Así cubrimos la muerte de Perón en el diario Noticias, por Eddie Abramovich

Mi participación en el peronismo fue breve, marginal e intensa a la vez.
Empezó en enero de 1973, cuando viajé a San Andrés de Giles a hacer la cobertura del lanzamiento de la fórmula Cámpora-Lima, y terminó el 31 de julio de 1974, un mes después de la muerte de Perón, cuando la Triple A asesinó a Rodolfo Ortega Peña.
Me permitió conocer a luchadores extraordinarios como Envar El Kadri, quien me honró con su amistad y me abrigó con su afecto, ratificado muchos años después, en 1987, cuando me autografió su libro con el mensaje «Para Edgardo, compañero de esperanzas»
A fines de 1973 había dejado Clarín cuando me convocaron al diario Noticias – una aventura editorial transgresora y singular en concepto y diseño – y me confiaron la jefatura de la sección Política, con el acuerdo de que NO pasarían por mis manos lo que fueran comunicados militantes y no noticias
Quizás por esa por esa posición librepensante y autónoma se me encomendó la edición y redacción del suplemento especial sobre la vida de Perón, unos diez días antes de su muerte, que ya se percibía como inminente. Ocho páginas, de las cuales las primeras siete estaban bajo mi responsabilidad y la última se la reservaba la dirección para último momento. Pedí la colaboración de Jorge Abásolo – otro «marginal» – para que se ocupara de la página dedicada a Eva Perón. Fue una maratón contra reloj, en la que tenía que resumir treinta años de historia de un modo ameno, didáctico y, a la vez, subjetivo sin ser panfletario.
El suplemento fue tan demandado que volvió a publicarse dos días después. Lo leían en las escuelas. Lo elogiaban peronistas, socialistas, radicales. Lo detestaban quienes tenían que hacerlo. Creo – ya lo creía entonces – que no se destacó tanto por su calidad propia como por la mediocre confección de los de los restantes diarios. No me sentía particularmente orgulloso de ese trabajo, sino más bien agradecido por la oportunidad de hacer una experiencia tan al límite, con su carga de aprendizaje.

Ese diario fue una proeza de rigor y de diseño. Fue también una pena que el proyecto plural inicial derivara en un boletín de un sector de las «orgas», pero quizás era inevitable. Aún así, uno cohabitaba con los mejores de su tiempo, no solamente en la redacción, sino también en la fotografía – los mejores fotoperiodistas, algunos entre los mejores del mundo – y en el diseño gráfico, de una inusitada audacia para su época. Llegó a una tirada de 130 mil ejemplares. Con la tecnología de offset de aquel momento había que imprimirlo simultáneamente en dos talleres.
Por sobre todo logramos algo inédito y nunca repetido después: todo el diario – con las infrecuentes excepciones de notas de opinión o comentarios – parecía escrito por una misma persona.
Ninguno de nosotros, que recuerde, estaba envanecido por su profesionalismo. Lo que nos enorgullecía era el celo, el rigor que poníamos.
Había mucho humor en esa redacción. Con Juan Gelman nos pegábamos unas cuartetas con versos provocadores en las paredes. Desde ya, imposible ganarle esa payada mural.

Tenía 24 años y llevaba siete en el periodismo. Hoy no lo haría igual, o quizás hoy no me habrían pedido hacerlo, pero me hago cargo de lo que hice, con sus pocos aciertos y muchos errores. En ese momento sólo contábamos con recortes, libros, fotos de archivo, una máquina de escribir y nuestra cabeza para ejercer la profesión.

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