Planeta Giussani
Collin y el regreso de Ludd, por Laura Giussani Constenla
Si estás desorientado y no sabés qué trole hay que tomar para seguir…es porque estamos atravesando un cambio de era. A no preocuparse, todos nos sentimos más o menos así, aunque algunos disfracen su ignorancia con frases altisonantes. Cuanto más fuerte el grito de una verdad absoluta, más dudosa su razón. Para darle algo de épica a este momento gris, pensemos que nos tocó vivir en un cataclismo de la historia. Cada cual en su bote, a la deriva pero haciendo historia, al fin.
¿Cómo será que se hace historia? Supongo que paso a paso, punto a punto, como un tejido o una costura que va uniendo lazos aquí y allá. Remendando quizás con mayor o menor arte en su costura. Acaso exista un punto atrás para después pegar el salto para adelante de modo resulte más fuerte y resistente. Claro que cada quién pega la puntada en dónde le parece su punto de partida.
Milei, por ejemplo, lo pone en la generación del 80, y estima que esa Argentina de ricos tirando manteca al techo en París mientras los laburantes intentaban sobrevivir ante un mundo hostil es el exacto punto para retomar el rumbo.
Por mi parte, hace rato que imagino que el cambio que vivimos es tan fuerte como fue la revolución industrial y todas las ideologías que por entonces aparecieron. En tiempos revueltos, al menos en esos tiempos, todos se ponían a pensar. Aparecieron los socialistas -más o menos románticos- desde Saint Jean a Proudhon o Rousseau; los anarquistas de Bakunin, los marxistas de Carlitos y los ludditas de un ignoto general Ludd.
La pregunta sería ¿qué hubiera ocurrido si en lugar de mantenerse tan firmes en sus convicciones se hubieran escuchado un poco más y hubiera nacido una síntesis de todos esos pensamientos de izquierda?
En estos días pude leer un interesante artículo que hace unos días Denis Collin publicó en el blog Philosophie et Politique y que llegó a mis manos (perdón a mi computadora que es casi una prolongación de mi cuerpo) gracias a la perseverancia del autor de Infoposta que desde hace décadas se empecina a difundir nuevas ideas en su boletín. https://infoposta.com.ar/notas/13633/el-regreso-de-ludd-o-c%C3%83%C2%B3mo-deshacerse-del-hombre-m%C3%83%C2%A1quina/
La nota tenía el sugestivo título de “El regreso de Ludd” en referencia a los luditas. Para ubicarnos en tema. Los luditas de inicios del ochocientos eran un poco rústicos y viscerales, para decirlo de algún modo. Quedaron tipificados en los libros de sociología como ‘algo imbéciles’. Obreros y artesanos que creían que la industria y el progreso iban contra la clase trabajadora y se dedicaban a destruir las máquinas de las primeras empresas textiles. Pura acción directa vista por muchos como absolutamente inconducente sobre todo por su falta de marco teórico. Dirigidos por un tal general Ludd, un personaje tan imaginario como el escarabajo del sub Marcos o Robin Hood. Fue allá por 1811, cuando los empresarios comenzaron a recibir cartas amenazadoras firmadas por un tal General Ludd. Un líder anónimo, tan individual como colectivo,que evocaba el nombre de un aprendiz de tejedor, Ned Luddlam, que rompió a martillazos el telar de su maestro en 1779. Una de las resistencias más fascinantes de los inicios de la revolución industrial. Obreros en acción que generaron pánico entre los terratenientes y grandes empresarios ingleses, quienes veían al movimiento como un verdadero peligro para sus empresas y sus beneficios. Por supuesto que le declararon la guerra a los insurrectos de la industria y consiguieron aniquilarlos allá por 1816.

Bien, en ese artículo, Denis Collin sale en su defensa a pesar de que ‘durante mucho tiempo, los luditas se convirtieron en un arquetipo de resistencia reaccionaria al progreso industrial.’ ¿Quién podría estar contra el progreso? Sin embargo, nos recuerda Collin, el mismísimo Marx (que fue quien por entonces ganó esa pulseada ideológica y fue venerado en forma dogmática y acrítica por los comunistas), Marx, decíamos, que también era un optimista del avance de la civilización, del progreso, al fin y al cabo, pero con otras características, con una fe hoy insostenible de que la historia avanzaba hacia el bien común, por algo habíamos dejado de ser monos -el evolucionismo tuvo aspectos insospechados-, bueno, el propio Marx consideraba legítima la lucha de los luditas. Cita Collin al autor de El Capital quien en su obra cúlmine dice: “En cuanto el control de la herramienta pasa a manos de la máquina, el valor de cambio de la fuerza de trabajo se extingue junto con su valor de uso. El trabajador se convierte en no comercializable, como el papel moneda que ya no circula.”
El profesor Collin, un filósofo francés contemporáneo que revisita Marx con una mirada transversal con aquellas corrientes de 1800, sin dogmatismo, y las hace dialogar entre ellas, entiende que “La parte de la clase obrera que la maquinaria transforma en población superflua, es decir, en población que ya no es inmediatamente necesaria para la valorización del capital, perece, por una parte, en la lucha desigual de la vieja empresa de tipo artesanal o manufacturero contra la que utiliza máquinas, y, por otra, inunda todas las ramas de la industria más fácilmente accesibles, sumerge el mercado de trabajo y, en consecuencia, hace que el precio de la fuerza de trabajo caiga por debajo de su valor”
Imposible no sentir que lo que ocurría entonces es bastante parecido a lo que pasa hoy. Continúa Collin: “Se supone que los trabajadores empobrecidos encuentran un gran consuelo o bien en el hecho de que sus males son sólo «temporales» («un inconveniente pasajero»), o bien en el hecho de que la maquinaria sólo se está apoderando gradualmente de todo un campo de producción, reduciendo así la escala y la intensidad de su acción destructiva. Pero uno de estos dos consuelos abruma al otro. Cuando la máquina se apodera gradualmente de un campo de producción, produce una miseria crónica en la capa de trabajadores que compiten con ella. Cuando la transición tiene lugar rápidamente, produce efectos masivos y brutales.” Y vuelve a citar a Marx: “La historia del mundo no ofrece un espectáculo más horrible que el de la decadencia gradual de los tejedores manuales ingleses de algodón, decadencia que se consumó en 1838, después de decenios. Muchos de estos tejedores murieron de hambre, muchos otros vivieron durante mucho tiempo con sus familias con 2 monedas al día.” (Marx, El Capital, I, cap. XIII).
A esta altura, ya no sabemos si estamos hablando del pasado, del presente o del futuro ¿verdad? Hoy los trabajadores sienten igual amenaza frente e los ordenadores en red que crearon la indefinible Inteligencia Artificial. Hacia allí deriva el artículo de Collin: “La introducción de los llamados dispositivos «digitales» en todas partes, en objetos cotidianos o incluso bajo la piel o en el cerebro, es una amenaza de destrucción de la humanidad, con sobradas razones para ello.”
¿Qué hacer? Se preguntaba Lenín en 1902. Y la pregunta sigue flotando en el aire en el 2024. Empecé hablando del punto atrás como un simple diálogo con la historia, no para volver a ella sino para superarla (¿será ese el significado de dialéctico?). Como verán, mis conocimientos filosóficos son absolutamente rudimentarios. Y no tengo demasiada idea de quien es el buen Dennis Collin cuyo artículo devoré con ganas. Buscando de quién se trataba, encontré una entrevista a él en el que hace una clara advertencia al respecto:
“Es perfectamente justo y natural, ante una serie de decepciones, volver a los orígenes. Por otra parte, no es seguro que todos los socialistas se pongan de acuerdo sobre cuál era el socialismo de los orígenes, del mismo modo que los cristianos no podrían ponerse de acuerdo sobre la doctrina del Mesías.”
Está visto que llegar a un acuerdo, a una síntesis, no es cosa fácil. Pero ¿vale la pena intentarlo? Hemos visto las similitudes que nos atraviesan, a los trabajadores del ochocientos como a los del 2000. Destaco una diferencia: el siglo XIX fue uno de los más fértiles en ideas que se convertían en actos, y viceversa. Todo estaba en discusión, un nuevo mundo asomaba y tenían conciencia de que había llegado la hora de tomar el destino en nuestras manos. Hoy, ese entusiasmo se ha convertido en una sensación de derrota. Es el progreso, estúpido, parece decirnos una voz desde el más allá. Como si nada pudiéramos hacer para cambiar de rumbo. Imagino que han existido tiempos estériles en pensamientos, sociedades feudales o monárquicas en las que no se alzaban tantas voces y durante siglos las personas vivieron creyendo en que esa realidad era inevitable. Tiempos grises. Secos. En los que, sin embargo, algo también se estaba gestando. Porque lo único cierto es que la historia no para. No siempre mejora ni empeora, simplemente no para. Porque la historia la hacemos nosotros. Para bien o para mal. Y los que pensamos la historia también somos nosotros, no hay artificios digitales que puedan modificar eso. A pensar, que se acaba el mundo.
No encuentro otro modo de terminar esta columna que no sea escuchando a Francesco De Gregori quien me enseñó en la adolescencia que ‘La historia somos nosotros’
Texto de Laura Giussani Constenla, emitido en La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores el lunes 9 de septiembre de 2024 por larz.com.ar, en su sección Planeta Giussani
LCV
La democracia ha muerto. Viva la Democracia, por Laura Giussani Constenla
“Muy buenas tardes, mis queridos planetarios. Qué manera de empezar un año nuevo, ¿no? Es como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo para dejarnos bien en claro de qué se trataba el 2026.
Acá, particularmente, está lloviendo desde hace una semana más o menos: una lluvia fuerte, intensa, que parece casi el diluvio universal. Así que esta sensación de fin del mundo, de Apocalipsis, es todavía mayor.
Hubo tantas noticias que la primera que voy a mencionar es una que no quedó en el olvido, pero fue la primera que recibimos en Italia el 1° de enero del 2026: un hecho tipo Cromañón. Muy parecido. Uno veía las imágenes y realmente no lo podía creer de lo parecido que era. Una pista de esquí transformada en boliche, en una de las tradicionales estaciones de esquí de Suiza. El boliche se incendiaba por una bengala que prendía fuego todo el techo y morían más de cuarenta chicos de alrededor de 16 años. Entre ellos había once o quince italianos y más de cien heridos, algunos de gravedad.
Eso fue lo primero que apareció en el horizonte. Pero después, ese mismo 1° de enero, iban apareciendo otras noticias. Por ejemplo, lo de la tregua, la paz y las negociaciones entre Rusia y Ucrania, que por lo visto no funcionaban, porque ni siquiera pararon ese día: los rusos bombardearon la ciudad de Jersón y mataron a 27 personas.
Ese mismo jueves, Netanyahu anunció que retiraba a 37 ONGs de Gaza, entre ellas algunas muy respetadas y reconocidas como Médicos Sin Fronteras y Cáritas, que quedaban fuera tanto de Gaza como de Cisjordania, de los territorios ocupados. Todo esto ocurrió el 1° de enero.
Hasta que llegó el 3 de enero, cuando nos despertamos ese sábado con las imágenes de los bombardeos en Caracas. Por supuesto, imagino que todos creímos al principio que era fake, que eso no podía estar pasando, y sin embargo estaba pasando. Dicen que Trump quería hacerlo el 1° de enero, pero tuvo algunos problemas, quizá con el clima, y se postergó hasta el 3.
Hoy pasé todo el día escuchando radio y viendo televisión, porque con este diluvio universal no puedo salir, y noto una sensación muy particular, sobre todo en los oyentes de radio. Ya no es exactamente la misma indignación que provocó el genocidio en Gaza, que generó marchas multitudinarias, denuncias y protestas. Lo de Venezuela provocó miedo en Europa.
Ver que Trump se permitía no solo bombardear un país, sino también secuestrar a su presidente de la manera en que lo hizo, produjo una sensación de que ya está todo perdido, de que no hay más derecho internacional y de que pueden hacer cualquier cosa.
Creo que siempre hay que tratar de ver no solo la violación del derecho internacional —tan evidente que casi no hace falta mencionarla— sino cuál es la ideología que está detrás de esta invasión a Venezuela, dejando de lado si a uno le gusta o no Maduro, algo que en este momento no tiene la menor importancia.
En La Columna Vertebral publicamos el sábado un informe, terminado a las apuradas, sobre el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Brian Hegseth, un tipo joven, de buena presencia, de 45 años, ex veterano de guerra de Afganistán e Irak, que también operó en Guantánamo y luego se dedicó a la televisión. Parece que hoy nadie puede hacer política sin haber pasado antes por la TV. Escribió cinco libros, en los que explica claramente su ideología.
Uno de esos libros se llama La cruzada americana. Para él, estamos viviendo una cruzada. Allí escribe: ‘La pregunta clave de nuestra generación, tras las guerras de Irak y Afganistán, es mucho más complicada: ¿qué haces si tu enemigo no respeta las Convenciones de Ginebra? Nunca obtuvimos una respuesta, solo más guerras, más bajas y ninguna victoria. ¿No sería eso un incentivo para que la otra parte reconsiderara su barbarie? Al Qaeda, si se rinden, podríamos perdonarles la vida; si no, les arrancaremos los brazos y se los daremos de comer a los cerdos. ¿No nos conviene más ganar nuestras guerras según nuestras propias reglas?’. Y también dice: ‘¿A quién le importa lo que piensen otros países?’. Esto lo escribió en 2020, así que no podemos decir que no sabíamos.
Lo grave no es solo que se violen las leyes internacionales. Uno podría decir que las leyes están perimidas, que pasaron muchos años y que quizás haya que cambiarlas. Pero acá no se trata solo de eso. Esto se parece mucho más a la invasión de Hitler a Polonia. La ideología que está detrás de esta invasión es de terror.
Creo que esto lo ha entendido al menos el pueblo italiano, no así sus representantes. Giorgia Meloni dijo que estaba en contra de la violación del derecho internacional, pero puso un ‘pero’: sostuvo que cualquier intervención podría ser legítima si se tratara de una intervención defensiva contra ataques híbridos. ¿Qué serán los ataques híbridos? No lo sé.
El resto de los presidentes europeos también fue ambiguo. Macron ni siquiera mencionó la invasión de Trump; se limitó a celebrar que los venezolanos se hubieran deshecho del ‘dictador Maduro’. En Alemania, Merz dijo que la situación es muy compleja y requiere una cuidadosa consideración. La representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, pidió calma y moderación de todas las partes.
El único que tuvo una postura más clara fue Pedro Sánchez, en España, quien dijo: ‘Así como no reconocimos a Maduro, no reconoceremos la violación del derecho internacional por parte de Trump’. Orbán, en Hungría, como siempre, no tuvo pelos en la lengua y dijo que la operación de Trump había sido brillante.
Así empezamos el 2026. Hoy escuché el miedo en oyentes, periodistas y comentaristas no oficialistas. Los oficialistas, en Italia, están más bien apoyando la intervención. El miedo se instaló porque este mismo secretario de Defensa estuvo en la conferencia de prensa posterior al ataque y dijo que lo que quería que se reconociera en el mundo era que el presidente Trump habla en serio, que lo que dice lo hace.
Y hay que recordar que Trump también dijo que necesita Groenlandia, que es un territorio europeo dependiente de Dinamarca. La idea de que esto abra la puerta a una invasión a Groenlandia, es decir, a Europa, y luego quién sabe a dónde más —Colombia, México— es aterradora.
Por otro lado, leo en redes sociales un negacionismo extraño. Se repite mucho la frase de que Trump ‘se tiró un tiro en el pie’, como si todo esto le fuera a salir mal. No sé quién va a salir a frenarlo. Europa no lo hará. El pueblo venezolano está aterrorizado, incluso más que el europeo.
Creo que hay que tomarse las cosas más en serio. Veo mucho chusmerío, mucho análisis superficial. Hay que prestar atención al miedo, porque el miedo tiene fundamentos y no podemos refugiarnos en explicaciones banales.
Vivimos un tiempo muy difícil. Cuando el mundo parece quedarse sin reglas, sin leyes, cuando la democracia demuestra que no da de comer ni cura, cuando todo parece caerse, es cuando tenemos que poner la fuerza en levantarlo. Yo, que no soy una amante de la democracia tal como está hoy, siento que es momento de decir: la democracia ha muerto, viva la democracia.
No podemos mirar para otro lado. Veremos qué pasa. Lo veo todo muy difícil con los representantes políticos actuales, sobre todo en Europa. En América Latina no veo fuerzas capaces de oponerse, y tampoco queremos la intervención de Rusia o China, porque eso podría derivar en un conflicto nuclear.
Quizás la única esperanza sea el propio pueblo norteamericano, que está muy preocupado por un gobierno espantoso y por verse involucrado en tantas guerras. Ojalá por ese lado se consiga algo.
Europa tiene que revisar su posición. Pensé que América Latina siempre fue el patio trasero de Estados Unidos, pero Europa era el jardín. La casa, sin embargo, siempre fue de Estados Unidos. Ahora el jardín también está siendo pisoteado.
Como escribió este mismo secretario de Defensa en La cruzada americana, la OTAN es obsoleta, impotente y pagada por Estados Unidos. Esto lo decía en 2020. Discúlpenme si me extendí, pero son muchas cosas de las que hay que hablar.
El riesgo ya no es solo para el patio trasero. También es para el jardín de enfrente. La democracia ha muerto. Viva la democracia.”
LCV
Venezuela: “Viene un barquito cargado de…”
Planeta Giussani, emitido el 8 de diciembre de 2025
Muy buenas tardes, mis queridos planetarios. Aquí estoy, en este pueblo que parece fuera de todo tiempo y lugar. En realidad, lugar y tiempo son casi la misma cosa ¿no? La distancia cómo se juzga si no es a través del tiempo, es decir cuánto tiempo tardás para ir de un lugar a otro.
Pensaba en estas cosas porque, como imaginarán, acá en Italia los canales de televisión pasan horas y horas en un debate bastante interesante sobre el rol de Europa en estas guerras, ver qué hacen con Zelensky y Putín, qué pasa con Gaza -que ya casi salió de las primeras planas- y yo estaba preparando un informe sobre lo que estaba pasando en Venezuela. Tan lejos y tan cerca siento ese bello continente.
Me impactaba mucho que la brutalidad que empezó en septiembre por el gobierno de Estados Unidos que comenzó a bombardear barcazas sin tener ningún dato previo, ni justificativo, ni juicio, ni saber quiénes eran siquiera los muertos. Sostenían que se trataba de narcotraficantes, así lo repetían los medios, hasta que se descubrió que algunas de las víctimas eran simples pescadores. Y ni siquiera venezolanos, hubo ‘daños colaterales’, vidas arrancadas del mar, de Trinidad Tobago y Colombia, tal como lo denunció en su momento el presidente Petro.
En septiembre se lanzó esta campaña contra el supuesto narcoterrorismo venezolano, hasta ahora la guerra no declarada tiene 84 muertos en su lista. Todos civiles. La cosa fue en aumento, alrededor del 10 de septiembre los ataques ya no fueron a botes anónimos, Trump se presentaba ante el mundo con un operativo hollywoodense con soldados que descendían de helicópteros, armados hasta los dientes, y tomaban un petrolero que estaba cerca de la costa venezolana. La tripulación, civil, no opuso resistencia. Se dijo que el buque transportaba petróleo hacia Cuba e Irán, y que no tenían los permisos en regla. También se dijo que Trump lo único que dijo es que ‘fue confiscado por una muy buena razón’. La razón era su carga, porque estamos en esta etapa en la que parecemos jugar a ‘viene un barquito cargado de…”. Bien este barquito venía cargado de toneladas de petróleo, equivalente a una suma de 80 millones de dólares.
Ni lerdo ni perezoso, hombre práctico, al fin, el presidente de Estados Unidos anunció que ese petróleo que, según él no cumplía con los requisitos de exportación necesarios, se los quedaba él. Y a otra cosa.
Yo, que justo estaba haciendo un informe para denunciar las muerte de 84 personas en barcas sin identificar, sin juicio previo, sin detenerlos para obtener información de inteligencia. Indefensos, pescadores o no, caían bajo un bombardeo decidido en otras latitudes, sin que el mundo alzara la voz. Salvo Colombia y México, silencio de estampa para los presidentes latinoamericanos.
Si eso ya me parecía una violación inaudita de la soberanía de un país y de los derechos internacionales, de pronto aparecía esta acción digna de Piratas del Caribe. Estados Unidos abordando petroleros. Y ese fue el primero. Después vinieron otros.
En eso andaba cuando llegar un amigo italiano a casa, que está muy obsesionado con las guerras de Ucrania y Gaza, y con el rol de Europa en estas cuestiones, y se sorprendió cuando le conté que Trump estaba bombardeando barcos y robándose buques petroleros internacionales en aguas que no les pertenecían. Llegó incluso a prohibir los vuelos por cielo venezolano, un delirio, una violación a la soberanía de un país independiente sin precedentes.
Mi amigo quedó sorprendido, no sabía nada de esto -y es un hombre informado-. Su razonamiento fue: “Es que todo eso está muy lejos, así como quizás en latinoamérica no hay tanta conciencia por el genocidio de Gaza, porque queda lejos, acá no nos enteramos de Venezuela.”
Puede la distancia ser un motivo? No creo.
Señoras y señores, la distancia ya no es lo que era. Pueden tirarte un misil desde Irán que explote 10 minutos después en norteamérica dando con una precisión pasmosa en el blanco. Un hacker está en condiciones de dejar sin electricidad a medio continente europeo trabajando en Singapur.
Además, el que anuncia que terminará con la ‘dictadura narcoterrorista de venzuela”, a fuerza de violaciones de todo tipo de derechos internacionales y humanos, no es otro que el mismo personaje amarillento que se presenta a Europa como el pacifista serial, opina sobre los que pasa en cada país, salta de un lugar a otro levantando el dedo, mientras anuncia invasiones que empezarían por Venezuela pero podrían ir también por Cuba
Pueden los europeos no saber lo que hace Trump en su propio continente? Pueden ignorar la oposición interna que tiene es su país?
Es cierto que en Italia la discusión es fuerte sobre qué juego debe jugar, al menos es un continente que discute. Las decisiones, finalmente, terminan siendo peores que los debates, y la marcha armamentística contra una hipotética invasión de Rusia está imponiéndose. Pero, hay un debate en el parlamento, en los estados nacionales, entro los oficialismos y la oposición.
América Latina, en cambio, presenta una indiferencia pasmosa. Un silencio atronador. El único que habla es Trump quien acaba de declarar que ya hicieron el trabajo más difícil, que eran las operaciones navales, y ahora se vienen los ataque por tierra. Lo anuncia, así, a boca de jarro, porque no sólo nadie le está pidiendo explicaciones desde los países que algún poder tienen todavía, sino que además logró que se le diera el Premio Nobel de la Paz a Corina Machado, líder de la oposición venezolana, que pide a gritos la intervención militar norteamericana para sacar al dictador.
Se está poniendo de moda la idea de que si querés la paz, tenés que jugar a la guerra. Armarte más y más. Mostrar los dientes. Provocan tanto que el perro del vecino algún día va a saltar finalmente el cerco y te va a clavar los dientes en la yugular sin soltarla, porque es un perro bravo. Y entonces sí, tendremos una noción más cabal de qué significa esta puesta en el tapete de los riesgos de catástrofes, que empezaron con un kit de sobrevivencia hace un año y ahora ya se perfila como un regreso al servicio militar.
Claro que uno suele mencionar a los líderes de las diversas potencias, Trump, Putin, Netanyahu, Zelensky, etc. Pero está claro que no se trata de hombres, más bien de intereses económicos y una cosmovisión que está acompañada por millones de personas. Ellos son los hacedores de los actos que el presidente apenas imagina.
Uno de ellos es Peter Brian Hegseth, el Secretario de Defensa de los Estados Unidos. Hacia él apuntó LCV para su próximo informe. Clara muestra del mundo en que vivimos: Veterano de guerra, conductor de televisión, comentarista político, frustrado candidato republicano, y autor de cinco libros en los que expresa con claridad su pensamiento. Tanta claridad que provoca escalofríos. Consideramos que debemos conocer en profundidad a quienes se presentan como salvadores de la tierra. Será tema de nuestro próximo informe.
Sección de Laura Giussani Constenla, en el programa La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores, que se emite los lunes de 18 a 20 por larz.com.ar Conduce: Nora Anchart
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Este Planeta Giussani hace lo posible para entenderse con ese Planeta Tierra con la Inteligencia Artificial a flor de piel. Aún así, no lo logramos. La comunicación es entrecortada. Cuarenta minutos nos dan. Quién puede hacer algo en sólo cuarenta minutos cuando hay tanto para hablar, conocer, descubrir, pensar. Vaya, entonces, esta segunda parte con Romina, a quien dejamos sin palabras.
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