Adalberto “Plomito” Soba: que digan dónde está, por Ezequiel Hermida

No sabemos, al 20 de mayo de 2020, dónde está Adalberto Waldemar Soba Fernández. Sabemos, sí, que fue uno de los tantos detenidos desaparecidos por la última ola de dictaduras militares que sometió a América Latina en la década del 70. Sabemos que nació en Montevideo y que, además de militante y trabajador de frigorífico y de la industria textil, fue el único jugador de fútbol uruguayo desaparecido. Sabemos que jugó en el Club Artigas de La Teja, que fue lateral izquierdo y que el club lo recuerda activamente en cada Marcha del Silencio.

Sabemos, de “Plomito”, como lo llamaban, que perteneció al gremio de la carne y a diversas agrupaciones de izquierda, desde Federación Anarquista Uruguaya, pasando por la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR33), para luego ser uno de los fundadores del Partido para la Victoria del Pueblo. Después de que su nombre fuera “requerido” por las fuerzas militares del gobierno, sabemos que partió a Buenos Aires en el año 1973 junto a su esposa María Elena Laguna, a quien le había aconsejado que no militara por seguridad, y sus tres hijos: Sandro, Leonardo y Tania. 

El director de cine Walter Tournier abraza una foto de Adalberto Soba

Sabemos que no abandonó jamás la militancia, que ya en Buenos Aires tuvo una imprenta en su casa, en Haedo, en donde siguió coordinando actividades para el PVP, junto a otros compañeros uruguayos, también exiliados en Argentina. Sabemos que no se detuvo a pesar de que el 24 de marzo de 1976 se consumó el golpe militar en aquel país que hizo las veces de refugio y que el gobierno de facto rápidamente comenzó a operar en conjunto con las otras dictaduras del continente en el marco del denominado Plan Cóndor, volviendo tan peligroso el territorio argentino como el uruguayo. 

También sabemos, en palabras de María Elena, que la mañana del 26 de septiembre de 1976, Adalberto salió para encontrarse con su compañero Alberto Mechoso en un bar y que alrededor de las 14 horas irrumpieron aproximadamente 10 personas en su casa y le dijeron “mirá lo que te trajimos”. Lo que le trajeron era su marido, envuelto en una manta, semidesnudo y ensangrentado. Sabemos que fueron trasladados, Adalberto, María Elena y sus tres hijos de 8, 4 y 2 años, al centro clandestino de reclusión Automotores Orletti, ubicado en el barrio porteño de Floresta, que durante ese periodo funcionó bajo el mando de quien era jefe de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE-Argentina), Otto Paladino, en coordinación con el Ejército y militares uruguayos. Allí fue la última vez que vieron a Plomito. Le dieron a su familia un rato para despedirse, ya que ellos serían trasladados a Uruguay y él no.  

No sabemos más nada de Plomito Soba desde ese día. Sabemos que su familia fue trasladada a Uruguay y luego de unos días fueron liberados. Sabemos que esperaron encontrarlo en cada liberación de detenidos, en cada avión que llegaba. Sabemos del dolor y de la angustia. Afortunadamente, también sabemos que ocho militares y policías fueron juzgados y apresados por su secuestro y desaparición. Sin embargo, sus hijos, junto a Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos y otras agrupaciones de Derechos Humanos, siguen reclamando por la imperiosa necesidad de saber dónde está Plomito y dónde están tantos otros y tantas otras víctimas de lo infame.

Este año, el coronavirus no permite que la Marcha del Silencio se lleve a cabo de manera presencial. Sabemos, sin embargo, que eso no impedió que desde cada casa en Uruguay, y en toda Latinoamérica, en donde albergue la convicción de pedir por más memoria, más verdad y más justicia, se rinda el debido homenaje a los que pagaron con su vida la defensa de sus ideales, y se grite por la aparición de los que aún no sabemos dónde están. Como Plomito, laburante, militante y futbolista. 

Por @EzequielHermida

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