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Historias de trabajadores

Cuando los muertos no son números

La cifra del día: 587 muertos por Covid en Argentina. En las últimas horas recibimos información de decenas de trabajadores que están muriendo por el virus: Imposible mencionar a todos sin caer en una tristeña paralizante. Pero allí están. Impresionan por su juventud, porque se mantuvieron trabajando hasta el último momento: maestros, enfermeros, auxiliares escolares, estudiantes, y más son recordados con amor en todos nuestros muros.

Hoy los reporteros gráficos lloran a un colega y amigo que batalló varias semanas contra el virus y fue derrotado: Reinaldo Ortega. La Columna Vertebral los abraza a todos, y hace propias las palabras de despedida que escribieron los compañeros de Resumen Latinoamericano:

“Finalmente nos llegó la muy mala y tan temida noticia: se nos fue Reinaldo, después de haber luchado contra el maldito Covid durante semanas. Así estamos en estos tiempos: de pérdida en pérdida de grandes compas, de personas maravillosas que se van antes de tiempo, como ahora Reinaldo.

Decir Reinaldo Ortega es hablar de un hermano de lucha de muchxs de nosotrxs, de esos tipos que hacen de la fotografía un poema, pero también de esos infaltables en las peores circunstancias, cuando la yuta tira a matar contra los de abajo, cuando se te vienen encima por tener una cámara o una identificación de prensa (que termina no sirviendo para nada). Reinaldo es Plaza de Mayo y las queridas Madres Línea Fundadora, con Norita y Mirta a la cabeza de todas ellas, Reinaldo es también su querida comunidad boliviana, protestando contra los golpistas y él recogiendo imágenes aqui en cada acto o en las calles de El Alto (para brindarnos fotos increíbles sobre las asambleas o los bloqueos), pero también Reinaldo es, tiempo después, abrazándose con esos mismo compañeres festejando la victoria de Lucho Arce, en las calles de Buenos Aires.

¿Donde no estuvo este compa? ¿Dónde no acercó su sonrisa amplia, fraternal, para enredarse en los humos de una olla popular en la toma de Guernica o días despues sacudir imágenes sobre la represión ordenada por Berni?

Reinaldo, te vamos a extrañar mucho cuando marchemos contra los poderosos, contra esos que vos tan bien denunciaste en tus fotoreportajes, pero seguramente te imaginaremos, corriendo con nosotres, puteando a los de arriba o riéndonos a carcajadas cuando la compañerada festeje una pequeña victoria.

«Arriba los que luchan» nos dijiste una vez cuando nos cruzamos en un pandemonium de gases y balas de goma allí en la 9 de julio, Arriba Reinaldo, Arriba, y a seguirla peleando allá donde te vayas. Que nos siga iluminando tu sonrisa para seguir pujando por lo que vos más querías: que los pobres de este desigual mundo sean felices alguna vez. Hasta la victoria siempre, compa querido, en nombre de todes lxs que hacemos Resumen Latinoamericano.”

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Feo, judío, peronista y revolucionario, por Teodoro Boot

Hijo de Abraham, actor, cantor y jazán de la sinagoga de Uriburu y Sarmiento, Germán Rozenmacher vino al mundo el 27 de marzo de 1936 en el hospital Rivadavia, pero llegó a Buenos Aires en un conventillo de la calle Larrea, en pleno barrio de Once. Periodista, narrador, dramaturgo, linotipista ,“feo, judío, rante y sentimental”, con una obra vinculada a la discriminación, la soledad, el desarraigo y las preocupaciones políticas y sociales, fue considerado el escritor más talentoso de su generación.

Quiso primero ser rabino para luego seguir la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Marcado a fuego por la violencia libertadora y democrática (“Germán se hizo peronista en setiembre de 1955 al ver la represión de la Revolución Libertadora”, dirá su esposa, la periodista Amelia Figueiredo), amigo de Horacio Eichelbaum, Rodolfo Walsh, Roberto Cossa y Pedro Orgambide, dirigió la sección Cultura del semanario “Compañero”, donde compartió la redacción con Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Ortega Peña, Pedro Barraza, José María Rosa y Ávaro Abós, para quien “en la prosa tersa de Germán se combinaban la tradición judía y el peronismo. Era una mezcla explosiva.

El peronismo siempre fue para Germán el espacio de los perseguidos”. Además de en “Compañero”, como periodista, se desempeñó en la revista de ciclismo “Ruedas”, “Panorama”, “Siete Días”, el diario “Crónica” y fue encargado de Policiales de la revista “Así”, que con tres ediciones semanales de 800 mil ejemplares cada una era la joya de la Editorial Sarmiento creada por Héctor Ricardo García. En 1961, edita por su cuenta, con sus manos y de su bolsillo el volumen de cuentos “Cabecita negra”. Distribuido por su esposa en las librerías porteñas, pronto agota los 2000 ejemplares. Rápidamente Jorge Álvarez hace una segunda edición.

