El virus de la protesta se extiende por el mundo, por Gemma Saura, para La Vanguardia

(Photo de Jonathan NACKSTRAND / AFP)

¿Por qué hierve el mundo? Un impuesto a Whatsapp puso en ebullición a los libaneses, en Chile fue la subida del billete de metro, en Francia e Irán del combustible, una ley de extradición en Hong Kong, en Argelia el empeño de un presidente decrépito por un quinto mandato, en Bolivia un fraude electoral, una sentencia judicial en Catalunya…

Los detonantes, como las demandas y los contextos, no podrían ser más distintos. Pero, ¿existe algún patrón profundo?

“Está pasando algo en la relación del ciudadano con el Estado, con el poder público. Observamos una frustración con sus gobiernos, a quienes acusan de no dar respuesta a sus demandas. Y lo observamos tanto en democracias como en regímenes no democráticos. Ese es el nexo de unión entre las protestas”, afirma Youngs.

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Las redes sociales facilitan la protesta: crean un espacio para compartir agravios; permiten acceder a más gente, en menos tiempo y con menos coste; y agilizan la organización de manifestaciones y otras acciones, señala Van Stekelenburg. Advierte, sin embargo, que no hay que magnificar su papel: “En los años 60 la gente salió en masa a las calles y no había internet. En la plaza Tahrir, la mayoría de manifestantes no habían acudido por Facebook sino por la influencia de amigos y familia”, reflexiona.

Milanovic cree que lo que estamos viendo es “la primera revolución de la era de la globalización. No contra la globalización sino de la globalización”. “Estas rebeliones, si bien individuales y muy heterogéneas, se imitan las unas a las otras”, argumenta el economista, que reside temporalmente en Barcelona. Ve en los vínculos entre los manifestantes en Catalunya y en Hong Kong –la ocupación del aeropuerto, las esteladas ondeadas en la ex colonia británica– el ejemplo más claro de que los movimientos se miran y aprenden unos de los otros.

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Las protestas actuales suelen empezar con demandas muy modestas, relacionadas con una política concreta, pero van creciendo velozmente para acabar enfocándose en cuestiones más sistémicas, como la corrupción, la desigualdad o la democracia. “De hecho, hay gente manifestándose a la vez por distintas cosas. Eso, que antes era una rareza, ahora es lo habitual”, añade el experto.

Youngs cree que es un punto fuerte –lo que les permite movilizar a tanta gente, ser tan transversales– pero a largo plazo puede ser una desventaja, una vez los manifestantes vuelven a casa y tocar articular una estrategia política. Al igual que no tener líderes. “Eso da mucha agilidad a las protestas, les permite diseñar tácticas muy innovadoras, pero puede ser un problema cuando haya que tomar decisiones”. Ocurrió en Egipto: la revuelta logró derrocar a Mubarak pero a largo plazo fracasó porque no estaban preparados para lo que venía después. Como caso de éxito, Youngs pone a los indignados españoles con la articulación de partidos como Podemos o los comunes.

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Por último, Pinckney recomienda no caer en la tentación violenta. “Se produce un efecto de polarización, algunos dejan de simpatizar con los manifestantes y los empieza a ver como un peligro”, dice. La aparición de la violencia también facilita las cosas a los Estados para justificar la represión. “Violencia contra violencia, el Estado siempre tiene más posibilidades de vencer –señala–. Excepto los Estados muy débiles o que han perdido toda la legitimidad entre la población, cualquier Estado tendrá mucha más capacidad de utilizar la violencia de lo que nunca será capaz ningún movimiento de protesta”.

Artículo publicado en La Vanguardia.es el 1 de diciembre de 2019

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