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La Columna Vertebral

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«La política de la obscenidad», por Hernán López Echagüe

Sobre el final del segundo mandato presidencial de Carlos Menem, la revista Rollings Stones le pidió un balance de aquellos años al escritor y periodista Hernán López Echagüe. LCV incorpora a su Archivo este artículo publicado en diciembre de 1999. Inédito en las redes.

Ahora que Carlos Saúl Menem recorre con ojos melancólicos y extraviados los pasillos de la Casa Rosada, y un nuevo gobierno se encuentra a poco de asumir, es dable preguntarse qué tornó posible la excesiva permanencia en el poder de un hombre cuyos rasgos más distintivos han sido la ausencia de escrúpulos, el engreimiento y la necesidad casi abyecta de poder eterno. De un hombre que nos ha hecho experimentar de manera impía el sentido físico, carnal, de las palabras pesadumbre, hastío e impotencia.

Presidió, desde luego, el gobierno de un país habituado a cerrar los ojos ante la obscenidad, o, en el mejor de los casos, a tomarla como un avatar, como un mal pasajero que solamente afecta al vecino. La cerrazón de la sociedad argentina para percibir con la celeridad necesaria los hechos más penosos y brutales que suceden en sus narices, ha sido siempre proverbial y asombrosa. Durante años la dictadura se entregó a secuestrar, torturar y asesinar miles de personas, muchas veces a la luz del día y en la puerta de bancos, oficinas, escuelas y hogares circundados por decenas de vecinos, y la sociedad, con sumo esfuerzo y cierto aire de incredulidad, cayó en la cuenta de que todo eso había ocurrido sólo cuando una comisión de hombres notables redactó un informe y en la televisión se difundieron imágenes y testimonios de la barbarie. Esa misma dictadura que los argentinos llegaron a presumir digna del elogio y el aplauso cuando un general, presa de un rapto de whisky y desesperación política, anunció con voz pastosa que las Islas Malvinas serían recuperadas.

Ahora Menem se retira y entonces todas las voces se alzan y traen a la memoria, una vez más tardíamente, el sinfín de atropellos que cometió a partir del día de su asunción.

Las decenas de atropellos y barbaridades administrativas y políticas suenan a pecados insignificantes de cara al peor de los delitos que ha cometido: el asesinato de la política

Menem ha comenzado a partir. Y lo hace con paso cansino, a regañadientes. En sus años de buenaventura fue un hombre seductor y dicharachero, afecto al discurso populista y a la humorada. Pero su vago ideario se ha agotado, su pelambre se ha difuminado, y al don de la seducción le han sucedido la opacidad y la sonrisa descentrada. Al cabo de una rápida inspección no es otra cosa que un hombre soberbio y gruñón entrado en años, propenso a la ligereza y al desparpajo. Un Isidoro Cañones achacoso y obsoleto.

Supo, como pocos presidentes, excitar en la gente el anhelo de emulación. Besó a Xuxa y a Claudia Schiffer; anduvo en su Ferrari a 400 kilómetros por hora; comió pizza y tomó champán con los Stones; jugó en la selección nacional de fútbol; bailó, cantó y soltó chistes en la televisión; rió con Alain Dellon e hizo alarde de una virilidad que ahora ha perdido.

Era un tipo piola.

En los pareceres de tres de los principales hacedores de la política económica de la dictadura, política que logró llevar la deuda externa de 5.500 millones a 55.000 millones en el lapso de ocho años, basó su plan económico

Hizo a un lado todo principio y sedujo por igual a militares golpistas y empresarios con alma de mercachifles foráneos; incorporó a su gobierno a los sectores más conservadores y reaccionarios; se fundió en un abrazo con el almirante Isaac Rojas, acaso el más emblemático de los enemigos del peronismo histórico que Menem decía personificar; condecoró a Augusto Pinochet, besó los carrillos de Lino Oviedo y a boca de jarro reivindicó la masacre cometida por las Junta Militares en la Argentina. Recibió el aplauso de Alfredo Martínez de Hoz, las congratulaciones de Juan Alemann, en vano buscó fortuna en los economistas de Bunge y Born, y por fin resolvió dejar en manos de Domingo Cavallo el ministerio de Economía. Dicho de otro modo: en los pareceres de tres de los principales hacedores de la política económica de la dictadura, política que logró llevar la deuda externa de 5.500 millones a 55.000 millones en un lapso de ocho años, basó su plan económico.

