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África Mía

Santuario en tiempos de guerra | África Mía #3

Llegar a Tacugama desde Freetown es bastante fácil. Una avenida que recorre la ciudad desde el centro conduce directamente hasta el camino que da al santuario, para luego transformarse en una autopista que cruza todo el parque nacional hasta la otra punta de la península, donde se une a la autopista de la costa para darle la vuelta completa. A la derecha montañas cubiertas de densa selva tropical, con nubes que cubren los picos en la época de lluvias, dándoles un aire místico. A la izquierda, montañas donde quedan pocos árboles en pie y hay construcciones de viviendas de abajo arriba hasta cubrir casi la totalidad de las laderas. 

El camino que lleva hasta la entrada del santuario va en ascenso, es de tierra roja y empieza directamente en la avenida-autopista. Cuando uno empieza a subir todavía se escuchan voces y bocinas, pero a medida que se avanza la selva crece en densidad y altura, hasta dejar atrás cualquier sonido urbano, en una espiral que termina en el corazón de un bosque tropical de árboles enormes, llenos de sonidos de diferentes tipos de animales, con cascadas y caminos que se meten dentro del verde. 

“En la actualidad quedan alrededor de 5500 chimpancés viviendo en su hábitat natural en Sierra Leone. Nosotros participamos del censo nacional donde se investigó el número. Es la mayor concentración de chimpancés en toda África occidental”, dice Noah, uno de los guías del santuario, que ofrece visitas guiadas todos los días para contar la historia de Tacugama e informar al público sobre las tareas de conservación y rescate para salvar a los chimpancés. Alguien del grupo de visitantes comenta que el número no parece muy grande, y Noah responde: “se calcula, pero sin exactitud, que a finales de los ’70 habían alrededor de 20000 chimpancés en el país. Pero la deforestación, la caza furtiva, la venta ilegal de carne y los más de 10 años de guerra civil fueron reduciendo su número hasta hoy.” 

Cuando la guerra civil estalló, el camino que hoy lleva a Tacugama no existía, solamente había una ruta que conectaba a la capital con el resto del país, y las montañas que rodean al santuario todavía estaban cubiertas de una densa y verde vegetación. 


En marzo de 1991 el Frente Unido Revolucionario (Revolutionary United Front, o RUF, en inglés) se alzaría en armas contra el gobierno de Joseph Momoh, dando comienzo a una larga, brutal y sangrienta guerra civil que se extendería intermitentemente hasta principios del 2002. Las causas y los orígenes del conflicto de Sierra Leone son complejas y múltiples, excediendo con mucho el propósito de este relato, por lo que lo mejor será resumir y dar un paneo general de su historia, para, en otro momento, poder hablar mejor y con más profundidad de un tema por demás sensible. 

Lo disparadores principales fueron un consenso generalizado sobre la debilidad del gobierno de Momoh, sumado a la corrupción extendida a todas las estructuras públicas. La bancarrota del Estado, que no llegaría a poder pagar los sueldos de los docentes de las escuelas públicas, ni la gasolina y energía importadas, por lo cual el país sufría de apagones que se extendían por meses. Un desempleo imposible de medir pero que superaba con creces el 50% de la población, una pobreza que ubicaba al país en los últimos puestos de los rankings internacionales. Una diáspora que aumentaba día a día con las pocas familias que podían pagarse un pasaje de avión.

A la corrupción, pobreza y desempleo se le sumarían dos elementos explosivos. En 1988 estallaba la guerra civil en la vecina Liberia, generando una estampida de refugiados que para 1991 se amontonaba en pésimas condiciones en la frontera con Sierra Leone, una masa de 80 mil personas que servirían como centros de reclutamiento para los rebeldes. El nombre del líder del Frente Nacional Patriótico de Liberia, quien “ganaría” la contienda, se haría mundialmente famoso por sus atrocidades y por la injerencia que tendría en el devenir de los hechos de ambos países: Charles Taylor. 

Charles Taylor

Finalmente el último elemento, al que en muchos casos se le atribuye, erróneamente, la causa única del conflicto: diamantes. El producto estrella de exportación de Sierra Leone. Los diamantes financiarían a todos los participantes de la guerra civil, y sin su presencia sería imposible explicar por qué el enfrentamiento se extendió por más de una década, pero son solo una de las varias causas de una guerra que dejaría cerca de 50 mil muertos, millones de desplazados y un sinfín de personas con alguna parte de su cuerpo amputada. 

Es en este contexto que el santuario de chimpancés Tacugama abre, a finales de 1995, durante el gobierno de Valentine Strasser, un capitán del ejército que había derrocado a Momoh en un golpe de Estado en 1992. Escasos tres meses después de su apertura, Stasser sería también depuesto en un golpe de Estado comandado por su mano derecha, Julius Maada Bio, quien organizaría elecciones inmediatamente después del derrocamiento, y en marzo de 1996 Alhaji Ahmad Tejan Kabbah sería electo presidente de Sierra Leone, en las primeras elecciones con sistema de multipartido en Sierra Leone en casi tres décadas. Pero menos de un año después, Kabbah sufriría un nuevo golpe de Estado, y las fuerzas rebeldes, ahora aliadas del nuevo gobierno, irrumpirían en Freetown y desatarían una carnicería pocas veces vista hasta entonces, sobre una población sin vías de escape, arrinconadas contra el mar.

