Arde rojo junio, por Laura Giussani Constenla

Frío sobre frío. Balas sobre balas. Marmol sobre marmol. Junio.

Junio de bombas en la plaza, de gritos, aviones, banderas. Junio frío, muy frío el de aquel 55. Porque el frío antes era más frío. Frío con sabañones y militares que ametrallaban la multitud. Generales contra el General y un tendal de pueblo sangre en las avenidas. Cuántos fueron? Centenares? Nadie cuenta a los muertos que mata

Mes de fusilamentos en el basural. Fusilamientos que no son tales, sin condena ni tapa ojos, ni último deseo, ni un cigarrilo antes del ‘preparen, apunten, fuego’. Le dicen fusilamiento pero fue una cacería. Perros de caza que huelen y sospechan y muerden. Huelen bronca, huelen sueños, huelen tristeza, huelen revancha. Cuántos fueron, entonces? Fueron doce los soñadores tristes con bronca y ganas de revancha que fueron arrastrados hasta un basural. Bajaron de un camión en medio de la nada, solo oscuridad y mugre con un foco militar en la cara y la certeza de que no había futuro. Muchos empezaron a correr, otros pelearon cuerpo a cuerpo, varios suplicaron piedad. Noche fría aquella del 9 de junio de 1956 en José León Suárez. De los doce trasladados, consiguieron asesinar a cinco. Porque no fue un fusilamiento, fue una matanza, un tiro al blanco.

Ese mismo junio, tres días después de la matanza de José León Suárez, sí hubo un fusilamiento. De esos de verdad: con condena express, anuncio de muerte y un pelotón preparado. Porque en éste caso el asesinado sería un militar, no un grupo de civiles apresados casi al azar. Tuvo tiempo el General Valle para escribir algo para el general fusilador, de apellido Aramburu: “Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta.(…)Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo…De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos….Como cristiano me presento ante Dios, que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas.” Cuál general era el tirano, ¿entonces? El prófugo o el que a fuerza de garrotazos se había sentado en el sillón de Rivadavia (vaya mérito! Vaya sillón!).

No tendría que haber elegido el mes de junio el General para volver a este país del sur que lo extrañaba y había luchado por él durante 18 años. Gentes de cien mil raleas, como diría la canción, que amaban al general como si fuera un padre. Pero los hermanos no son siempre unidos. La fiesta estaba bien armada, en todo sentido. Y las armas dispararon desde el palco. Corridas, llantos, caídos, heridos, torturados, muertos. Cuántos? Decenas, centenas, nadie cuenta a los muertos que mata.

Y qué decir de junio en la peor de las dictaduras vividas hasta ahora. Junio Videla. El peor invierno. Permanecer en el país después de junio era puro heroismo. No cabían dudas, cada día te jugabas la vida. Ruleta rusa. Imposible dar los nombres y las cifras. La muerte había invadido las calles. El silencio también. Cuántos fueron? Miles, decenas de miles. Nadie cuenta a los muertos que mata.

Y junio siguió ardiendo en la Memoria. Rojo lucha. Rojo sangre. 26 de junio de 2002. Balas sobre balas. Cacería. Asesinato en vivo. Estación Avellaneda. Un pibe cae antes de llegar al andén, una bala de plomo, policías que ríen, otro pibe, pero dirigente, tan aguerrido como tierno, da vuelta la cabeza que cubría con un gorrito a lo Wally recién regalado, lo mira, retrocede, va en su ayuda. Preparan, apuntan y fuego. Tampoco fue un fusilamiento, otra cacería. Al primer caído lo ponen contra una pared piernas arriba. Miran a cámara y ríen. Trofeo de guerra. Al militante Wally lo arrastran, patean, le dicen que se levantate. No podía respirar.

Dos fueron los muertos. Un milagro. El plomo hirió a cuántos? Decenas? Nadie cuenta a los heridos que hiere.

Darío Santillán, el del gorrito de Wally, ‘todavía nos interpela’, dice su compañero Pablo Solana. Por qué volvió? Por qué fue el único que volvió a rescatar a un pibe que ni conocía y que había caído? No era el proceder acordado, en las reuniones previas estaba claro qué debía hacer un militante en ese caso. Y si bien era un referente, dirigente, o como se le quiera llamar, Darío desobedeció las órdenes. Volvió, y murió.

Gestos que dejan huella en la memoria, la de los resistentes, esos que escriben la historia con su vida.

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda