11 de marzo de 1973, por Guillermo Saavedra.

Por supuesto, estaba ese fervor todavía asordinado que cosquilleaba en las calles y los bares, en las casas y las escuelas donde, claro, se votaba. Estaba en todas partes esa sensación de festejo anticipado que no se atrevía a estallar porque el país –todavía y hasta el 25 de mayo– sufría bajo el peso de las botas. Estaban los andares ansiosos de mi vieja, dando la última puntada al tuco para los ravioles amasados la noche anterior. Estaba la alegría de mi hermana Silvia, iluminando con su hermosa adolescencia la exigüidad del comedor. Estaba la mirada absorta y asombrada de mi hermano Fernando, entretenido con su juguete favorito –los broches de la soga–, sin entender del todo, con sus casi 4 años, a qué venía ese aire de víspera de fiesta que los locutores del 11, “El Canal de las Noticias”, amplificaban con un aire desembozadamente justicialista.
Pero para mí –testigo apenas visible, sobrepasado por la emoción amasada durante un largo verano que pasé trabajando en un kiosco de diarios, atiborrando mis curiosos 12 años de prensa partidaria (desde “Las Bases” hasta “Militancia” y “El Descamisado”) y de la entonces flamante y corrosiva “Satiricón”–, para mí, digo, todo el regocijo y alborozo peroncho se concentraba en la cara de mi viejo.
De él había mamado su peronismo barrial y tanguero, sazonado de guevarismo y teología de la liberación. A él lo escuchaba, desde mucho antes que las elecciones fueran siquiera una promesa, haciendo proselitismo entre vecinos obtusos de radicalismo petimetre, entre parroquianos obstinados en su izquierdismo en los infinitos cafés en donde él agotaba con entusiasmo las existencias de Gancia y Amargo Obrero, y entre tenderos fenicios a los que prefería venderles menos que rendirse ante el gorilismo cerril que les adornaba la mollera.
Ese 11 de marzo al mediodía, tras descabezarse un par de vermuts hondos y fumarse medio atado de fasos, mientras se acomodaba ante el espejo del baño los pocos pelos que no lograban disimular una pelada irreversible, preparándose para ir a votar emperifollado como para la milonga, la cara de mi viejo era el resumen de 18 años de proscripción y sufrimiento, de mentiras y despojos, de cárceles y exilios llegando a su fin.
Ese 11 de marzo, antes de los impagables ravioles de mi vieja y de la interminable sobremesa apalabrada de pronósticos electorales, la enorme y radiante sonrisa de mi viejo era la de un novio preparándose para un polvazo después de una larguísima abstinencia.
Porque de eso se trata el peronismo: de un goce erótico, de un estar con los otros desde el cuerpo, ese cuerpo que de pronto se animaba otra vez a bailar y a cantar, sin sospechar que apenas tres años más tarde llegaría la más terrible noche de estas tierras.
Pero ese 11 de marzo, ajena al futuro impredecible y repuesta de un pasado doloroso, la sonrisa de mi viejo era todo el peronismo, prometiéndose el amor y soñando para siempre la igualdad.

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