fbpx
Connect with us

Destacada

El niño Astor y los buenos muchachos, por Ricardo Ragendorfer

Publicado en Telam al cumplirse 100 años del nacimiento de Piazzola

Ya de por sí resultaba pintoresco que un melodrama tanguero –El día que me quieras, la última película con Carlos Gardel– fuera dirigido, a fines de 1934, en un estudio de Nueva York por un realizador austríaco.

Éste era John Reinhardt, quien se permitió una audacia: grabar el canto en vivo, sin incurrir en el doblaje durante la posproducción. De modo que en la escena donde muere la heroína –interpretada por la estrella mexicana Rosita Moreno–, el “Zorzal” deslumbró con “Sus ojos se cerraron”. Al terminar, el set quedó en silencio, la clase de silencio que solamente puede causar el asombro, recién entonces los presentes estallaron en un prolongado aplauso.

Allí, al costado de una parrilla de luces, había un chico de 13 años. En un cameo había actuado de canillita. Su nombre: Astor Piazzolla.

Era el hijo de Vicente y Asunta, un matrimonio marplatense afincado en aquella ciudad. Su lazo con Gardel fue otro inmigrante, Terig Tucci, por su carácter de arreglador musical del filme y maestro de bandoneón del muchachito.

El pequeño Piazzola le había caído en gracia a Gardel por tres razones: le hacía de traductor (él no hablaba ni una palabra en inglés), le resultaba útil para salir de compras ya que conocía la Gran Manzana al dedillo, pero sobre todo porque apreciaba su entusiasmo por el fuelle.

De hecho, una vez le soltó:

– Vas a ser algo grande, pibe. Pero el tango lo tocás como un gallego.
– El tango todavía no lo entiendo –contestó Astor, con un dejo de pudor.
El cantor, entonces, le regaló su sonrisa ladeada, al decir:
– Cuando lo entiendas no lo vas a dejar.

Al concluir el rodaje hubo un asado de despedida. En la ocasión, Gardel amenizó la velada con algunos temas de su repertorio. Astor lo acompañaba con el bandoneón. ¡Pavada de debut en el género!

Al cabo de una semana, Gardel y su guitarrista, Alfredo Le Pera, citaron al papá de Astor por una propuesta: sumarlo a su gira latinoamericana.

Vicente, con todo el dolor del alma, se negó. Esa desilusión terminó por ser para su hijo un obsequio del destino: días después el avión que llevaba a Gardel y sus músicos se estrelló en Medellín.

La funesta noticia se la dio el patrón de su padre, Nicola Scabutiello, un siciliano que poseía una barbería sobre la calle Lafayette, en pleno Lower East Side, la zona pobre de Manhattan. Entonces desplegó ante sus ojos la tapa del Brooklyn Daily Eagle con una foto de los restos chamuscado de la nave.

En aquel instante, como para disimular su pesadumbre, Vicente afeitaba a un cliente sin decir palabra alguna

Más allá de tamaña contingencia, ese hombre se consideraba afortunado simplemente por tener un trabajo.

La vida en Nueva York


Por entonces, la vida en los Estados Unidos oscilaba entre la depresión económica –provocada por la calamitosa caída de Wall Street, en octubre de 1929– y el New Deal impulsado a partir de 1933 por el presidente Franklin D. Roosevelt, que consistió en direccionar el gasto público hacia programas de ayuda, inversiones en infraestructura y medidas para mover el consumo.

En ese mismo lapso, Nueva York se vio sacudida por la llamada “guerra castellammarese” entre las cinco familias de la mafia siciliana que controlaban los negocios ilegales en aquella ciudad.

Es en tal contexto cuando emergió la señera figura de Lucky Luciano. Primero –en complicidad con Salvatore Maranzano (jefe del clan homónimo) ordenó la ejecución de Joe Masseria, quien detentaba la máxima autoridad de aquel pentágono del crimen organizado, y después también se cargó a éste, por tomarse demasiado al pie de la letra su papel de capo di tutti i capi.

