Revolución feminista en el fútbol argentino, por Alejandro Wall

Alguna vez los que no cobraban eran los hombres. Soportaban un régimen casi esclavista. Jugaban al fútbol a cambio de unos viáticos, de un pago en negro, de una relación laboral que no se formalizaba pero que los obligaba, a través de la cláusula candado, a estar dos años sin jugar si querían pasar a otro club por decisión propia. Se lo llamaba amateurismo marrón. Era marzo de 1931. Hacía seis meses que José Félix Uriburu había derrocado a Hipólito Irigoyen. Los jugadores marcharon hacia la Plaza de Mayo para pedir por los pases libres. Le llevaron el petitorio con sus reclamos a Uriburu y cantaron el himno. “Nos imaginamos al General rodeado de los improvisados coristas repitiéndole a voz en cuello el consagrado ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”, ironizó el diario socialista La Vanguardia. De esa manifestación, con reivindicaciones por mejoras en las condiciones de trabajo, nació el fútbol profesional.

Más de ocho décadas después, otras cadenas del fútbol se están por romper. Macarena Sánchez, que hasta hace unos días era jugadora de UAI Urquiza, inició un reclamo judicial para que se reconozca su relación laboral con el club. Es un movimiento que puede verse como individual pero que es colectivo porque podría terminar con una de las grandes desigualdades del fútbol argentino, donde las mujeres no cobran por sus trabajos más que un viático, algo que incluso hasta parece un privilegio. Hay chicas que tienen que poner plata en ropa y micros para jugar. Lo resumió en un tuit Belén Potassa, jugadora de UAI Urquiza y la selección argentina: “Que triste escuchar tantos millones por un jugador y saber que el femenino ganamos 3 mil pesos por mes”.

Podés leer el artículo completo en el portal Tercer Cordón: 

REVOLUCIÓN FEMINISTA EN EL FÚTBOL ARGENTINO

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda