A 50 años del Cordobazo. Así fue, así pasó.

En Córdoba los obreros metalúrgicos, liderados por Agustín Tosco y Elpidio Torres, estaban decididos a hacerse oír. Las dos centrales obreras, la CGT y la CGTA, llamaban a un paro general con movilización para el 29 de mayo.

El primer medio nacional en llegar a la ciudad fue Telenoche. Allí enviaron a su conductor estrella, Andrés Percivalle. Cara de ángel y sonrisa bien dispuesta, Andrés desembarcó en una ciudad sitiada. Calles desiertas por las que solo pasaban las patrullas policiales, armas a la vista. Los comercios que se animaron a abrir aquella mañana cerraron sus persianas apenas escucharon el silencio atronador que presagiaba la tempestad. No había transportes, apenas algunas motos que merodeaban por ahí sin rumbo fijo. El gobernador había dispuesto un cordón alrededor del centro; en los puntos estratégicos, como los puentes de La Cañada, estaban apostados los caballos de la infantería, carros y tropas. Un dispositivo similar cortaba el paso hacia la zona industrial por donde debían arribar las columnas obreras. En silencio, los vecinos asistían detrás de sus ventanas al curioso espectáculo de la ciudad en donde pequeños grupos de no más de tres personas deambulaban a la espera de alguna señal que indicara el inicio de la acción, se entrecruzaban en las esquinas, intercambiaban información y continuaban su recorrido.

Dos eran los lugares principales adonde Percivale debía dirigir sus cámaras: el Barrio Clínicas y la planta generadora de Villa Rebol en donde Agustín Tosco estaba pronto a partir con su overol obrero y botas de trabajo.

A la entrada del barrio universitario un cartel anunciaba: “Barrio Clínicas, territorio liberado de América”. Por sus calles el movimiento era continuo, desde temprano se dieron cita diversos grupos con carteles enrollados y mochilas al hombro que portaban todo lo necesario para resistir: piedras, hondas, palos, nafta, botellas, pañuelos, limón. Comenzaron a avanzar hacia el centro antes de la hora establecida, varias columnas dispuestas a sobrepasar las fuerzas de seguridad que estaban apostadas en los alrededores de los puentes. La primera granada de gas lacrimógeno provocó la reacción, algunos las tomaban antes de que explotaran y la devolvían con fuerza contra las líneas policiales. Otros se dispersaban o buscaban reparo en los edificios, mientras los más audaces resistían con hondas y piedras. Empiezan las barricadas, caen árboles, carteles, tachos de basura y autos, se encienden fogatas, aparecen las molotov.

Percivale se encontró de pronto en medio del fuego cruzado, corrió hacia algún zaguán para salir de la línea de fuego, ya no solo eran gases, sino balas y metrallas que repiqueteaban a su lado, estallaban vidrios, el humo hacía difícil entender qué estaba ocurriendo, desde las terrazas caían macetas, vasos, piedras; griterío de órdenes improvisadas, la multitud se desconcentraba por momentos pero volvía al rato con más fuerza, “paren de tirar, hijos de puta” gritaba un muchacho de no más de veinte años frente al cordón policial, los fusiles apuntaban a matar, la cámara registraba la escena. Andrés, paralizado, con el rostro tenso en donde no aparecía la habitual sonrisa, apenas balbuceaba alguna palabra; su vida corrió más riesgo en las calles cordobesas que en los dos meses que permaneció en la guerra de Vietnam. Con las primeras escenas filmadas fue hasta el canal. No pudo reconocerse en medio de las balaceras, el rostro desencajado, la voz trémula. Cortó los planos en los que aparecía y puso al aire las primeras imágenes de la represión. Quedó a cargo de la cobertura en Córdoba el corresponsal de Telenoche, Sergio Villarroel, transmitiendo casi en vivo desde los lugares del conflicto. El país se estremeció al escucharlo narrar con voz segura y mirada firme lo que sucedía a su alrededor mientras continuaban los disparos, por momentos agachaba la cabeza esquivando algún balazo que iba a dar contra un muro que estallaba en mil esquirlas.

De inmediato partieron periodistas de los diversos medios de la Capital para registrar en primera persona la insurrección popular cordobesa. Hacia allí fue también Enrique Walker, enviado por la revista Gente.

Horas duró la resistencia en los distintos puntos de acceso a la ciudad, miguelitos, rulemanes, palos, molotov; contra tanques, fusiles fal y granadas. Los obreros marchaban con Tosco a la cabeza y un gran cartel que decía “Paro Activo”. Finalmente lograron romper el cordón policial y avanzaron hacia el centro, a su paso cortaban el camino con árboles o autos dados vuelta e incendiados. En uno de los enfrentamiento un obrero de la Ika recibe un disparo en la cabeza. Si hacía falta otra chispa, esta sumaba al fuego. Con aerosol pintaban en las paredes: «Soldado, no mates a tu hermano». Fue toda una jornada de resistencia hasta que la policía quedó sin gases ni proyectiles. La ciudad había sido ocupada por la población insurgente.

Los muros en Córdoba no hablaban de imaginación ni de surrealismo, no había espacio para la poesía: “Abajo la dictadura” “Perón Vuelve” “Diez, cien, mil Vietnam”, “Milicos asesinos”, “Cabral Presente”, “Perón o muerte”, “Obreros y estudiantes unidos y adelante”.

Córdoba ardía, literalmente. Fogatas en cada esquina alimentadas por eufóricos vecinos, universitarios, metalúrgicos, profesionales, albañiles, comerciantes, bicicleteros, maestros, verduleros, todos actuaban como si supieran hacia dónde iban, no había lugar para el titubeo. Convertidos en soldados de una tropa inexistente, daban muestra de saber comportarse en una situación hasta entonces inimaginable, como si hubiera un mandato, iban al frente. Nadie tenía certeza alguna sobre cuál seria el fin.

Al anochecer, atemorizada por el caos provocado, la CGT decide que se han cumplido los objetivos y levanta el paro mientras el gobierno anuncia que crearía consejos de guerra y a las cinco de la tarde el ejército entraría en Córdoba. Los obreros de Luz y Fuerza bloquean los accesos a la ciudad para impedir que entraran los tanques. Más barricadas, postes, carteles, autos, basura y gomas. De manera imprevista eran los dueños de la ciudad, tomaban el Ministerio de Obras Públicas, y saqueaban algunas armerías.

Mientras los aviones de la Fuerza Aérea sobrevuelan, los tanques entran a Córdoba a pesar de las barricadas. Los manifestantes se repliegan al barrio Clínicas o suben a los techos de los edificios. A las ocho la ciudad queda a oscuras, no era difícil para los obreros de Luz y Fuerza boicotear el servicio eléctrico. Desde las azoteas más altas se podía ver las fogatas que iluminaban los distintos barrios. Los tanques recorrían las calles y las molotov seguían cayendo sobre ellos. La imagen era la de una población resistiendo al invasor.

Enrique Walker tomaba nota en una libreta de todo lo que veía, francotiradores paramilitares, vecinos inofensivos convertidos en resistentes, dirigentes gremiales que con voz mesurada y cálida tonada cordobesa que le explicaban las razones del descontento. “Exigimos que se respete la voluntad del pueblo, exigimos que el gobierno sea elegido por las mayorías, sin persecuciones para con las ideas y doctrinas de ningún argentino; exigimos aumento de salarios; que se defienda nuestro patrimonio nacional saqueado por monopolios extranjeros. Exigimos creación de nuevas fuentes de trabajo, la reincorporación de los cesantes y el levantamiento de las sanciones por haber hecho uso del derecho constitucional de huelga. Exigimos una Universidad abierta a las posibilidades de los hijos de los trabajadores y consustanciada con los intereses del país”. Garabateaba en su libreta todo lo que veía y oía mientras le ordenaba al fotógrafo que retratara a los militares que apuntaban a la cabeza de civiles desarmados. La radio informaba que había orden de tirar a matar; en silencio y a oscuras, escondidos en pensiones y departamentos, los manifestantes escuchaban las novedades y se preguntaban qué hacer.

El 30 de mayo el ejército entra a la sede de Luz y Fuerza y detiene a sus dirigentes, entre ellos, Agustín Tosco, Atilio López, Elpidio Torres. Poco a poco el gobierno controla la situación, logran entrar al mismo Barrio Clínicas, desarman barricadas y se llevan presos a los más sospechosos. La resistencia duró hasta la noche del 30 de mayo, en el medio quedó un tendal de decenas de muertos, ya sin nombre, ni cifras precisas.

(Fragmento del libro «Cazadores de Luces y de Sombras. Ignacio Ezcurra y Enrique Jarito Walker, dos periodistas en tiempos de revueltas, guerras y revoluciones», de Laura Giussani Constenla)

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda