Una obviedad: las redes sociales no permiten matices, y favorecen enojos y divisiones. Esto no es una invocación a la armonía buenota, sino simplemente un recordatorio de lo facilísimo que es derrapar. Tampoco es una defensa de nadie, creo que más allá de lo que uno piense, tanto Quereilhac como Sarlo se han defendido más que bien solas. Las idas y venidas de hoy son un modelo de lo que se puede hacer con el lenguaje.

“Me autocritico fuertemente, no debí decir por debajo de la mesa”

En el medio, un diputado de la nación dice que no se vacunaría porque el virus es “psicosomático”. Seguimos promediando los 6500 contagios diarios.

Un ministro de educación que nunca pisó un aula insiste con la presencialidad in extremis, mientras los medios a los que les siguió la corriente ahora publican sobre lo terrible de las burbujas y blablabla.

“No me convence el coronavirus, es una enfermedad muy psicosomática”

El escándalo Sarlo – Quereilhac ya se comió la barbaridad del Luna Park de ayer. Extensas regiones del Sur están prendidas fuego, literalmente. Eso también es el futuro.

¿Dónde, cómo, se para la pelota? ¿Cómo detener este ruido que aturde para hacer mejor las cosas? Porque resulta que mientras tanto, vivimos una pandemia. La gente se sigue muriendo, enfermando, perdiendo el laburo. Sintiéndose estafada o desilusionada de distintas formas. ¿Cómo pasamos de parecer que hacíamos todo bien cuando empezó el ASPO a esto? Sería bueno pensar eso también.

No hay vacuna para la degradación en el trato, en los vínculos, en el cuidado. Eso se aprende, y eso estamos enseñando.

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