El Grupo de Monitoreo de la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental (ECOMOG), una fuerza armada multilateral comandada por el ejército Nigeriano, entraría en Sierra Leone para pelear contra las fuerzas rebeldes y reinstalar al presidente depuesto, desatando duras batallas en las calles de la capital. Bala debería refugiarse en un hotel, que a la postre sería bombardeado por fuerzas rebeldes, y solo lograría salir por intervención de la Cruz Roja, y se exiliaría momentáneamente en Londres. 

El santuario quedaría en el medio del fuego cruzado, y la vida de los chimpancés, y del personal a cargo de ellos se suspendería en el tiempo como una moneda en el aire.

Desde Londres, Bala se pondría en contacto con diferentes organizaciones protectoras de los derechos animales para pedirles ayuda de emergencia para poder alimentar y atender a los chimpancés. Se añadía el problema de que la cuenta del santuario se encontraba congelada en un banco en Freetown, por lo que los fondos tenían que ser entregados mediante terceras organizaciones y personas, alargando un proceso que solamente lograba complicar aún más las cosas, ya que los chimpancés necesitaban comida y medicina de forma diaria. La organización Protección Animal Mundial le daría a bala financiamiento para que lleve a Sierra Leone cuando pudiese volver. Finalmente en Noviembre de 1997, y contra todas las recomendaciones de seguridad, Bala regresó a Freetown y, tras un viaje de 5 días sorteando obstáculos y puestos de control, pudo llegar al santuario. 

Durante su ausencia el santuario había sido asaltado dos veces por las fuerzas rebeldes, que saquearon todo el alimento posible y robaron las pertenencias y el dinero de los cuidadores que se habían quedado para hacerse cargo de los simios. Hubo batallas en los alrededores del santuario y hasta se tiraron bombas. Pero, sorpresivamente, no dispararon una sola bala en contra de los chimpancés. La fama de Bruno excedía al conflicto, así como el trabajo del recién abierto refugio. Años después Bala se encontraría de casualidad con uno de los soldados que invadieron el santuario (que por entonces era solamente un niño) y le preguntaría por qué no les habían disparado a los simios, teniendo en cuenta las atrocidades cometidas en la ciudad y en el país en los años de la guerra. La respuesta fue escueta: “los chimpancés no estaban en nuestra agenda, no teníamos necesidad de ello”. También se enteraría que muchos de los niños soldados convencieron a sus superiores de dejar a los “babús” con vida. 

Más de una vez el personal del santuario tuvo que esconderse en la selva para escaparse de un enfrentamiento armado, y pedir a las poblaciones locales que les ayudaran a darles de comer a los residentes del santuario. Buscaban comida en el bosque y llevaban lo poco que les había quedado para que los animales pudieran sobrevivir. Encontraron caminos entre los árboles para evitar los puestos de control y asegurar el suministro de agua y medicina. 

Pese a tamaño esfuerzo, 5 chimpancés murieron como consecuencia de la falta de alimento y medicamentos, y el resto quedaría traumatizado por el ruido de las bombas y las balas zumbando cerca de ellos. Perdieron peso y volver a la normalidad llevaría tiempo, esfuerzo y dedicación. Uno de los chimpancés, “Little Boy” (algo así como “pibito” en inglés), mostraría todas las características de un trastorno de estrés post-traumático severo: empezaría a arrancarse pelo de la cabeza, a mecerse hacia adelante y atrás sentado en su lugar, y llevaba su frazada para dormir a todos lados a donde iba. Tiempo después moriría por convulsiones. 

Con todo, la sola supervivencia de la mayoría, del personal a su cargo, y del santuario mismo era motivo de felicidad y esperanza, y una victoria contra las mayúsculas adversidades que habían tenido que enfrentar. Finalmente en marzo de 1998 los rebeldes fueron echados de la capital y el gobierno de Kabbah restituido, en una situación que no dejaba de ser inestable y precaria, con las fuerzas del Frente Unido Revolucionario refugiándose en los pueblos del interior del país, conectados por una red de carreteras en pésimo estado que dificultaban el avance de las fuerzas africanas del ECOMOG. 

En Noviembre de 1998 Protección Animal Mundial pudo visitar el santuario tras una postergación de un año, con apoyo financiero y logístico, ayudaron a Tacugama a construir tres cercas electrificadas que servirían para poder darles a los chimpancés que quedaban, veintinuno en el santuario más uno nuevo que Bala cuidaba en su casa, un espacio de 3 hectáreas donde poder mantener a los simios en condiciones un poco más parecidas a las naturales. 

La paz duraría poco y en Enero de 1999 el RUF lanzaría un nuevo asalto sobre Freetown, desatando una brutal batalla calle por ccalle que dejaría tres mil muertos y miles de mutilados. Entre las víctimas se encontaba Prince Palmer, el primer director general del santuario. El personal se vio forzado, una vez más, a esconderse en la selva para sobrevivir e intentar conseguir comida para ellos y los chimpancés. Por su parte Bala vivía en una zona de la ciudad bajo control de ECOMOG, lo que le permitió quedarse en el país mientras el conflicto se resolvía. Sin embargo los problemas continuarían, uno de los chimpancés caería enfermo de tétanos y Bala rompería la vidriera de una farmacia abandonada para poder conseguir los medicamentos para salvarle la vida a Christo, el nombre del simio. 

Niños soldados en Sierra Leone

En Julio de 1999 el gobierno y las fuerzas rebeldes firmarían el polémico acuerdo de paz de Lomé (ciudad capital de Togo) y la guerra civil entraría en su fase final. A finales de 1999 la ONU establecería una misión especial para Sierra Leone, formada por varios ejércitos de diferentes países: India, Rusia, Reino Unido, Nepal, Ghana, Nigeria, Kenya, Ucrania, Pakistán. Las fuerzas serían comandadas por un general Indio en un principio, que luego sería reemplazado por un teniente general del ejército de Kenya. Las fuerzas desplegadas en el territorio alcanzarían los 17.500 hombres, haciendo de la misión de paz en Sierra Leone la más grande del mundo de su tipo en ese momento. El objetivo era lograr el desarme y la desmovilización de las fuerzas rebeldes, una tarea que se demoraría más de lo planeado originalmente por la resistencia de los miembros del RUF y algunas sospechas cruzadas entre los ejércitos. Finalmente, en Mayo del 2000, el Reino Unido enviaría tropas propias separadas de la misión, unos 1200 hombres con tanques, carros de combates y aviones, que inclinarían la balanza definitivamente en favor de las fuerzas gubernamentales, dando fin a una terrible, cruel, sangrienta y fratricida guerra civil, que se daría oficialmente por concluida en Enero de 2002. 

Mientras el proceso de paz continuaba, las fuerzas de los diversos ejércitos permanecerían en el terreno. Algunas personas verían una oportunidad de dinero y supervivencia en los soldados, y comenzarían a traer bebés chimpancés para venderle a los miembros de las misiones de paz. Al mismo tiempo el santuario profundizaba en la misión de sensibilizar a la población acerca de la situación de los chimpancés, y alertando sobre las multas a las que se enfrentaban por mantener un chimpancé como mascota. En poco tiempo, el número de simios en Tacugama se duplicaría. 

Por ese entonces Tacugama era el hogar de una chimpancé bebé albina, a la que llamarían Pinkie, algo que nunca antes se había registrado. El trabajo de Tacugama, la curiosidad de una chimpancé blanca y la fama de Bruno serían los protagonistas del primer documental del santuario, titulado “Forest of hope” (Bosque de esperanza). Pinkie moriría inesperadamente en 2002 al caer de un árbol, pero el documental atraería un gran interés internacional. Al primero, le seguiría un segundo documental de nombre “Chimps under fire” (chimpancés bajo fuego) que se centraría en la formidable historia de supervivencia del santuario durante la guerra civil, y sobre la continuación de su trabajo de concientización, conservación y educación. Para 2003, con fondos de la Unión Europea, Animal Planet y otras organizaciones mundiales, Tacugama se expandiría para contar con un centro de información y recursos, una clínica y un sector de cuarentena para chimpancés recién llegados (que son puestos en observación por 90 días para descartar cualquier tipo de enfermedad transmisible al resto) y una habitación para la preparación de la comida de los animales. Se construirían cuatro nuevos recintos cerrados para el creciente número de chimpancés que llegaban al santuario. Se le agregarían cuartos para hospedar a lxs voluntarixs que comenzaban a llegar al lugar para trabajar, aprender e investigar. Se crearía un puesto veterinario permanente y se estrecharía la colaboración con el instituto Jane Goodall para la creación de un plan de educación binacional que abarque a Sierra Leone y la vecina Guinea Conakry. 

En octubre de 2005 Tacugama marcaría el hito de cumplir diez años y sobrevivir contra todas las expectativas. El presidente Kabbah, otro superviviente de la guerra civil, se haría presente en las celebraciones. Las cosas parecían encaminarse hacia un rumbo más tranquilo y previsible. Pero…

Otra entrega de África Mía el próximo jueves.

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Africa mía #2 / El Rey Bruno, por Rodrigo Salinas

En La Columna Vertebral también se respira Africa. Nuestro hombre en Sierra Leone, Rodrigo Salinas, nos escribe: “Perdón por la demora, empezó la temporada de lluvias acá (llueve como nunca vi en mi vida) y eso implica que se vaya el internet y no vuelva por días, y que la electricidad vaya y venga, así que sentarse a escribir fue un desafío.” Desafío cumplido. Aquí su segunda entrega, desde el Santuario de Chimpancés en donde trabaja en Freetown.

Me apoyo sobre la baranda del balcón que da al recinto cerrado y la observo. Se mueve sin ningún propósito, da una vuelta, otra, hasta que me ve. Hacemos contacto visual. Yo sonrío de la excitación, cuando de la nada una piedra vuela desde un costado y le pega exactamente en la cabeza. Grita y chilla y se enfoca en mí, mostrándome todos los dientes en actitud amenazante. Yo muevo los brazos arriba y abajo, intento mostrarle y hacerle entender que yo no tengo nada que ver. Pero ¿cómo hacerle entender a una chimpancé adulta que yo no le tiré ningún piedrazo? Busca frenéticamente algo en el suelo con que vengarse. Yo me corro dos pasos a mi izquierda y me quedo mirándola detrás de la red de contención. Encuentra algo, me mira, supongo que para afinar la puntería, vuelve la vista a su mano para ver el objeto que acaba de conseguir, es lo que queda de un mango. Duda un segundo, lo piensa, finalmente cambia su actitud, deja de lado la venganza, se sube al poste que tiene más cerca, y se pone a comer la fruta, indiferente a mi presencia. Yo me río, la situación me parece de lo más bizarra que haya vivido. Acabo de firmar el contrato de trabajo por el cual voy a colaborar con este lugar. Y este lugar se llama Tacugama, un santuario de chimpancés dentro de un parque nacional a las afueras de Freetown, la capital de Sierra Leone.

En 1988, Bala Amarasekaran y su esposa Sharmila están de viaje 150 kilómetros al norte de Freetown. Pasean por un mercado cuando ven a un chimpancé bebé atado a un árbol, se enterarán luego que su familia había sido asesinada para luego vender la carne en el mercado, y a él como mascota. Está desnutrido, sediento, flaco, no parece que vaya a sobrevivir mucho más tiempo. Preguntan por el precio: 300.000 leones, 30 dólares. Lo compran y se lo llevan a su casa en la capital Leonesa sin tener mucha idea ni de chimpancés ni de vida salvaje en general, Sharmila es ingeniera y Bala contador, solo tienen la convicción de no poder ver a un animal en peligro de extinción morir frente a sus ojos. Esa noche el campeón de los pesos pesados del boxeo, Mike Tyson, tiene una pelea estelar por el título mundial. Su contrincante: Frank Bruno, de Inglaterra. La simpatía por los más débiles llevará a Bala y Sharmila a nombrar al chimpancé como el perdedor: Bruno.

En un documental de 2013 llamado “King Bruno”, Bala dirá: “no teníamos idea de lo que teníamos que hacer. Solo queríamos salvarle la vida. Lo llevamos a casa, lo cuidamos, le dimos de comer. Era nuestro hijo. Lo tratábamos así. Si gritaba y lloraba le dábamos lo que quería para pare. Después de un tiempo nos tenía haciendo lo que él quisiese.”

Durante un año Bruno vivió dentro de la casa de la pareja, libre de ir y venir como mejor le pareciese, pero a medida que crecía se volvía más destructivo, quería saltar, morder, romper. Bala decidió entonces construirle una jaula en su jardín. Pero más aprendían sobre chimpancés, mayor era su comprensión de que Bruno no era el único, y que había varios más que la gente tenía como mascota en la ciudad, emplazada en una península rodeada de selva tropical.

Bala buscó ayuda y la encontró en Rosalind Alp, una estudiante británica de primatología que se encontraba en Sierra Leone. Entre 1989 y 1992 se encargaron de indagar e investigar, y como resultado dieron con que había 55 chimpancés mantenidos como mascotas solo en el área de Freetown. Una de esos era Julie, una chimpancé bebé a la cual su “dueño” escocés había dejado abandonada en una jaula cuando volvió a su país. Bala se encargó de Julie, presentándosela a Bruno. Los dos pequeños chimpancés se convertirían en grandes amigos con el tiempo.

“El problema es que la gente ve un chimpancé bebé y le parece adorable. Son juguetones, lindos, simpáticos. Pero crecen, y son animales que necesitan mucho espacio, mucha actividad, y son realmente inteligentes. Con el tiempo se aburren, se frustran y empiezan a destruir cosas, y es ahí cuando la gente o los abandona o los ata y mantiene en pésimas condiciones”, asegura Bala.

Mientras tanto Bruno intentaba escaparse de su jaula y dormir en una cesta cerca de la cama, cuando no en la cama misma, de sus amigos humanos. Usaba las cortinas como sábanas, prendía la televisión y tiraba cosas al inodoro para verlas irse al apretar el botón. Julie, por su parte, robaba joyas de los cajones cada vez que podía.

De acuerdo al instituto Jane Goodall, un chimpancé adulto tiene la fuerza de 4 humanos de la misma edad, lo cual los hace peligrosos y potencialmente mortales cuando alcanzan su madurez. Si el nombre Jane Goodall les suena, es porque no debe haber persona en el mundo que no piense en ella al decir la palabra chimpancé. Esta investigadora británica fue la pionera en el estudio de los grandes simios, y la que abrió al mundo el conocimiento sobre los chimpancés con sus investigaciones que abarcan ya medio siglo. Primatóloga, antropóloga, etóloga y embajadora de la paz de Naciones Unidas, fue la persona a contactar cuando Bala se dio cuenta que no podía seguir teniendo a los chimpancés en el patio de su casa. Siguiendo su consejo, Bala y Sharmila decidieron mandar a Bruno y a Julie al Chimfunshi Wldlife Orphanage, un orfanato para animales salvajes en Zambia, en África oriental.

Jane Goodall, pionera en el estudio de los chimpancés

“Un tiempo después, estaba de paseo en auto por Freetown cuando vi a otros dos chimpancés a la venta en un mercado. Me di cuenta que había estado buscando evadir el problema, pasarle la responsabilidad a otros sin hacerme cargo yo mismo”. La idea de un santuario empezaba a tomar forma en la cabeza de Bala. Se comunicó con la Sociedad de Conservación de Sierra Leone y juntos produjeron una detallada propuesta, incluyendo un programa de educación para las escuelas. En menos de un año el gobierno aprobó el proyecto y les otorgó 40 hectáreas a las afueras de Freetown para crear una reserva natural y un santuario de Chimpancés. Se creó un comité para la supervisión del proyecto, y se nombró como director a Prince Palmer, Bala aun no asumía la completa dirección de la empresa.

La Unión Europea les concedió financiamiento por 34.000 Euros, pero a condición de que a cargo de la implementación de todo el proyecto estuviese Bala, quien finalmente aceptó y puso fin a una carrera de 15 años como contador. En Noviembre de 1995 Tacugama Chimpanzee Sanctuary abría sus puertas a la comunidad.

Para entonces Bala y Sharmila habían montado un simil santuario en el patio de su casa donde mantenían a 7 chimpancés, ya que la noticia ya había recorrido Freetown de lado a lado: una pareja está rescatando chimpancés en la ciudad, y les traían a los animales que rescataban de su cautiverio. Dos años más tarde, con el santuario en funcionamiento, ese número llegaría a 24. Algunos serían entregados de forma voluntaria por personas que querían una mascota y con el tiempo se encontraban con un peligroso animal salvaje. Otros deberían ser confiscados y llevados al santuario a la fuerza.

Bruno llegaría a tener “el tamaño de un gorila”, como decían algunos visitantes locales. Y su peso llegaría a ser un tercio mayor del promedio de los chimpancés salvajes. Muy posiblemente gracias a la dieta que tenía viviendo con su familia humana. Un enorme y fuerte chimpancé que se convertiría en el líder de los 24 chimpancés de Tacugama. “A veces cuando me abrazaba me sacaba el aire”, comenta Bala, y sigue: “era mus posesivo conmigo. Y se enojaba cuando me llamaba y yo no iba. Y después se ofendía por unos días. A mí me dolía no estar con él todo el tiempo, y que se ofenda, pero es un animal salvaje, y parte del problema es el contacto con los humanos. Si la idea era que, en algún momento, estos chimpancés vuelvan a su hábitat natural, tenía que tomar decisiones, por duras que fuesen”.

El paso siguiente era la construcción de cercas electrificadas para evitar un posible escape. Los chimpancés comparten cerca del 98% de información genética con los humanos, son nuestros parientes más cercanos en el mundo animal. Capaces de sentir emociones similares a las nuestras como enojo, celos, rabia, sorpresa. Desarrollaron una forma de comunicación basada en gestos y gritos, se organizan en sociedades altamente jerárquicas y diversificadas, y aprenden a usar herramientas, por lo que son capaces de escaparse fácilmente.

Bruno no vuelve.

Pero la situación social del país pasaría de muy mala a mucho peor. De eso hablaremos en la próxima entrega porque hubo otro golpe de Estado en 1999, otra invasión, después se metieron los británicos, los indios y los pakistaníes, terminó la guerra civil, todo se encaminaba bien, pero en el 2006 se escapan 31 chimpancés, Bruno incluido, matan a un taxista en el camino, recuperan a 27 de los 31, Bruno no vuelve. Juntan fondos, expanden el santuario, el pais se recupera mas o menos y pum Ébola, y después pum Corona virus.

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África Mía

Camino a los orígenes | África Mía #1

Hasta ese momento no había caído en la dimensión real de la decisión que había tomado. En la pantalla en frente de mi asiento se mostraba el mapa y el itinerario de viaje. El avión sobrevolaba el desierto del Sahara, sobre el sur de Argelia. La línea roja que dejaba como una estela se extendía desde Bélgica y cruzaba el sur Europa, el Mediterráneo, entraba en Marruecos y seguía hasta donde estaba ahora.

Volaba sobre un continente en el que nunca había estado, sobre un lugar que para mí solo existía en libros, películas y en mi propia fantasía. El continente madre debajo de mis pies.

