Oligarquía y reforma agraria, por Oscar Taffetani

El general norteamericano Douglas Mac Arthur, cuando despuntaba la Guerra Fría, se jactaba de haber impuesto la reforma agraria (es decir, una distribución racional de la propiedad de la tierra) en el Japón, la Corea y el Taiwan de posguerra, que mantenían su herencia feudal. Porque la reforma agraria no es –como algunos tardíos voceros del latifundio pregonan—un invento comunista. No. De ningún modo. La reforma agraria es un invento capitalista, un invento industrial, un invento precolombino, pero nunca un invento comunista. Se trata del mejor aprovechamiento de un bien común, que es la tierra. Por eso, el FMI mira para otro lado cuando el gobierno de Alberto Fernández decide segmentar y ajustar la carga impositiva sobre los grandes exportadores de soja (un 3%, nada del otro mundo). Y también mira con simpatía el FMI que se acaben los regímenes jubilatorios especiales, y que se transparenten los gastos reservados de la AFI y otros “sótanos de la democracia”, etcétera etcétera. El capital financiero internacional necesita controlar a los Estados y evitar que la voracidad sin límite de algunos grupos comprometa la suerte de un cliente-país o hasta la de un cliente-región. A la larga, el sistema de las retenciones debe ser reemplazado por un riguroso impuesto a las ganancias. Como en Alemania. Como en los Estados Unidos. Pero eso sí, el Estado debe dejar de hacer la vista gorda con el contrabando de semillas y el contrabando de cereales, por ejemplo. Y debe hacer control de cambios sobre todas las divisas en juego. Y debe controlar los puertos en donde se hacen las exportaciones y las importaciones, para que las cantidades y valores declarados coincidan con la realidad y no sean sólo un dibujo para eludir al fisco. Así con todo, no sólo con el campo. Es hasta vergonzoso que a cierta oligarquía vernácula le tengan que explicar, en pleno siglo XXI, cómo funciona el capitalismo.

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