Así, Luciano quedó al frente de la estructura de Masseria, en sociedad con su amigo, el gangster judío Meyer Lansky. Y al imperio del otro finado se lo repartieron sus cinco jóvenes aliados: Vito Genovese y Frank Costello (del clan Genovese); Joseph “Joe Bananas” Bonanno (del clan Bonanno). Tommy Lucchese (del clan Lucchese) y Albert Anastasia (del clan Anastasia).

Cabe resaltar que este último era dueño de tres billares clandestinos que justamente regenteaba Scabutiello, el empleador del padre de Astor.

El Don se dejaba caer cada semana en la peluquería de Nicola para que le emparejen el cabello. Vicente era el encargado de tan delicada tarea.

Con idéntica finalidad solía acudir allí su lugarteniente, Carlo Gambino. También Vicente le cortaba el pelo.

Hubo una vez en que Gambino quedó embelesado por el virtuosismo musical del chico, quien ensayaba en el sótano del local. Un detalle: aquel tipo era un melómano empedernido, al punto de colocar bajo su protección, años más tarde, nada menos que a Frank Sinatra.

Pandillas de Nueva York


Los Piazzolla habitaban un pequeño apartamento de Manhattan, situado en el número 8 de Saint Mark’s Place, del East Village, un barrio poblado por judíos e italianos, cerca de Little Italy. Una zona –diríase– intensa.

Astor alternaba allí la música con la vida callejeraVecino del salón de los Wasserman, un matrimonio judío que explotaba un garito donde, además había bebidas alcohólicas –en plena Ley Seca–, él efectuaba allí apuestas por cuenta de los clientes a cambio de propinas.

Tampoco se privó de integrar un gang (pandilla) de pibes italianos, cuyo principal pasatiempo era pelearse con banditas rivales. Y a pesar de su esmirriada contextura, él era muy de ir al frente.

Al respecto tenía una ventaja: antes de cumplir los 11 años, Vicente lo había anotado en un gimnasio para practicar boxeo con el propósito de que se tenga confianza en el aspecto físico, debido a que una malformación congénita en una pierna que le causaba una leve renguera. ¡Vaya si eso surtió efecto! Ya en edad precoz, Astor se convirtió en un diestro peleador. Tanto es así que sus compañeros de correrías lo llamaban, por su pegada, “el Zurdo”.

Una vez tuvieron la loca idea de intentar el mejicaneo de algunas cajas con licores en un depósito de la mafia polaca. Dos de ellos fueron brutalmente castigados. En otra oportunidad el propio Astor fue atacado por una patota de calabreses. Su padre tuvo que recurrir a Scabutiello; éste, a su vez, a Gambino, quien echó a circular un mensaje de solo ocho palabras: “No toquen nunca más al hijo de Piazzolla”. Astor jamás volvió a ser molestado.

Gambino, a cambio, solo exigió que el chico no abandonara sus clases de bandoneón. De modo que siguió acudiendo a lo del maestro Tucci.

Entre los adultos el clima también se fue caldeando.

A principios de 1936, Scabutiello le pidió a Vicente un favor que a éste le fue imposible eludir: cursar una “advertencia” a otro barbero que acababa de instalar su salón a solo una calle del suyo. Algo inadmisible. Ese aviso fue reforzado, ya sin intervención de Papá Piazzolla, con un bombazo que redujo aquel sitio a escombros.

Scabutiello no demoró en extender su negocio con una sucursal sobre la Séptima Avenida, y la puso a cargo de Vicente. La tranquilidad de dicha zona –que contrastaba con las turbulencias del Lower East Side– fue para él como una bocanada de aire fresco.

La vuelta a Buenos Aires

Piazzolla volvió a Buenos Aires cuando tenía 19 años. Piazzolla volvió a Buenos Aires cuando tenía 19 años.

Al tiempo los Piazzolla retornaron a la Argentina y se establecieron en Buenos Aires.

