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La V Columna | Reality show de la política

Los programas políticos se han convertido en los nuevos reality shows en los hay que imaginar quién es el Gran Hermano. Los comentaristas políticos se disfrazaron de panelistas. Hacen las mismas morisquetas cuando saludan, y opinan sobre la actualidad. Ponen énfasis en cuestiones bastante banales: “el mismo día que tal estaba haciendo esto, el otro aparecía en otro lado”. “¿Pero te fijaste quién estaba sentado al lado?” “Ah, ¿y el audio que se filtró de ésta tarada, maleducada?” “Ni me hables, ¿pero qué opinás del ‘operativo embarazo’”. No hay zapping que ayude

TN se indigna porque Manzur es de derecha. ¡Y lo eligió Cristina! Dicen. Es una perra que con tal de ganar nos pone a un tipo de derecha. Se les puede ver un hilo de baba rabiosa. No festejan que haya uno de derecha como ellos, no, es un ardid de la bruja para engañar a los argentinos. Glup.

En La Nación, en tanto, están al borde del desmayo: hay un 40% de pibes pobres, desnutridos, algo que les afecta al desarrollo, irreparable. Lo dicen casi entre lágrimas, con una sorpresa sobreactuada. Nunca antes La Nación había tenido tanta sensibilidad social.

Los programas de entretenimientos son un oasis. La revelación fue Barassi, un tipo que resume la insolencia de Bergara Leumann y Jorge Guinzburg. El gordo Barassi termina dando el mensaje político inclusivo más potente de la tele, a pesar de ser acusado de discriminador (la corrección política es para los no marginados: los gays se dicen a sí mismo ‘puto’ o ‘maricona’, los gordos pueden decirle a otro ‘pará gordo’ y es empatía, no discriminación…)

Y no me quiero olvidar de la Hora Exacta…Con el formato de entretenimiento, tipo Los ocho escalones, tiene un equipo de investigación periodística que es formidable. Cada pregunta te enseña algo.

Volvemos a La Nación: “estamos hablando de la conducta del consumidor, es decir, de la conducta del votante…”, dice un atildado conductor, joven, psicoanalista él. Consumidores del mundo, uníos.

Jate joder. Zapping

En el programa de nosecuanto Llorente le dedican 2’ para reproducir lo que dijeron contra la vacuna infantil en el programa de LN, de Paolo Rossi. Quéseyo. Uno lo escucha al tipo. Cuando no sabés nada, todo te plantea dudas. Vuelve a piso. Don Llorente se rié, dice que es un boludo el que hablaba en LN, sin dar mayores explicaciones. Si es algo inconsistente, ¿para qué le diste 2’ antes? Y si se los das, por lo menos unos 3’ de respuesta racional ¿no? Un rato después, un gato, que no es Macri, entrevista a un ruralista que putea de arriba abajo a Alberto.

Preguntas: ¿C5N se pasó a la oposición? ¿C5N es de Cristina? ¿Cristina está en la oposición? ¿Poner a Manzur por carta fue un sabotaje?

De chica aprendí que hay que ‘leer entre líneas’. Me lo enseñaron mis padres, y aprovecho para agradecer a todos aquellos que recordaron que este primero de octubre murió Pablo Giussani, hace ya 30 años. Un tipo inteligente y humilde. Un buen tipo del que aprendí mucho. Gracias papá, aquí seguimos tratando de honrar el periodismo.

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La V Columna | El regreso

Y un día volvimos. Abrimos la puerta despacio. Después de tanta oscuridad, el resplandor nos encegueció, pero nos dijeron que podíamos respirar sin barbijo y que todas y todos recuperar una vida casi normal.

Más nerviosa que en el primer día de clases, tomé el colectivo hasta mi trabajo en la Biblioteca, fuimos los últimos en regresar porque los Archivos no eran considerados ‘imprescindibles’. Si algo puede esperar, es cierto, es un archivo histórico. Aunque investigadores y estudiantes no pensaban lo mismo.

Primera sensación: amnesia colectiva. Che ¿cuál era la contraseña? ¿Y esto cómo se hacía? ¡mierda, no me acuerdo ni cómo funciona el Excell! ¿!Hay que mandar todo por GDE?! ¿¡Qué diablos es eso?! Gritos desesperados desde cada rincón.

Dar vueltas y vueltas, en un lugar sin luz ni ventanas, recorriendo pasillos oscuros en los que reposan los manuscritos y documentos de decenas de personas, sin encontrar nada. ¿La revista Qué? ¿Simón Feldman? ¿Perasso? ¿Cartas de la Dictadura? ¿Alvaro Yunque? ¿John William Cooke? ¿Rogelio García Lupo? Varios minutos buscando una caja hasta que desde el fondo se escucha: ¿che, te acordás cómo se llamaba el documento en el que se indicaba el sitio de los fondos? Amnesia colectiva.

Difícil el regreso, pero aquellos que crean que nos encantó no ir al trabajo durante un año y medio, se equivocan. Recién ahora, en el reencuentro, comprendemos la angustia que vivimos. Al final, tenía su encanto esa oficina sin aire ni luz del cuarto piso de la Biblioteca Nacional, depósito de Archivos Personales y colecciones particulares.

El primer día fue de conmoción, como zombis que vuelven de la oscuridad a un mundo que no recuerdan ni reconocen. El segundo, hubo catarsis. Ahora sí nos reencontrábamos sin esa sensación de ceguera que nos había invadido en el primer momento. Euforia, carcajadas, chismes sin fin, ponerse al tanto de lo que fue la vida de todas las compañeras y compañeros, con los que compartimos más horas que con la familia.

Recién al tercer día logramos concentrarnos. Ya habíamos recuperado contraseñas y hábitos. Silencio. Cada una laburando en su rincón, música suave de fondo. Paz.

Zambullirme en la lectura de la colección de Cartas de la Dictadura fue tan dulce como conmovedor. Algo así como poner los pies de nuevo en la tierra. Encontrar el eje. Leerlas, releerlas y releerme. Porque de eso se trata mi trabajo. Evitar que esos documentos se pierdan, ordenarlos, clasificarlos, describirlos y ponerlos a la consulta pública. “Querido papá…”: así empiezan las cartas que nos llevan de la mano a mil historias personales y colectivas. Llevamos casi 10 años recuperando esos retazos, con orgullo, seriedad y emoción.

Cartas escritas por mi generación. Mis propias cartas. Quizás las necesitaba más que el aire puro. Allí estaban ellas, marcando identidad, diciéndome de dónde veníamos. De un mundo tan duro como bello. Lo que más impacta de esos relatos íntimos es la ternura, el amor a la vida, sí, entre tanta muerte, el amor a la vida, la preocupación por los bebés, por los amigos, por la humanidad toda. Tan conscientes del peligro como de la alegría de saber que la vida tenía un sentido que era hacer de este mundo un lugar mejor. Convencidos hasta la médula, hasta que la muerte los separe, o los pare o los aniquile. Esa era la política por aquellos años.

Salir de ese cuarto piso sin ventanas y entrar de nuevo a este mundo pandémico tampoco es fácil. Los medios nos ametrallan con politiquería barata, periodistas mediocres, podredumbre de valores. Una violencia subliminal y constante. ¿Tan grande fue la derrota que seguimos sufriéndola?

Sí. Fue enorme. Incalculable. Pero no crean que todo está perdido. No crean que la política es solo lo que ellos quieren mostrarte. Porque, a pesar de la brutalidad, no pudieron matar del todo a nuestros muertos. Y todavía hay, en cada barrio, cada pueblo, cada empleo, personas que practican el don de la solidaridad y el amor y la construcción de un mundo mejor. Solo hay que saber mirar. Ojalá estemos a tiempo de cambiar la historia. Ya no solo un país o una clase están en riesgo: el Planeta ruge, como el volcán de Las Palmas. Sepamos escucharlo.

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