Resistir es vencer, por Laura Giussani Constenla

Resistir, en tiempos grises, es un acto pequeño de dignidad. Resistir individual o colectivamente pero resistir a todo aquello que nos chupa la sangre, la energía y la alegría. Resistir en casa y en el trabajo. Resistir en el colectivo, en la escuela, en el barrio. Resistir a la prepotencia y a la tontería. Respirar hondo y recuperar un poco de orgullo. A lo largo del día, cargarse al hombro miles de resistencias imperceptibles.

Resistir en tiempos grises es un acto pequeño de dignidad.

Resistir al Poder, así, con mayúsculas, suena a tarea imposible para un simple mortal que no anda detrás del bronce. Pero todos podemos resistir a los miles de podersitos que se nos cruzan en el camino. Dar una palmada en el hombro a quien lo necesita, sonreir, consolar, apoyar, también forman parte de nuestras resistencias. Bancar a los que queremos bancar.

Se puede decir ‘basta’ sin hablar, simplemente actuando en consecuencia

Estamos en tiempos de resistencias, pequeñas, mínimas, sin gloria. A veces incluso íntimas que en algún momento pueden convertirse en colectivas. Decir no, sentirse libre por un segundo, putear a quien hay que putear, abrazar a quien hay que abrazar. Sacarle la lengua al miedo. Tomarse la vida a sorbos, no dejarla pasar, tocarla, palparla, besarla. Hacer el amor. Reir a carcajadas y llorar a gritos. Soñar, actuar, crear. Que no te ganen, que no te opriman, ni tu madre ni tu padre ni tus hijos ni tu vecino ni tu marido ni tu jefe ni tu amigo o enemigo. Pararles el carro, decir basta. Se puede decir ‘basta’ sin hablar, simplemente actuando en consecuencia.

Las mujeres algo sabemos de eso ¿no? Andamos peleando nuestras batallas en cada casa, en el trabajo, en la escuela, en el barrio. A veces nos juntamos en la calle para festejar, para sentirnos muchas, pero la pelea es cuerpo a cuerpo, día a día. Por eso, las víctimas de femicidio son víctimas políticas. Aunque no lo sepan, fue un instante de dignidad las que las volvió blanco de algún podersito resentido. Bastó un no, un ‘hasta aquí llegué’, un ‘no te quiero más’ para desatar la furia del hombrecito que se cree macho, del sometido que decidió que a él también le tocaba una cuotita de poder, del humillado por el jefe y por la vida, del que nunca pudo hacer lo que quiso, y ahí está ella, su coto de caza personal, retobándose, escapando a sus designios. Un cobarde que no puede con su existencia, incapaz de decirle ‘No’ a nadie que no entiende porqué diablos una mujer, ‘su mujer’, se atreve a lo que él nunca se atrevería. El asesino de mujeres es un eunuco, un pobrecito, un don nadie. Es hora de que lo vayan sabiendo.

Una resistencia silenciosa, hecha de gestos que un día les estallarán en la cara

La resistencia no la hacen los partidos ni los sindicatos ni las organizaciones. Es toda nuestra y es diaria, a pulmón. A lo largo del país, en cada pueblo, en cada trabajo, en cada rancho o departamento, encontramos actos de resistencia. Los albañiles del sur de la provincia de Buenos Aires que se le plantan a la UOCRA, Varón y sus musiqueros rosarinos, el Mingo de Jachal peleándole a la minería en bicicleta, los campesinos olvidados que llegan a la ONU, los maestros, médicos, enfermeros, obreros que resisten bajito o a los gritos.

Así estamos: resistiendo a los tontos, a los infames, a los prepotentes, a los autoritarios, a los viles, a los egoistas. Hombres o mujeres, qué más da. Una resistencia silenciosa, hecha de gestos que un día les estallarán en la cara. Porque esas resistencias nos forjan, nos hacen libres, fuertes, invencibles. Es cierto, resistir es vencer.

 

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