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Fuego y sangre: la Comuna de París de Walter Benjamin

Publicado por Esther Leslie en Jacobin

El Libro de los pasajes de Walter Benjamin esboza una historia panorámica del París del siglo XIX. La Comuna de París aparece en ella como una tragedia: un esfuerzo fallido por el derrocamiento revolucionario, en el que, finalmente, empapados en su propia sangre, los comuneros aplican el terror político contra un Estado que tiene reservas mucho mayores. Apoyada en los cimientos más endebles, la revuelta no podía sino fracasar.

Los historiadores de la izquierda, en la época en que Benjamin escribe, en la década de 1930, ya habrán llegado a saber que, por muy inspiradora que fuera como emblema del rechazo espontáneo y la insurgencia intransigente, la Comuna carecía de una base social cuidadosamente preparada. La insurrección se eleva rápidamente, como un globo sin ataduras, que pronto puede ser pinchado y desinflado. Pero en contraste con los que dispensan reproches políticos sobre los fallos de la forma política y social, Benjamin se detiene en el detalle diabólico de los sucesos infernales en y después de la Comuna.

Entre ellos se encuentra el demoníaco poder de crítica de la Comuna. Mientras visita la primera exposición sobre la Comuna, en St. Denis en 1935, Benjamin se fija en una pancarta del 15 de abril de 1871. Propone un monumento comunero a los malditos. En él estarían grabados todos los nombres de las personalidades oficiales del Segundo Imperio que hicieron una «historia infernal».

Se incluye a Napoleón I, «el villano de Brumario, el jefe de esta raza maldita de bohemios coronados que nos vomitó Córcega, esta línea fatal de bastardos tan degenerados que se perderían en su propia tierra natal». El barón Haussmann —arquitecto del amplio bulevar, archidemoledor de París— también es deshonrado. Hizo que París estuviera preparada para el barrido de los vehículos militares.

A propósito de Haussmann, Benjamin cita al antifascista Jean Cassou, que en 1936 reflexionaba sobre los combatientes desarmados que luchaban contra los oficiales con trenzas de oro y construían barricadas en las esquinas de las calles locales. Este acto es «el salto supremo del siglo XIX», un salto de fe en el que persisten disposiciones urbanas y políticas del pasado:

Uno todavía quiere creer. Creer en el misterio, el milagro, el feuilleton, el poder mágico de la epopeya. Uno aún no ha comprendido que la otra clase se ha organizado científicamente, se ha encomendado a ejércitos implacables. Sus dirigentes hace tiempo que han adquirido una visión clara de la situación. No en vano, Haussmann construyó amplias avenidas perfectamente rectas para romper los barrios enjutos y tortuosos, caldo de cultivo del misterio y del feuilleton, jardines secretos de la conspiración popular.

La calle ancha es un arma del Estado y va a destrozar el viejo París, caldo de cultivo de la intriga, la rebelión, el cotilleo, la poesía. Los bulevares de Hausmann pavimentan la esperanza y destierran el desorden. La Comuna es un último y excitado grito de caos. La historia —incluso la inmediata— lo verá como tal. Es una «orgía de poder, vino, mujeres y sangre», escribe Charles Louandre, en su estudio de 1872 Las ideas subversivas de nuestro tiempo.

El vino alude a la exuberancia, a la alegría de recuperar las calles, a los efectos embriagadores de la revuelta asociados a la Comuna. La sangre es la sangre de la represión, los brutales fusilamientos de comuneros en la semaine sanglante del 21 al 28 de mayo. También es la sangre derramada por los comuneros, que, desesperados, a medida que disminuían sus efectivos y se retiraban al centro de París, ejecutaron a los rehenes.

Y las mujeres, ¿qué mujeres? Las Mesdames Sans-Culottes, las lavanderas, las costureras, las encuadernadoras y las sombrereras que formaron la Unión de Mujeres y organizaron el suministro de alimentos y combustible. Mujeres poderosas, mujeres que exigen el poder para que sea distribuido a todos. Entre ellas se encontraba la comunera Louise Michel, que declaró en sus memorias La virgen roja: «Bárbara como soy, amo el cañón, el olor de la pólvora, las balas de ametralladora en el aire». La Comuna quiere, dice, «¡Arte para todos! ¡Ciencia para todos! ¡Pan para todos!».

La nación es a menudo alegorizada como una mujer. La Republique, la personificación de Francia, es una mujer. Benjamin menciona una litografía titulada Ella. Una serpiente aprieta hasta la muerte a una hermosa mujer; sus rasgos se asemejan a los de Thiers, supresor de la revuelta. Debajo hay un verso: «Hay muchas maneras de tomarla/Ella está en alquiler pero no en venta». La república puede ser tomada por una u otra fuerza política, pero no se les entregará para siempre. Imaginada como una prostituta, la República no es fiel a un amante, una ideología o un régimen. Ahí radica su peligroso poder. Las mujeres que pueblan la imaginación de los comentaristas son peligrosas, revolucionarias intransigentes, macabras agentes de la muerte, destructoras, quemadoras de hogares.

Benjamin describe otra litografía del caricaturista Marcia. Titulada La perdición de la Comuna, un esqueleto marcado como mujer, envuelto en una tela blanca ondulante y portando una bandera roja raída, cabalga sobre un monstruoso caballo-hiena que se aleja de un callejón, cuyas casas son cosquilleadas por el humo y las llamas. Esta es la imagen perdurable de las mujeres de la Comuna, o más bien de los desesperados días finales de la Comuna: las pétroleuses [petroleras].

El ministro estadounidense en Francia, Elihu Benjamin Washburne, resumió en su informe basando en escuchas el fantasma de la mujer incendiaria:

Camina con paso rápido cerca de la sombra del muro. Va mal vestida; su edad oscila entre los cuarenta y los cincuenta años; tiene la frente atada con un pañuelo rojo a cuadros, del que cuelgan mallas de pelo despeinado. Tiene la cara roja, los ojos borrosos y se mueve con la mirada inclinada hacia abajo.

Lleva la mano derecha en el bolsillo o en el pecho de su vestido medio abotonado; en la otra mano sostiene una de las latas altas y estrechas en las que se transporta la leche en París, pero que ahora, en manos de esta mujer, contiene el espantoso líquido del petróleo. Cuando pasa por delante de un poste de clientes habituales, sonríe y asiente con la cabeza; cuando le hablan, responde: «¡Mi buen señor!». Si la calle está desierta, se detiene, consulta un trozo de papel sucio que lleva en la mano, se detiene un momento ante la reja que da acceso a un sótano, y luego continúa su camino, con paso firme, sin prisas.

Una hora después, una casa se incendia en la calle por la que ha pasado. Así es la pétroleuse.

Es una de las muchas invenciones de las imaginaciones agitadas. Es probable que las mujeres incendiarias de París no existieran, o no de la forma imaginada, aunque en los estatutos de la Unión de Mujeres para la Defensa de París de los Comuneros se anunciara la «compra de gasolina y armas para la ciudadana combatiente». La fuente de Washburne acumula detalles: el color, el porte, el cabello, los gestos.

La escena es vívida, como el naturalismo ascendente en aquella época en el mundo de la cultura literaria y artística. La paleta de la pirómana es roja: el pañuelo, la cara y lo que toca se vuelven rojos, antes de hundirse en forma de ceniza. Está sucia, su vestido deshilachado, su pelo incontrolable; el papel que sostiene también está sucio. Su mano se agarra al interior de su vestido semiabotonado, medio aguantando el derrame de su pecho, que no es el pecho noble y dadivoso de La libertad guiando al pueblo, sino el de una mujer antinatural que cambiaría la leche por la gasolina. Mientras camina, las calles estallan en llamas.

