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Historias de trabajadores

La calle me abrazó, por Rodrigo Bichito Gauna *

A los 10 años yo no sabía nada de la vida, quería aprender las cosas básicas que uno necesitaba: saber leer, saber sumar y restar. La escuela me lo prohibió porque a los 10 años me expulsó juzgándome de la peor manera. Decidieron que mi vida sea la nada misma al hacerme una manipulación de poder bárbara para que yo no pudiera inscribirme en otra escuela ya que no me dieron el pase para comenzar en otra.

Dos años y medio después recién decidieron dármelo cuando yo ya había encontrado otra escuela que me sirvió mucho mas en lo personal que en lo educativo: la calle. Todos dicen que la calles es mala, que solo hay gente mala por el hecho de ser callejeros o chorros o negros drogados y no se cuantas cosas mas. Pero la calle fue la maestra y la directora que me echó, la madre que no me crió, el papa que se borró porque no se la bancó y los hermanos que conocí después de un tiempo.

A mí los adultos me mintieron. La calle me acarició, me abrazó, me retó, me contuvo y me hizo lo que soy ahora. Pero también me dejó muchas dudas: ¿por qué mierda yo soy tan cariñoso? ¿Tan buena gente? ¿Tan preocupado por los demás que por unos mismo? ¿En donde aprendiste muchacho que a los 10 años vos tenés que trabajar y no estudiar? ¿En donde sacaste muchacho el decir no cuando allá por el 95 te mandaron a comprar faso a lo de la gorda Adriana y le dijiste que no ibas? ¿De dónde sacaste muchacho que tus padres te abandonaron si cuando vos ibas creciendo ellos no estaban? ¿De dónde sacaste muchacho que tu abuelos tan viejos son tus padres? ¿De dónde sacaste esa historia que a tu hermano mas grande lo conocías sin saber que era tu hermano y siempre pensaste que era tu amigo que venía desde San Nicolás a visitarte? ¿De dónde sacaste muchacho que los huevos esos que tenías a los 12 años cuando a tu hermano mayor -que corrió la misma suerte que vos- cayó en cana y vos lo ibas a visitar a la comisaría que esta en Paraguay y Mendoza? ¿De dónde sacaste muchacho que no había que acostumbrarse a las cárceles de menores y de mayores? ¿De dónde sacaste muchacho el saber cambiar los pañales de tus sobrinos y darle una mano a tu cuñada porque tu hermano aun seguía en cana? ¿De dónde sacaste muchacho que la violencia en general no se naturaliza? ¿De dónde sacaste muchacho el enamorarte de grande si vos nunca tuviste amor? ¿Por qué cuando empezaste a hacer el amor y la puta imagen de tu vieja se te aparecía y hacías sentir a la persona de la cual te enamoraste que era fea no la hacia sentir deseada hasta que ella te entendió y no te juzgo? ¿De dónde sacaste muchacho los sueños de irte de la villa y no naturalizarla? ¿De dónde sacaste mucho el ser compañero y muy amigo?

¿Por qué a muchos que cuidaste y protegiste hoy ya no están porque se tuvieron que morir antes de tiempo? ¿De dónde sacaste muchacho los huevos que tenés y que tuviste para seguir adelante con ganas de cambiar esta puta realidad? ¿Quién te enseñó que si no hay una justicia social en serio es todo una mentira lo que dicen el Estado, sea Nacional, Provincial o Municipal? ¿De dónde sacaste muchacho ese interés por la política y no la que esta en otra parte si no la que está acá? ¿De dónde sacaste muchacho que en los comedores en los cual vos comiste como 15 años de tu vida no son naturales y siempre los repudiaste diciendo y denunciando que las familias deberían comer en sus casas y no en los comedores comunitarios y escolares? ¿De dónde sacaste muchacho que el asistencialismo es una verdadera mierda? ¿De dónde sacaste muchacho que los brazos no se bajan y las luchas no se caen?

