Cátulo Castillo era un gigante de cuento de hadas, tan bonachón como imprudente. Cuando al grito de “La cultura es popular o no es cultura”, otro imprudente lo invistió presidente de la Comisión Nacional de Cultura, las personas decentes pusieron el grito en el cielo.
En Barro de arrabal, el memorioso Juan Carlos Jara evoca con una sonrisa taimada la iracunda reacción del exdiputado radical Ernesto Sanmartino:

El país que produjo a Sarmiento, Guido Spano, Lugones, Almafuerte, Hernández, Rojas y tantos otros escritores y poetas famosos, sufre hoy el ludibrio de tener como máximo representante de su cultura al autor del sainete El patio de la morocha. Allí, el presidente de la Comisión Nacional de Cultura hace la apología del tango en octosílabos:

Y concilió los rezongos
de la pollera escarlata
de alguna paica mulata
por el barrio del mondongo…

Cien versos más de ese tenor orillero y de esa musa repulsiva podríamos reproducir. ¡Son engendros del presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Republica Argentina! ¡Oh manes de la Patria! ¡Oh dioses del Olimpo! ¿Cuándo tendremos nuevas Termópilas?
 
Lo que el exdiputado todavía ignoraba, por haberse rajado a Montevideo después de calificar a sus colegas peronistas de rezagos del “aluvión zoológico del 24 de febrero”, era que, para no quedarse atrás, Cátulo no había tenido mejor idea que llevar al Teatro Colón a la orquesta de Aníbal Troilo para la representación del popular sainete El conventillo de la Paloma, de Alberto Vaccarezza. O crear en el Conservatorio Manuel de Falla la cátedra de bandoneón, a cargo de su viejo amigo Pedro Maffia, probablemente el mayor virtuoso de ese instrumento que haya jamás existido, pero no sólo con apellido sino también con facha de pistolero siciliano. No satifecho, auspició el Festival de la Lunfardía organizado por José Gobello en el que recitaron sus poemas impresentables como Julián Centeya, Iván Diez y otros “acreditados cultores del género”.
Ya no era el exdiputado radical sino el propio ministro de Educación Armando Méndez San Martín (que había mandado al rincón nada menos que a Leopoldo Marechal por vivir en concubinato), quien sufriría un soponcio.
Antes de que la sangre llegara al río o los funcionarios pasaran a las manos, demostrando ser menos irresponsable o audaz que el poeta, en diciembre del 54 el Excelentísimo Señor Presidente disolvió la comisión.
A Méndez San Martín de mucho no le sirvió, ya que el General le dio el olivo unos meses después. A Cátulo, menos: lo primero que hizo en septiembre el gobierno libertador y democrático fue intervenir SADAIC, que Cátulo presidía por segunda vez, lo expulsó de su cargo de director del Conservatorio que desde 1930 había venido ganando por concurso, escalón tras escalón, y prohibió la difusión de sus temas en la radio por contumaz secuaz del flamante Tirano Prófugo.
No sólo Sanmartino había finalmente conseguido sus Termópilas, recordará Jara, sino que Cátulo Castillo pasaría a integrar la lista de “poetas depuestos” que con justicia encabezaba Marechal, para peor, sin cobrar jubilación ni derechos de autor debido a la intervención de la sociedad de artistas y compositores.
Refugiado en una casa de las inmediaciones de Ciudad Evita (ya adecentada como Ciudad General Belgrano) mientras iniciaba un largo ostracismo, el gigante bonachón descubrió su amor por los animales (llegó a albergar casi cien perros callejeros, gallinas y hasta un par de corderos –Juan y Domingo– y aunque ni Jara menciona la existencia de algún loro procaz y desacatado cultor de “la marchita”, nadie se habría extrañado) y su gusto por la pintura de caballete y las cartas astrales, mientras le metía a sus dos pasiones: el espiritismo y la poesía.
Como todos los depuestos, este poeta no tenía más remedio que ser clandestino, pero en su caso esto terminaba por volverse imposible: en el verano de 1956, muy poco después de iniciada “la retirada”, le arrima a su amigo Pichuco una letrita en la que expresa la profundidad del dolor, la desesperanza y la derrota que parecían haberse abatido para siempre sobre su corazón y el de la mayor parte de sus paisanos.
El cantor Edmundo Rivero lo contaría así:

El Gordo (Aníbal Troilo) vivía por aquellos años a pocos pasos de Corrientes, en un segundo piso que hubiera podido alumbrarse con el letrero luminoso de enfrente, el del cabaret Chantecler. Una noche de verano, enfriada sólo por el hielo del whisky, estábamos en ese departamento seis personas: los dueños de casa, Miguel Ángel Bavio Esquiú con su mujer, y yo acompañado por Julieta. El entusiasmo era uno sólo y por una letra que andaba por hacerse tango: de Cátulo Castillo, “La última curda”. Hubo ya un momento en que el tarareo no alcanzó y Bavio impuso:
–Gordo, chapá la jaula.
Troilo no se hizo rogar y comenzó a desgranar los acordes del tango, y yo, por supuesto, a entonarlo, a hacerme de sus palabras. Al rato estábamos tan absorbidos que la cosa se había convertido en un ensayo en toda regla. Al casi par de horas de retoques y de comentarios (también de tragos), el tango iba quedando “redondo”.
Las puertas del balcón estaban hacía tiempo abiertas de par en par, pero si hubiera aterrizado en el depto un plato volador no lo hubiéramos visto. Por eso tampoco advertimos que enfrente, en la vereda, se habían ido juntando muchas personas.
Y ya cerca del amanecer, cuando se produjo la salida de la gente del cabaret, pareció que el mundo se venía abajo de aplausos y ovaciones. Fue cuando salimos a ver qué pasaba y nos dimos cuenta de que ya se estaba interrumpiendo el tránsito. Igualmente tuvimos que acceder al pedido de hacer el tango entero desde el balcón, a puro fueye y cantor. Era una noche tan hermosa que cantar “La vida es una herida absurda”… casi sonaba a macana.

https://www.youtube.com/watch?v=iQ4a41L_91I

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