Plaza de Mayo y alrededores, por Oscar Taffetani

No sé si la despedida de Macri llenó la plaza de Mayo. Pero y si la llenó ¿qué? También la llenó Uriburu cuando derrocó a Hipólito Yrigoyen, en 1930 (tengo la grabación del discurso, que me pasó una vez el coleccionista Di Noia). Y un cuarto de siglo después, también la llenaron los golpistas Rojas y Aramburu, para celebrar la caída del “Tirano”. O el genocida Galtieri, en 1982, buscando legitimar con vivas y aplausos el desembarco en Malvinas. O el periodista Bernardo Neustadt en 1990, convocando a una “Plaza del Sí” en apoyo al viraje neoliberal del peronista Carlos Menem. Muchas “plazas” se llenaron en nuestra historia, con contenido diverso, y siempre en ellas se expresó alguna minoría, alguna mayoría o bien un colectivo de ocasión. Sin embargo, la plaza de Mayo que fue bisagra y que definió un antes y un después en la Argentina contemporánea, fue aquella del 17 de octubre de 1945, cuando irrumpió, al decir de Scalabrini, “el subsuelo de la patria sublevado”. Esa plaza-teatro del ’45, en la que irrumpieron los descamisados, los cabecitas, los humillados y ninguneados de nuestra patria, fue la que tuvo un contenido único, irrepetible, trascendente. Ésa fue la plaza caótica, colapsada, popular hasta el tuétano, que ningún organizador de plazas ni operador publicitario o de marketing podrán repetir. Es la diferencia cualitativa, abismal, que hay, entre el carnaval de Río y el Sambódromo, por poner un ejemplo. Son lo mismo pero no son lo mismo. Por eso, no sirve de nada competir –como hacen algunos- para demostrar que fulano llenó tántos Luna Park o tántos Gran Rex, en Buenos Aires, queriendo desprender de ello, como una cuestión aritmética o puramente cuantitativa, que fulano es el más popular, “el que más le gusta a la gente”, el que tiene más rating, etcétera. Lo que define la raíz popular y la esencia democrática de un gobierno es la política que ese gobierno piensa y ejecuta, como expresión de la voluntad de las mayorías y a la vez, como expresión de los postergados y los silenciados, de ésos que no tienen voz. Escribí en un posteo, hace unos días, que estaba percibiendo un cambio de humor, un renacer de la alegría, entre mucha gente que conozco y quiero, tanto en mi casa y en el trabajo como en la calle. Y todo porque ven que la pesadilla de estos últimos cuatro años llega a su fin; y porque ven que el regreso de un gobierno popular y sensible a las demandas populares, volverá a tomar como cuestión de Estado la salud pública, la educación pública, el trabajo, el deporte y la diversión (por qué no) para todos y todas. Ésa es la justicia social, una justicia que no tiene que ver con la justicia del martillo y la toga, pero que es más importante. Para no hacerlo más largo, deseo con todo mi corazón que el próximo 10 de diciembre sea un día de fiesta popular, en la plaza de Mayo y, sobre todo, alrededor de la plaza, cerca de la plaza, lejos de la plaza, en todas partes. Recuerdo un día glorioso, el 10 de diciembre de 1983, cuando asumió Alfonsín y el pueblo argentino comenzó a dejar atrás la noche de la última dictadura. También recuerdo la fiesta popular del 25 de mayo de 2010, la del Bicentenario, con ese desfile interminable frente al Cabildo y esa multitud caótica que paseaba por la 9 de Julio y coreaba las canciones que se cantaban en los escenarios. Aquellas sí que fueron fiestas patrias. Las mejores, Ojalá que el próximo 10 de diciembre lo hagamos, entre todos, una vez más.

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