Diez años tuve yo y 10 años tuvieron muchos de los pibes que se murieron antes de tiempo a mano de los estados corruptos o de los estados presente pero de forma corruptas. Perdiste a muchos seres queridos del 95 a esta parte. ¿Te acordás que vos con tus 10 años llevaste el cajoncito de esa nena que mató el padre en el pasillo en donde vos te criaste? Ese día recuerdo que se fueron los 3 primeros angelitos para el cielo porque el papa las mató a ellas y después se mató el porque quería matar a su mamá. De ahí para acá la vida siempre fue de muerte en muerte. Muertes inentendibles, miradas calladas hasta secas de lágrimas, sueños parados, pero gritemos todos que la muerte no se ponga de moda.

  • Texto tomado del muro del Bichito Gauna, referente social del barrio de Ludueña, Rosario.

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Una historia de zapateros, por Liselotte Leiser de Nesviginsky

Tengo 94 años, nací en Berlín, en una familia judía que era dueña de una importante cadena de zapaterías y llegué a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Soy viuda luego de haber estado casada más de 50 años con un hombre extraordinario, buen compañero de vida y aventuras. Mi único hijo se llama Jorge, 58 años. Soy, también, una sobreviviente del nazismo. Claro que ese calificativo no alcanzaría para definirme como persona, pero creo que es una forma posible de empezar a presentarme. Voy a ir por partes.

La cadena de zapaterías de mi familia, “Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien fundó esa empresa en 1895.Alberto había venido para aprender en los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la venta de calzado al público, la comercialización delproducto.Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma. Ninguno de nosotros podía imaginar la importancia que tendría ese hombre que de tal modo se cruzó con nuestras vidas para siempre. Pasaron los años y la oscura estrella de Hitler siguió ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible.

En el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y, como consecuencia de ese despojo cruel y racista, mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva con una persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En noviembre de 1938 se produjo la tristemente célebre noche de los cristales rotos, esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre de Kristallnacht. A partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez más duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más lejos, ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas hasta que a la edad de catorce años fui notificada por una profesora diciéndome, con una sonrisa entre cínica y fría, pero también como un alerta de lo que se venía, que debía buscar inmediatamente otro lugar ya que por ser judía no podría continuar estudiando en ese liceo.

Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar un lugar más seguro y tranquilo.

Recuerdo ese momento crítico y angustiante con el mayor detalle que mi débil memoria permite. Íbamos a embarcarnos, creo, en un avión de la línea Lufthansa. En la aduana los SS nos desnudaron por completo para comprobar que no lleváramos joyas escondidas en el cuerpo. Así era la vida entonces. En Amsterdam mi familia poseía también una cadena de zapaterías conocida como Huff, no tan grande como la de Alemania, pero igualmente importante y prestigiosa. En el nuevo destino no disfrutamos de la suerte esperada. En mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial obviamente ficticia y con la promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la Guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También aunque yo era muy joven para conocer el detalle sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió dinero a él con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería.

Y así fue. A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio a los valores permanentes de la condición humana.Lo que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para mí. Un día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había salido a bailar con unos amigos en un bar de las cercanías cuando llegaron los de la Gestapo. Debo advertir que un poco antes de eso, en un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes costarricenses.

Fueron otorgados por el conde Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz.

Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio grandote donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y finalmente terminamos alojados en el campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito en realidad. Fue el mismo donde estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario íntimo, antes de ser trasladada a Auschwitz para matarla como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su pequeña hija. En Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados como animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del otro a las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas asquerosas, simples agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos con papel de diario cuando había. Las camas, de dos o tres pisos de alto, eran de hierro y con colchones de paja. Por las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos bebederos que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí. Secretamente me hice una almohadita rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los lugares por donde anduve en la vida. Aún hoy la conservo.Dentro de todo, y en comparación con los demás, tuve suerte porque una prima mía ya estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los médicos que trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier, también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del lugar. Yo, usando un brazalete que todavía conservo al igual que la estrella amarilla que nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé en el hospital como cocinera. Para alimentar a mis padres y a otras personas juntaba a escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y con eso, más algunos huesos que encontraba por ahí, preparaba una especie de sopa horrible que sin embargo sirvió de alimento para muchos.

Lo que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada liberación. Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la Bourboule. Una semana después se produjo el desembarco en Normandía y, qué emoción me da contarlo ahora, nos abrazamos todos llorando y corrimos hacia los alambrados de púas, los cortamos casi con los dientes y gritamos la palabra libertad, libertad, libertad, una, dos, cien veces. Una nueva vida empezaba para mí en ese instante.

Y lo vivido entonces fue> inolvidable para mí, para mis padres y para las demás víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir a una vida espantosa en el mejor de los casos . o a una muerte segura. Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas: sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los judíos durante esa época.

Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces por Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi familia conoce muy bien y que rescato en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno. Es curioso lo que pasó después o… lo que no pasó.

Junto a mi marido me dediqué a la actividad turística, llegamos a organizar el primer contingente de viajeros argentinos a la Antártida, la vida siguió su curso. Pero lo cierto es que finalmente perdí todo contacto con los Grimoldi. Alcancé a saber que el hombre que nos había ayudado tanto en momentos de grave riesgo para mi familia había muerto si no me equivoco en 1953. Todo lo vivido pareció entonces perderse para siempre en el olvido.

Encuentro de Liselotte Leiser y Alberto Grimoldi en un histórico encuentro

Un día, no sé por qué, me puse en campaña junto a Virginia, una gran amiga y asistente, para ubicar a los Grimoldi. Fue como querer retomar en parte el hilo que se había roto. Ayudó en tal sentido un artículo aparecido en un diario donde se mencionaba a esa familia y su historia con algún detalle. Virginia, bastante más moderna que yo en el manejo de Internet y esas cosas, se ingenió para dar con Grimoldi hijo, el actual presidente gerente de la empresa. Le enviamos juntas un mensaje electrónico y así se retomó el vínculo. Fui invitada a una reunión convocada en la fábrica con toda la familia para que yo contara el comportamiento que tuvo Alberto con nosotros. Eso fue muy emocionante para todos. Lo que dije en ese encuentro lo repito ahora. Ojalá todos los hombres actuaran como lo hizo Grimoldi. Su hijo, Alberto Luis, es el actual presidente y gerente de la empresa y más allá de eso es, debo decirlo con todas las letras, un amigo permanente de la familia que nunca se olvida de nosotros. Tengo 94 años y pese a todo lo pasado y sufrido estoy feliz de estar aún en el mundo.

  • Liselotte, conocida como Lilo, murió en diciembre de 2013. Tres años antes logró reencontrar a la familia Grimoldi que la había salvado del nazismo. Su historia fue publicada en el diario Clarín en el año de su muerte.

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Benito, el más joven de la FOTIA, por Héctor Amichetti

Benito Vicente Romano fue un gran dirigente de la Federación Obrera de la Industria Azucarera (FOTIA), al que siempre hay que recordar por su ejemplo de humildad, por su capacidad y lealtad con la clase trabajadora y los ideales del Peronismo.

El 14 de abril de 1976 fue detenido por un grupo de hombres que se identificaron como miembros de la Policía Federal, en el Hotel Splendid, ubicado en Avenida Rivadavia al 950, barrio de Monserrat, Capital Federal.

Quienes presenciaron su detención, luego convertida en secuestro y desaparición, cuentan que reaccionó ante los captores señalando con firmeza: “A mí no me esposan, yo no soy un criminal, soy un dirigente sindical peronista”.

Apenas tenía 17 años cuando fue elegido delegado del Ingenio Esperanza en Tucumán, en un tiempo de conquistas impulsadas desde la Secretaría de Trabajo y Previsión Social por un hombre (militar él), que poco a poco se iba ganando el corazón de los obreros en todo el país.

El 4 de mayo de 1944 los trabajadores de la industria azucarera de Tucumán fundaron la FOTIA y fueron los primeros en declarar una huelga general marchando hasta la plaza Independencia en la ciudad de San Miguel de Tucumán el 16 de octubre del ’45 para exigir la libertad de Juan Perón a quien la oligarquía intentaba borrar de la historia.