Resulta francamente triste caer en la cuenta de que Menem no ha sido más que la continuidad del ideario económico que profesaban los militares, pero arropado de civil y contenido, en ocasiones, por los preceptos de una Constitución que no infrecuentemente se le antojó disparatada e importuna.

Abrazado al fetiche de la estabilidad económica supo elevar el pragmatismo a la categoría de arte

Abrazado al fetiche de la estabilidad económica supo elevar el pragmatismo a la categoría de arte. La estabilidad, avivada por el recuerdo del aquelarre económico de mayo y junio de 1989, Alfonsín presidente, cobró vida, adquirió el aspecto de ídolo colosal y omnímodo al que todos los argentinos debían rendirle culto. Al amparo de la sombra que le proporcionaba la idolatrada esfinge, Menem se abandonó a su faena: las privatizaciones caprichosas e irregulares; los indultos a militares genocidas y a sombríos fantoches como Aldo Rico; la entrega del manejo de la política económica a los ilustrados hombres del Fondo Monetario Internacional; sorteó con habilidad su parentesco o familiaridad con personajes enlazados al lavado de dinero proveniente del narcotráfico; movido por el afán de reunir capitales, contrajo con Siria oscuros compromisos que nunca jamás respetó, y cuyas consecuencias fueron apenas dos atentados contra la comunidad judía que dejaron cientos de muertos; ignorando las atribuciones del Parlamento, y con el sólo propósito de satisfacer sus relaciones carnales con los Estados Unidos, resolvió enviar tropas a Irak; sin rodeos llamó delincuentes a periodistas y opositores; amplió el número de miembros de la Corte Suprema con el excluyente objetivo de lograr la aprobación legal de proyectos inauditos y, por lo demás, eludir decorosamente toda denuncia penal en contra de sus amigos y funcionarios; abrió las puertas del país a delincuentes internacionales como Gaith Pharaon y Monzer Al Kassar.

Sin rodeos, llamó delincuentes a periodistas y opositores, amplió el número de miembros de la Corte Suprema con el excluyente objetivo de lograr la aprobación legal de proyectos inauditos, abrió las puertas del país a delincuentes internacionales como Gaith Pharaon y Monzer Al Kassar

Todo esto, sí, Menem lo hizo. Y todo esto ocurría en tanto la sociedad tenía a la estabilidad como punto focal de la existencia. “El voto electrodoméstico”, como supo definir con sabia sencillez José Pablo Feinmann. Y los argentinos que nada habían visto ni oido durante la dictadura, los argentinos que deseaban con vehemencia vivir en un mundo de cuotas fijas y sensaciones fijas y circunstancias fijas, en 1995 le confiaron su voto una vez más. Gracias, desde luego, a la imprevista obsequiosidad de Raúl Alfonsín, que una mañana de noviembre de 1993, reunido a hurtadillas con el Presidente, y vaya uno a saber a cambio de qué regalía o promesa política, de un plumazo arbitrario e insultante le concedió la posibilidad de una reelección.

En nombre de la estabilidad, es decir, del continuo temor a perderla, a Menem se le permitió todo.

No obstante, su paso por el gobierno ha causado un daño que nadie ha advertido con la seriedad y sensatez necesarias. Las decenas de atropellos y barbaridades administrativas y políticas suenan a pecados insignificantes de cara al peor de los delitos que ha cometido: el asesinato de la política. Un crimen perfecto, por lo demás, que ha contado con la complicidad de la oposición y los grandes medios de comunicación. Logró esparcir, como maleza, el virus de la quietud y de la indiferencia. Ningún hombre de mediana inteligencia y comprensión lograría hoy discernir entre el ideario de un político y otro escuchando apenas sus palabras. A lo largo de la campaña electoral unos y otros han expresado lo mismo: un dólar, un peso; crearemos fuentes de trabajo y combatiremos a la delincuencia; y, por sobre todas las cosas, llevaremos a cabo un gobierno honesto. En particular esto último: seremos honestos y honrados y decentes. No. Parece un despropósito, o una infeliz ocurrencia, escuchar idéntica promesa en boca de Duhalde, De la Rúa, Cavallo y Patti.

Es que la honestidad es una categoría vaga y expuesta al avatar que solamente adquiere vuelo e identidad con el correr del tiempo, y nunca jamás a partir de su mera enunciación. Clamar al viento que uno es honesto, por tanto, comporta una osadía, suena a insolencia y falta de decoro. El hombre que desde el llano solemnemente se declara honesto, incurre en un atrevimiento, pues su honestidad no puede ni debe ser declarada, sí, en cambio, advertida, admirada y celebrada, pero no por él sino por el otro, por el vecino. No infrecuentemente el honesto va a la tumba lleno de remordimientos: su pudor, su decencia y su miramiento, lo llevan a sospechar que alguna canallada ha cometido.

Por lo demás, esta imperiosa necesidad de hacerle saber a la sociedad que se es decente, puro y honrado, mueve a pensar no ya que quien lo afirma lejos está de serlo, sino, también, que la falta de confianza en sí mismo es tan grave y profunda que hasta los espejos se opacan a su paso. El empleo de la honestidad como estandarte político no es novedoso. Ya en los años treinta Roberto Arlt escribió al respecto: “La palabra honestidad ha estado y está en boca de cualquier atorrante que se para en el primer guardacantón y exclama que ·el país necesita gente honesta·. No hay prontuariado con antecedentes de fiscal de mesa y de subsecretario de comité que no hable de ·honradez·. En definitiva, sobre el país se ha desatado tal catarata de honestidad, que ya no se encuentra un solo pillo auténtico. No hay malandrino que alardee de serlo. No hay ladrón que se enorgullezca de su profesión. Y la gente, el público, harto de macanas, no quiere saber nada de conferencias”.

Menem fundó su nuevo orden político en los buenos y obsecuentes oficios de gente cuya sola mención mueve de inmediato a sospechar en la presunta comisión de un delito

Menem fundó su nuevo orden político en los buenos y obsecuentes oficios de gente cuya sola mención mueve de inmediato a sospechar en la presunta comisión de un delito, acaso en contumacia y descaro, quizá en violencia y estreñimiento intelectual. Nombres, en fin, que excitan todo tipo de pensamiento, pero nunca jamás el favor de un concepto plausible, de un conocimiento racional y equilibrado de la política: Víctor Alderete, Luis Barrionuevo, Armando Cavalieri, Domingo Cavallo y Carlos Corach; Augusto Alassino, Julio Corzo, Antonio Erman González, Roberto Dromi y Omar Fassi Lavalle; Rodolfo Barra, Hugo Franco, Carlos Grosso, Alberto Lestelle, José Luis Manzano y Munir Menem; Matilde Menéndez, Julio Mera Figueroa, Oscar Spinosa Melo, Ramón Hernández y Armando Gostanián; Miguel Angel Vicco, Alberto Kohan, Eduardo Bauzá, María Julia Alsogaray y Mario Caserta; Ibrahim Al Ibrahim, Emir Yoma, Jorge Triacca, Juan Carlos Rousselot y Amira Yoma; Eduardo Duhalde, Alberto Samid, Palito Ortega, Julio César Aráoz y Raúl Padró; Alberto Pierri, Oscar Camilión, Rubén Cardozo, José Rodríguez y Adolfo Rodríguez Saa; Jorge Domínguez, Antonio Vanrell, José Manuel Pico, Luis Abelardo Patti …

En diez años de gestión menemista, más de ochenta funcionarios del gobierno debieron enfrentar, con suerte disímil, procesos en la Justicia. En una oportunidad Menem soltó una magnífica respuesta al ser interrogado acerca de la sucesión de denuncias que había contra sus funcionarios y amigos: “Es la casualidad permanente”.

Menem ha logrado hacer de la política un entrevero de expresiones vanilócuas, sonrisas, gestos, miradas, lugares comunes. Despojó a la política de su esencia, es decir, el debate, la confrontación de ideas y proyectos, y la situó en el único escenario que domina a sus anchas, aquel regido por las leyes de la banalidad y el entretenimiento. En pie, de la política, solamente dejó el estuche, el pellejo. Cuerpos carentes de nervio y pasión que sin solución de continuidad se pasean por estudios de televisión. Los políticos de la era menemista han resuelto suplir la prédica callejera y la movilización, el cotejo de ideas y propuestas, por la sonrisa ensayada y el pelo prolijo.

