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Sinfonía de un cálculo, por Pablo Touzón.
Mucho antes del primer aleteo de murciélago en Wuhan, la política argentina ya se encontraba en crisis. Una crisis que no era “formal”, en el sentido exclusivamente institucional de la palabra, pero si de todo lo demás. Los años de la “década perdida de la Grieta” no sólo habían sido años perdidos desde el punto de vista económico y social, sino que además habían profundizado una mutación profunda en las élites política argentinas, una que reduce toda la complejidad del ejercicio del gobierno a una sola variable: la estrategia electoral. La monótona Era de los pisos, los techos y los ballotages. Del 2018 en adelante -derrumbe de la economía mediante, y luego de la derrota de Cristina Fernández de Kirchner frente a Esteban Bullrich en las elecciones legislativas- la dirigencia argentina parecía haberse quedado sin opciones. Pero un sistema tan “cristino-céntrico” dependía, paradojalmente, de su buena salud política. Probablemente por conveniencias e imposibilidades cruzadas –el macrismo porque no quería, el peronismo porque no podía- la jubilación política de Cristina nunca llegaba.
Siendo este el cuadro de situación, la solución solo podía partir de ella, una que pareció llegar con la designación de Alberto Fernández –su ex peor critico- como candidato. En el minuto 44 del segundo tiempo, y ante la inviabilidad del sistema de la Grieta como mecanismo de gobierno mínimamente eficaz, el peronismo en cabeza de su ultima jefa construyó su Unidad eternamente reperfilada en semanas, con eje bonaerense y sabor aperturista. El retorno de los hijos pródigos y el “volvemos mejores” que implicaba, en principio, una autocritica en la práctica y la promesa, aunque sea, de un posible nuevo punto de partida.
La llegada de la pandemia pareció confirmar lo acertado de esta visión. Los primeros meses de la cuarentena consolidaron a las tres figuras centrales de gobierno del “país bonaerense” –el trio Alberto, Horacio y Axel- en el marco de un nuevo consenso político, aunque sea de mínima. Y si bien estaba claro que este era posible por la reducción de toda la problemática argentina a una sola variable –el combate al coronavirus- fue también una validación de un nuevo método, aunque más no sea embrionario. Hay (hubo) poder ahí. A la pregunta: “¿Que hubiese pasado si gobernaba Macri? le sucedía de manera natural otra: “¿Y si Cristina fuese Presidente? La ucronia celebraba el cambio, y las encuestas también.
¿Qué fue de la “Primavera Pandémica”, la de los aplausos a los médicos y los tuteos entre políticos? ¿Porqué fue tan efímera y evanescente?
Algunos meses después, sin embargo, ese escenario ya no existe. ¿Qué fue de la “Primavera Pandémica”, la de los aplausos a los médicos y los tuteos entre políticos? ¿Porqué fue tan efímera y evanescente? La respuesta exige una jerarquización de variables. Y en la Argentina, esa jerarquía pasa siempre primero por el Sillón de Rivadavia.

El Teorema de Bartleby
“Presidente, Usted es el comandante en esta batalla”. La sentencia del diputado radical Mario Negri gráfica el estado general de la política en aquellos primeros meses de pandemia. Hasta el incidente Vicentin, Alberto Fernández pudo –y esto fue un logro político y comunicacional notable- hacer coincidir la agenda nacional con su propia agenda política. Ordenar la discusión publica en sus propios términos. La cuestión Vicentin no sólo puso en crisis esta capacidad -desde ese momento, el Gobierno parece siempre correr la agenda desde atrás, siendo la única excepción la semana del “gol de Guzmán” en la negociación de la deuda- sino que también mostró hacia fuera los déficits y problemas del “Modelo Alberto” en términos del proceso de toma de decisiones en políticas publicas. El fin de un romance de cuarentena.
El fin de un romance de cuarentena.
Antes de la asunción presidencial, el criterio para la integración del gabinete y de los equipos de trabajo fue esencialmente de política “interna”: como cristalizar el archipiélago del Frente de Todos dentro del Estado. El único eje ordenador consistió en tratar de hacer respetar los pesos y contrapesos políticos del universo de la unidad peronista, en desmedro de cierta capacidad de operación y gestión estatal. Ya entonces podía observarse en esta etapa un proceso de toma de decisiones un tanto caotizado, en donde muchas veces la asignación de cargos parecía depender más de un “libre juego de oferta y demanda de la rosca” que de un ordenamiento presidencial en el sentido estricto. Un pecado de origen que balcanizó después en buena medida la propia administración, con una cadena de mandos–concepto a la moda- por lo menos confusa. La excepción fue el Ministerio de Economía, que fue a la vez “blindado” y “unidireccionalizado” al convertirse en el Ministerio de la renegociación con los bonistas, una misión que a la vez le introdujo una suerte de “obsolescencia programada” a la gestión Guzmán.
La prensa opositora explica hasta el día de hoy este fenómeno haciendo eje exclusivo en las tensiones de la convivencia con CFK –quien manda acá, los vetos, el títere- pero la realidad “es mas compleja”. La relación con Cristina y el cristinismo parecía ser –al menos, hasta el tweet del Incidente Zaiat, que abrió la tranquera al declaracionismo critico del universo social cristinista y una nueva etapa dentro de la coalición- lo más estable e inteligible dentro del gobierno, un factor ordenador dentro de un Frente que no lo está. Se sabe, el cristinismo posee todavía una serie de factores conocidos que, además de la propia figura de CFK, lo convierte en un primus ínter pares dentro de la galaxia peronista: tiene un liderazgo claro y nítido, estructura nacional, base electoral, cuadros fogueados en la gestión estatal nacional y un relato monolítico. El equilibro dentro del Frente de Todos necesario para hacer realidad su promesa electoral más política –expandirse por afuera de las fronteras sociológicas y territoriales del kirchnerismo, ampliar la base, construir una coalición hacia afuera con nuevas alianzas sociales y económicas- implicaba intentar al menos constituir un ordenamiento similar del otro lado.
El peronismo no K siempre mostró la misma foto: una larga mesa llena de caciques y sin ningún indio.
El peronismo no cristinista –gobernadores, sindicalistas, intendentes, formadores de opinión- siempre careció de un eje ordenador, un elemento aglutinante que le permitiese dotarse de un rumbo claro y una estrategia nítida. Algo que, nobleza obliga, siempre es difícil de realizar entre iguales en poder. El tacticismo hardcore de Sergio Massa, su confinamiento bonaerense y su relación oscilante y móvil con el peronismo federal impidieron que sea él quien se ponga la corona definitiva. No quería, no podía, o una mezcla de ambas. En cualquier caso, el peronismo no K siempre mostró la misma foto: una larga mesa llena de caciques y sin ningún indio, que se definía más por lo que no era que por lo que es. El nombre de una negación. La aparición de Alberto como candidato y sus primeras señales públicas –las constantes visitas a Córdoba, la relación especial con Omar Perotti, el apoyo público a Hugo Moyano, el “un presidente y 24 gobernadores- parecieron abonar a la idea de que ese “gran ordenador” finalmente había llegado: la Presidencia de la República. Un peronismo federal que con espacios en el gobierno y agenda pudiese empezar a “existir” a nivel nacional.

Alberto, sin embargo, como el joven Bartleby del cuento de Melville, “prefirió no hacerlo”. Se replegó en cambio sobre si mismo desde el inicio, organizando un esquema de poder en donde los hombres del presidente proceden casi invariablemente de dos orígenes: el PJ porteño o el reciente Grupo Callao. Ni Movimiento Evita por “izquierda” ni Córdoba por “derecha”. En el gabinete, Gabriel Katopodis fue de las notables excepciones, junto a Felipe Solá y Luis Basterra. La orden emitida fue clara y nítida: no armar ninguna fuerza propia ni dar ninguna proyección política al Gabinete. En ese sentido el cumplimiento de la orden fue total, dando lugar a un resultado paradojal: Alberto, efectivamente, está solo, y para bien o para mal su destino político depende de su propia imagen personal y de la comunicación que este pueda establecer directamente con la sociedad. De su palabra y la confianza que esta pueda generar allende los mares del peronismo. Esa soledad deliberadamente buscada constituye sin embargo uno de los nudos centrales del problema político del Gobierno. La política, como la física, rehúye el vacío, y la expansión del peso del cristinismo en la administración se debe menos a un intento “bolivariano” de la vicepresidenta que a la invisibilidad e inexistencia de algún esquema alternativo. Termina imponiéndose por default lo que si existe. El neo-sciolismo resultante es sólo una consecuencia.
