Mi otro 17, por Germán Gonzalo Justo

El jueves 16 de noviembre llegó a mi casa Bigote.
Con Bigote y Fabián -mi hermano mayor- ya despuntábamos en la incipiente militancia pintando “Perón vuelve” en las paredes de un colegio alemán y privado que nos incordiaba con su nombre -Paula Albarracín de Sarmiento- en nuestro barrio de Florida.
Esa noche –la del 16, digo- Bigote vino en la seguridad de que lo acompañaríamos al otro día para tratar de llegar a Ezeiza, saliendo bien tempranito.
Fabián –quien, para mí, había inventado la resistencia peronista, con sus diez y seis años- ya había averiguado: había que ir livianito, sin campera; como único peso un pañuelo, un limón y bicarbonato, combinación que nos haría invencibles ante los gases lacrimógenos. Además, sin ropa de colores llamativos, “así la policía no nos identifica”. Parece que los colores de la ropa de Bigote no convencía a mi hermano, que le prestó un buzo de gimnasia. Con voz de policía, Bigote –que era adulto, tenía como 17 años- se repetía “sigan a ese del buzo”.
Esa misma noche tuvimos el primer problema que se nos presentaba aquel día final de la resistencia peronista: mi mamá nos prohibía ir.
Lloraba, se estrujaba las manos; mi papá parece que la quería convencer con argumentos que no podíamos oir.
El Muñeco –mi hermano menor, que con ese quilombo se despedía de la esperanza de acompañarnos- nos informaba de las negociaciones. Mi viejo, finalmente, perdió la discusión, como siempre.
Ni siquiera era peronista.
Nos acostamos desvastados.
A las tres de la mañana el viejo nos despierta susurrando. “Tomen –nos tira unos mangos- , yo no sé nada. Después lo arreglo con su madre” y lo mira a Fabián, “Lanusse dijo que no iban a pasar. Eso quiere decir qué ¡no van a pasar! ¿entendido?”. Y una mirada severa que era una recomendación: “Si no volvés con tu hermano, mejor que no vuelvas”.
Muñeco nos miraba con una envidia fronteriza a la admiración.

Llovía, y estaba frío.
Llovía; cómo llovía.
Caminamos una cuadras, pegaditos a la pared.
Pasaban patrulleros. Debíamos, necesariamente, parecer sospechosos.
Seguro de que la carga del bicarbonato era una prueba de delito, abandoné el paquete en un lugar cualquiera, como si fuera marihuana. Fabián –muy seguro de sí mismo- me mandó a recogerla- .
Luego un subte, y luego caminar y caminar.
A media mañana nos fuimos juntando con algunas columnas en los límites de la Capital Federal.
La policía, mansamente, nos guiaba hasta que en -algún lugar con suficiente espacio-, nos gaseaban y dispersaban. (¿De donde salían estos giles que dirigían la columna?)
De repente, pasaba un colectivo repleto. Fuese para donde fuese, lo tomábamos –Fabián conocía todos los detalles de cada barrio de la provincia, para mí- .
La guita que nos había tirado el viejo, de nada servía.
Todo cerrado. Ni un kiosko. Ni una ventana.
Vi a un tipo al que un cohete de gases le daba en un costado de la cabeza.
Vi a compañeros tirados en el piso por la balas de goma.
Otros desafiaban.
Otros devolvían las granadas de gases.
La mayoría corríamos. Fabián, Bigote y yo nos perdíamos y nos encontrábamos.
Vimos gente nadando en el Río Matanza; vimos tanques de guerra que recuerdo desde una frontera a la otra.
En un barrio de Ezeiza nos persiguen unos canas -me dolía un codo-, doblamos una esquina a la carrera y desde una cochera de un chalecito californiano un peronista agradecido nos impele a entrar. Todavía imagino a los canas que nos seguían, la sorpresa al doblar la esquina.
Había allí unas cincuenta personas hechas agua, tiritando, apretujados y una señora que nos secaba y nos daba café.
En un pequeño televisor, vimos el regreso tan deseado y mi paraguas cubría al General, desde la mano de Rucci.
En primera fila, un hombre se tomo el pecho y se desplomó. “Un infarto”, dijo Fabián –que era cardiólogo, para mí- .

Volvimos a las seis de la tarde. Mamá nos recibió como héroes. Muñeco fue a buscar un pollo al horno, enfrente.
Y los tres, unidos y organizados.
Fabián todavía me tomaba de la mano.
Yo tenía catorce años, y tuve mi 17 de octubre de 1945, ese 17 de noviembre de 1972.»

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