¿Alguna vez se ha pillado in fraganti a uno de estos exaltados de sangre fría, con pasiones inflamadas y aire fríamente calculador? Tal vez nunca, a pesar de las aparentes declaraciones de testigos presenciales, como la de John Leighton, que estaba convencido: «Se encontraron pequeños billetes, del tamaño de un sello de correos, pegados en las paredes de las casas de diferentes partes de París, con las letras B.P.B. (bon pour brûler), literalmente, bueno para quemar. Algunos de los billetes eran cuadrados, otros ovalados, con una cabeza de bacante en el centro. Se fijaban en lugares designados por los jefes. Cada petrolera debía recibir diez francos por cada casa que explotara».

Una cabeza de Bacante: mujer traicionera de nuevo, devota del frenesí y el caos. París tiene que ser remendada, «todos los agujeros y grietas se enlucen para impedir la introducción del líquido diabólico, amurallado contra los pétroleurs y las pétroleuses», señala Leighton. La ciudad se convierte en una morgue. En un lugar, anota Leighton: «Esta mañana han fusilado allí a tres petroleras, los cadáveres siguen tirados en los bulevares». No hay nada más que el dolor de la derrota para Eulalie, Louise, Hortense, Fille, Léontine, Clara y las demás petroleras, captadas por la cámara de Eugène Appert, mientras esperan el juicio por incendio, cargo que todas negaron.

La Comuna de París se convirtió en un infierno abrasado por las fuerzas de la reacción. Benjamin habla de fugitivos ejecutados tras una persecución por el submundo de las catacumbas llenas de esqueletos. La historia infernal no fue conmemorada por la Comuna en un monumento esculpido en piedra, sino que tuvo a la Comuna como su consumación.

Benjamin señala cómo Blanqui, campeón de la insurrección, solo ve en su derrota una eternidad de repeticiones, el fin de la historia. Pero Benjamin percibe, en cambio, que marca el fin de una fantasía, la promesa de liberación universal, quebrada una y otra vez por la burguesía. Cada vez está más claro, señala, que «cada fabricante vive en su fábrica como el dueño de una plantación entre sus esclavos». Aquí no hay igualdad. No entonces. Ni ahora.

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El Gran Hermano | Por Hernán López Echagüe

Uruguay es el hermano menor de Argentina, que es la cuñada rica de Bolivia, que es la melliza de Ecuador y prima de Colombia, que es la hermana no reconocida de Perú, que a su vez es el hijo adoptivo de Chile, que es ahijado de Paraguay, peleado con su sobrino Venezuela, que es nieto de Brasil, y, al igual que todos, ignorantes por completo de lo que ocurre con la vida de las trillizas Guayanas. Todos hijos de los Estados Unidos, un padre reprochable, afecto al abandono y la humillación, pero, sin embargo, habitualmente venerado por toda su prole.

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En qué consiste el proyecto Kume Ulmen que une comunidades mapuches con trabajadores

Gabriel Troncoso, coordinador entre las comunidades mapuches y el sindicato Chilterra, charló con La Columna Vertebral sobre la realización del Proyecto Kume Ulmen que sienta las bases para la ocupación colectiva y productiva de tierras en los predios del grupo lechero Chilterra.

KUME ULMEN es una corporación que nace desde la convergencia de visiones y
necesidades de un grupo de autoridades ancestrales de distintos territorios del sur de
Chile y Gulumapu, desde la quinta región, hasta Melinka, territorio de Las Guaitecas.
Tras importantes reuniones, las autoridades ancestrales concuerdan en que el futuro de
Chile depende de la agricultura y uno de los factores críticos que condiciona el desarrollo futuro del agro, es la crisis alimentaria en curso.

Por ello, Kume Ulmen se presenta como una oportunidad, una alternativa real de cambio,
que permita a comuneros mapuche y trabajadores pasar de ser observadores a actores
relevantes de un proceso que les permitirá dejar atrás la pobreza a través del
emprendimiento colectivo y la industrialización.