Ante lo cual se abre otra pregunta: ¿Podría haber sido de otra manera? El debate entre dos lógicas políticas igualmente válidas pero contrapuestas; una que sostiene que “la dueña de los votos”, por personalidad y derecho, no tiene porque hacer concesiones a los sectores de la coalición que lidera; la otra que considera que fue precisamente ese método político el que llevó al sendero de derrotas históricas del peronismo (2013-15-17), la formación de Cambiemos y la entronización de Mauricio Macri, y que la premisa lógica de que hacer lo mismo lleva al mismo resultado hacia necesario construir algo nuevo. El Frente de Todos entero fue construido sobre esta pregunta.
El peronismo sigue encerrado en su misma cosmovisión, incapaz ya de ejercer lo que fue uno de sus activos históricos, la magia camaleónica que lo hacia capaz de mutar para interpretar, siempre, su propio presente.
Alberto empezó a responderla con el pasar de los meses y con su propio estilo “reperfilante”: de alguna manera, perimetró su propio posibilismo y se mudó a vivir ahí. Para él, el punto de partida de su gobierno y de la coalición que lo anima parece ser su punto de llegada. Una foto y no una película, lo que permite tal vez un funcionamiento de mínima pero que de ninguna manera abre la posibilidad de una etapa nueva, ni para el peronismo ni para el pais. Asumió desde el vamos esa imposibilidad. No se hace porque no se puede y no se puede porque no se hace. Como si de la divisa con la que Beatriz Sarlo etiquetó al kirchnerismo – “La audacia y el cálculo”- solo hubiese quedado el cálculo. Incluso la lógica comunicacional y narrativa de la mayoría del elenco albertista opera como una banda tributo al periodo anterior: los “Danger Four” del kirchnerismo. Mucho más importante que dilucidar si Cristina dio esta orden o la otra, lo más relevante del caso es que en realidad podría no dar ninguna. En rigor de verdad, no le hace falta: el peronismo sigue encerrado en su misma cosmovisión, incapaz ya de ejercer lo que fue uno de sus activos históricos, la magia camaleónica que lo hacia capaz de mutar para interpretar, siempre, su propio presente. Esto es un problema porque la misma agenda del cristinismo parece cada vez más limitada, repetitiva y entrópica: Clarín, la fibra óptica, Comodoro Py. Nada nuevo bajo un sol alrededor del que todos orbitan, en una coalición que permanentemente se mira al espejo en un ejercicio desnudo de endogamia.
El peronismo odia y ama a Cristina y se aferra a ella y la rechaza por partes iguales.
Este dilema, claro, no termina en la Presidencia de la Nación; a todo el resto del peronismo siempre le fue casi imposible armar y proyectar lo que Martin Rodríguez llama una “estructura de sentimientos” alternativa; más allá del álgebra politológico, la suma y resta de “poderes”, un nuevo Mito. El primer Alberto lo esbozó, un Trotsky retornado de Alma Ata que una vez sentado nuevamente en el Kremlin perdona a los purgados e instaura un nuevo “kirchnerismo con rostro humano”. La dinámica de su propio sistema, ese cepo autoimpuesto, le impidió ir más allá de ese gesto inicial. La palabra “moderación”, en este punto, es equívoca: supone que el problema era “la intensidad”, a la cual en todo caso solo quedaba bajarle un poco el volumen; como si la solución al mal sexo pasase por la castración. Un diagnostico que impide la gestación de una intensidad nueva: un nuevo amor. Pero en todo caso, Alberto es la expresión de una imposibilidad más grande, una que abarca a todo el peronismo y que no termina ni se agota en él. Una acción política que sostiene en la práctica que el cristinismo es –como afirmaba Sartre sobre el marxismo- “el horizonte insuperable de nuestro tiempo”. ¿Encontró el peronismo su versión definitiva, y ya no puede cambiar? El peronismo odia y ama a Cristina y se aferra a ella y la rechaza por partes iguales, en el ejercicio histérico de quien en el fondo teme que, más allá de ella y lo que representa, solo exista la nada.

Política del Psicodrama y Política de Crisis
El sociólogo francés Raymond Aron sostuvo en 1968 que el Mayo Francés fue en realidad el ejercicio colectivo de un “psicodrama”, una Revolución que se actúa porque no se hace. Una definición que perfectamente podría caberle a la política argentina contemporánea: en ausencia de toda agenda económica y social consistente –una que no existe hace ya muchos, demasiados años- las elites políticas actúan su propio trauma. El modelo del Sindicato Argentino de Actores. El carnaval que en aquel Paris se planteaba en la calle, en la Argentina sucede en Palacio. Una forma de “vivir la crisis” que se vuelve cada vez más peligrosa a medida que la crisis internacional y nacional avanza. El retorno de la Grieta actual es sobre todo la expresión de esa impotencia.
Este fenómeno lo encarna perfectamente Sergio Berni, tal vez el único hijo “nuevo” de esta Argentina 2020. La crisis policial terminó de comprobar el divorcio completo entre gestión y política, entre la performance y la idea de resultado. Por grotesco que parezca, la suya es una versión exacerbada de una forma de hacer política en este presente. Un General de las redes sociales que disocia su figura de su administración y que busca obsesivamente la explotación “cristinista” de un electorado bolsonarista que en el fondo desea que llegue. Más que gobernar su cartera, quiere desesperadamente una elección. La política reducida a un fenómeno exclusivamente electoral: gobernar no existe más. De ahí que la pregunta sea más “que es Berni”, que representa, antes de “que hace”. Berni es la fusión imaginaria entre el Ministerio de Desarrollo Social y el de Seguridad, un Leviatán de Youtube que es en realidad un espejo fidedigno y desagradable de un estado de la política nacional.
En la Argentina, los cambios y las transformaciones solo son posibles con una combinación dinámica y difícil de “hegemonía” en la fortaleza –por periodos, este fue el caso de Alfonsín, Menem, Néstor y Cristina- y pacto en la debilidad –Alfonsín y Duhalde 2002, la causa común frente a los alzamientos carapintadas. Hoy ambas opciones parecen estar descartadas. Las escenas de las últimas semanas en la Provincia de Buenos Aires –las tomas, los pitufos- revelan un escenario en donde los mecanismos políticos –formales o no- construidos para procesar y contener la crisis social después del 2001 parecen empezar a desbordarse. Y el peronismo conurbanizado del 2020 juega sus cartas mas importantes en la gestión de esta emergencia: casi podría decirse, su última justificación histórica. Asi como el macrismo creyó, ingenuamente, en el advenimiento de un “shock de inversiones” y una “lluvia de dólares” automática por el solo hecho de su arribo al poder, el peronismo procedió con el mismo automatismo en relación al gobierno de la crisis. Creyó, sin más, en su propio “shock de gobernabilidad” basado exclusivamente en llegar relativamente unificado a la Casa Rosada. ¿qué pasa si al “Partido del Poder” el poder se le escapa?
No se puede ser “normal” –algo que, en la Argentina de la ultima década equivale al sistema político de la Grieta- en un momento de excepción
La política de la crisis tiene –o debería tener- un nuevo arsenal creativo a disposición. Un cambio de frente, una ruptura de la inercia, nuevas alianzas que correspondan a la actualidad del desafío histórico que tiene que enfrentar. No es una “elección”, es una necesidad histórica. No se puede ser “normal” –algo que, en la Argentina de la ultima década equivale al sistema político de la Grieta- en un momento de excepción. Esto es así incluso si muchos los protagonistas de la etapa son idénticos a los de la etapa anterior: ni el Duhalde del 2002 fue exactamente igual al de “la Mazorca”, ni el Kirchner de 2003 al del gobernador filo cavallista que supo ser en los ’90. Para el caso, tampoco el Francisco de la tapa de la Rolling Stone fue el Bergoglio de León Ferrari. Si se quiere, algo así como una versión política de lo que el cristianismo llama “el milagro de la transfiguración”. En “Anatomía de un Instante”, el impresionante libro de Javier Cercas, el español describe como tanto la época como las circunstancias extraordinarias que le tocó enfrentar modelaron el liderazgo improbable de Adolfo Suarez en la transición española. Pero para eso hace falta primero asumir la necesidad de esta transformación. En todo caso, hoy aplicar la metodología del cristinismo 2014 a la Argentina del 2020 equivale a recetarle buscapina a un enfermo de migraña. Más allá de los “deseos” personales, sencillamente no funciona.
