paolo Pasolini que defendiera obra de arte en peligro; eligió un pequeño pueblo del Lazio llamado ‘Orte’. “Es algo humilde, no se puede ni siquiera comparar con algunas obras de arte, de autor, estupendas, de la tradición italiana. Sin embargo yo pienso que esta callecita que no dice nada, así de humilde, tiene que defenderse con la misma buena voluntad, con el mismo rigor, con el que se defiende una obra de arte de un gran autor. Quiero defender algo que todavía no esté establecido ni regulado, que nadie defiende, que es obra, digamos, del pueblo, de toda una historia, de la entera historia del pueblo de una ciudad, de una infinidad de hombres anónimos. Con cualquiera que hables estará inmediatamente de acuerdo en defender un monumento, una iglesia, la fachada de una iglesia, cualquier ruina cuyo valor histórico ya esté consolidado, pero nadie se da cuenta que lo que hay que defender es justamente este pasado anónimo, este pasado sin nombre, este pasado popular”. La cita la hemos tomado de un hermoso libro de Franco Cenci, llamado “Monterotondo Antico”.

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