Allí, Astor dio el gran salto al integrarse a la orquesta de Aníbal Troilo. Desde ese momento –tenía 19 años– su camino hacia la gloria fue imparable.

Mucho tiempo después, ya consagrado, hipnotizaba al público con el fuelle, acompañado por su orquesta de cuerdas, cuyo cantor era Jorge Sobral. Por entonces solía ofrecer su composición Tres minutos con la realidad, una síntesis entre el tango y la música de Béla Bartók. Era la primavera de 1957.

Tal vez, en la tarde del 26 de octubre, el título de ese tema adquiriera un nuevo significado para él al toparse en un kiosco, de soslayo, con una noticia que le quitó el aliento: “Venganza en la Cosa Nostra de Nueva York”.

Dicha frase ocupaba el ancho de la portada del diario La Razón, sobre la borrosa foto de un rostro que le resultó familiar.
La bajada resumía: “El jerarca mafioso Albert Anastasia fue asesinado a balazos en una barbería de la Séptima Avenida por orden de Carlo Gambino, quien lo sucedió en el cargo”. El pasado siempre vuelve. Y no por única vez.

Al cabo de tres lustros ocurrió el desembarco de Piazzolla en el Teatro Colón con su Concierto de nácar. Había que verlo enfundado en un frac, al frente de una orquesta filarmónica de 50 músicos.

Por aquella época se estrenaba en Buenos Aires la película El Padrino (The Godfather), de Francis Ford Coppola. Tal vez Piazzolla haya ido a verla antes o después de su gala en el primer coliseo porteño.

De ser así, es posible que haya caído en la cuenta de que el personaje principal, Vito Corleone, estaba inspirado en la figura de Gambino. Y hasta con un detalle premonitorio: el mafioso de ficción, ya anciano, fallecía por un infarto, al igual que el mafioso de carne y hueso. Solo que éste dejó de existir cuatro años después de finalizar el rodaje. La vida (o en este caso, la muerte) a veces imita al arte.

Seguir leyendo
Comentá

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Destacada

La murga como memoria, cuerpo e identidad popular

En exclusiva con LCV – La Columna Vertebral / Historias de trabajadores, Coco Romero recorre más de medio siglo de vínculo con la murga como experiencia vital, cultural y política. Desde la infancia atravesada por el carnaval hasta la prohibición impuesta por la dictadura, Romero reconstruye una historia silenciada de la cultura popular argentina: la murga como espacio de felicidad, protesta, memoria colectiva y disputa de identidades. Archivista, investigador y formador de generaciones, reflexiona sobre el cuerpo en la calle, la censura, el clasismo, la tradición carnavalera y el vaciamiento de las políticas culturales, reafirmando a la murga como una práctica viva que resiste y vuelve, incluso después de décadas de prohibición.

LCV: “Bueno, Coco, contame por qué la murga, por qué a vos, digamos, hace 50 años que te dedicás a esta expresión musical.”

Coco Romero: “Porque de niño fui feliz con la murga. Durante la dictadura, en 1976, mediante el decreto 21.329, los militares prohíben el carnaval, que tuvo 36 años de prohibición. Esa prohibición se levanta recién con Néstor Kirchner, entre 2002 y 2011. En ese momento yo estaba con La Fuente, un grupo que tocó durante toda la dictadura, y me pregunté cómo algo que me había hecho tan feliz podía estar prohibido. Entonces escribí una canción llamada ¿Dónde fueron los murgueros? y a partir de ahí empecé a recibir señales constantes. En los años 80 tocábamos y veía pibes bailando como yo bailaba cuando era niño.”

LCV: “¿Dónde creciste? ¿Cómo fue tu infancia?”

Coco Romero: “Yo nací en Salta y mi madre me trajo a Buenos Aires cuando tenía entre un año y medio y dos años. Viví en Coghlan, Belgrano R y Villa Urquiza.”

LCV: “Bueno, chetito eras, ¿no?”

Coco Romero: “No. En ese momento Belgrano R estaba rodeado de pensiones. Yo me crié en el Santa Rosa, un hotel de 120 habitaciones. Éramos muchos niños y tuvimos una infancia muy feliz. La murga era parte de los juegos, de los rituales y de la vida cotidiana. Jugábamos a la pelota y jugábamos a la murga.”

LCV: “La murga como hecho cultural en la Argentina muchas veces fue vista como algo maldito.”

Coco Romero: “Sí. Hubo momentos en que determinados sectores sociales la veían como algo de negros. Tuvo períodos de gloria como discurso contracultural y político. Cuando yo era chico la veía mucho en la provincia, por ejemplo en San Luis. Esas murgas hablaban en contra de los patrones o se vestían como ellos para ridiculizarlos. Era un lenguaje de protesta muy directo.”

LCV: “¿Cuándo se origina ese lenguaje tan primario de protesta?”

Coco Romero: “Después de escribir la canción empecé a preguntar qué era la murga y nadie lo sabía. La respuesta era siempre la misma: los negros de la esquina. Hoy dicen los negros del peronismo o del kirchnerismo. Un pueblo bajo. Yo opté por entrevistar a los viejos murgueros. En 1982 empecé en San Martín y Villa Martelli y me encontré con un universo enorme. Me eduqué mucho con la revista Crisis. En 1975 Mauricio Kartun escribe un artículo muy importante, Del candombe a la murga, que me abrió la cabeza.”

LCV: “Ahí te das cuenta de que la sociedad no tenía idea de lo que era la murga.”

Coco Romero: “Exactamente. Murga era un término despectivo, como cuando se dice que un equipo de fútbol es una murga. Empecé a buscar material, a armar archivo, a recorrer Parque Rivadavia durante 15 o 16 años todos los domingos. Me convertí en un buscador de libros. En una librería de Avenida de Mayo encontré un libro de 1968 de Pedro Orgambide, Carnaval, carnaval. Eso me deslumbró. Después lo entrevisté y entendí que la murga tenía una historia profunda.”

LCV: “Y de ahí surge tu trabajo como autor.”

Coco Romero: “Junté tanto material que amigos me dijeron que tenía que sacar un libro. Así publiqué La murga porteña, historia de un viaje colectivo, Los talleres de murga del Rojas y El universo creativo del carnaval. Yo no sabía escribir, pero escribí. El Fondo Nacional de las Artes me aceptó el proyecto por el lado del folklore, en una época en la que la cultura todavía tenía apoyo.”

LCV: “Hoy pareciera haber una degradación en la política cultural.”

Coco Romero: “Totalmente. Hay dirigentes de cultura que no saben absolutamente nada. No leen, no conocen la cultura popular y no quieren profundizarla, cuando es parte esencial de la historia de los pueblos.”

LCV: “Estuviste más de 30 años en el Rojas.”

Coco Romero: “El primer taller lo di en 1988 y estuve hasta 2009. Treinta y cuatro años. El Rojas fue fundamental. En la etapa democrática, Pacho O’Donnell le encargó a Eduardo Miñoña un trabajo sobre murga y así nació el documental Mocosos y chiflados. El conflicto era claro: un pibe de clase media al que no lo dejaban salir en la murga porque se iba con los negros. Eso es un conflicto de identidad y de cuerpos. La murga está en la calle y eso incomoda.”

LCV: “¿Cómo se eligen los temas y la estética de una murga?”

Coco Romero: “No es un proceso fácil. Nosotros impulsamos que haya un motivo, afinación, poesía. Todo eso ya existe en otros países. Los uruguayos desarrollaron una gramática muy fuerte. La murga gaditana tiene una estructura clara: saludo, cuplé y retirada, con la marcha camión como base rítmica. En Buenos Aires, después de 36 años sin carnaval, es muy difícil lograr organicidad.”

LCV: “El carnaval es una fiesta históricamente resistida.”

Coco Romero: “Es una fiesta prohibida. Momo es la deidad del carnaval, expulsado del Olimpo por criticar a todos. El carnaval es la inversión: el rico se viste de pobre y el pobre de rico. No todos se bancan eso. Por eso molesta. Pero el carnaval siempre va a seguir.”

LCV: “¿Dónde te encuentra hoy la gente que quiere aprender con vos?”

Coco Romero: “Estamos por abrir un espacio en la Fundación Educativa El Sapo y la Rana, en Boulogne, una escuela Waldorf. También me pueden encontrar en redes buscando Coco Romero, Murga y Carnaval. Divulgar cultura popular es una forma de fortalecer nuestra identidad.”

LCV: “Coco, muchas gracias. Vamos a escuchar tu trabajo.”

Coco Romero: “Gracias a ustedes. Primero vamos a escuchar un poema de Roberto Santoro, poeta desaparecido en 1977, Vocales. Después, una canción de la murga Sacala almidón, 14 de mayo.”

Continue Reading

Destacada

Alberto Nadra: “La resistencia no se declama, se organiza fábrica por fábrica”

En diálogo con el programa La Columna Vertebral de La RZ Radio, Alberto Nadra analizó el paro nacional, el rol del sindicalismo y el impacto de la reforma laboral que se debate en el Senado. Durante la entrevista, sostuvo que la resistencia no puede reducirse a una consigna ni a una medida aislada: debe construirse desde abajo, fábrica por fábrica, barrio por barrio, recuperando la tradición histórica del movimiento obrero argentino. Nadra planteó una crítica tanto a la dirigencia sindical como a la dirigencia política, señalando que la organización en la base y el debate permanente con los trabajadores son claves para enfrentar el actual escenario social y económico. También reflexionó sobre el deterioro educativo, la pérdida de solidaridad y las consecuencias culturales que arrastra la Argentina desde la dictadura de 1976. “Si no organizamos, todo se diluye en el aire”, afirmó, llamando a reconstruir la conciencia colectiva frente a un modelo que —según advirtió— profundiza la desigualdad y la fragmentación social.

LCV: Recién escuchábamos a Hugo Moyano. Más allá de las controversias ideológicas, es un dirigente que ha combatido fuertemente a favor de su sindicato y del movimiento obrero. Tenemos anuncios de paros de las CTA y posiblemente de todas las centrales. El paro del otro día fue fuerte, con alto acatamiento. ¿Cómo lo viviste vos?

Alberto Nadra: Bueno, a mí me pareció un hecho muy importante, una demostración de fuerza necesaria, acorde a la gravedad del tratamiento de esa ley y a la inmensa traición de quienes se dicen representantes del movimiento nacional y popular, particularmente del peronismo, digamos.

LCV: Se criticó mucho a la CGT por si el paro fue o no con movilización.

Alberto Nadra: Bueno, yo creo que es fácil criticar a la CGT o al sindicalismo, pero quiero marcar dos cosas: primero, que la responsabilidad principal de conducir la lucha popular corresponde a los dirigentes políticos y no a los sindicalistas; y segundo, que no se puede reducir la crítica a si el paro fue con o sin movilización, porque eso depende de la coyuntura, digamos.

LCV: ¿Entonces dónde pondrías la crítica principal?

Alberto Nadra: Bueno, la crítica de fondo es que la resistencia se ha reducido demasiado a definiciones teóricas generales; para mí era mucho más importante haber trabajado estos meses en la base del movimiento obrero, en cada fábrica y lugar de trabajo, esclareciendo qué está en juego y organizando un plan de lucha, digamos.

LCV: ¿Cómo se traduce eso en lo concreto?

Alberto Nadra: Bueno, asambleas en las fábricas, discusión con los trabajadores, coordinación de delegados, relación con el barrio, explicarle al vecindario lo que pasa, porque cuando cierra una fábrica el barrio es el primero que lo siente: el almacén, la farmacia, el bodegón, digamos.