Cristina y Macri tienen, tal vez, el derecho adquirido de ser cada más parecidos a ellos mismos: después de todo, son la cristalización definitiva de un periodo anterior, uno que, está probado, no morirá sólo y por efecto de la erosión geológica. La crisis, sin embargo, tiene otros tiempos y otra velocidad que los de la onanista clase dirigente argentina. Un desacople peligroso. O como sostenía Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

(Publicado en http://www.panamarevista.com el 5 de octubre de 2020)
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Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”
En la antesala de un nuevo 24 de marzo, Erika Lederer —poeta, abogada y cofundadora de Historias Desobedientes— reflexiona sobre el sentido de la memoria en la Argentina actual. Hija de un represor que actuó en Campo de Mayo, su testimonio interpela desde un lugar singular: el de quienes decidieron romper el pacto de silencio familiar para transformar el dolor en acción. En esta entrevista con LCV, cuestiona el uso del concepto de “memoria completa”, reivindica la apertura de archivos y la búsqueda de identidad, y llama a sostener una memoria activa, colectiva y comprometida con la justicia.
Erika Lederer: Exacto, necesitamos masividad en las calles. En relación a la pregunta: yo soy cofundadora de Historias Desobedientes. Surgimos alrededor de 2017, cuando se intentó aplicar el 2×1 y la Corte Suprema lo avaló. En ese momento, en las calles se dijo de manera masiva que no. Eso es lo que esperamos también ahora.
¿Qué entiendo por “memoria completa”? Es muy sencillo: la única memoria completa es que se abran los archivos. La única memoria completa es que los genocidas que siguen vivos y que no fueron alcanzados por la llamada “impunidad biológica” digan dónde están los cuerpos, digan dónde están los chicos —hoy adultos— cuya identidad todavía no fue recuperada. Esa es la única memoria completa.
LCV: Estoy totalmente de acuerdo, incluso con el recorte histórico que hacés, que no empieza en el ’76. Recién hablábamos del decreto 20.840 de 1974, que ya sentaba bases legales e ideológicas para lo que vino después.
Nos queda poco tiempo, así que quiero que me cuentes: ¿quién sos?, ¿quién era tu papá? ¿Y por qué sos desobediente?
Erika Lederer: Yo soy Erika Lederer, poeta —y después, en segundo lugar, abogada—. Mi padre era Ricardo Lederer, que fue el segundo jefe de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Era quien asistía los partos de mujeres cuyos hijos todavía buscamos. Luego esas mujeres eran parte de los mal llamados “traslados”, es decir, los vuelos de la muerte.
LCV: ¿En qué momento tomás conciencia de lo que hacía tu padre?
Erika Lederer: Una cosa es saber que era militar, médico militar, verlo con uniforme, saber que fue carapintada. Todo eso ya te da una primera conciencia. Pero llegar a caracterizar a tu propio padre como genocida es un proceso paulatino. Va acompañado de una toma de conciencia sobre lo que pasa alrededor, no solo sobre quién era él, sino sobre la realidad en la que vivís.
LCV: ¿Todavía duele?
Erika Lederer: Sí, y va a doler siempre. Pero en 2017 escribí un artículo que se llamaba “Del dolor a la acción”. Duele, pero no me deja inmovilizada. No me deja atrapada en un trauma. Quiero salir del dolor, ser un sujeto activo en la construcción de la memoria colectiva y levantar las banderas de los compañeros desaparecidos. Ellos peleaban por un mundo más justo, y yo quiero insertarme en esa lucha por un mundo mejor.
LCV: ¿Cómo se procesa esto dentro de la familia?
Erika Lederer: Cuando uno rompe con esa lógica —que yo llamo lógica mafiosa de clanes—, porque hubo crímenes y un pacto de silencio, no es fácil. Hablar implica romper ese pacto que impera en estas familias. Pero no quiero quedarme en eso; para eso escribo poesía también. Mi intención es poder ser una voz que amplifique la potencia que tenemos como sociedad para hacer otra cosa, para seguir luchando por esas banderas.
LCV: Te agradezco muchísimo que hayas venido, aunque sea por unos minutos. Si te parece, la semana que viene seguimos con más tiempo. Es muy importante el relato en primera persona: genera empatía, le pone identidad a la historia.
Erika Lederer: Sí, totalmente. Mi intención es que mi voz transmita un mensaje: que nos atrevamos a pensar distinto, a confrontar el estado de cosas. Hay un giro global hacia la derecha que tenemos que interpelar, incluso de manera internacionalista. Invito a que nos animemos a pensar de otro modo y a cambiar el mundo.
