En vigilia, por Laura Giussani Constenla

Mañana será un día clave, la Cámara decidirá si aprueba la ley por un aborto seguro, legal y gratuito o lo mantendrá en la clandestinidad. Según Clarín “el rechazo se da prácticamente por descontado: el conteo previo da 37 votos a favor, 31 en contra, dos indecisos, una abstención y un ausente” (Sic) Imaginemos que fue un lapsus del redactor. Y que los 37 a favor son ‘en contra’ de la ley. La información es confusa. Lo cierto es que no está todo dicho.

Allí están, son setenta y dos personas las que dentro de unas horas pasarán a la historia, de un modo o de otro. Y no será la historia quién los juzgará sino su mujer, si hija o su nieta. O sus votantes -lo único que realmente les interesa-. Bien vale recordarles que el año que viene hay elecciones.

¿Serán concientes de su responsabilidad? ¿Habrá un Henry fonda que logre convencer al jurado de que la culpable es inocente? Esta vez no hay “Doce hombres en pugna” -película recomendable si las hay- sino setetenta y dos personas que se preparan para legislar.

¿Cómo la estarán pasando los senadores y las senadoras esta noche?. ‘El mundo los está mirando’ dice la contratapa del New York Times. Las embajadas argentinas de decenas de países serán rodeadas de pañuelos verdes. Los radicales se amotinaron en el Comité Nacional: “No habrá ni olvido ni perdón para los que voten contra la ley”, dijo uno y todos aplaudieron. Allí estaba Ernesto Sanz, nada menos.

¿Qué recibirán de sus familias? Cualquiera mayor de veinte años tuvo un aborto a la vuelta de la esquina. Cada uno de los setenta y dos senadores o senadoras tuvo alguien que abortó cerca: una hija, la novia de un hijo, su propia mujer, ella misma, la vecina, la compañerita de colegio. Saben, perfectamente, que aprobar la ley no es aprobar el aborto, simplemente hacer que su hija o la novia de su hijo o su propia mujer o ella misma o la vecina o la compañerita de colegio que abortarán, con o sin ley, no se sientan miserables y malcuidadas y clandestinas. O muertas. Lo saben.

La hipocresía es lo que más molesta en este debate que atraviesa edades, géneros, ideologías y partidos. Nadie les pide que apoyen el aborto, simplemente que eviten que la muchacha que murió en Santiago del Estero ayer y la que está en terapia intensiva en Mendoza hoy, acusada y con proceso abierto por haber dicho que llegó al hospital por un aborto mal hecho, tengan que ser las víctimas de un Estado que no las escucha ni las ve ni le importa qué es de sus vidas o sus muertes.

Muchos hicieron público su voto. Están a tiempo de cambiarlo. Si lo cambiaron Cristina Fernández de Kirchner y Chiche Duhalde -dos testarudas, si las hay- porqué no habrán de hacerlo ustedes. Quién reclamará algo? Cuestión de conciencia, nomás. O de oportunidad, imagino que saben que van en contra del viento.

Mañana será Ley. La decisión la tiene el Senado. Setenta y dos hombres en pugna.

Ya que nos acordamos de la película, en la que Henry Fonda es el jurado número 8 que cambia la sentencia obvia, copio de wikipedia: “Un punto importante que hay que subrayar es la dificultad de deliberar correctamente, debido a distintas limitaciones y prejuicios, algunos psicológicos, otros educativos, otros de orden carácter lógico. De manera que el derecho es lógico pero tiene que ser argumentada para ser veraz en los hechos como sucedió con el jurado número 8 que puso todo en duda y formar debate entre los demás jurados escépticos a la inocencia del joven”. En este caso, de la joven.

Todos sabemos que si el incriminado por un aborto fuera el hombre que no quiso hacerse cargo de su hijo o hija, y la condena fuera cinco años de carcel común y efectiva, sería Ley.

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda