Claudio Francia: entre la resistencia peronista y el esperanto, por Teodoro Boot

Ilustración: Ricardo Carpani

Contrariamente a lo que pueda parecer, “El Francés”, Claudio Adiego Francia, fue una persona real. Alto, muy delgado, rubión, integró el grupo de aliancistas de Mataderos orientado por Antonio Viegas da Eiras, “Sietechalecos”, quien no le iba en zaga en eso de parecer más un personaje de ficción que un ser humano de carne y hueso. También flaco, pálido, de delgadas y nerviosas manos y dedos largos y finos, como de punguista o bacán, “Sietechalecos” hacía en el frigorífico Lisandro de la Torre el rabo de los animales que se faenaban. Siempre vestido de sobrio saco negro, lengue blanco, cham­bergo requintado, chaleco de fantasía, y armado con un pequeño cuchillo verijero, era el camarada jefe del grupo que tomó a tiro limpio la sede de la Alianza Libertadora Nacionalista de Corrientes y Maipú en desacuerdo con Guillermo Patricio Kelly, un aventurero de turbia trayectoria que, con el apoyo del ministro de Interior Ángel Borlenghi, había despla­zado de la agrupación a su fundador, el aventurero de no menos turbia trayectoria Juan Enrique Queraltó.

Un par de años después, durante los bombardeos de junio de 1955, a punta de pistola ‘Sietechalecos’, ‘El Francés’ y otros muchachos del Frigorífico robarán un camión de la metalúrgica de Murgiondo y Tapalqué, en el que saldrán hacia el centro para sumarse a la defensa de Perón. Pero ‘Sietechalecos’ no le iba a dar el gus­to de pedirle armas a Guillermo Patricio Kelly, de manera que tras gritar el “presente” ante la sede de la Alianza, el grupo planeaba tomar por asalto el Ministerio con sus propias armas: dos escopetas del 14, unos cuantos revólveres, alguna pistolita de bajo calibre y, naturalmente y el facón y la chaira que Viegas da Eiras llevaba cruzados en la cintura, sujetos por una vistosa faja negra con flores bordadas con hilos rojos, blancos y amarillos.

Los agravios del camarada jefe

‘Sietechalecos’ Viegas y su grupo no eran los únicos que deseaban escarmentar a los facciosos. Mientras el batallón de infantes de Marina era obligado a retroceder por la presión de varios miles de trabajadores que habían acudido a la Plaza de Mayo, y desde el Ministerio de Marina vacilaban de tal modo al momento de decidirse entre enarbolar la bandera de rendición o disparar contra la multitud, optando por hacer ambas cosas en forma simultánea, la llegada por Paseo Colón de una compañía de tanques del Regimiento Motorizado Buenos Ai­res ayudó a controlar la situación. Sintiéndose a salvo de la plebe, el contralmirante Samuel Toranzo Calderón, el almirante Ben­jamín Gargiulo y el ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, jefes de la conspiración, se rindieron ante el general Juan José Valle, quien había conducido la defensa de la Casa de Gobierno, bombardeada desde el mediodía por aeronaves de la Marina y ametrallada durante toda la tarde por los Gloster Meteor de la Fuerza Aérea.

Sietechalecos quedó con la sangre en el ojo y seguirá juntando agravios al ser detenido meses más tarde y alojado en un pabellón la Prisión Nacional de la avenida Caseros, de ahí en más conocido como “Intransigencia o Muerte”.

Claudio Adiego Francia, ‘El Francés’ de ésta historia, por su parte, conseguía eludir la persecución de las autoridades libertadoras y democráticas y luego de un azaroso trayecto, llegar a la localidad de Tarija, para luego integrar junto a Fernando García della Costa, Néstor Gavino, Luis Morganti y Julio y Bernardo Troxler, el comando de exiliados peronistas de Bolivia.

Luego de que en agosto de 1958, Viegas ‘Sietechalecos’ da Eiras estampara su firma en el acta fundacional de la “Junta Coordinadora Provisoria Nacional de la Juventud Peronista”, ya no volvería a saberse de él. Hubo quien dice haberlo visto, cohabitando con dos mujeres en un rancho de una zona rural del partido de Cañuelas, pero probablemente sólo se trate de un rumor de comadres.