La permanencia de un hombre de la calaña de Pierri al frente de la cámara de Diputados a lo largo de diez años, sostenido por el voto de opositores y oficialistas, es una muestra irrefutable de la ausencia de discernimiento político que se ha apoderado de toda la dirigencia. ¿Tan lejana en el tiempo ha quedado la certidumbre de que Pierri es un hombre acostumbrado a resolver sus penurias políticas mediante el empleo de patotas? Un hábito que muy probablemente adquirió en tiempos de su amistad con el almirante Emilio Massera.

Basta figurarse a Patti, Pierri, Ortega y María Julia Alsogaray, acaso los símbolos más cabales de la política menemista, sentados a una mesa. Un ex policía acusado de homicidio y afecto a la tortura; un ex cartonero que en 1985, tras asistir a un acto de su amigo Juan Carlos Rousselot, decidió aventurarse en el mundo de la política movido por una sesuda reflexión: “Si esto es hacer política, yo me meto. Es una boludez”; un empresario artístico sin más virtudes administrativas que haber malversado fondos de Sadaic en Miami y hecho desaparecer cien millones de pesos durante su gestión al frente de la gobernación de la provincia de Tucumán; una señora con aires de maestra desalmada y autoritaria, procesada por presunto enriqucimiento ilícito, y que continuamente desconoce su responsabilidades ¿En qué tipo de conversación política pueden hundirse personas de tamaña naturaleza, cráneos que con suma dificultad logran hilvanar un par de frases cargadas de cordura y sensatez?

La política en la era menemista obsorbió todos los modos de la farándula. Mirtha Legrand se convirtió en la periodista política más incisiva; Marcelo Tinelli en el escogido por los candidatos en campaña; Mariano Grondona en desnorteado jurisconsulto mediático…

La política en la era menemista absorbió todos los modos de la farándula. Así las cosas, Mirtha Legrand se ha convertido en la periodista política más incisiva; Marcelo Tinelli, en el comunicador escogido por los candidatos en las campañas, y Mariano Grondona en un desnorteado jurisconsulto mediático que mira y escucha con aires de entomólogo, y con idéntica atención e impostura, a militares torturadores e hijos de desaparecidos. No debe causar asombro, por tanto, que Caiga quien Caiga asome como el programa de periodismo político más serio. Es que muerta la política, tan sólo el envase ha quedado.

Tiempo atrás, en una columna que publicó el diario El País, de Madrid, bajo el título “¿Es real lo real?”, el pensador español Vicente Verdú reflexionaba: “Lo importante, se convalida hoy por lo banal, una vez que han desaparecido las referencias superiores. El mundo no dispone ya, como antes, de un exterior, utópico o metafísico, por el que juzgarse. El único doble del mundo es el mundo virtual donde los sucesos se doblan como en un segundo espejo. El crash financiero se produce al modo de Godzilla o el caso Lewinsky al estilo de Primary Collors, o al revés. Alcanzado un punto en la reproducción universal de los media, no hay indicio de vida que no sea absorbido en su esfera, no hay realidad que no sea realidad virtual”.

El alejamiento de Menem no es más que el alejamiento virtual de un presidente virtual, en un país donde la política se ha convertido en una actividad virtual que ejercen hombres virtuales e intercambiables.

El alejamiento de Menem no es más que el alejamiento virtual de un Presidente virtual, en un país donde la política se ha convertido en una actividad virtual que ejercen hombres virtuales e intercambiables. Y esto, desde luego, es lo que Menem mejor hizo. Las privatizaciones, los desarreglos económicos y los antojadizos decretos que han florecido en noches de arrebato, son pasibles de reparación. Pero la recuperación de una dirigencia política libre y espontánea, apasionada y con sed de verdaderas transformaciones, habrá de llevar años.

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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani

Publicado en APe, el 17/8/2009
Reconstruyamos un fugaz momento de nuestra historia. No es un gran momento. No salió en los diarios de la época. No lo evocaron los ministros ni los funcionarios en sus discursos de este 17 de agosto. No está en los libros de texto. No está en la Historia de Grosso (el profesor) ni en la Historia de Grosso (el intendente). Sin embargo, hay un relato. Hubo un relato. Y merecemos conocerlo.
Corre febrero de 1829. Anclado en la rada del puerto de Buenos Aires, cerca de la boya de cabecera, está el buque de carga inglés Countess of Chichester, partido de Falmouth en diciembre y arribado en enero. Un pasajero del buque, con documentos extendidos a nombre de “José Matorras” (José de San Martín), permanece a bordo sin decidirse a desembarcar.
El país (las jóvenes Provincias Unidas del Río de la Plata) se halla desgarrado por pujas de poder y pujas comerciales de los pequeños caciques políticos. Advertidos de la posible llegada de San Martín, mandaron a colgar un cartel muy cerca de la catedral, recriminando al general sus “cinco años de ausencia” y sugiriendo que recién se animó a volver a la patria “firmadas las paces con el Brasil”.
Dos leales subordinados de San Martín en sus campañas, el coronel Manuel de Olazábal (29) y el mayor José Antonio Álvarez de Condarco (49), enterados de su presencia, deciden ir a visitarlo en secreto.
Camino al puerto, al pasar por el viejo mercado de la plaza de la Victoria, compran fragantes duraznos mendocinos, que llevarán como un saludo de la tierra a ese hombre sencillo, que ha sabido rechazar los halagos mezquinos de la fama y los privilegios.
No podemos saber qué hablaron aquellos oficiales del disuelto Ejército Libertador con su jefe. Sólo sabemos que se despidieron con lágrimas en los ojos. Condarco debió tomar por los hombros y separar al joven Olazábal, quien no terminaba de abrazar, desconsolado, a su General.
Lo concreto, lo que quedó registrado, es que San Martín decidió no desembarcar en Buenos Aires y volvió en ese mismo buque inglés a Montevideo, donde permaneció un tiempo más antes de retornar definitivamente a Europa.
Antes de cruzar de nuevo el océano, alcanzó a escribir en Montevideo algunas cartas, una de ellas dirigida al general Tomás Guido. En esa carta, donde responde a la oferta que le ha hecho el general Juan Lavalle de hacerse cargo manu militari de la gobernación de Buenos Aires, están vivos el pensamiento y espíritu de San Martín. Transcribiremos algunos pasajes.
MILITAR SÍ, GOLPISTA NO
“Las agitaciones -escribe San Martín- en diecinueve años de ensayos en busca de una libertad que no ha existido y, más que todo, las difíciles circunstancias en que se halla en el día nuestro País, hacen clamar a lo general de los hombres (…) no por un cambio en los principios que no rigen (y que en mi opinión es donde está el verdadero mal) sino por un gobierno vigoroso, en una palabra, militar, porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra. Igualmente convienen (y en eso todos) que para el País pueda existir, es de absoluta necesidad, que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca; al efecto, se trata de buscar un salvador que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de las provincias y, más que todo, un brazo vigoroso, salve la Patria de los males que la amenazan: la opinión presenta este candidato: él es el general San Martín (…) Ahora bien, partiendo del principio de ser absolutamente necesario el que desaparezca uno de los dos partidos contendientes por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública, ¿será posible que sea yo el escogido para ser el verdugo de mis conciudadanos y, cual otro Sila, cubra mi patria de proscripciones? No, jamás, jamás. Mil veces preferiré envolverme en los males que la amenazan que ser yo el instrumento de tamaños horrores…”
“Mi Amigo, veamos claro: la situación de nuestro País es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que el de apoyarse sobre una facción o renunciar al mando; esto último es lo que yo hago. Años hace que V. me conoce con inmediación y le consta lo indócil que soy para suscribir a ningún partido (…) No faltará algún Catón que afirme tener la Patria un derecho de exigir a sus hijos todo género de sacrificio; yo responderé que esto, como todo, tiene sus límites, que a ella se debe sacrificar sus intereses y vida, pero no su honor y principios…”
“He realizado 5.000 pesos en metálico y con el sacrificio que puede V. ver por el cambio del día, con ellos y lo que me reditúen mis bienes, pienso pasar al lado de mi hija los dos años que juzgo necesarios para completar su educación. Finalizado este tiempo, regresaré al País en su compañía, bien designado a seguir la suerte a la que me halle destinado, en este intermedio no faltarán hombres que aprovechándose de las lecciones que la experiencia les ofrece, pongan la tierra a cubierto de los males que experimenta. Ésta es mi esperanza; sin ella y sin el sueño (como dice un filósofo) los vivientes racionales dejarían de existir…”
UNO DE LOS NUESTROS. UN PADRE
Cruzó los Andes a lomo de mula y por momentos en camilla. Nada de caballito blanco. El sombrero era un sombrero lapacho, sencillo, el mismo que usaban los paisanos. La gota le impedía levantar el brazo derecho y tomaba láudano (jarabe elaborado con una opiácea) para calmar los dolores.
(Su matrimonio estuvo signado por la ausencia y la pérdida. No así su paternidad, que ejerció con responsabilidad y desvelo, hasta el último día. En ese difícil arte de renunciar a honores y prebendas (lo mismo que el Che, valga la insolente comparación), San Martín acumuló en vida un rosario de medallas morales. Recordemos aquí algunas:
No quiso ocupar la residencia especial que le preparó el Cabildo de Mendoza, cuando fue a preparar el Ejército de los Andes. Asimismo, se negó a cobrar una compensación por la mitad del sueldo militar que había dejado de recibir por propia decisión. Y del producido de la finca rural en la que habitaba, pidió que la tercera parte se destinara al Hospital de Mujeres y al pago de un vacunador que previniera por el azote de viruela.
Rechazó 10.000 pesos oro para “gastos de viaje” que le ofreció el Cabildo de Santiago de Chile, después del triunfo de Chacabuco. Pidió que se destinaran a fundar la primera biblioteca pública de esa ciudad, origen de la actual Biblioteca Nacional de Chile.
Renunció al título de Protector del Perú y se negó a que lo nombraran Dictador del Perú (como se estilaba, imitando las categorías del Imperio Romano). También renunció a ser nombrado Director Supremo de Chile. Y declinó el ofrecimiento de ser Plenipotenciario de la Confederación Argentina y canciller del gobierno de Rosas.
Luego del triunfo de Maipú, en tierras trasandinas, al caer en su poder el archivo secreto de Osorio, con los nombres de los confidentes e informantes que tenía el Ejército Español, lo mandó a incinerar, invitando a deponer enfrentamientos entre hermanos, para poder construir.
En nuestra hagiografía es el Santo de la Espada, el Gran Capitán, el Padre de la Patria. Preferimos recordarlo, desde esta página, como a un hombre común, alguien que supo construirse y edificarse a sí mismo como líder y conductor. Uno de nuestros Padres. Un padre.
Escribe Rodolfo Terragno, en su investigación titulada Maitland y San Martín: “En los doce años transcurridos entre su partida a bordo de la George Canning y su regreso a Londres, San Martín llevó a la práctica el plan anticipado, en 1800, por aquel escocés, Maitland, que murió en Ceilán el 21 de enero de 1824, pocos meses antes del regreso de San Martín a Inglaterra (…) Es posible, por lo tanto, que San Martín haya coincidido con Maitland sin saberlo. Sería, sin embargo, una coincidencia asombrosa…”
En 1929, más de medio siglo antes del descubrimiento de Terragno, un capitán del Ejército Argentino, Leopoldo Ornstein, profesor del Colegio Militar, publicó en dos tomos su obra La campaña de los Andes a la luz de las doctrinas de guerra modernas. Allí extrae conclusiones que nos permiten valorar el genio de San Martín y poner la debida distancia con la receta del ignoto granadero británico y administrador Peregrine Maitland.
“La organización económica de la provincia de Cuyo -dice Ornstein- para extraer de ella los elementos y recursos necesarios a la realización de esta campaña, es digna de estudio. El concepto de ‘la nación en armas’ lanzado al mundo militar por el mariscal Von der Goltz, ha tenido su consagración en Cuyo, medio siglo antes. La intervención de todas las actividades en la preparación de la campaña y la contribución directa de todos los cuyanos ‘sin distinción de sexo ni edades’, es digna de los tiempos espartanos…”
Es que el carácter de las guerras de independencia y liberación (tales las que condujeron nuestro general San Martín y nuestro Manuel Belgrano), no puede ser adjudicado ni definido en un laboratorio, ni en una escuela militar. Las guerras coloniales, como ésas que planeó el granadero Maitland, eran guerras de invasión. Eran otras guerras.
José de San Martín, maestro de moral y de política para todos los argentinos, sigue entregándonos sus lecciones, sin plazos ni condicionamientos. Sigue enseñándonos, a quienes estemos dispuestos a aprender.
Publicado en APe, el 17/8/2009
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe

Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990

Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.

Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.

A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.

En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.

Otro abrazo.

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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani

Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).

A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.

Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.

Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.

¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.

¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).

Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.

«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.

MECENAS ERAN AQUÉLLOS

«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.

Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).

En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.

LA SEGUNDA ES LA VENCIDA

En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».

Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.

La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.

EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE

Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.

La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.

Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.

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