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Alejandro Cohen Arazi: “La historia de la CONADEP también la hicieron trabajadores anónimos”
El director y documentalista Alejandro Cohen Arazi pasó por La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores para presentar Conadepianos, una película que recupera los testimonios de quienes trabajaron en la CONADEP durante los primeros años de la democracia. Con una mirada centrada en la clase trabajadora, el film busca correrse del relato tradicional y poner el foco en quienes escucharon, registraron y sostuvieron el proceso en el día a día.
LCV: ¿Qué es la CONADEP? Le cuento a la gente, porque tenemos oyentes jóvenes y de todas partes del mundo.
Alejandro Cohen Arazi: La CONADEP es una comisión que se crea en 1983 para reunir testimonios que permitieran construir una causa contra la Junta Militar. Ya desde su origen implicaba una enorme valentía política: llevar adelante los juicios.
Se eligió a un grupo de notables —personas reconocidas que habían tenido un rol durante la dictadura— para encabezar ese trabajo. Pero detrás de ellos había una enorme cantidad de trabajadores y voluntarios, muchos muy jóvenes, que recibían denuncias todos los días y escuchaban cosas muy duras.
LCV: Sobre esa base hacés un documental. ¿Por qué?
Alejandro Cohen Arazi: La historia surge con mi hermano Juan. Él estaba investigando otro tema y encontró en el Archivo Nacional de la Memoria entrevistas a trabajadores de la CONADEP.
No era lo que buscaba, pero vio que había algo muy potente ahí: testimonios de personas que contaban el trabajo cotidiano. Entonces dijimos: hay una historia para contar.
Todos tenemos una idea del Nunca Más asociada a figuras como Sábato o Magdalena Ruiz Guiñazú, pero estas entrevistas muestran que había un grupo enorme de personas que fueron quienes realmente hicieron ese trabajo.
LCV: ¿Cómo se seleccionaban esos trabajadores? ¿Eran voluntarios, gente del Estado?
Alejandro Cohen Arazi: Había de todo. Al principio eran empleados del Ministerio del Interior, pero rápidamente se dieron cuenta de que no alcanzaba.
También se sumó gente de organismos de derechos humanos y muchos voluntarios. Había personas que leían en el diario que existía la CONADEP y se acercaban para dar una mano.
LCV: ¿Se necesitaba algún requisito en particular?
Alejandro Cohen Arazi: Básicamente, saber leer, escribir y tener empatía. No existía todavía la figura del trabajador de la memoria o de derechos humanos como hoy.
Había que sentarse frente a alguien que venía a contar una experiencia terrible, y para eso hacía falta una enorme sensibilidad.
LCV: Estamos hablando de un contexto muy cercano a la dictadura…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, y con mucha incertidumbre. Nadie sabía cuánto iba a durar la democracia. Veníamos de décadas de golpes militares, entonces la pregunta era inevitable.
LCV: Y además del impacto emocional, había riesgos…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, lo vivían con mucho temor. Recibían amenazas, había llamados intimidatorios, incluso amenazas de bomba en el edificio.
No eran ingenuos: sabían perfectamente en qué se estaban metiendo.
LCV: ¿Tuviste dificultades para financiar la película?
Alejandro Cohen Arazi: Sí, es un documental hecho con presupuesto cero. No pedimos apoyo institucional.
Trabajamos con material del Archivo Nacional de la Memoria y con nuestro propio esfuerzo. Hicimos una campaña con gente cercana para poder cubrir gastos básicos.
LCV: Tenés una trayectoria marcada por este tipo de enfoque…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, todos mis trabajos tienen el foco en la clase trabajadora. Incluso en documentales anteriores, como uno sobre call centers, me interesaba mostrar esas realidades invisibilizadas.
LCV: En medio de tantas discusiones políticas sobre ese período, ¿qué lugar ocupa la CONADEP?
Alejandro Cohen Arazi: Más allá de las discusiones, fue un hito fundamental de la democracia argentina.
Se hizo en un contexto de muchísimas presiones, con un margen de maniobra muy limitado, pero se logró. Y lo que se logró es histórico.
LCV: ¿Dónde se puede ver la película?
Alejandro Cohen Arazi: Hay funciones en el Cine Gaumont, en la Sala Norita Cortiñas y también en la Sala Lúcida, en Saavedra, en los próximos días.
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
50 Años. La falacia de la memoria completa y las verdaderas razones de la masacre, por Laura Giussani C.
Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”