LCV: Eso tiene antecedentes históricos muy claros.

Alberto Nadra: Claro, bueno, el movimiento obrero argentino y el peronismo tienen esa tradición: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre se sostuvo con el acompañamiento de todo el barrio de Mataderos, hay que recuperar esa experiencia y asentar claridad en la base sobre a qué nos enfrentamos, digamos.

LCV: Yo coincido, pero en las asambleas se ve mucha falta de empatía. Mucha gente cree que esto no le va a tocar.

Alberto Nadra: Bueno, coincido totalmente, y si me apurás no diría 20 años sino 40; ese vacío fue ocupado por la ideología dominante, por los grandes medios y por un sistema educativo debilitado, digamos.

LCV: El día del paro vi gente yendo a trabajar por miedo.

Alberto Nadra: Bueno, claro, hay una ilusión de que quedándose quieto no va a pasar nada, pero va a pasar igual, porque este sistema no valora al individuo, te reemplaza por otro más barato y más joven, digamos.

LCV: Incluso las búsquedas sobre la reforma laboral crecieron recién después de votarse.

Alberto Nadra: Bueno, sí, tarde, muy tarde, y eso muestra que no hubo un trabajo sistemático de discusión previa en los lugares de trabajo, digamos.

LCV: Vos mencionabas el ejemplo de Camioneros.

Alberto Nadra: Bueno, Camioneros hace trabajo político cotidiano; hablás con un recolector y tiene clarísimo lo que pasa porque discuten permanentemente y sacan conclusiones colectivas, digamos.

LCV: ¿Y qué pasó con experiencias anteriores, como De la Rúa o Macri?

Alberto Nadra: Bueno, no se discutieron en profundidad en la base; cerraron miles de empresas y se perdieron cientos de miles de puestos de trabajo, y esa experiencia tenía que discutirse fábrica por fábrica para generar conciencia, digamos.

LCV: Yo pongo mucho el eje en la educación, especialmente en esto de pasar de grado sin aprendizajes reales.

Alberto Nadra: Bueno, coincido plenamente, ese psicologismo barato de “no frustrar” fue devastador; no poner límites es contraproducente y destruyó herramientas básicas como la comprensión lectora, digamos.

LCV: Vos vinculás esto con un proceso histórico más largo.

Alberto Nadra: Bueno, sí, esto es consecuencia de la derrota popular del 76, no solo por los muertos y desaparecidos, sino porque la dictadura destruyó deliberadamente el lazo social y el sistema educativo, y eso nunca se revirtió del todo, digamos.

LCV: Para cerrar, ¿qué esperás de lo que viene: resignación o despertar?

Alberto Nadra: Bueno, yo siempre apuesto a la esperanza, no a volver a algo anterior sino a construir algo nuevo, y el eje central es impedir la aplicación de la ley laboral y volver a organizar desde abajo, fábrica por fábrica y barrio por barrio, digamos.

Continue Reading

Destacada

Rodrigo Romero, delegado en FATE: “No fue una crisis: fue una decisión patronal”

En el marco del conflicto por el cierre de la planta de Fate, La Columna Vertebral – Historias de trabajadores dialogó con Rodrigo Romero, delegado del SUTNA, mientras se desarrollaba una audiencia con el Ministerio de Trabajo.
Con 20 años de antigüedad en la fábrica, Romero describe no solo la situación laboral, sino también el capital humano, la experiencia obrera y las consecuencias sociales de una decisión empresarial que deja a cientos de familias en la incertidumbre.

LCV: “Estamos en comunicación con Rodrigo Romero, uno de los delegados del sindicato de neumáticos SUTNA. Vamos a hablar de este caso emblemático que puede transformarse en un caso testigo de la debacle de las grandes empresas: el cierre de Fate. ¿Cómo te va, Rodrigo?”

Rodrigo Romero: “Hola, buenas tardes. Acá estamos, tristes, pero dando la lucha.”

LCV: “¿Dónde estás en este momento? ¿Estás en la fábrica?”