Me lo dijo apenas nos conocimos. “Voy a aplicar a un trabajo en Sierra Leone”. “Ah, mira vos”, respondí, y poco más. Pero a medida que nuestra relación avanzaba al ritmo de la pandemia, el tema dejó de ser un dato de color y paso a ser una cuestión central. En enero empezó su entrenamiento (virtual) y en marzo le dijeron que su pasaje era para principios de Mayo. “¿Querés venir conmigo? Son, por lo menos, dos años”. Lo pensé, tenía mis dudas. Después de todo y por más crítico que pueda ser uno, vivir casi tres años en Berlín, la capital del motor económico europeo, a uno lo aburguesa.

Tres cosas volcaron la balanza, además de la principal claro, que es el amor que le tengo a mi compañera.

Primero, mi pasión por lo desconocido y las lecciones nuevas en lugares nuevos, ¿cuándo podría tener la oportunidad de vivir en un país africano? Un nuevo desafío, una nueva aventura, un nuevo continente. Aprender es una filosofía de vida para mí.

“Europa está atascada culturalmente; aburre”

Segundo, algo que tal vez para muchos sea polémico: Europa está atascada culturalmente hace, más o menos, 30 años. No produce nada interesante, es una sociedad de clase media alta liberal y conservadora que vive en piloto automático en una burbuja que ni siquiera se molestan en preguntarse quién la paga. Y les aseguro que no la pagan ellxs, por más sistema impositivo que el resto del mundo envidie. Da igual si uno está en el centro de Madrid o de Copenhague, los lugares se parecen, las plazas centrales se parecen, las estaciones centrales se parecen, cambian matices, y cada vez son menos. En síntesis, Europa aburre, es una sociedad mayoritariamente blanca y privilegiada que da por sentado su privilegio y se cree moralmente superior. Por su parte Berlín ya hace rato que no es esa ciudad “pobre pero sexy” de los 70, sino un lugar donde la gentrificación avanza a pasos agigantados, los precios suben, la ciudad se “hipsteriza” (es decir se vuelve cheta) y va quedando la carcasa de una ciudad que alguna vez fue centro de la contracultura y la rebelión, y hoy es más una pose que una realidad.

Sería hipócrita decir que no la pasé bien viviendo ahí, porque la verdad es que tuve una gran experiencia, pero estaba cumpliendo su ciclo y yo, mentalmente al menos, ya estaba preparando la partida. Sobre todo después de unos encuentros bastante racistas que tuve que fumarme en tres oportunidades del último año y medio.

Tercero, la pandemia se había llevado mi trabajo (turismo) y no había (y sigue sin haberla) señal de cuándo podría volver.

Así las cosas, después de pensarlo un poco me decidí. Del país más rico de Europa y uno de los más ricos del mundo (aunque en la comida deje mucho que desear) a uno de los 10 países más pobres del planeta. Sin escala. Bah, una, en Bruselas. De 5 grados a 29, sensación térmica de 37.

Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Lunghi y se abrieron las puertas, me abrazó un calor húmedo con olor a lluvia que hacía mucho tiempo no sentía. Era de noche y había un solo avión en la pista. El edificio del aeropuerto era un hangar, viejo y gastado. Mi compañera me había dado el aviso: “vos dejate llevar”. Y hasta que aterrizamos no tenía claro que había querido decir con eso. Me fui acercando  a la puerta de ingreso, donde se había formado una fila. Una mujer me preguntó algo que no entendí y sin esperar mi respuesta me dio un papel con un número. Esperé unos 5 minutos hasta que llegó mi turno, no me pidieron el número así que simplemente se lo di al tipo que me estaba tomando la temperatura. Sí me pidieron los papeles de la visa y me dijeron que siguiese. En la ventanilla siguiente me pidieron el pasaporte. “¡Argentina! ¡Messi!” me dijo sonriente el agente de aduanas. Yo asentí y le devolví la sonrisa. Me pidió que haga fila para que me estampen el pasaporte. Ya dentro del hangar /aeropuerto caigo en la cuenta de que sigo usando la camisa de invierno que me había puesto cuando salí de mi casa en Berlín para el aeropuerto con 5 grados. Era el único en la fila transpirando de la forma en que lo hacía. Esperé unos 10 minutos más hasta que nuevamente mi turno. No me piden la visa, ni el test PCR (nueva forma de viajar en tiempos de pandemia) ni me preguntan qué hago en Sierra Leone ni cuánto tiempo me voy a quedar. Solo miran mi pasaporte y de nuevo: “¡Argentina! ¡Messi! ¡Maradona!” y sonrisas nuevamente. Me estampan el pasaporte con un sello y me lo devuelven.

“DEL PAÍS MÁS RICO DE EUROPA A UNO DE LOS DIEZ MÁS POBRES”

Voy a buscar mis valijas y, mientras espero, una señora con la que había estado hablando en el avión, enfermera en Inglaterra ella, se me acerca y me dice en inglés (el idioma oficial de Sierra Leone): “no te olvides de tomarte las pastillas contra la malaria. Ahora sos mi paciente”. “Todos los días a la misma hora”, le respondo. “Muy bien”, y se va. Nota mental: en algún momento me va a dar Malaria.

Agarro mi valija y mi mochila, no termino de ponérmela al hombro que un chico joven y muy sonriente se acerca con un carrito y me dice “let me help you, sir”, mientras sin esperar respuesta de mi parte sube mi valija y mi mochila al carrito y empieza a caminar. Lo sigo y me lleva hasta donde puedo cambiar los Euros por Leones, la moneda local con uno de los mejores nombres del planeta. Se me acercan (muy cerca) varios hombres gritando cosas inentendibles, de entre todos uno me agarra del brazo y me planta frente a una ventanilla, le doy el dinero y a cambio recibo una absurda cantidad de billetes. Fajos del tamaño de un bloque de hormigón atados con hilo de nylon. No tengo forma de saber si la cantidad que me están dando está bien o no, así que solamente digo gracias y me doy vuelta. El que me agarró del brazo me mira con cara de circunstancia, lo miro hasta que entiendo, del montón de billetes saco uno de 5 mil leones (aprox. 40 centavos de euro) y se lo doy. El del carrito me señala la puerta de salida. Hacia allá vamos cuando justo antes de salir se me planta un militar en frente, arma en mano, y me pide que me haga a un costado para hacerme un chequeo de seguridad. Me pregunta de dónde soy, contesto y se repite el ritual, “Argentina, Messi”. “But where are you coming from now?”, “Germany”, le respondo y, aparentemente solo por eso, me deja ir. El tipo con mis valijas ya me estaba esperando del otro lado de la puerta de salida, donde hay una fila enorme de gente, muchas personas gritando, militares, policías y 4 puestos comerciales, dos de telefonía móvil y dos de ferrys para poder ir a la ciudad, ya que el aeropuerto está del otro lado, cruzando el mar.

Primero compro el pasaje de ferry. Y después me acerco a uno de los puestos de teléfono. El del carrito y una chica de la empresa de celular hablan en Krio, la otra lengua oficial y que está mas extendida que el inglés, mezcla de dialectos originarios, basada en el inglés y alguna que otra palabra de portugués. Yo solo los miro y voy preparando un billete de 10 mil leones. Se lo alcanzo y el muchacho me sonríe y “tenki tenki sir”. Se va. Mi valija y mochila a un costado. La chica me dice que las deje ahí y vaya a hacerme el test de covid, pero que primero deberíamos activar una tarjeta sim de celular, tiene las uñas muy largas pintadas de colores, me pide que abra el teléfono para poder poner la sim y no romperse las uñas. Obedezco. “Were are you from sir?”, “Argentina”, “Oh how nice! Do you live in Argentina”, “No from this moment onwards I live here in Salone”, “Oh even better, and are you married?”, “Kind of”, “I would like to be your friend.”, “Sure we can be friends”. La sim no funciona así que mi nueva amiga me dice que primero me haga el test y vuelva después para activar el chip. Me da mi número de teléfono en un papel y se va.

Me sumo a la fila y espero, veo que hay gente que entra y sale. A esta altura había perdido noción del tiempo, no sé si esperé 15 minutos o media hora. Otro militar armado me recibe, me pide que espere un segundo y me deja pasar. Otra vez un papelito con un número. Me piden que me siente a esperar, y me señalan donde. Cada vez que llaman un número y la persona se va de su asiento, el reto nos levantamos del nuestro y nos movemos una posición. Repito la acción 4 veces hasta que me toca a mí. Nombre, apellido, nacionalidad, fecha de nacimiento y edad. Hace ya tiempo que entendí que mi nombre, fuera del mundo hispano parlante, es bastante difícil de pronunciar, así que lo anoto y se lo muestro a la chica que toma mis datos. Cuando terminamos un tipo cubierto de pies a cabeza con un traje de laboratorio me lleva a una sala contigua, con un pequeño alfiler aguja me hace un corte en el dedo y toma la muestra de sangre. Me alcanza otro número y me pide que vuelva a esperar. “Dejate llevar”, me había dicho mi compañera. Me siento y el procedimiento se repite, alguien llama un número, la persona se levanta y se va, el resto de nosotros también nos levantamos y nos movemos dos pasos al costado y nos sentamos en nuestro nuevo asiento/número. Me llaman, me piden mi número de teléfono y me dicen que me van a avisar del resultado en 48 horas (cosa que no va a suceder, ni en 48 horas, ni antes ni después). Salgo de la sala de testeo y busco a la chica de la tarjeta sim. Mis cosas siguen ahí, pero atrás de una pila de valijas recién llegadas. Me dice que las agarre y que nos vamos. “¿A dónde?”, pregunto. “Al ferry, no sé a qué hora sale pero mejor estar ahí por las dudas”. El calor y la humedad parecen ir in crescendo, o tal vez soy yo de la emoción, nerviosismo y excitación. En la sala de espera del ferry me dicen que va a venir un minibús a buscar a los pasajeros para llevarnos hasta el ferry y que tengo que esperar. Me miran raro. No hay más que 3 personas blancas esperando, una soy yo. Aparentemente de aquí en adelante en este país seré blanco, como si fuese inglés o portugués o alemán. La idea me horroriza pero la entiendo con resignación. Mi nueva amiga intenta e intenta pero no logra activar la tarjeta sim. Me informa que se cayó la red, que vaya a un local en la ciudad cuando pueda y que me la activarán ahí. Me pide mi número de teléfono de WhatsApp y se va.

“ES LA PRIMERA VEZ QUE VEO EL ATLÁNTICO DEL OTRO LADO”

Mientras espero al minibús intento ordenar mis ideas y pensamientos que a esta altura están por todas partes: Berlín, Bruselas, Freetown. Argentina. Messi. Maradona. Esclavismo. Colonia Portuguesa después colonia Inglesa. Guerra civil. Diamantes. Ébola. África. América. En América también hay negros, muchos. En Argentina también hay negros aunque no lo quieran reconocer, negros y aborígenes que no bajaron de ningún barco. El tango viene de los negros aunque los porteños pelotudos crean que solamente italianos y españoles y alemanes. Yo vengo de familia inmigrante pero también una parte indígena. Mi mamá no me enseñó guaraní para que no me discriminen en la escuela. Corrientes, calor y humedad. En Argentina hay racismo y mucho, mezclado con clasismo y los porteños clase miedo se creen avanzados y hace 14 años votan a la derecha recalcitrante. ¿Qué hago en África? Hace semanas que no veo a mi novia y hasta que no la vea y no la toque y no la bese no voy a creer que estamos juntos de nuevo. Hoy a la mañana tomé café en un Le Crobaig en Ostkreuz. Ahora hay un enorme árbol de mango en frente de esta oficina y es de noche y está por llover.

El minibús llega, mis valijas van a parar a no sé dónde pero ya no me importa demasiado. Un tipo me pide plata, le doy 5 mil leones y se me queda mirando. Me empujan y apuran para subir. Yo solo me dejo llevar. No veo nada por la ventanilla, solamente un camino de tierra y noche. Llegamos a un muelle, mis valijas ya están ahí, pero el ferry no. Toca esperar, de nuevo. Una caseta de madera con el muelle al fondo. Todo abierto para que corra aire. Un balcón que da sobre el mar, cerca de la pasarela del muelle. Una tele prendida con la CNN. Una barra pequeña donde pido una gaseosa. Pago y de nuevo de dónde vengo y la sonrisa cuando digo Argentina, el tipo me cuenta que es pescador pero que si lo necesito para que me lleve a algún lado que lo llame y me da su número. A mi también me cuestan sus nombres así que lo anoto como puedo, por pudor no se lo muestro. Se me queda mirando. Cinco mil leones.

Gaseosa en mano me acodo sobre la baranda del balcón y miro al mar, en la playa unos cangrejos chiquititos corren y tratan de evitar que las olas que llegan hasta la orilla los lleven marea adentro. Levanto un poco la vista, es la primera vez que veo el Atlántico desde el otro lado, y geográficamente es lo más cerca que estoy de casa desde que me fui hace cuatro años. Lo que hay en frente mío es un océano con forma de signo de pregunta. Supongo que las respuestas las iré encontrando ola a ola, o no, quién sabe. En este momento todavía ni siquiera sé que preguntas tengo que hacer.

Las luces del ferry, la pasarela, el aire acondicionado a temperatura ártica, un chaleco salvavidas viejo y sucio. El barco va tranquilo en el agua, hasta que de la nada una tormenta, la lluvia cae como si fuese a acabarse el mundo. El barco golpea contra las olas y siento una leve náusea, desde algún lado me caen gotas aunque la ventana está sellada. Las luces, borrosas atrás de la cortina de agua, se van acercando y las estelas viajan como fuera de foco. La tarjeta sim no funciona así que tengo que usar mi número alemán. “Esto me va a salir una fortuna”, pienso. Estoy a los gritos en el teléfono como si eso fuese a mejorar la conexión. Espero que nos hayamos entendido. El barco sigue subiendo y bajando entre olas.

Cuando llegamos a la terminal, en el muelle un chico con una sombrilla que hace de paraguas va escoltando a cada uno de los pasajeros hasta adentro. Cinco mil leones. Me siento con mi valija y mi mochila y son varios intentos de ayudarme a llevarlos que rechazo con una sonrisa que empieza a costarme mantener. Esta vez la llamada entra y no, no nos habíamos entendido bien y mi compañera está en la otra oficina de la otra empresa. De nuevo a esperar. Que venga, que sea real, y que tenga alguna respuesta para las preguntas que aún no se formular.

Buenos Aires, Rio de Janeiro, Copenhague, Bergen, Berlín, Freetown.

La veo llegar, se baja corriendo del taxi, empapada y con una sonrisa enorme que me ilumina la noche. El pelo rojo por todas partes. Nos abrazamos fuerte, nos besamos, nos reímos. Subimos las valijas al taxi. Ella negocia el precio con el conductor, siempre en inglés. “No, es un montón, es acá nomás. No más de 15 mil. Ok. Trato”.

Nos sentamos, nos reímos. Estoy en Sierra Leone.

Mi nueva vida acaba de empezar.


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