Al año siguiente escribió su primera obra teatral: “Réquiem para un viernes a la noche”, que trata de los conflictos familiares de un joven judío que decide adherir a los valores nacionales del país en el que nació. La presentó en una reunión de jóvenes aspirantes a dramaturgos (Emilio Jáuregui, Roberto Cossa, Ricardo Halac) convocada por el director teatral Augusto Fernándes, a fin de que leyeran la pieza que tenían entre manos. Rozenmacher los decolocó al empezar haciendo la música que imaginaba para su obra. Cossa lo cuenta así: . “Recuerdo que él comenzó haciendo con la voz la trompeta, como sentía la música (‘Me gusta cantar, soplar el trombón a vara y la trompeta, pero como no sé tocar, me entretengo haciendo toda una orquesta con la boca’). No estábamos habituados a eso. ¿Qué es esto? ¿Cómo empieza? Lee, lee, lee… se termina la obra y quedamos todos impactados. Elogios. Después siguió Halac, ya ni me acuerdo qué era, pero no lo podíamos seguir”, pero hubo un silencio ominoso y nadie pudo hacer más que callar”.

“Réquiem para un viernes a la noche” se estrenó con gran éxito en junio de 1964 en el teatro IFT. Permaneció tres temporadas en cartel, a sala llena.

En 1967 da a conocer “Los ojos del tigre”, otro espléndido volumen de cuentos, en el que no se aparta de su problemática (“…será un lugar común, pero, ¿no tienen la impresión de que los autores escribimos siempre un solo libro a lo largo de todas nuestras páginas? Y es difícil hacerlo, no crea, porque el striptís al principio parece lindo, pero después…”).

Además de “El avión negro”, en colaboración con Roberto Cossa, Carlos Somigliana y Ricardo Talesnik y de una versión escénica de “El lazarillo de Tormes”, en 1970 finaliza la que será considerada su obra cumbre “Simon Brumelstein, el caballero de Indias”, en la que el protagonista es un joyero de la calle Libertad que abandona sus negocios, convive con su amante y el marido de ella mientras imagina una religión universal, hasta terminar en el manicomio. La leyó en casa de Walter Vidarte y, al decir de Luis Brandoni “la oímos también Sergio Renán, Héctor Alterio y yo. Nos fascinó a todos”.

La obra le traerá muchos sinsabores y una enorme amargura. El teatro de la Sociedad Hebraica Argentina se negó en redondo a poner la obra en escena al considerar que no era adecuado para una institución judía difundir una obra que mostraba a un judío en conflicto con sus tradiciones. Será estrenada por Brandoni recién en 1982, once años después de su tan prematura muerte, a los 35 años de edad.

Ocurre que, al decir de Abós “por judío, perturbaba a algunos peronistas que lo sospechaban sionista. Por peronista, incomodaba a ciertos judíos, defraudaba a la izquierda y era insoportable para la derecha. Por defender a los palestinos fue tachado de traidor. Por revolucionario, para los amantes del orden”.

Ya en su momento había sido sorprendido por las reacciones que provocó el estreno de “Réquiem para un viernes a la noche”. Cuando la obra concluyó, la ovación fue aplastante, pero también se escucharon algunos gritos en contra. Rozenmacher, que no solía ir al teatro, quedó anonadado ante tanta conmoción. No entendía por qué tanto hasta que en el hall del teatro la actriz Cipe Lincovsky lo increpó: ‘Como judía no puedo aceptarlo’.

En opinión del notable dramaturgo Roberto Tito Cossa, la frase más poética y teatral de la generación del 60 fue escrita por Germán justamente en esa obra. Después que un padre judío maltrata a su hijo porque se va a casar con una católica, cuando el muchacho se está por ir de la casa, le dice “Llevá la bufanda”.

(El texto forma parte del libro: “La Verdad Verdadera. Glosas, aguafuertes y crónicas de acá y más allá”, de Teodoro Boot, editado por Ciccus)

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Una lágrimita por Palo Pandolfo, por Américo Schvartzman

Era uno de los (muchos) artistas distintos que da nuestra Argentina. En cada uno de sus proyectos, en cada una de sus bandas (“Don Cornelio y la zona”, “Los Visitantes”), en cada disco nos dejó puñados de canciones diferentes, con matices de una belleza muy particular, con textos cargados de una mirada del mundo que invitaba a reflexionar, a revisar. (Atesoro en especial “Maderita”, “Ritual criollo” y “Antojo”).

En canciones como “Estaré” o “La Pampa” decía con sencillez cosas tremendas, profundas, que revelaban una mirada de lo social y lo ambiental que no sé si era deliberada o si le brotaba como parte de su talento. Le perdí el rastro en estos últimos años, no sé en qué andaba. En 2005 visitó la ciudad y dio una nota a un compañero de El Miércoles (en esa época todavía en papel). En esa charla confirmó que cuando cantaba cosas que sonaban extrañamente valientes (como “Que se abra Buenos Aires, / que se esparza por la tierra”) lo que se decía ahí era exactamente lo que él quería decir. En la entrevista lo ratificó: había que irse de ese conglomerado. Había que deshacerlo, debía esparcirse. “O por lo menos bajar el copete”, dijo literalmente.

En “Antojo” (2004) hizo una selección de canciones en donde se revelaba la heterogeneidad de sus influencias: desde Quilapayún a David Bowie, de La Máquina de Hacer Pájaros a Radiohead, desde Spinetta a Silvio Rodríguez, hasta una versión impar de “Yuyo verde”. En “Ritual criollo”, él, de raíz rockera, incluyó cuarteto (“Argentina 2002”), canciones folclóricas y una cumbia hermosa (“Río Reconquista”). Demasiado complejo para los medios masivos, demasiado sofisticado para las “tribus”, demasiado popular para la intelectualidad, demasiado genuino para la careteada.

En 2005, número 176 de El Miércoles, en la charla con Javier Kolker, Palo dijo cosas como: “Yo no soy rock, soy raíces. A esta altura del partido y montado en mi carrera rescato el bajo perfil, me gusta mucho. No creo en el éxito personal en el Tercer Mundo. Acá, si vos laburás, morfás. Yo vivo de la música, soy un afortunado total. Fluyo con el país, voy acompañando la evolución de la clase trabajadora. El lugar que ocupo me lo construí con mis errores y mis virtudes. Yo no caigo más, estoy re tranquilo. Cuando me hice solista pensé que iba a venir una multinacional, que me iban a poner 40 lucas verdes, que iba a saldar la hipoteca de un día para otro (risas)… Lo mío es popular, no es rock… Por eso estoy donde estoy, si hubiera dicho ‘soy Rock’, no hubiera tenido los problemas que tuve con las compañías. Yo no soy rock. Yo soy raíces con actitud proletaria. (…) En la mejor época de Los Visitantes tocamos para 30.000 personas. Pero creo que los mejores shows son en bares, en lugares chicos”.

También fue duro con el rock: “Toda esa energía ritual quedó en una zona fantasma, en un limbo de la droga y el reviente, sin salida. Nunca hubo un mensaje que ayude primero a uno mismo y después al resto de la gente. Y para eso estamos, para ayudarnos los unos a los otros. A mí antes me interesaba la masividad. Hoy creo que el éxito y los millones no conducen a nada”.

Hasta siempre Palo, y gracias por todo.

(Tomada del ‘muro’ de Américo Schvartzman. La foto y el título son de la nota, publicada en El Miércoles 176, 17 de agosto de 2005) 

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Historias de trabajadores

De La Boca con amor, por Carlos Milanesi

“Primero vivíamos en Suárez 544, a la vuelta del Cuartel, cuando tenía ocho años nos mudamos frente al cuartel, y encima con balcón a la calle. Sonaba la sirena y salía a ver como llegaban y se iban cambiando mientras arrancaba la unidad descapotada. Muchas veces bajé a empujar la motobomba.

Un día, cuando tenía 12 años, me invitaron a jugar al fútbol con los bomberos, para mí fue importantísimo. Al tiempo, un incendio interrumpió un partido y me quedé solito con la pelota parado en la puerta. Salió el Comandante General y me dijo que quería hablar con mi papá. Mi mamá no quería, pero el 17 de octubre del ‘81 ya era aspirante a cadete. Hice los cursos, fui cadete y ya no ascendí hasta los 18 por ser menor. Después pasé derecho a ser primer bombero. El Comandante me sugirió que estudie Técnico Superior en Higiene y Seguridad y de eso trabajo hoy.

Mi primera salida fue a los 13 años, a Perdriel, Barracas. Fui “primer rollo de la alimentación”. Ese día me bautizaron bajo el agua fría que salía de la autobomba y un vecino me felicitó. Me quedó grabado el recuerdo de su mano en mi hombro. Soy un agradecido a Bomberos. De los 30 chicos que parábamos en la esquina, quedamos vivos 4 o 5. Sobredosis, HIV por pincharse o los mató la policía. No había horizonte y Bomberos me lo dio.

Hoy interactuamos mucho con los pibes. Damos formación y prevención. Hay una escuela gratuita de karate. Y cambiamos algunas tradiciones: hay mujeres, tenemos una autobomba azul y amarillo. Históricamente la dotación era entre 30 y 50 voluntarios, hoy somos 97!

La Boca es distinto. Acá se puede conversar, el vecino quiere a Bomberos. Tenemos voluntarios que llegan en un 0 km y otro que es inmigrante y no puede pagar el alquiler. Pero cuando suena la sirena están todos acá.

Bomberos es una institución abierta… como cuando llaman por una urgencia no se le pregunta nombre, filiación política, color de piel, entran todos. Yo creo que podemos trabajar todos juntos.

En la Boca se rompe un semáforo y tarda un mes. En Barracas una semana. En el centro una hora. Siempre fue así. Acá hace mucho que no hay inversión. Tenemos que estar unidos. El festejo del 144º aniversario del barrio fue una buena muestra.”

(Este testimonio forma parte de la Colección Barrios y Vecinos de Asociación Civil Rumbo Sur. 22-Marzo-2014. Y fue reproducido por Emma Sala en el exquisito grupo de facebook Catalinas Sur-La Boca que ella misma administra)

En la foto: Carlos Milanesi, en 1984, como Bombero Voluntario de La Boca junto a sus compañeros.

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