Al año siguiente, siendo ya Perón el Presidente de la Nación, Benito fue condecorado por Evita por ser el dirigente sindical más joven del país. Una década más tarde formó parte de los hombres y mujeres de la resistencia decididos a dar la vida por su líder, coordinando acciones con el General Valle en el fracasado levantamiento cívico- militar por la recuperación de la democracia.

Perseguido, Benito Romano marchó al exilio en Bolivia para regresar con la llegada de Frondizi al gobierno nacional. En 1959, al ser normalizada la vida institucional en la FOTIA, resultó elegido Secretario General por la Lista Blanca con 43.302 votos, en comicios en los que participaron 3 listas y emitieron su voto 57.000 trabajadores azucareros. Ese mismo año encabezó una histórica y triunfal huelga del gremio en la que lucharon de manera mancomunada los obreros de la industria con los del surco.

Como parte de la dirigencia sindical enteramente comprometida en la acción política bajo la más pura identidad peronista y burlando la proscripción, Benito se convirtió en Diputado Nacional en 1962, integrando el Partido Acción Provinciana, siendo reelecto en 1965. La llegada de Onganía al poder y el cierre de ingenios en su provincia lo colocó en la primera línea de batalla por lo que tuvo que soportar un año y medio de cárcel.

Fue activo protagonista de la gesta del sindicalismo combativo que enfrentó a “colaboracionistas” y “participacionistas” conformando una nueva dirección de la CGT en el Congreso Normalizador “Amado Olmos” de 1968. En una carta que Perón envió desde Madrid a Raimundo Ongaro, en el mes de abril de aquel año, refiriéndose a aquellos leales dirigente de la CGT de los Argentinos, escribía: “…no solo han salvado el honor peronista, sino que también han permitido comprobar fehacientemente la conducta de los que, con diversos pretextos, se encuentran traicionando a los trabajadores y al Movimiento”.

Un detalle digno de señalar, Benito Romano ocupó el cargo de Prosecretario Gremial e Interior de la CGT de los Argentinos, en la que por norma ética todos los directivos comenzaron su mandato presentando una declaración de bienes, quien no tenía casa propia, era propietario de un vehículo o alguna pequeña suma de dinero ahorrado, pues él declaró no tener bien alguno porque en realidad no era propietario más que de una enorme dignidad desprovista de cualquier bien personal.

Junto con su compañero y amigo Atilio Santillán fueron los máximos referentes de la FOTIA, protagonistas esenciales de infinidad de combates que permitieron la recuperación de la democracia y el retorno de Perón a su Patria, sin embargo, nunca eligieron el camino fácil de la obsecuencia, al igual que nuestra Federación Gráfica Bonaerense, que la Asociación de Empleados de Farmacia y de algún otro gremio, la FOTIA señaló sus reparos al Pacto Social convocado por el FREJULI luego de la victoria electoral de 1973.

En 1974 los trabajadores azucareros de Tucumán fueron una vez más a otra gran huelga, muy bien relatada en el libro “El último grito” del periodista y escritor Marcos Taire; allí transcribe palabras dignas de destacar, de Atilio Santillán, Secretario General de la FOTIA, en un Congreso de delegados en septiembre de 1974, en pleno conflicto: “…me pintan como un cuco jineteando un caballo rojo, pero como el resto del Consejo Directivo de la FOTIA no hago más que responder al mandato de las bases”.

Benito y Atilio actuaban como pensaban. Cuando se produjo el golpe militar de marzo del ’76, Benito Vicente Romano cumplía funciones como Director Obrero de la Compañía Nacional Azucarera (CONASA), desde ese organismo trabajaba sin descanso y con absoluta convicción para alcanzar una auténtica nacionalización de la industria azucarera, lo que lo convertía a él y a los dirigentes de la FOTIA, en enemigos declarados de Blaquier y del privilegiado círculo de patronales azucareras cartelizadas.

Es por eso mismo que, mientras lo mantenemos vivo en el corazón del pueblo trabajador intentando rescatarlo del olvido al que lo somete la superestructura sindical y política, seguimos combatiendo con sus ideales intactos como bandera, a los enemigos que lo desaparecieron.

¡Benito Romano Presente!