Rodrigo Romero: “No, en este momento no estoy en la fábrica. Estamos en una audiencia con el Ministerio de Trabajo y con la patronal.”

LCV: “¿Es una audiencia por Zoom?”

Rodrigo Romero: “Sí, es por Zoom. Estamos esperando el cuarto intermedio y que termine.”

LCV: “¿Cómo la ves venir?”

Rodrigo Romero: “No se ve muy bien la cosa. La fábrica está muy dura. Está todo en discusión. Nosotros esperamos ver qué camino se puede tomar, si se puede conciliar, pero lo único que queremos es conservar nuestro puesto de trabajo, la fuente laboral para todos los trabajadores, de forma colectiva.”

LCV: “¿Está dictada la conciliación obligatoria?”

Rodrigo Romero: “Sí, fue dictada y la fábrica la acató. Por ley deberíamos volver todos a trabajar, pero la patronal dice que nos considera despedidos y que no nos va a dejar ingresar.”

LCV: “¿Cómo era trabajar en Fate?”

Rodrigo Romero: “Yo trabajo hace 20 años en Fate. Cuando entré, en 2006, ya había conflictos. La gente de adentro te advertía que Fate no pagaba bien. Igual, era una empresa grande, con prestigio, donde se ganaba un poco más que en otros lados.”

LCV: “¿Cuál es tu tarea dentro de la planta?”

Rodrigo Romero: “Soy operario. Manejo máquinas de radial auto que fabrican cubiertas 15, 16 y 17. Son máquinas automáticas, semiautomáticas y manuales.”

LCV: “¿Esa experiencia se puede trasladar a otro rubro?”

Rodrigo Romero: “Solo dentro del neumático. Podría trabajar en Pirelli o Firestone, pero siempre en este rubro. Hace 20 años que hago neumáticos, es el único oficio que tengo.”

LCV: “Eso implica una enorme pérdida de capital humano.”

Rodrigo Romero: “Exactamente. Hay compañeros con 20, 30 y 40 años de fábrica. Muchos están físicamente destruidos. Mi hermano, por ejemplo, perdió un brazo por falta de medidas de seguridad. La empresa quiso indemnizarlo y echarlo, pero como sindicato logramos su reincorporación. Él quería seguir trabajando.”

LCV: “¿Cuántos años tenés?”

Rodrigo Romero: “Tengo 44 años.”

LCV: “¿Cómo impacta esto en tu vida personal?”

Rodrigo Romero: “Tengo una hija de 10 años, vivo con mi compañera y sus dos hijos. Alquilo. Pensé que en cinco años iba a poder comprar algo, pero ya llevo 20 y no se pudo. Hace 14 meses que no tenemos aumento. Siempre fue una lucha.”

LCV: “¿Hace cuánto sos delegado sindical?”

Rodrigo Romero: “Hace 9 años. Todos los años era lo mismo: Fate nunca quería dar nada. Lo que logramos fue empatar o superar la inflación hasta que llegó el gobierno de Milei.”

LCV: “¿Qué opinión tienen sobre el empresario y el gobierno?”

Rodrigo Romero: “Creemos que Madanes Quintanilla siempre tuvo acuerdos con todos los gobiernos. Tiene espalda económica. La fábrica está llena de materia prima y las máquinas están listas. Cerraron justo antes de la reforma laboral. Creemos que es una maniobra.”

LCV: “¿Quiénes quedan en el medio de esa disputa?”

Rodrigo Romero: “Nosotros. Los trabajadores. Somos el jamón del sándwich.”

LCV: “¿Creés que la fábrica va a volver a abrir?”

Rodrigo Romero: “Sí, sin dudas. No se puede cerrar una empresa de esta magnitud. El problema es entre el empresario y el gobierno. Los que pagamos el plato roto somos los trabajadores.”

Continue Reading
Advertisement

Facebook

Copyright © 2017 Zox News Theme. Theme by MVP Themes, powered by WordPress.