Acabo de cumplir siete años. Estoy aprendiendo la hora, pero no tengo reloj. En esta época sólo los adultos tienen reloj. El reloj es un instrumento serio, caro, de mucho cuidado. No se le entrega a los niños.

Vivimos los tres en un altillo, mi padre, mi madre y yo. El altillo, que un día será mi cuarto, donde voy a vivir solo casi diez años, tiene unos doce metros cuadrados. Allí vive la familia Liscano, que es la mía. Yo todavía casi no lo sé, pero soy Liscano, un apellido raro en mi país. Ya he aprendido a aclarar que no soy Lescano ni Lascano ni Lezcano. Liscano con i y con s. Una vida explicándolo.

Esta noche mi padre me despierta. Esto no ocurre nunca. ¿Por qué me despierta, qué quiere? Hace frío. Veo a mi madre, vestida, sentada en la cama, con una mano sobre la barriga, intentando tranquilizar a mi padre. Son dos cosas que no entiendo: mi padre que me despierta sin motivo, y mi madre allí, sentada en la cama, agarrándose la barriga.

Mi padre me dice que tenemos que ir al hospital porque va a nacer mi hermanito. Hace unos meses, dos o tres o cuatro, mi madre me dijo, como si estuviera distraída, que yo iba a tener un hermanito. Doblaba la ropa para poner en el ropero y me preguntó:¿Te gustaría tener un hermanito?

Que claro que no. Yo estaba bien así como estaba.

Pero entendí que a mi madre no le interesaba saber qué opinaba yo. Sólo estaba informándome.

Ahora acaban de despertarme y no sé qué hora es. No sé la hora, ni esta hora específica ni la hora en general. Mi padre intenta vestirme. Mi padre es torpe. Siempre es torpe, no importa lo que haga. Es fuerte y torpe. Mi madre es mucho mejor que mi padre, siempre me entiende, y siempre es suave. Mi madre es fuerte y hábil y suave. Por eso, aunque apenas se mueve, mi madre ayuda a mi padre a vestirme.

Entre los dos me visten y salimos a la calle, donde es de noche y hace más frío que en el altillo. Llega un taxi y subimos, un hombre de treinta y un años, una mujer preñada de veinticinco, un niño de siete y un bolso. Yo sé que en este momento no lo pienso así, las edades y los detalles, pero sé que ya soy un niño así, que cuenta y calcula todo lo que se le pone delante, sin poder evitarlo, toda la vida.

Mi madre agarrándose la barriga, mi padre nervioso, el bolso con ropa y yo llegamos a un hospital. Yo, que soy un niñito, sé exactamente dónde nací, en qué hospital, qué día, qué año, a qué hora. Y por eso sé que éste no es mi hospital, el único hospital donde he estado, donde nací. Aquí hay lujo, no como el mío, que es un hospital pobre.

¿Por qué mi hermanito va a nacer aquí, donde no nací yo? No lo sé, no lo pregunto. Un día mi madre me lo explicará. Una obrera textil como ella tiene derecho a este hospital. Cuando yo nací ella era sirvienta, no tenía tantos derechos.

Mi padre, que siempre entiende poco, me deja en la sala de espera. No sé si cree que soy un hombre, y un hombre siempre se las arregla solo. Quizás está tan nervioso que no se da cuenta de que tengo siete años. Pero ahí me deja, y desaparece con mi madre.

Durante horas me quedo solo. No tengo con quien hablar, ni nada para comer ni para beber ni nada con qué jugar. Aquí estoy, un hombre de siete años, firme, como quiere mi padre. En realidad mi padre me importa poco. Trato de no crearle problemas a mi madre. Que haga lo que tiene que hacer y que vuelva enseguida. Ella siempre se da cuenta de todo, y mi padre no. Me siento a esperarla. Cuando termine volverá, y me contará lo que hizo. Ella siempre me cuenta todo. Mi padre no, nunca tiene tiempo, no tiene palabras. Él no habla, ella explica todo. Así son.

Estoy en la sala de espera de este hospital donde no hay nada y va a nacer mi hermanito. Aquí, donde él va a nacer, no hay nada de nada. Hay una planta, un par de sillones, alguna gente que pasa, y yo. O sea, estoy solo de verdad.

Lo único más o menos interesante que hay aquí es un reloj en la pared. No hay nada más que pueda servir para algo. Comienzo a mirarlo y trato de adivinar qué hora es. Me han explicado un poco la hora, pero todavía no he aprendido. Me concentro en tratar de ver qué hace el reloj. Así pasa el tiempo. De vez en cuando miro. De pronto entiendo la lógica de las agujas. Cada cinco minutos vuelvo a mirar. Me doy cuenta de que ahora sé la hora. Pero el reloj no avanza a la velocidad que yo quisiera para poder demostrármelo. Si acabo de leer que son las 2 y 20, tiene muy poca gracia decirme a los cinco minutos que son las 2 y 25. Quisiera que los minutos avanzaran más rápido, para poner a prueba mis conocimientos.

Durante largos ratos me olvido de mi padre, que me dijo que ya volvía y no ha aparecido ni una vez, de mi madre que esta en algún piso por ahí arriba, y de mi hermanito, con quien yo voy a poder jugar al fútbol. He aprendido la hora, eso tengo para contar a mi madre y a mi padre cuando vuelva a verlos.

De pronto aparece mi padre. Viene cansado y alegre. Son casi las siete de la mañana. Me dice que mi madre y la hermanita están bien. ¿Cómo es eso? Me prometieron un hermanito, no una hermanita.

Bueno, pero no fue así. Es una niña. Preciosa.

Para mí eso no tiene una explicación, no tiene lógica. No me cabe en la cabeza que se hayan equivocado de este modo. Con una niña no se puede ni jugar al fútbol ni hacer nada. ¿Qué hago yo con una niña?Con esa idea imposible de tener una hermana vuelvo con mi padre en el taxi a casa. De tarde mi abuela me lleva a ver a mi madre. Está en la cama. Al lado hay una cuna con un envoltorio. Ésa es “la niña” que me consiguieron, “la preciosa”.

Es el 24 de mayo de 1956. Hoy aprendí la hora. Hoy nació mi hermana. Dos cosas para toda la vida.

(Tomado del muro de facebook del autor, reconocido escritor uruguayo y un amigo de la casa)

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here