Alcira, la comunista, por Marcelo Paredes

No siempre los diarieros conocen el nombre de sus clientes, sobre todo los de aquellos que son ocasionales. Esos que vienen y te encargan una revista cada tanto o te compran el diario una vez a la semana. Pero es necesario distinguirlos de alguna manera si son más de uno los que atienden el negocio.
Así se les ponen sobrenombres o se los identifican por señas particulares. A saber: el pelado, la petisita, el rengo, la dientuda, la señora del perrito blanco, el hombre de los anteojos culo de botella, el gordo de jogging o la pecosa.
Con mayor o menor precisión, con mayor o menor crudeza, los apodos deben definir claramente las características de las personas en cuestión. No sea cosa que venga y se haya vendido su revista o que se guarde su diario cuando ya se lo había llevado.
Cuando reemplace a mi viejo en la parada chica, el negocio incluía una parada grande que estaba en la vereda de enfrente de la avenida Cabildo, éste me dio todas las indicaciones necesarias para hacer la tarea: cómo abrir el quiosco, ordenar los diarios, colgar las revistas y, por sobretodo, reservar los encargos de esos clientes identificados con sobrenombres.
“No te olvides que los miércoles hay que guardarle el Clarín a la comunista, una viejita que lo compra por los clasificados”, me dijo y yo tomé nota obediente. “¿Cómo hago para saber la afiliación política de las personas mayores que vienen los miércoles a comprarme ese diario?, me pregunté para adentro pero no dije nada. A veces mi viejo tenía poca paciencia.
La cuestión que llegado el día tenía el diario separado del pilón a la espera de alguna viejita con cara de marxista-leninista. Y no se hizo esperar.
A media mañana aparece una mujer menuda, risueña y gentil, una señora que orillaba los noventa pirulos bien llevados. “Buen día –me dice-, el señor que está siempre me reserva el Clarín”.
“Buen día, aquí lo tiene”, le conteste sin quedarme atrás con la sonrisa y dando por supuesto que era la señora en cuestión. Tras el pago y el vuelto, se estableció un breve diálogo que se fue incrementando miércoles tras miércoles, Clarín tras Clarín.
Así yo supe que compraba el diario para su sobrina que buscaba trabajo y ella supo o intuyó que yo era un zurdito nacional y popular con poca instrucción marxista. La confianza y la simpatía, que crecía semana a semana, la motivó a instruirme políticamente a través de unos escritos que ella misma redactaba en hojas de papel carta.
De esta manera, cada miércoles me traía 5 o 6 hojitas escritas a doble faz con fragmentos de los libros de Marx, Engels y Lenin donde desarrollaba el materialismo histórico, la lucha de clases, la plusvalía, la enajenación y otros conceptos fundamentales de esa teoría que combate al capitalismo, amén de poemas, citas y frases de todo tipo.
Un día me dijo que ella había sido concejal de la ciudad y yo, jamás me lo perdonaré, dejé pasar el dato sin comprender la trascendencia ni indagarla como corresponde. Era demasiado joven o tenía la cabeza en otra cosa.
Un día cambié de oficio y dejé de verla. Me enteré que murió poco después a los 88 años. Luego supe que se llamaba Alcira De la Peña y efectivamente había sido, en representación del Partido Comunista, la primera concejala que tuvo la Ciudad de Buenos Aires y candidata a Vicepresidente en las elecciones de 1958. Además Doctora, escritora, aguerrida militante, fundadora de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y cofundadora de la APDH. Visitó Pekín, Moscú y los calabazos de Chile y Argentina en reiteradas oportunidades. 
No supe aprovecharla oportunamente pero, así como le reservé su diario todos los miércoles, guardo con enorme cariño cada una de sus hojitas de carta escritas a mano como el legado de una luchadora que nunca dejó de predicar sus ideas.
No se equivocó mi viejo al bautizarla pero se quedó corto. La “comunista” era y es una figura central de la izquierda argentina, de la lucha de las mujeres y de los Derechos Humanos. Y una de mis clientas preferidas.

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda