Cuando el ruido satura, ensordece y banaliza, por Eddie Abramovich

El espacio digital tiende al infinito, el mental no.

Quienes reprobamos el envío masivo de videos, imágenes y mensajes para compartir y viralizar #no lo hacemos por preservar nuestra egoísta tranquilidad, sino porque esa intoxicación de actos mecánicos ocupa ilegítimamente el espacio que debe dedicarse a la comprensión crítica, a la construcción de sentidos y -por lo tanto – de respuestas.

Saturar con datos del horror no lo conjura ni lo hace presente; al contrario, lo trivializa. Con un agravante: algunos canales colapsan y dejan de ser útiles, por ejemplo, para acciones de socorro.

El repetidor serial no lo hace de mala fe – o, en todo caso, entre ellos suele haber unos pocos spammers de indudable perversidad – sino porque cree de buena fe que si no «comparte» las evidencias de lo atroz, entonces la atrocidad avanza sin reproche. Pero si todos nos convertimos en chasquis nos auto excluimos como lectores reflexivos. Todo espacio saturado de sobreinformación mecánica es sustraído al debate, a la formulación de respuestas.

Así como existen protocolos de comunicaciones regionales y globales para la respuesta rápida en catástrofes, deberían crearse otros para situaciones de violencia institucional, terrorismo de Estado o guerra civil.

Como no es posible crear protocolos para esa suma de soledades que son las redes narcisistas sociales – facebook, twitter y ahora whatsapp – , al menos podríamos «protocolizar» el principio de no ensordecer.

«Ninguna técnica de comunicación, del teléfono a Internet, aporta por sí comprensión. La comprensión no podrá ser digitalizada», sostiene Edgar Morin.

No existe el mandato moral de difundir masiva y mecánicamente todo lo que nos llega. Sí existe – creo – un mandato diferente, casi inverso: debatir para crear comprensión. Y resistencia.

Quien cree que enviar mensajes al bulto es #resistir goza de la presunción de buena fe.

Quien, una vez advertido del desatino, insiste en ese mecanismo ensordecedor, merece la presunción de estupidez, o mala fe.

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