Messi y Neymar: el ser y el deber, por Hernán López Echagüe

Messi tiene un talento de locos, puede limpiarse a ocho tipos en segundos y hacer un gol de maravilla. Pero es un producto manufacturado. Ha sido criado y creado para ser lo que es. Un majestuoso producto de laboratorio. Por eso le falta, en la expresión de su cara, la alegría del juego, porque el buen fútbol, presumo, es un juego que nace en un potrero y luego se enciende y crece a partir del calor de esa tierra polvorienta de los primeros amagues. Hace jugadas y goles increíbles, pero los hace a la manera del ingeniero que traza obras increíbles. Los grandes jugadores de fútbol no nacen a partir de inyecciones y dietas especiales. Son o no son. Serán o no serán.

Su cara, sus palabras, después de las jugadas y los goles increíbles, tienen mucho de la frialdad de un hacedor de mapas. En el campo de juego traza líneas nuevas, inventa fronteras y destruye otras. Da la impresión de ser un pibe que navega por el campo a través del control remoto que le metieron en la cabeza, y, claro, que tiene en él al verdadero artífice de los caminos que uno debe tomar. Messi es el ejemplo acabado del jugador de fútbol que debe ser.

Neymar, en cambio, tiene talento y a eso le suma la danza, la alegría de la danza del fútbol, esa cosa de la diversión, de no temerle al error, de atravesar adversarios como si fuera un fantasma. No se trata de efectividad o eficacia: se trata, en todo caso, de fiesta. Y el fútbol, el buen fútbol, es una fiesta. Messi es un soldado de avanzada, va pra frente, tiene el arco en cada uno de los buracos de su cuerpo, se escabulle por todas partes, se mete por cualquier vericueto. Y cuando falla, uno se amarga. Neymar, en cambio, puede fallar, pero uno se queda con la jugada previa, con la danza. Neymar es la caricia que antecede al orgasmo, y, si logra hacer el gol, la fiesta es completa e inigualable. Messi es el orgasmo, porque cuando no hace el gol después de haber eludido a treinta tipos, todos gritamos “!Uhhhh¡”. Con Neymar pasa lo contrario: el pibe se saca de encima a tres, cuatro tipos, haciendo sombreritos, echando caños, y si la jugada no termina en gol, uno dice: “¡Qué pena!”. Pero quiere verlo de nuevo haciendo esa jugada que no terminará en gol.

Imaginemos por un momento a Messi jugando en el Santos y a Neymar jugando en el Barcelona. ¿Qué ocurriría? Es una cuestión de poder. No sólo de talento. Messi es posible gracias a los jugadores que lo acompañan en el Barcelona (que, en realidad, juegan al billar), y Neymar es posible pese los jugadores que lo acompañan en el Santos, que, en realidad, son mediocres.

Neymar es la cosa carnavalesca y barrial del fútbol. Messi, en cambio, el shopping del fútbol. Neymar es la calle. Messi es la vereda. Nadie se la pasa caminando por la calle, sería una locura. Más seguro es andar por la vereda: nadie te va a pisar. Neymar es la intemperie de la pelota. Messi es la pelota con techo. Hay en los dos un talento y una sabiduría acerca de qué hacer con la pelota, cuando les llega al pié, inigualable. Messi, cuando la recibe, actúa a la manera de una máquina terrible; Neymar, en cambio, actúa a la manera de un artesano: cada jugada es diferente. Le salen mal esas jugadas. Muchas veces. Y en esa cosa de no saber cómo va a terminar su baile reside el encanto de Neymar. Cuando Messi agarra la pelota y empieza a cortarse desde la derecha o la izquierda hacia el medio, para seguir eludiendo tipos o patear el arco, todos ya sabemos qué va a ocurrir: un gol. O casi. Messi es el crack correcto. Neymar, un pibe que juega al fútbol. Lo de Messi ya no es un juego, es una obligación de jugar como un dios. Lo de Neymar, por ahora, es la provocación de la pelota. Ríe, goza, hace pelotudeces. Tiene 19 años. Verlo a Messi eludiendo mil tipos y haciendo un gol, causa admiración. Verlo a Neymar bailando sobre la pelota y hacer un gol, causa placer. Me quedo con el placer. Messi es el obrero de la gambeta. Neymar es el atropellado, el pibe sin plan, el que hace lo que le parece que debe hacer según su humor. Si le pegan mal, reacciona. Messi, en cambio, cada vez que lo tiran al suelo no dice nada. Porque las máquinas no tienen reacción.

* Este artículo fue escrito hace varios años, cuando Neymar era una joven promesa del Santos a la que todos criticaban por su atrevido fútbol de potrero y Messi ya era el mejor del mundo. Hasta hoy, un inédito de López Echagüe. Se agradece la colaboración.

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