Dicen que la Patria es el locro. Será que me compré uno baratito (¿quién puede resistir una porción a 390?!) pero la tal Patria no me cayó bien. Juro que intenté descansar, no ver, no oir, no mirar más que Netflix. Apenas unos minutos de noticieros y redes fueron suficientes para echar todo por la borda. Putear a los unos y los otros. ‘La Patria es el otro’, dicen y no entiendo ¿Qué otro?

Hermoso 25 de mayo, un día peronista, dirían. Tomo sol en el balcón mientras escucho a Rolando Barbano, un periodista que apareció hace relativamente poco, al principio me compró, parecía decente, bien informado. Hasta que empezó a crecer y se convirtió en algo casi monstruoso: hoy justificaba a un policía de la federal que ‘fuera de servicio’ mató a dos pibes por la espalda que quisieron robarle algo, ‘motochorros’, según sus dichos. Tenían un arma de juguete. El buen Barbano estaba indignado: tendrían que incluir en el código penal que el arma de juguete es igual a un arma verdadera. A la noche, en televisión, dejaba su traje de periodista policial y hablaba como un ciudadano más: ¿cómo pueden prohibirle a quienes se fueron un fin de semana largo que vuelvan a su casa?

Antes, unas decenas o centenas o miles, no sé, protestaban en el Obelisco y en Rosario por este invento de la pandemia. ‘Basta de dictadura’. Y en distintos medios andaban Fernando Iglesias o Patricia Bullrich explicando que todo lo que nos pasa es porque ‘hicieron todo mal’. Ellos, que en éste caso sería el actual gobierno, no el anterior que a la salud le daba tanta importancia que disolvió el ministerio y nos endeudó por qué se yo cuántos años. Pero ellos, Alberto y Cristina, no quisieron la Pfizer. Ni ganas dan de rebatir nada. Dan nauseas.

Vuelvo a la computadora a ver qué aparece entre mis ‘amigos’ de facebook: comunicados indignados porque a Grabois no lo dejaron entrar a Colombia. No entendí muy bien porqué, pero si Grabois no puede entrar en Colombia para demostrar que allí se está ejecutando una matanza parece que nadie se va a enterar en el mundo.

En el mientras tanto, muchas muertes entran por las redes. Entre todas ellas, me quedo con una. Clementina Cayún, enfermera del hospital Ramón Carrillo, de San Martín de los Andes.

Dice Marisa Godoy, maestra y poeta del lugar: “Hay gestos de ternura que una no olvida jamás. Y más cuando esos gestos suceden entre mujeres. Nunca voy a olvidar, Clementina, aquella madrugada en el hospital, cuando mi beba y yo estábamos pasándola mal. Ella sin poder alimentarse porque no podía prenderse a mi pecho y yo muerta de dolor y viniste con toda la ternura y una pezonera. Sigilosa viniste y me enseñaste a usarla y dijiste, total, cuando sanes la dejás.Y así fue.Y aquella madrugada mi beba pudo saciar su hambre y yo calmar mi angustia y dormir. Buen viaje, Clementina. Era lindo cuando nos encontrábamos por la calle y me preguntabas por mi hija.💜Para quiénes no la conocían, Clementina era enfermera del hospital y el bicho no tuvo piedad con ella.Están siendo días tan tristes. Tan pero tan tristes.”

Y el Hospital Ramón Carrillo grita: “HASTA SIEMPRE CLEMEN !!!Hoy es uno de esos días tristes, grises en todo el sentido de la palabra. Se nos fue una de las nuestras, nos dejó una de las enfermeras más queridas del Hospital, porque con su andar tranquilo, sus formas pausadas, siempre estuvo al lado de los que más lo necesitaban y ayudando a muchos enfermeros y enfermeras que hoy peinan canas.Esta tarde di jo basta en esta tierra Clementina Cayún, quien luego de luchar contra esta enfermedad que se está llevando tantas vidas, perdió la batalla. La acompañaron como pudieron sus seres queridos, con oración y rezos, transmitiéndole que deseaban su recuperación. Sabemos, no es novedad, los trabajadores del Carrillo estamos mal por lo que nos toca transitar y encima este golpe; son muchos y muchas las que trataron y apreciaban a Clemen que dio sus mejores años al Sistema Público de Salud y transitaba una merecida etapa de jubilación. En un escrito personal el médico Luciano Eliceche ha hecho saber lo que se está pasando y ahora se añade una frase que dice: “Particularmente el día de hoy me toca despedir con inmensa tristeza a una compañera, una excelente compañera, Clementina Cayun y más allá del dolor que esto provoca me queda la sensación que las balas pican cerca, que ya no es una cuestión de edad o antecendentes; se están yendo padres, hijos, jóvenes, viejos y a veces hasta familias casi completas, esto no discrimina”. No hay más para agregar, simplemente que el golpe es fuerte, que nos sentimos tristes y que deseamos que Clemen descanse en paz.”

Y sí, estamos tristes. Es hora de que se enteren los buitres. Los unos y los otros.

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