Así, la compra de tierras a través de CONADI, permitirá desarrollar proyectos industriales
en condiciones competitivas, organizadas en cooperativas y agrupadas por rubro

El proyecto estipula la creación de Nutram, la primera cooperativa lechera que estará conformada por las primeras cinco comunidades que forman parte de este proyecto.

“Durante años, se ha descuidado a los agricultores y la tierra, se han empobrecido,
repartido mal los recursos y pagado mal a los trabajadores. Es por esto que la visión de Kume Ulmen está enfocada en la búsqueda de lo óptimo, que es ese equilibrio que nos mueve a pensar en un nuevo pacto social, que genere desarrollo y mejore las condiciones de vida de todos los involucrado”, explicaron.

Las autoridades de este proyecto diseñaron un esquema de gobernación sólido que cuenta con la incorporación de diversos agentes empresariales, políticos y profesionales con una comprobada trayectoria. Para el diseño de dicho gobierno corporativo, se han considerado algunos ejemplos de fundaciones alemanas exitosas, como la Konrad Adenahuer y la Hanns
Seidel.

Por otro lado, desde Kume Ulmen indicaron que la respuesta del Estado a las demandas territoriales de las comunidades mapuches ha sido una política de compra de tierras que ha fracasado. El objetivo de Kume Ulmen es plantear una alternativa a “dicha polìtica fracasada, que arrastra a sus beneficiarios a vivir del asistencialismo estatal y transformarse en una opción de cambio, pasando de ser meros observadores a actores capaces de superar la pobreza, utilizando la industrialización de la agricultura como herramienta transformadora, sostenida en cuatro ejes: sustentabilidad, ciencia, seguridad alimentaria y vinculación con el medio. Así, lo que se propone es la instalación de un nuevo modelo productivo.”

Otro de los elementos clave del proyecto es la distribución del agua. “Garantizar el derecho al acceso al agua forma parte de los Derechos Humanos de primera generación ya que es un derecho intrínseco a la naturaleza humana que deriva del derecho a una calidad de vida adecuada y del derecho a la salud y se considera indispensable para asegurar las condiciones humanas mínimas de existencia”, explicaron desde Kume Ulmen. Por dicha razón, otra de las iniciativas planteadas es “envasar agua purificada utilizando los medios menos contaminantes disponibles y ponerla a disposición de la población sin cobrar por el elemento hídrico.” El objetivo es llegar a sectores donde el agua escasee.

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UTPBA no pudo comprobar sus afiliados y SIPREBA obtiene su personería gremial.

Con la firma de la Ministra de Trabajo de la Nación, Raquel Kelly Olmos, se confirmó este lunes 23 de enero en el Boletín Oficial que el SIPREBA, Sindicato de Prensa de Buenos Aires, obtuvo su representación legal y podrá participar de las negociaciones con las empresas periodísticas tanto en paritarias como en los conflictos sindicales. Mañana, martes 24 de enero, la Ministra hará entrega personalmente de la Resolución 21/2023 en una reunión que tendrá con los dirigentes de la conducción del gremio en el Ministerio de Trabajo. En los próximos días anunciaron la realización de un plenario de delegados y una conferencia para brindar detalles de esta conquista histórica.

La resolución desconoció la representatividad de la UTPBA ya que luego de una reunión para comparar la representatividad de SIPREBA, UTPBA Y SITRAPREN, la tradicional Unión de Trabajadores de Prensa “no resultó apta para acreditar la afiliación cotizante de la entidad, pues los recibos acompañados no cumplen con los requisitos de forma y los legajos no permiten establecer si el afiliado revistió el carácter de “afiliado cotizante”, como exige la Ley Nº 23.551, durante el período objeto de compulsa”.

Como sólo el SINDICATO DE PRENSA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (SIPREBA) pudo acreditar la existencia dentro del marco de las resoluciones del ministerio de sus afiliados, se le otorga la personería gremial.

Podés leer el texto completo de la resolución ministerial aquí:

https://www.boletinoficial.gob.ar/detalleAviso/primera/280087/20230123

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