Miguel de Molina y su pasado peronista, por Teodoro Boot

El 4 de marzo de 1993, a los 85 años, moría en Buenos Aires el célebre tonadillero español Miguel Frías de Molina, más conocido como “Miguel de Molina”, “La Miguela” o “Niño Bonito”.
Nacido en Málaga, en el seno de una familia muy pobre, su destino fue tempranamente signado por las seis mujeres que lo criaron: su madre, su tía y sus cuatro hermanas. Inscripto de niño en un colegio religioso, al llegar a la adolescencia marchó hacia Algeciras, donde consiguió un precario empleo como peón de maestranza en una mancebía regenteada por Pepita la Limpia. De haber seguido un camino diferente, se hubiese dicho que, cierto día, quiso el Señor que una de las pupilas se le ofreciese, lo que el joven rechazó espantado: el acto era contrario a su naturaleza, su moral y su sentido estético. Extrañamente para la tradición católica y española, y señal de los oscuros tiempos venideros, a diferencia de lo ocurrido con Tomás de Aquino no fue considerado santo sino maricón.
Como sea, la experiencia lo llevó a abandonar el burdel y, ya convertido en un personaje de la picaresca andaluza, durante un tiempo se ganó la vida como lazarillo de turistas ansiosos de internarse en el bajo mundo del flamenco. Y puesto que una cosa lleva a la otra, decidido a no ser menos que nadie, se subió a un tablado. Nunca más bajó.
Si bien triunfó en Madrid, su apoteosis fue en una Valencia a la que conmocionó con temas como “El día que nací yo”, “Ojos verdes”, “Triniá” y, muy especialmente, su insuperada versión de la copla de Ramón Perelló y Juan Mostazo, “La bien pagá” (https://www.youtube.com/watch?v=CqU-RQpgbP4.)
Módico republicano, amigo cercano y adorador más que admirador de Federico García Lorca, la guerra civil lo encontrará en Madrid, de donde pronto regresará a una Valencia ahora convertida en capital de la república y centro de ebullición de la intelectualidad de izquierda. Y será en Valencia donde lo sorprenda la llegada de las tropas franquistas.
Torturado no se sabe muy bien si por haber colaborado con la república o por su costumbre de pasearse con un clavel en la oreja, blusa de lunares anudada a la cintura, pantalón muy ajustado, botines y cabello revuelto, no la pasó nada bien en la posguerra.
Sobrevivió explotado por un tal Prieto, testaferro de un jerarca del régimen, para quien se vio obligado a recorrer toda España con Amalia de Isaura y una pequeña compañía a cambio de 500 pesetas mensuales cuando anteriormente había cobrado 5000 por actuación. Después de que el 10 de noviembre de 1939, a la salida de un teatro fuera brutalmente golpeado por tres individuos, entre los que identificó a José María Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde (director general de Seguridad, gobernador civil de Madrid, embajador en Alemania, etc. etc.) y a Sancho Dávila (primo del malogrado José Antonio y jefe territorial de Falange en Andalucía, quien pronto caería en desgracia con el franquismo debido a sus simpatías nazis, lo que ya es decir), fue internado en un pueblo cercano a Valencia, donde se le impidió actuar.
Recién en 1942 pudo conseguir el pasaporte e, invitado por Lola Membrives, viajó a Buenos Aires donde debutó con gran suceso en el teatro Cómico y conoció a una estanciera demente que, perdidamente enamorada de él, no cesó de pedirle matrimonio. Al año siguiente, por presión diplomática española, se le aplicó la “Ley de Residencia” y fue deportado.
Luego de un largo periodo de anonimato y privaciones, en el que siguió siendo acosado –y debe convenirse que mantenido– por la estanciera, en 1945 pudo volver a exiliarse, esta vez a México, donde quedó en medio de una disputa entre el sindicato de actores y el de técnicos que culminó en una violenta balacera en las plateas del teatro en que actuaba. Fue entonces que, por consejo de la excéntrica estanciera, que ni en México lo dejaba en paz, decidió escribirle a Eva Perón.

La Abanderada de los Humildes, hada protectora de todos los desvalidos de la tierra, lo llamó telefónicamente, invitándolo a unirse a la causa del pueblo, a la que se sumó, como no podía ser de otro modo, alegremente y con éxito fenomenal, siendo muy festejado en una función de gala del teatro Colón desbordado de activistas y militantes gremiales. Hasta donde se sabe, la enfermiza pasión de la estanciera no llegaba a tales extremos y finalmente pudo librarse de ella.
El notable intérprete de “Compuesto y sin novia” (https://www.youtube.com/watch?v=X4N1GOFmxl0&feature=related ), colaboró con cuanto festival a beneficio de la Fundación le fuera solicitado y quedó muy conmovido luego de la prematura muerte de su protectora, de quien se había hecho muy amigo. Luego del derrocamiento de Perón, si bien no fue perseguido con la saña con que lo fueron otros artistas, sufrió la discriminación y la hostilidad de los democráticos y durante un corto periodo retornó a España. Pero su corazón había sido definitivamente ganado por los aires rioplatenses.
Retirado en la década del 60, llevó una vida muy modosa y ordenada: salía a la calle sólo para hacer las compras y correr a escobazos a los periodistas españoles, a los que sistemáticamente se negó a concederles entrevistas.
Si bien en 1992 visitó la embajada española al serle concedida por el rey Juan Carlos la Orden de Isabel la Católica, seguía adorando a su Buenos Aires a la que dedicó estos versos:

Esta criolla tierra, es una madre grande
que dulcemente ampara, a sus hijos dispares
de otros mares y tierras y quererlos iguales
porque la Pampa ancha, que Dios bendijo al darle
suelo fértil y amplio, para que a nadie
falte el pan y la justicia

Evidentemente, se había hecho peronista.
El film “Las cosas del querer”, versión libre de su autobiografía “Botín de guerra”, nada dice de esto, pero es la verdad verdadera.

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