Portugal ¿a contramano del mundo?, por Laura Giussani Constenla (enviada especial de La Columna Vertebral)

Mural sobre Fernando Pessoa en Lisboa

En noviembre se cumplirán tres años de la llegada al gobierno del socialista Antonio Costas, gracias a una ingeniería política que le permitió sumar a los 86 diputados que ya contaba su partido, los 19 del Bloque de Izquierda, 15 del partido Comunista de Portugal y 2 del Ecologista de los Verdes, para gobernar con mayoría absoluta en la Legislatura. Pese a la falta de confianza inicial por parte del stablishment, hoy Portugal goza de un prestigio internacional pocas veces visto.

Basta mirar la tapa de los diarios para notar las diferencias con los gobiernos conservadores que se abren paso en todos los continentes. Títulos principales: aumento del salario mínimo, baja el impuesto a la gasolina, dos petroleras -Galp y Eni- desisten de hacer perforaciones en el mar por la resistencia social, los surfistas celebran la retirada. El mayor escándalo de corrupción al que le dedican toda una página es una factura excesiva de vino gastada por un ex secretario, delito considerado “abuso de confianza”.

Brasil y la victoria de Bolsonaro ocupan más espacio que las noticias locales. Entre todos los análisis, vale destacar la ácida autocrítica del periodista Joao Miguel Tavares en el diario ‘Público’. El artículo se titula: ‘Nosotros, las elites, no comprendemos nada de nada’. Reproducimos los párrafos sobresalientes:

Mural sobre Queiroz, uno de los grandes escritores e intelectuales portugueses del siglo XIX

“Las elites artísticas, intelectuales y periodísticas tienen que meterse en la cabeza, de una vez por todas, que su influencia sobre el pueblo a la hora del voto es nula. Que sus poderes de mediación y persuasión, en las era de las redes, se evaporan al instante. Que tener escritores, comentaristas, historiadores, músicos o periodistas haciendo videos y manifiestos y hashtags y editoriales o lo que diablo sea, en donde desde lo alto de su inmensa sabiduría intentan explicar al pueblo brasileño, como ya lo hicieron con el americano, a quien deben votar, es una figura ridícula, por una razón muy simple: ese voto, el de los brasileños y también el de los americanos, también es un voto en contra de nosotros. Y digo nosotros refiriéndome a una elite privilegiada de la que hago parte y que a los largo de dos siglos se convenció de que su misión en el mundo era desempeñar el papel social de portavoz de las minorías, los descontentos, los pobres, los oprimidos y que a través de ese movimiento fue valorizando su propio rol en el mundo, asumiéndose como propietaria de la buena conciencia de la humanidad y creyendo que existía una líea inquebrantable con el pueblo sufriente, que ella comprendía como nadie. (…) Ahora bien. Nosotros, las elites, miramos a los americanos y a los brasileros como pobres de espíritu dominados por Donald Trump y Jair Bolsonaro, pero la verdad es que hay cada vez más indicio de lo contrario: son los americanos y los brasileros los que usan a Trump y Bolsonaro para llegar a donde quieren, sea combatir la inmigración o la corrupción o la ‘defensa de la vida’. (…) A la izquierda le gusta mucho hablar de ‘empoderamiento’, pues de eso se trata: el electorado el electorado se está rebelando a lo que las elites les mandan a hacer. Por eso Trump. Por eso Bolsonaro. Por eso tantas lágrimas a su vez.”

Una mirada polémica que abre el debate. Uno de los descubrimientos en Portugal es, justamente, este diario, Público, creado en 1990 de forma cooperativa, que sobrevive con un formato de notas largas, bien escritas y que no solo informan, también expanden el horizonte a distintas miradas y pensamientos. Abrir sus páginas significa recuperar un placer por la lectura de información cotidiana que parecía perdido.

Claro que nada es perfecto en este mundo y existen problemas sociales y luchas que continúan, como la que llevan adelante los vecinos del barrio Intendente, uno de los más populares y típicos de Lisboa que denuncian expropiaciones, desalojos y la destrucción de edificios considerados monumentos históricos en pos del crecimiento turístico de la mano del fenómeno de alojamientos temporarios. Un drama global, el mundo airbnb. Pero de eso nos ocuparemos en otra nota.

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