Librerías de viejo, por Marcelo Paredes

Allí se venden y compran libros usados, leídos, marcados y que llevan una historia dentro de otra. La que está escrita con letras de molde y la que sus antiguos dueños sumaron cuando los tuvieron en sus manos.Me refiero a flores secas, tarjetas, señaladores con dedicatorias, anotaciones al margen, páginas subrayadas, boletos de colectivo (capicúas o no) o marquitas en los bordes superiores donde la lectura hacía un alto.A veces también traen manchas como aquella novela que me tocó en suerte donde cada 5 o 6 páginas, y siempre en la hoja par, había una pequeña huella dactilar marcada con chocolate negro. La imaginación me hizo creer, no sé por qué, que era una mujer golosa y zurda que no se chupaba el dedo adecuadamente.Me resulta irresistible entrar y revolver las mesas de saldo o las estanterías polvorientas buscando una edición vieja, un incunable que se le escapó al librero (difícil) o justo lo que quería pero a un precio accesible.Y siempre disfrutando de ese olor a libro viejo que despierta las ganas de poseerlo, de hacerlo mío, de sumarlo a mi bagaje literario y a mi biblioteca siempre ávida de nuevos inquilinos.Estas librerías o puestos de libros podemos encontrarlos en la avenida Corrientes, algunas en la avenida de Mayo, en Plaza Italia frente a la Rural, en Primera Junta, en ferias o mercados viejos o en los cultos parques de nuestra Buenos Aires: Patricios, Centenario y Rivadavia, entre otros.Pero a mí me gustan, más que nada, las de barrio, las que están disimuladas en algún rincón de la ciudad y son casi secretos guardados por los compradores, como yo, que disfrutan de su existencia y vuelven recurrentemente a buscar sus tesoros.Entre ellas destaco la librería El Túnel en la avenida Cabildo al 2500 en Núñez (donde me hice una panzada de literatura latinoamericana en mis recordadas épocas de diariero), la revistería y librería El Lago, frente a la estación Saavedra del Ferrocarril Mitre (mi preferida) y La Lechuza sobre la bellísima avenida Caseros al 2800, en mí adoptado barrio de Parque Patricios.En esta última es donde sucede un hecho insólito. Son tantos los libros que se fueron acumulando, que se compraron y no se vendieron, que se apilaron temerariamente, que llenaron las mesas, los anaqueles, los rincones y los pasillos que ya no se puede entrar.El delicioso placer de recorrerla fue vedado por la acumulación extrema y, hoy por hoy, uno solo puede pedirle a su dueño, Sebastián, quien atiende en la puerta, que entre a ver si tiene el título buscado. Y lo hace trepando entre las pilas de libros, revistas, enciclopedias y manuales ubicados en un orden que sólo él conoce, como buen biblio-maníaco obsesivo.Ya que no pueden visitarla por dentro, los invito –si andan por la zona- a que se asomen a su puerta. Conocerán la librería de viejo más atestada del mundo.

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda