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Internacionales

La V Columna de Laura Giussani Constenla | Uruguay se tiñe de rosa

Desde Uruguay, Laura Giussani Constenla nos cuenta los últimos debates del otro lado del río. Polémica entre feministas y el PIT-CNT. ¿Puede la marcha del 8M teñirse de rosa? Opina la politóloga oriental Soledad González. Y una última noticia: prohíben a la Pantera Rosa hacer política en Uruguay.

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Chile | “Hay un consenso sobre hacer una nueva constitución, pero no saben cómo”

Pablo Touzón, editor de Panamá Revista y politólogo, charló con La Columna Vertebral sobre lo sucedido en las últimas semanas en Chile con el plebiscito que rechazó la nueva constitución y el reciente conflicto del presidente Boric con el embajador de Israel.

LCV: ¿Cuál fue el Chile que viste en el contexto de el antes y el después del plebiscito?

-Fue efectivamente un viaje muy interesante porque se dio este contexto. Yo llegué efectivamente el día del plebiscito, del referéndum, me quedé una semana y pudimos entrevistar con este programa a gente de los partidos y de todas las tendencias políticas, inclusive de derecha. En principio sentí una sensación de extrañamiento, en el sentido de que nadie reconocía la sociedad en la que estaba, ni los de derecha ni los de izquierda. Eso era para el observante externo muy interesante, porque están todos como auto debatiéndose. El proceso que lleva a la elección del otro día empieza con las protestas del 19, protestas que son muy masivas, muy populares, muy violenta también, y que terminan en un acuerdo de paz justito antes de la pandemia, que es el acuerdo de paz entre los partidos, en ese momento era presidente Piñeira todavía y lo firma también Boric. De los líderes del movimiento, Boric es el único que va al acuerdo, a diferencia de otros como el PC.

Lo que se puede evaluar hoy es que las protestas terminaron sobre todo por el COVID. Eso es importante porque si bien estaba la idea de una constitución nueva en mucho de los reclamos de la protesta, no era toda la protesta. Por un lado, es una idea que tenía la política para contener el proceso que estaba en las calles. Se hace después una elección y ahí se le pregunta a la gente si quiere reformar la Constitución, gana por 80 puntos y se le pregunta a la vez y si quiere sea con el método de representatividad normal, o sea, el método diputados, senadores, constituyentes, clásico, o si quiere que la mitad de esa convención constituyente para armar la constitución nueva, después de la última que era la de la época de Pinochet, si la quieren reformar con listas del pueblo. Entonces cuando empieza el proceso de reforma de la Constitución efectivamente fue bastante distinto. Fue manejable por el mismo gobierno, en el sentido de que justamente como eran listas abiertas y gente que pertenecía a movimientos sociales, que lo que defendía es que su causa esté en la constitución, pero no una especie de ordenamiento medio general.

LCV: ¿Cómo ves el futuro en Chile?

-Mira, Boric tuvo una actitud rara. Primero cuando se dio cuenta de que el proceso de la constitución se había ido de las manos, él un poco se abrió. Dijo que sí, que obviamente iba a votar apruebo y que él iba a reformar alguna de las cosas de la Constitución, porque ya estaba viendo que un poco que perdía y que se había vuelto una especie de colección de maximalismo pero que no tenía el hilo conductor de una Constitución. Por otro lado, lo digo porque es importante, se subordinaron los derechos universales sociales a los derechos particulares de género, de indígenas. Hay un problema ahí complejo, que es que las dos son de izquierda, los derechos universales y los derechos estos. Finalmente terminó priorizándose la plurinacionalidad, por ejemplo, por sobre la educación gratuita. Entonces ahí hay una cosa que es más compleja que simplemente izquierda o derecha. Hoy Boric está en un problema porque está atenazado por izquierda. Al día siguiente que fue el referéndum le coparon los secundarios algunos colegios pidiéndole ni un paso atrás cuando habían perdido por 62 puntos. Obviamente la élite quiere que le vaya mal. Entonces está como un tipo que debería reinventar la coalición que lo trajo al poder.

LCV: En el medio además le agarra así como el interruptus con cosas que tienen que ver con su militancia estudiantil y hace el papelón con el embajador de Israel.

-Yo creo que eso es para contentar justamente a los sectores movilizados, les tiene que dar algo. Efectivamente me parece que va por ahí, porque por él viene del movimiento estudiantil, si bien es como un dirigente más inteligente, por eso pudo llegar a ser presidente, no es solo un dirigente estudiantil. Entonces tiene que contentar a las bases a la vez que se abre un proceso por derecha mucho más movilizado ahora también, y que tiene un mandato, esto es importante, tiene un mandato del pueblo de reformar la Constitución, pero el mismo pueblo dijo que esta constitución no. Tiene que hacer una preconstitución igual, y más o menos hay un consenso en la política chilena hasta en algunos de derecha, no tan derecha, que sí hay que hacer una constitución nueva. El tema es que no tienen idea de cómo.

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Destacada

Del fascismo futurista al geronto-fascismo, por el filósofo Franco Bifo Berardi

UNO: cien años después

Como en un encantamiento, pronto a cumplirse el centenario de la Marcha sobre Roma, la descendencia directa de Benito Mussolini se prepara para tomar el poder en Italia.

Se da por segura una victoria de la coalición de derecha en las elecciones previstas para el 25 de septiembre, y Fratelli d’Italia podría resultar el partido más votado entre los tres que componen la coalición. Giorgia Meloni, secretaria de Fratelli d’Italia, tiene grandes posibilidades de ser el primer Presidente del Consiglio de género femenino en la historia italiana.

El fascismo está en cada rincón de la escena italiana y europea: está en el retorno de la furia nacionalista, en la exaltación de la guerra como la única higiene del mundo, en la violencia anti-obrera y anti-sindical, en el desprecio por la cultura y la ciencia, en la obsesión demográfico-racista que quiere convencer a las mujeres de tener hijos de piel blanca para evitar la gran sustitución étnica, y porque si las cunas están vacías la nación envejece y decae, como decía El.

Toda esa basura volvió.

Por lo tanto ¿vuelve el fascismo? No exactamente. Aquél, el de Mussolini, era un fascismo futurista, exaltación de la juventud, de la conquista, de la expansión.

Pero cien años después la expansión acabó, el ímpetu conquistador fue sustituido por el miedo a a ser invadidos por migrantes extranjeros. Y en lugar del futuro glorioso ahora tenemos en el horizonte la extinción inminente de la civilización humana.

“Sol que surges libre y fecundo

no verás otra gloria en el mundo

mayor que Roma”[1]

Eso decía la retórica nacionalista del siglo pasado.

Ahora el sol provoca miedo porque los ríos están secos y arden los bosques.

Lo que avanza es el Geronto-Fascismo: un fascismo de la época senil, el fascismo como reacción rabiosa al envejecimiento de la raza blanca.

También sé que muchos jóvenes votarán por la Meloni, pero el espíritu de esta derecha está entrampado en una especie de demencia senil, un olvido de las catástrofes pasadas, como si los hubiera provocado un Alzheimer.

El geronto-fascismo, agonía de la civilización occidental, no durará mucho. Pero en el breve período que esté en el poder podría producir efectos notablemente destructivos. Más de los que podamos imaginar. 

¿Qué fue el fascismo histórico?

Se necesita una breve lección de historia italiana.

Italia es un nombre femenino. En el Renacimiento, las cien ciudades de la península vivían su historia sin pensarse como nación, sino, sobre todo, como lugares de paso, de residencia, de intercambio.

La belleza de los lugares, la sensualidad de los cuerpos: la autopercepción de los habitantes de la península de cien comunas era femenina hasta que llegó la austera fanfarria de la nación. En los siglos posteriores al Renacimiento, la península fue tierra de conquista de ejércitos extranjeros, pero el pueblo se las arregla.

“Que sea Francia o España, con tal que se coma”, decía el refrán que en la lengua de la época rimaba con la frase “Francia o Spagna, basta che si magna.”

El país decae, pero algunas ciudades prosperan, y otras hacen lo que pueden.

Luego viene el Ottocento, un siglo retórico que cree en la nación, una palabra misteriosa que no quiere decir nada. ¿Es el lugar de nacimiento, o acaso la identidad fundada sobre el territorio que tenemos en común?

La identidad nacional es una superstición en la cual nunca creyeron los habitantes de la ciudad, pero que les fue impuesta por una minoría influenciada por el Romanticismo más reaccionario.

Los piamonteses, montañeses presuntuosos rehenes de Francia, pretenden que los napolitanos y los venecianos acepten someterse a su comando. Así, el Sur fue conquistado y colonizado por la burguesía del Norte, y comienza su decadencia: entre 1870 y 1915 emigran veinte millones de italianos del sur y del Véneto. En Sicilia se forma la mafia, que al principio era una expresión de las comunidades locales para defenderse de los conquistadores, y luego devino una estructura criminal de control del territorio.

La cuestión del Sur como colonia no terminó nunca, y aún hoy sigue profundizándose, aunque las ciudades como Palermo o Nápoles, viven una vida extra-italiana, cosmopolita.

Durante la guerra por la independencia, un joven de nombre Goffredo Mameli escribió las palabras de Fratelli d’Italia, que terminó siendo el himno nacional[2]. No es un himno bellísimo, no. Es un amontonamiento de frases retóricas, belicistas y esclavistas. Mameli murió muy joven, y no merecía continuar siendo expuesto al ludibrio de quienes escuchan esta musiquita que intenta ser viril, y en cambio provoca risa. 

Las posturas guerreristas terminan en un fracaso estrepitoso porque los habitantes de las ciudades italianas fueron siempre demasiado inteligentes como para dejarse tratar como italianos. Son venecianos, napolitanos, sicilianos, romanos, genoveses, boloñeses. ¿Qué más? Solo la burguesía piamontesa, que si se me permite decirlo, nunca fue demasiado brillante, pudo creer en esta ficción blanca, roja y verde.

Y luego llegaron los grandes desafíos del nuevo siglo, el siglo de la industria y de la guerra. Había que ser competitivos, agresivos, no más maricas.

En 1914, mientras Serbia y Austria entran en guerra, arrecia la polémica entre intervencionistas y no intervencionistas. Los Futuristas, intelectuales de poca monta, se agitan: desprecio por la mujer, la guerra es la única higiene del mundo vocifera el pésimo poeta Marinetti en su Manifiesto de 1909. ¡Abajo la Italieta! Gritan los estudiantes intervencionistas para convencer a los sicilianos y napolitanos de que vayan a hacerse asesinar a la frontera con el Imperio Austro-Húngaro…que para napolitanos y sicilianos no significa nada. La historia de la nación italiana es la historia de una sistemática traición.

Cuando en 1914 estalla la guerra en Europa, Italia es aliada de Austria y Alemania, pero el gobierno italiano decide no entrar en guerra, y queda a la espera de ver cómo evoluciona la situación. En 1915 prevalecen los intervencionistas y ahí Italia entra en guerra del lado de Francia e Inglaterra, contra quienes eran sus aliados. El resultado de la guerra es catastrófico. Quince mil muertos en Caporetto[3].

Los veinteañeros mandados a morir cantan:

“Oh Gorizia, maldita seas

por cada alma que tiene conciencia,

dolorosa nos fue la partida

y para muchos no hubo regreso”[4]

Tras la guerra, las potencias vencedoras, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos, que por primera vez entraron en los asuntos europeos, convocan al Congreso de Versalles para dar un nuevo orden a Europa, y tal vez al mundo.

Los vencedores franceses e ingleses quieren castigar a Alemania, pero en un libro titulado Las consecuencias económicas de la pazJohn Maynard Keynes aconseja no exagerar, porque con los alemanes, incluso derrotados, no se juega.

El presidente norteamericano, un tal Woodrow Wilson, ignorante de Historia y de Antropología, piensa poner prolijidad a la cosa y proclama la Autodeterminación de los Pueblos. Pero Wilson olvida explicar qué quiere decir pueblo, aunque de hecho esta palabra no significa nada. Y la otra, Nación, tampoco. Dos palabras privadas de sentido lógico que transforman la historia del Novecento en un infierno de guerras sin fin.

En el Congreso de Versalles, los italianos desean ser tratados como vencedores, y reivindican para sí Dalmacia, Albania y algo de África. Pero los verdaderos vencedores, las potencias imperialistas consolidadas, tratan a los italianos como lacayos y traidores, y no toman en consideración sus petulantes reclamos. Sidney Sonnino, extravagante ministro del Reino de Italia, se retira con el pañuelo mojado por las lágrimas.

La humillación es arrasadora para quienes habían combatido, los veteranos, que habían creído que estar del lado de los vencedores les iba a traer la gloria, riqueza y colonias.

Un romagnolo llamado Benito, que se había ido del partido Socialista en 1914 para entrar en el bando de los intervencionistas, asume la dirección de los veteranos, que se dan cuenta de que han combatido por nada, y gritan ‘vendetta’ contra la Inglaterra plutocrática. Benito tiene una cultura retórica y de provincia, pero una buena memoria, y encarna la virtud del macho latino, arrogancia, fanfarronería, oportunismo. Su voz suena potente con la amplificación eléctrica, y sus poses son perfectas para el cine, el nuevo medio que acompaña la creación de los regímenes de masas en la primera parte del siglo XX.

En 1919 los obreros del norte industrial ocupan las fábricas y los labriegos de la Emilia-Romagna entran en huelga contra los terratenientes por mejores condiciones de trabajo. Benito Mussolini guía el orgullo de la nación contra los intereses mezquinos de los obreros. Es ‘la patria’ contra las organizaciones de la sociedad real. Y así, en octubre de 1922 tras haber conseguido la mayoría relativa en las elecciones, encabeza la Marcha sobre Roma, y nace el fascismo: un hombre solo al comando, violencia contra los sindicatos, persecución a los intelectuales, asesinato de los dirigentes de izquierda. Antonio Gramsci escribe en la cárcel sus Cuadernos donde explica qué era -y sigue siendo-, el núcleo central del fascismo: la violencia patronal contra la clase trabajadora.

Italia se volvió masculina, y la Italia masculina quiere un imperio, pero esto no le gusta ni a los ingleses ni a los franceses, naciones consolidadas que ya tienen un imperio.

Las naciones jóvenes, Italia, Alemania, Japón, reivindican el derecho de tener su lugar bajo el sol, y sellan la alianza. Nace el eje Roma-Berlín-Tokio (RoBerTo)

Mussolini manda tropas a Libia, Etiopía, Abisinia: hacia allá van los jóvenes italianos mandados a combatir en esas tierras, guiados por criminales de guerra como el general Graziani. Masacran pueblos enteros. Lanzan bombas con gas mostaza contra aldeas del Cuerno de África.

Desde su balcón romano Mussolini proclama a una multitud oceánica que ha renacido el Imperio de Roma. Es 1936, y desde España llega el ruido de una nueva guerra. Hitler manda a la Luftwaffe a bombardear Guernica, Mussolini envía 5000 militares para combatir en el bando del fascista Francisco Franco contra los Republicanos[5].

La potencia germana ha aumentado, como lo había previsto Keynes. La humillación genera monstruos, y los monstruos quieren venganza. Y la venganza de los alemanes humillados se desencadena en 1939 con la invasión de los Sudetes (Checoslovaquia), luego Polonia, y finalmente Francia. Millones de judíos que viven en Alemania, Polonia y otros países europeos son sindicados como los enemigos a exterminar. También en Italia, donde habían vivido pacíficamente en ciudades como Roma, Venecia, Livorno, fueron aislados, despedidos de sus trabajos. Las leyes raciales preparan las deportaciones, la entrega de los judíos italianos a su aliado nazi.

En 1939, por mar, escapan de Alemania ciento veinte mil judíos. Quieren llegar a Inglaterra, pero los ingleses los rechazan, como hoy rechazamos a los africanos que quieren desembarcar en nuestras costas.

Mussolini es aliado de Hitler pero no se fía, e incluso teme que quiera invadir la región noreste de Italia donde se habla alemán. Cuando Hitler lanza la invasión a Polonia el 1 de septiembre de 1939 para ir a conquistar su salida al mar Báltico, la guerra se precipita rápidamente, involucrando una tras otra a las potencias mundiales. Pero Mussolini duda.

Al igual que cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, el gobierno italiano espera un poco para decidirse a entrar en guerra. “No beligerancia” lo llama Mussolini, a quien le gustaban las palabras difíciles.

Sin embargo, en 1941, estaba claro que Hitler estaba ganando la guerra. Alemania había ocupado casi toda Europa, y entonces Mussolini decide intervenir del lado del nazismo vencedor, tras haber pronunciado la frase que, tal vez, mejor define el alma del fascismo: “Sólo necesito unos pocos miles de muertos para poder sentarme en la mesa de negociación”[6].

Los muertos fueron mucho más que unos pocos miles, y la mesa de negociación Mussolini la encontró cuatro años más tarde, en Piazzale Loreto, en Milán, donde fue colgado con la cabeza para abajo.

En junio de 1941 las tropas italianas entraron en Francia, ¡que ya estaba ocupada por los alemanes!, y alguien comentó, repitiendo las palabras de Francesco Ferrucci pronunciadas en 1530 a su verdugo: ”Vil Maramaldo, asesinas a un hombre muerto”

Mussolini pensaba que la victoria de los nazis estaba garantizada y que el fin de la guerra era inminente. Pero el infame se equivocaba: no había considerado el hecho de que el pueblo soviético había resistido, que había pagado el precio de 20.000.000 de muertos –bastante más que los pocos miles de muertos…y que voló por el aire la mesa de negociaciones a la que el infame hubiera querido sentarse. No había considerado que los Estados Unidos iban a entrar en el conflicto con todo el peso de sus armamentos.

La guerra italiana, una vez más, fue un desastre. Mientras los alemanes ocupaban todo el territorio europeo, Mussolini mandó a los desgraciados militares italianos, mal vestidos y peor equipados, a combatir a África, a Rusia y a Grecia. Había amenazado con quebrar la espalda de Grecia, pero las ofensivas italianas fueron reveses.

Hay un bellísimo filme de Gabriele Salvatores, Mediterráneo[7], que cuenta la historia de un grupo de militares italianos enviados a romperle los riñones a Grecia, y que están en una islita del Egeo donde se quedan por años, sin ningún contacto con el resto del mundo.[8]

Los italianos, que en su gran mayoría habían creído en las fanfarronerías del Duce, inclusive cuando parecía no haber peligro de quedar inmersos en una cosa tan horrible como la guerra, ahora comenzaban a darse cuenta de lo que era el fascismo, del abismo de horror que se ocultaba detrás de palabras sin sentido como Nación, Patria, Honor, Bandera, Fratelli d’Italia y muchas más.

El 25 de julio de 1943 el Gran Consejo del Fascismo, esto es, el parlamento de los infames que lo habían respaldado cuando parecía victorioso, lo destituyeron y metieron preso[9]. Los alemanes lo liberaron al poco tiempo, para que constituyera la República Social de Salò, que controló parcialmente el norte de Italia por casi dos años: los grupos residuales de fascistas que formaban parte de ella ayudaron a los nazis a perpetrar masacres que marcaron los últimos años de la guerra, como la matanza de Marzabotto y la de Santa Anna di Stazzena[10].

El 8 de septiembre de ese año el ejército italiano se disolvió, muchos se convirtieron en partisanos y combatieron en el bando de las tropas anglo-norteamericanos que atravesaron la península de Sur a Norte, y en abril de 1945 liberaron las ciudades del norte de la presencia de residuos nazis y fascistas.

Entre esos partisanos estaba mi padre, que me ha contado esta historia desde cuando era niño. Mi padre tuvo la suerte de morir antes de ver lo que está pasando hoy. Creo que le haría mal.

Pero ¿Qué está aconteciendo hoy en Italia? ¿Qué está aconteciendo en Europa?

Veamos.

Leé el artículo completo en PuroChamuyo

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Internacionales

Quién mató al barrendero, por Gsús Bonilla

Uno de los fallecidos por las altas temperaturas en Madrid fue José Antonio González, barrendero de 60 años, casado y con dos hijos. Sufrió un golpe de calor mientras limpiaba las calles de Madrid, ese día le había cambiado el turno a un compañero que necesitaba ir de mañana, entró a trabajar a las dos de la tarde y se descompensó. Cuando llegó el SAMUR su temperatura corporal era de 41 grados. Murió en el hospital Gregorio Marañón debido a un infarto. Tenía un contrato de un mes, en una tercerizada. Alguna vez fue comerciante pero el negocio quebró, consiguió trabajo en un supermercado de donde lo echaron sin causa, ahora hacía changas temporarias. A continuación, reproducimos la opinión del poeta Gsús Bonilla, publicada en su facebook.

“A José Antonio, el barrendero, no lo mató la exposición continuada al sol, una tarde a 42°, en una calle del barrio de Vallecas. Tampoco el golpe de calor que, determinante, acabó definitivamente con su vida. A José Antonio, el barrendero, lo matamos un poco todos, a diario, en nuestras calles y plazas, de nuestros pueblos y ciudades. El barrendero, José Antonio, ya estaba muriendo en el mostrador de una Oficina de empleo, cuando un funcionario parsimonioso le preguntaba por edad, estado civil, número de hijos, profesión… José Antonio, el barrendero, ya estaba muriendo en el exasperante texto de un subsidio para mayores de cincuenta y cinco años. El barrendero, José Antonio, moría poco a poco, en las cláusulas ininteligibles, y de obligado cumplimiento, del plan de empleo para parados de larga duración en situación vulnerable. José Antonio, el barrendero, ya estaba muriendo, en la enésima externalización al mejor postor de una Administración pública. Moría año tras año en la Unión Temporal de Empresas, en el extenso índice de los pliegos de condiciones, estaba siendo asesinado en la casilla de los abajo firmantes, en el visto bueno del técnico de turno, en el visado del interventor, en la caligrafía de la firma del Alcalde. El barrendero, José Antonio, se iba muriendo, en la formación no reglada, en acreditación oficial de la cualificación profesional que facilita la empleabilidad, la promoción y la movilidad de los trabajadores en coherencia con las necesidades y dinámicas del mercado laboral. José Antonio ya estaba muerto ahí, y en la entrevista laboral de la empresa que finalmente lo contrató. Lo mató el director de Recursos Humanos, la gestión de personal, la política de la compañía. A José Antonio, el barrendero, lo mataba a la mañana, o por las tardes, el Concejal de Medio Ambiente, el supervisor de los planes de labor, el encargado de zona, el control de entrada y salida del trabajo. Al barrendero lo mató el plan de riesgos laborales, José Antonio murió en los brazos descansados del Delegado de Prevención.A José Antonio, el barrendero, día si y día también, lo mataba la colilla, las heces caninas, el papelillo, la cáscara, el envase, la botella. Lo mató el vecino la vecina, el contribuyente. Lo asesinó el ecosistema Capitalista y su economía circular, la sostenibilidad verde, el engaño del reciclaje, los partidos políticos, sus acólitos, los sindicatos mayoritarios y su dejadez de funciones. A José Antonio, el barrendero, igualmente lo fui matando yo, un poeta ajardinado, una mañana de martes.”

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