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“Las rurales” de Salta que se animan a más

Por Florencia Vespignani

(florenciave@gmail.com)

“Somos las rurales”, me dice Gabriela Reartes para referirse a ella y a sus compañeras de trabajo. Gaby es salteña, tiene 38 años, está orgullosa de ser trabajadora rural, y parte de ATRES (Asociación De Trabajadores Rurales y Estibadores De Salta) que integra la Federación de Trabajadores Agrarios de la Actividad Primaria (FETAAP). La actividad principal que desarrollan en su provincia es la cosecha de tabaco, pero también de citrus, uva, ají, poroto y maíz.

Estamos en la vereda del Sindicato de Obreros y Empleados Aceiteros de Rosario, donde se realiza la segunda jornada del II Encuentro Feminismo y Sindicalismo. Es la primera vez que en esta sede se realiza una reunión de mujeres. Gaby está entusiasmada: encontrarse con otras mujeres sindicalistas le reafirma el camino y le abre nuevas perspectivas. Habla claro y preciso y me va contando cómo es su trabajo, la situación de “las rurales” y las tareas que lleva adelante.

Su sindicato representa a trabajadorxs rurales en relación de dependencia, sus patrones son los dueños de las fincas. En una provincia donde el nivel de trabajo informal supera el 45%, ese reconocimiento como trabajador/a asalariado es un gran desafío. En Salta, donde Gaby vive, milita y trabaja es fácil para los dueños de la tierra tener peones y peonas sin registrar.

En algunos sectores hablar en género femenino sigue siendo lejano, la palabra peona no es muy habitual escucharla ni escribirla. Históricamente no era la peona, sino la mujer del peón, que sin salario tenía que ayudar a su marido. Una vez más no reconocidas. También el nombre de los sindicatos y federaciones se siguen enunciando en masculino: trabajadores, estibadores, empleados, aceiteros. Incluso Gaby usa el genérico masculino cuando habla, y pienso en las disputas de sentido que damos desde los feminismos.

Otra dificultad debe encarar es que les mismes trabajadores no conocen sus derechos, lo cual hace el trabajo gremial más difícil. Por eso, una de las primeras tareas que encaró Gaby fue recorrer finca a finca explicando los derechos laborales: Nosotros hicimos trabajo de hormiga, recorrer fincas y barrios capacitando: ¿sabés que te toca el aguinaldo?, ¿sabés que te tocan las vacaciones?, aunque sea temporal te toca, aunque sea 50 pesos son tus vacaciones, te toca un porcentaje”. Y así también se ganaron la bronca de los patrones, que prefieren que les trabajadores sigan como venían: sin conocer ni reclamar lo que les corresponde.


“Nosotros hicimos trabajo de hormiga, recorrer fincas y barrios capacitando: ‘¿sabés que te toca el aguinaldo?, ¿sabés que te tocan las vacaciones?'”

SOBRE EL TRABAJO PARA QUE LES PEONES CONOCIERAN SUS DERECHOS

¿Cómo es la situación de mujer rural y sus derechos? Le pregunto. “Totalmente nulos –responde–, nos acostumbramos a enfocarnos en el trabajo, en lo poco que ganás, vos sabés que te pagan mal, pero que te quedás callado porque no hay quien te represente”.  

A Gaby y sus compañeres lo que les juega en contra es el sentido común que prima en su territorio, donde está naturalizado que la política y los sindicatos son malas palabras. Es parte del discurso elaborado desde el poder para aplacar la organización y la posibilidad de que los sectores populares reclamen y se organicen. Contra este sentido común que desmoviliza, se enfrentó Gaby: De dónde venimos ven que la política es mala y el sindicato son chorros. Así nomás…  mi mamá al principio me decía ´no te metas, porque yo no te enseñe a robar´”. Pero ella empezó a participar y al principio dice, “yo no sabía ni quién era el presidente… vos trabajás, te levantás, vas a trabajar, volvés, descansás y luego te levantás para trabajar otra vez… ni siquiera en los estudios nos enfocamos, lamentablemente.

La participación en el sindicato le sirvió para formarse políticamente y representar a sus compañeros y compañeras, la hace sentir protagonista. Hoy habla de política con naturalidad y de sindicalismo con claridad.

El gobierno de Macri nos sacó derechos, una herramienta fundamental que es la intercosecha, y teníamos a la Uatre (Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores) aplaudiendo eso… Recorras donde recorras no hay trabajador que se sienta representado por la Uatre”. 

Para garantizar derechos y pelear contra el trabajo no registrado, desde la FETAAP, exigen que el registro de trabajadores rurales esté en manos del Estado y que sean parte los sindicatos que genuinamente representan al sector. Por eso está orgullosa de integrar lo que ella denomina “el nuevo sindicalismo rural”, para diferenciarse claramente de la UATRE. También reflexiona sobre los problemas que están atravesando en el sector: el reemplazo de personas por tecnología. Y están pensando alternativas y se fueron acercando a las organizaciones de pequeños productores “y mostrarle al gobierno que hay tierras para trabajarlas, que nos ayuden con las herramientas… sabemos cómo trabajar la tierra, estamos empezando a pensar esto. Y con este proyecto nos unimos con el campesinado y pequeños productores para poder salir juntos a pelear”.


“De donde venimos ven que la política es mala y el sindicato son chorros. Mi mamá al principio me decía: ‘no te metas, porque yo no te enseñé a robar'”

sobre cómo el sindicalismo está mal visto en la región

Gaby también se animó a de ser candidata a diputada. “Imaginate, en mi provincia, gobernada por garcas y re machista, donde los políticos son también nuestros patrones”. Para dar pelea contra ese conservadurismo dio debates en el Frente de Todos: “¿Por qué los únicos que pueden ocupar esos lugares son los patrones, los abogados, los contadores?”, les preguntó a sus compañeres. “Esos lugares los podemos ocupar los obreros, no solo el sector rural, sino el de la construcción, de la metalúrgica, etc.”, insistió. Y aunque no llegó (todavía) a ser diputada, la experiencia le resultó “espectacular”.

Pero, ¿qué costo pagamos las mujeres cuando decidimos ser sindicalistas y hacer política?

“A mí me tocó la parte más fea”, cuenta. “Mi hijo tenía 6 años cuando empecé a enfocarme en el trabajo (sindical) y empezamos a recorrer las fincas. Volvía de trabajar tipo siete y me iba al sindicato a capacitarme, empezamos de esa manera. Dejaba mucho a mi hijo y ahí la familia se te pone en contra, porque dice que lo hacés que no se entiende”.

Durante un tiempo ella y sus compañeres tuvieron que viajar a Buenos Aires para lograr la certificación del nuevo sindicato. “En uno de esos viajes me llega una notificación de mi expareja, para sacarme a mi hijo; pusieron abandono de mi hijo, y una tiene que retrucar que no abandonó, que mi hijo seguía estudiando, se quedaba con los tíos, y una tenía que viajar por su trabajo, por lo que hacés. Por suerte no logró sacarme la tenencia, pero fue duro”.  

Ahora sabe que su hijo está contento, que entiende lo que ella hace y valora la constancia que tuvo en este camino. Me cuenta otra anécdota que ayuda a entender la situación en su provincia: desde la escuela la llamaron y le preguntaron por qué le metía política en la cabeza al hijo.

El crecimiento y la visibilidad del movimiento feminista impulsa a compañeras como Gaby. No sólo por la lucha a la par de sus compañeros varones del sector rural, sino por el desafío de tener que demostrar a su familia y sus vecines que luchar vale la pena. En estos años Gaby dio batalla contra el sentido común que la recluía adentro de la casa y la traccionaba a quedarse quieta, contra el mandato que establecía que una mujer como ella no podía ser protagonista. Gaby se animó: salió de su casa, se organizó, se capacitó, debatió con su familia, en su barrio, recorrió fincas, representó a sus compañeres, es sindicalista y fue candidata a diputada. Se animó y, siguiendo su ejemplo, hoy son muchas más las mujeres que, aún en una provincia conservadora como Salta y un sector históricamente postergado como el rural, cada vez se animan más.

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