Para volar el Cabildo

Francia y la mayoría de los exiliados regresarían gracias a la amnistía dictada por Arturo Frondizi y volverán a la acción directa cuando el nuevo presidente comience a incumplir los acuerdos firmados con el Innombrable

Siempre vinculado al ex centro half del club The Strongest y capitán de la selección nacional de fútbol Juan Lechín Oquendo, veterano de la guerra del Chaco, secretario general de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, líder de la Central Obrera Boliviana y futuro vicepresidente de su país, hacia fines de la década del 50, Claudio Adiego Francia, de quien nadie supo jamás si era casado o tenía una familia ni dónde ni con quién vivía –excepto un breve periodo en que fue alojado por “El Viejo” César Marcos en su departamento de Azcuenaga 71, que estuvo a punto de hacer volar por los aires cuando, a escondidas de los dueños de casa, fabricaba una bomba que planeaba colocar en el edificio del Cabildo porteño–, era uno de los miembros de la Resistencia Peronista más buscados por militares y policías argentinos debido a la audacia de algunos de sus atentados.

Sindicado por los servicios de la inteligencia militar como precursor de la guerrilla en nuestro país y acusado de la colocación de una bomba en el Departamento Central de Policía, tuvo que volver a huir a Bolivia, donde llegó luego de un largo periplo a través de los montes tucumanos y la selva salteña, protegido por los Uturuncos, grupo guerrillero con cuya organización había estado estrechamente vinculado.

Desilusionado por lo que consideraba una política “pendular” de Perón, el 1 de marzo de 1961, El Francés, le escribe, desde La Paz al General: “Abata los prejuicios, las sensiblerías y los reflejos condicionados. Accione sin vacilar, decididamente, el pueblo estará con Ud. y lo habrá reivindicado para la historia. Póngase la mano sobre el corazón y piense en todas las lágrimas y sangre que el pueblo argentino ha derramado por Ud. Déjese de raras alquimias políticas, que no conducen a nada bueno. Piense en el sufrimiento y en las luchas generosas de quienes aún creen en Ud. y lo consideran la única y verdadera bandera de la Patria”.

Alfaro Vive

El rastro de Francia se perdió primero en Perú, donde parece haber participado del levantamiento campesino liderado por Hugo Blanco, a quien conocía del Frigorífico Nacional, desde el que el joven trotskista peruano se habría sumado al grupo de aliancistas que en junio de 1955 marchó hacia el centro a defender el gobierno de Perón y donde se encontraba trabajado al momento de la revolución libertadora. Luego de participar de las primeras acciones de resistencia al golpe, Blanco apuró su regreso a Perú.

Poco después de formar parte del intento guerrillero de Luis de la Puente Uceda, una suerte de alter ego suyo que había sido expulsado de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) por denunciar la connivencia de los dirigentes de su partido con el gobierno conservador, El Francés fue encarcelado en Ecuador acusado de instruir militarmente a la Unión Revolucionaria de Juventudes Ecuatorianas, URJE, formación de la que años más tarde surgirá el grupo guerrillero “Alfaro Vive, Carajo”.

Fue visto por última vez en el verano de 1967 por un joven estudiante de arquitectura, militante de la juventud peronista, de paso por Ecuador. Claudio Adiego Francia seguía preso en el tenebroso penal García Moreno, de la ciudad de Quito. Sin ser sometido a proceso, sin abogado, sin visitas y casi sin ropas, se encontraba abocado al estudio y perfeccionamiento del esperanto.

Tan alto y delgado como Francia, el joven estudiante le dejó casi toda su ropa, pero no pudo conseguir un ejemplar de Lingvo internacia. Antaŭparolo kaj plena lernolibro (Lengua Internacional. Prefacio y libro de texto completo) que, con el pseudónimo de Doktoro Esperanto, Ludwik Lejzer Zamenhof había publicado en 1887.

Se comprende: no era un libro fácil de conseguir en Quito y cualquier joven que estuviera vinculado al “Francés” podía ser sospechoso de pertenecer al grupo guerrillero dirigido por el Che, recién descubierto en Bolivia.

Pero Claudio Adiego Francia, partidario de un idioma universal y una cosmovisión tan alejada de uno como de otro imperialismo, ya estaba mucho más allá de las pequeñas revoluciones.

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