Carlos Cassinelli, mi viejo y el 17 de octubre, por Marcelo Paredes

Un 10 de octubre como hoy se nos fue hace ya 22 años Carlos Cassinelli, un compañero de ATE de los considerados imprescindibles. Regresaba en un vuelo de Austral desde Misiones tras acompañar un conflicto en el área Salud, su especialidad militante.

Producto de la negligencia de la empresa aérea Austral en el mantenimiento de sus aeronaves, el avión cayó en Fray Bentos (Uruguay) sin dejar sobrevivientes. Falleció víctima de un sistema que no cumple con las normas y reglamentaciones vigentes por priorizar las ganancias sobre la seguridad e integridad de las personas. Un sistema al que siempre combatió.

Pero más allá de la tristeza -que aún persiste por su ausencia- quiero recordarlo desde sus virtudes, sus sueños y, en especial, desde una anécdota que lo unen a mi viejo Juan Carlos y al mítico 17 de octubre de 1945. Así me hago tres homenajes en un solo recuerdo.

A mediados de los ‘90 Carlitos fue invitado a dar un discurso en el día de la Lealtad por una agrupación peronista que no quería pasar por alto la fecha. A él, tan metódico siempre, le preocupaba repetir lo tantas veces dicho en esas celebraciones y andaba dando vueltas por el Consejo Directivo Nacional de ATE rumiando ideas.

Así fue que entró en mi oficina, el Departamento de Cultura, y me contó sus preocupaciones. “Lo único que se me ocurre es contarte un recuerdo de mi viejo sobre ese día, si te sirve” le dije y logré despertar su interés.

Al otro día, como cierre de su discurso, esto fue lo que dijo: “En el día de ayer un compañero me contó una anécdota familiar que no sólo pinta un cuadro de lo que fue esa gesta, sino que además nos despierta cierta sana envidia de lo que se vivió aquel día.

Su familia vivía en el barrio de Boedo, y justo ese día al cruzar la Avenida La Plata para comprar pan vio asombrado que un grupo de personas venía marchando desde el Puente Alsina al grito de ¡Viva Perón! Jamás se olvidó de las mujeres de guardapolvo blanco con esa frase escrita con lápiz de labios en el pecho. Corrió asustado a su casa a contárselo a su hermano mayor, que dormía por la mañana porque trabajaba de motorman en el tranvía nocturno.

Lo despertó a los gritos y le contó todo lo que vio: la muchedumbre, los gritos, las mujeres y los obreros que iban para la Casa de Gobierno. Su hermano (mi tío y padrino, agrego yo) lo escuchó medio dormido y al terminar el relato saltó de la cama al grito de ¡Llegó la hora! Se puso la pilcha y se unió a lo que él ya esperaba. Había llegado el momento de liberar al General y fundar el peronismo en el corazón del pueblo.

Hasta acá todo muy emotivo pero díganme, compañeros y compañeras, si no les da un poquito de envidia lo que sintió ese laburante cuando pronunció esa frase. De él dependía ese día como de nosotros dependerá el nuestro. Ojalá venga pronto el momento que lleguemos a sentir lo que sintió él: que nos llegó la hora de transformar este país”.

Demás está decir que, como siempre, adhiero a sus palabras.

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