Ediciones Ciccus, lanzó ésta semana el nuevo libro de nuestro columnista Teodoro Boot: “La Verdad Verdadera. Glosas, Aguafuertes y Crónicas de acá y más allá’. Con la calidad narrativa que suele regalarnos en sus columnas, un libro para descubrir mil historias que parecen cuentos pero no lo son. Aquí va una de ellas.

El estuche de Cristo

Así como hay gente rara en el mundo, también hay creencias para todos los gustos, prueba tal vez de la propensión de la especie humana a la diversidad, la demencia y la estupidez. Para las religiones institucionalizadas, esta simpática afición a las vías alternativas es tenida por herejía, término de origen griego (hairesis) que significa, sencillamente, la creencia elegida por un individuo o un grupo.

No siempre tuvo una connotación peyorativa, y de hecho el historiador Flavio Josefo describe las distintas hairesis dentro de la religión judía de su época: fariseos, saduceos, esenios, zelotes y nazarenos, que vienen a ser los seguidores de Jesús.

Dentro de estos últimos, fue un fariseo arrepentido quien con el alias de “Pablo” inició la costumbre de censurar a quienes manifestaran opiniones diferentes a la suya, y a incluir la herejía en una lista de “obras de la carne”, junto a la lujuria, la impureza, la concupiscencia, el desenfreno, las borracheras, etc. Este perturbado encontró numerosos seguidores, en especial, dentro de los piromaníacos de todas las épocas, al parecer aquejados de similares desasosiegos.

Como es natural, los partidarios de las facciones dominantes tienden a creer que los locos son los demás. Para el caso, podría darse el ejemplo de los ofitas, quienes reverenciaban a la serpiente del Edén. Pero, según se mire, no estaba menos desquiciado el brasilero Orlando Fedeli, obsesionado por mandar a la hoguera al teólogo Maurice Zundell por haber dicho que encontraba a Cristo en los fideos de la sopa, y de paso al gnóstico pancrístico Tehilard de Chardin.

Los ofitas también eran gnósticos, pero de los primeros años de nuestra era, y dejaban estupefactos tanto a los cristianos ortodoxos como a los paganos. Para los ofitas, en el principio estaba el Padre de Todo, el Primer Hombre, de quien emanó el Pensamiento, que viene a ser el Segundo Hombre. Y luego hizo su entrada el Espíritu Santo, que no es el Tercer Hombre, sino la Primera Mujer.

De este estrambótico menage a trois, la Trinidad propiamente dicha, emanaron Cristo y su hermana Sophia, la Sabiduría. Pero ocurrió que a uno de los hijos de Sophia, el malévolo Ialdabaoth, se le dio por crear el mundo material, incluidos los primeros humanos, que como todos saben, son Adán y Eva, dos incautas criaturas que tomaron a Ialdabaoth como la divinidad máxima.

Sophia, a fin de acabar con esta impostura, envió al Edén un agente secreto, la serpiente, que persuadió a nuestros antepasados de comer el fruto de árbol prohibido, gracias a lo cual conocieron la naturaleza relativamente baja de ese chanta que, con singular éxito, se hacía y aún hace llamar El Creador.

Sophia también implantó en Adán y Eva la “luz húmeda”, que no es lo que ustedes piensan sino una suerte de luminosidad espiritual que contiene el conocimiento del Padre de Todo.

Frenético, Ialdabaoth se convirtió en demonio y buscó confundir a las gentes para que no conocieran esa luz interior. Hasta que Cristo se apiadó de los humanos y uniéndose –en espíritu, desde luego– a un carpintero de Galilea, se convirtió en Jesucristo. Y para escándalo de los poderosos de todos los tiempos, proclamó que el conocimiento de la luz húmeda nos libra de la esclavitud en que nos tienen los inventores de la materia y los poseedores de dinero.

Como no podía ser de otro modo, fue ejecutado.

Lo de la luz húmeda ha de haber perturbado tanto como a ustedes al pastor suizo Antón Unternahrer, ya que se le dio por ver en la Biblia un compendio de diversas ceremonias sexuales de carácter sacro.

Estamos en las soledades alpinas de Schwarzenburg, a principios del siglo xix y suena lógico que durante los largos inviernos la imaginación tienda a desbocarse, de manera que a Antón se le ocurrió que la serpiente del Edén era la auténtica salvadora de la Humanidad, pues las sensaciones de vergüenza o remordimiento asociadas a un acto tan natural como la práctica sexual no podían ser más que obra del demonio.

Las autoridades bien podían dejar al pastor entretenido con las serpientes, pero ya no se mostraron tan tolerantes cuando el suizo proclamó que el incesto era también un acto sagrado. Sometido a juicio, Unternahrer demostró que no era un profeta cualquiera, sino un elegido por el Señor, lo que procedió a llevar a cabo poniéndose en pelota. Tenía tres.

Un siglo más tarde, de paso por la región de Schwarzenburg, el siquiatra Hermann Rorschach escuchó hablar de ciertas sectas, particularmente sobre el fundador de una de ellas, un tal Johannes Binggeli.

En su mocedad, Binggeli se había mostrado propenso a las visiones y experiencias extracorpóreas, durante las que viajaba por los mundos del espíritu. Para 1870 publicó un relato de sus andanzas extraterrestres y organizó una secta religiosa a la que llamó la Hermandad de los Bosques.

El culto de Binggeli se centraba en los poderes divinos de su pene, adorado como “Estuche de Cristo” por gran número de fieles, que eran ritualmente orinados por el profeta. Se entiende: el orín de Binggeli poseía propiedades milagrosas hasta el punto de ser tenido como “rocío celestial” y “bálsamo divino”.

No conforme con esto, desarrolló una técnica sexual de su invención para exorcizar a las desdichadas que eran poseídas por los demonios. Todo iba bien, hasta que exorcizó a su hija, dejándola embarazada.

Para su sorpresa, Rorschach descubrió que un antepasado de Binggeli había sido jefe de una comunidad de discípulos de Unternahrer, ya saben, el de las tres pelotas, encontrando tam­bién que en siglos anteriores y junto a las sectas “normales” tales como la de los anabaptistas, los valdenses y los cátaros, existieron sectas seme­jantes a las de Binggeli y Unternahrer, todas en la misma región.

Sus investigaciones le permitieron trazar un cuadro de las sectas religiosas suizas mediante el que demostró que sur­gían siempre en las mismas regiones, que venían a coincidir con las fronteras raciales y sociales, así como con distintos oficios. Es más, la localización de las sectas coincidía exactamente con los puntos en que residían tejedores, entre quienes existían “núcleos sectarios, grupos familia­res que durante siglos, de generación en generación, habían represen­tado el elemento esencial de las sectas: los discípulo. Así, por ejemplo, en el caso Binggeli encontró Rorschach que, en el curso de cuatro siglos, diez de sus antepasados habían desempeñado un papel en la vida de dichas sectas. Luego de lo cual ideó un test mediante el que, en base a diez manchas de tinta, creía posible extraer conclusiones sobre la inteligencia, aptitudes, actitudes emocionales, y prever las conductas de miles de desquiciados.

Curiosamente, quien acabó en el manicomio fue Binggeli, que apenas si los meaba.

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