Opinión: No es el fuego, somos nosotros, por Eddie Abramovich

1. Para entrar en calor antes de encender el fuego.

Abominar de las redes y denostar a las plataformas tecnológicas y las herramientas digitales, culpando a los objetos e instrumentos de la pérdida de sociabilidad y de la «incomunicación» humana se ha convertido en una hartante impostura intelectual para cuyo montaje – curiosa paradoja – se utilizan las redes y las plataformas. 

Se han escrito sobre esto algunas cosas serias y rigurosas, poniendo el acento no en el abuso o los malos hábitos sino el verdadero problema, que es la ilusión de que, por sí misma, la internet y sus accesorios y periféricos mejoren las relaciones sociales, el conocimiento y la consolidación de los derechos y los valores. En particular, recomiendo los capítulos que Philippe Breton le dedicó a la cuestión en su libro de 1990 – mucho antes de facebook y los teléfonos «inteligentes» – La Utopía de la Comunicación (Nueva Visión, 2000, la traducción)

La «incomunicación» no existe. En el peor de los casos, hay comunicación deficiente, distorsiva o ineficaz.

2. Ahora, acerquémonos al fuego para «ver mejor lo que decimos», como invocaban los Bubis de Bioko.

La tecnología no establece las reglas ni determina las conductas. Tener un encendedor en el bolsillo no nos hace incendiarios. Tener una lapicera no nos hace escritores, ni tener un arado agricultores. Y reproducir videos virales en facebook que nos llaman a abandonar la comodidad de nuestras notebooks y salir a abrazar a nuestros hermanos de especie en el parque no nos hace libertarios…aunque puede hacernos quedar como tontos.

Escribí en 2010  -para ser publicado sin mi autoría por tratarse de una revista institucional -, algo que suelo agregar como material de lectura en algunas de mis clases, con el título «En busca de las preguntas correctas».

Decía, resumiendo:

Existe un modo de poner a la tecnología en el centro de los debates, como si se tratara de un sujeto social autónomo capaz de establecer, por sí mismo, tendencias y patrones de comportamiento y, como tal, fuente inagotable, tanto de promesas como de amenazas.

Se han planteado disyuntivas  dogmáticas, ya sea en torno de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación – ¿nos comunican más o nos aíslan más? -, de las nuevas terapéuticas – ¿nos curan mejor o sólo prolongan artificialmente nuestros padecimientos? – , de la indagación genética – ¿esperanza de vida o riesgo de manipulación? -, y muchas otras antinomias similares.

Disyuntivas que, probablemente, podrían resumirse en una: La tecnología ¿nos libera o nos somete?

Creo que es la pregunta correcta pero con el sujeto equivocado. No es la tecnología a la que deberíamos interpelar, sino al humano que la produce, la gestiona y la administra; a nosotros mismos como sociedad.

La búsqueda de las preguntas correctas no es solamente una travesía científica, sino también ética y, especialmente, política, en el más jerárquico de los sentidos de este término.

El porvenir siempre conllevará riesgo, azar e incertidumbre, pero también implicará la capacidad creadora, el desarrollo de la comprensión y de la bondad, y una nueva conciencia humana” ha planteado Edgar Morin. 

Las preguntas, entonces, deben dirigirse no al objeto tecnológico sino a esa conciencia, porque de ella nacen las acciones colectivas que consolidan o que desafían paradigmas de poder, de control, de asignación de recursos, de justicia, de inclusión, de derechos y obligaciones.

Y también de conocimiento.

Se debe promover en toda su complejidad el debate sobre los fines de la investigación, su resultado social, los errores e ilusiones que puede engendrar, los usos y aplicaciones que nos mejoran como sujetos sociales y los que nos estancan en el rol de usuarios ciegos.

Desde que aprendimos a encender y gestionar el fuego los humanos supimos que éramos capaces de cambiar el curso natural de los acontecimientos. El fuego cambió nuestros hábitos de alimentación, prolongó nuestra jornada de actividad más allá de la puesta del sol, extendió nuestro territorio hacia lugares más fríos y nos protegió de las fieras.

Ese gigantesco hito tecnológico es algo de lo que no podemos renegar por causa de los estragos y hecatombes, sociales y ambientales, producidos mediante el uso del fuego, porque sin tal herramienta no habría existido lo que conocemos como cultura y civilización.

No es el fuego, somos nosotros

Los incendios en la Amazonia son causados por decisiones – o deserciones – de naturaleza política. Y esto es solamente una muestra, de dimensiones monstruosas, pero no por ello aislada de un conflicto global de modelos e intereses.

No es la tecnología sino las decisiones lo que debe ponerse bajo escrutinio. Al debatir sobre los escenarios de la sociedad del conocimiento y sus alcances en términos de inclusión y equidad, generamos un espacio para que el Homo Tecnologicus desarrolle, a la par, sus destrezas, su solidaridad y su conciencia responsable.

Todo lo cual es incompatible con la codicia, las burbujas especulativas y el estado artificial de guerra permanente.

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda