Trelew y una fusilada en casa, por Laura Giussani Constenla

María Antonia Berger. Sobrevivió a la masacre de Trelew. El 16 de octubre de 1979 fue asesinada por la dictadura militar. Su cuerpo fue exhibido en la ESMA a modo de trofeo y permanece desaparecido.

Junio de 1973. Las sobremesas en casa se hacían infinitas, con versos, con discusiones, y seguramente con intrigas que me eran ajenas. Todos los días Diana Halac se instalaba en la habitación de mi hermano a desgrabar en una pequeña maquina de escribir “lettera” Olivetti la entrevista que Paco Urondo había realizado en la cárcel a los sobrevivientes de Trelew. Solía visitarnos María Antonia Berger con su aire germánico y el clásico gamulán. A María Antonia la habían fusilado en Trelew el 22 de agosto de 1972, pero estaba allí para contarlo. Yo permanecía inmóvil escuchando el relato del fusilamiento, cómo los hicieron formar en el pasillo afuera de las celdas, sacar los colchones, mirar al piso y de imprevisto las ráfagas de ametralladoras, los compañeros que caían, gemían, puteaban, increíbles minutos en los que todavía estaban todos vivos hasta que llegaron los tiros de gracia, a quemarropa, María Antonia tirada en el piso con una bala en el estómago y otra, la de gracia, que le hizo estallar la mandíbula, escribía en las paredes: “L.O.M.J.E.”, Libres o Muertos Jamás Esclavos; y agregó: “Mamá y Papá”; y quiso escribir “Sosa” y “Bravo”, que fueron los que dispararon, pero no tuvo tiempo, un oficial se dio cuenta de las palabras que aparecían en los muros y las borró, y ella volvió a escribir con el dedo mojado en sangre, y volvieron a borrarlo. Yo andaba por los doce, pero podía comprender muy bien todo lo que se decía. Sentado sobre un colchón en el suelo, sobre una alfombra verde, en la última habitación de la casa, Juan Gelman recitaba con voz monótona y cansada la poesía que escribió después de los fusilamientos de Trelew: “¿era rubia la pulpera de Santa Lucía? ¿tenía los ojos celestes?/ ¿y cantaba como una calandria la pulpera?/ ¿reflejaban sus ojos la gloria del día?/ ¿era ella la gloria del día inmensa luz?// son preguntas inútiles para este invierno/ no se las puede echar al fuego para que ardan/ no sirven para calentarse en el país/ no sirven para calentar al país helado de sangre// por una sábana de luz iría la pulpera santa de voz/ graciosamente moviendo sus alrededores sus invitaciones/ y el olor de sus pechos y la penumbra de sus pechos/ hacían bajar el sol sobre la pampa bajaban a la noche como un telón// ¿quién no se iba a perder en esa noche? ¿quién no se iba a encontrar allí mesmo pasando/ su furia por la suavidad que la pulpera fundó?// horas se podría estar contando esta historia y otras parejamente tristes/ sin calentar un solo gramo del país sin calentarle ningún pie// ¿acaso no está corriendo la sangre de los 16 fusilados en Trelew?/ por las calles de Trelew y demás calles del país ¿no está corriendo la sangre?/ ¿hay algún sitio del país donde esa sangre no está corriendo ahora?/ ¿no están las sábanas pegajosas de sangre amantes?// ¿y llena de sangre la pulpera y sus ojos celestes? ahogados en sangre?…”

Quién no se iba a perder en esa noche. Juan, junto a mi padre y a Paco, idénticas miradas, idénticos bigotes, grandes, tupidos, cubriendo los labios, entrecortando palabras con hablar susurrante, voces que llegaban a mí suaves y cálidas como un arrullo hasta caer rendida en un sillón.

(Fragmento del prólogo del libro “Buscada. Lili Massaferro: de los dorados años 50 a la militancia montonera”, Laura Giussani Constenla, Ed. Norma, 2005)

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