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Los Doblados, el Batallón 601 y una historia de amor, traición y muerte, por Ricardo Ragendorfer

Publicado por Revista Zoom, el 31 de julio de 2017

Siempre sentí que la obra –como concepto editorial– es en realidad la caja mortuoria de la creación. Ahora descreo de tal idea. Hace justo un año fue publicado mi libro Los Doblados, sobre las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina. El hecho es que una parte de su trama ha vuelto a latir, aunque ello –por su tenor argumental– no es en esta oportunidad precisamente un canto a la vida.

La historia en cuestión está desarrollada en el capítulo titulado “Alicia a través del espejo”. Y se refiere al caso del chileno Jean Claudet Fernández, un cuadro del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) capturado el 1 de de noviembre de 1975 en Buenos Aires por una patota del Ejército y agentes pinochetistas de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA). Fue el debut del Plan Cóndor en Argentina.

La primera información que obtuve acerca del asunto no superaba los datos arriba mencionados, y sin ser más que una pieza complementaria de otra intriga. Pero allí había algo oculto, una suerte de tragedia griega que me tomó casi un año reconstruir. Su protagonista: el coronel José Osvaldo Riveiro, alias “Balita”, un engranaje clave en la aplicación del terrorismo de Estado durante la última dictadura y –como subjefe del Batallón 601– el factótum local de la alianza represiva entre los regímenes castrenses de Cono Sur. Debo confesar que ese tipo obeso, alcohólico, por momentos ridículo y profundamente cruel fue para mí lo que para un entomólogo un escorpión. Su figura atraviesa las páginas de Los Doblados como un fantasma apenas disimulado. Un fantasma ahora empeñado en resurgir.

Amores perros

Jean Claudet Fernández

Por alguna razón que excede el marco estrictamente operativo, Riveiro sentía hacia Claudet una particular inquina. Un rencor que ni siquiera sus más estrechos colaboradores comprendían.

El chileno, un ingeniero de 36 años, había sobrevivido a las mazmorras de la DINA por tener también la ciudadanía francesa y residía con su familia en Sarcelles, una pequeña ciudad al norte de París. Con frecuencia solía viajar a Buenos Aires como correo de la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), formada por las guerrillas de Uruguay, Bolivia, Chile y Argentina.

En eso estaba en la mañana del 25 de octubre cuando abordó un vuelo en el aeropuerto de Roissy. Aquella vez su periplo incluía una escala previa de cinco días en México y otra de 24 horas en Panamá.

Desde allí llamó por última vez antes de partir hacia Buenos Aires a su control en París. Sus compañeros en esa ciudad ignoraban que asimismo había enviado un mensaje a la arquitecta porteña Alicia Carbonell –mediante una amiga en común también llamada Alicia– para anunciar su llegada y pedir que lo esperara en un departamento de la calle Montevideo, a metros de la avenida Santa Fe, donde él acostumbraba alojarse durante sus estadías en esta urbe. Claudet mantenía con ella un vínculo sentimental. Con la excepción de las dos Alicias nadie más en Argentina sabía de su arribo.

Pero mientras Claudet se encontraba en pleno vuelo, la base parisina del MIR quedó envuelta en la zozobra: un agente de la DINA que reportaba a dicha organización acababa de informar que el domicilio en cuestión estaba rodeado por un dispositivo de vigilancia del Batallón 601. Y se temía que el viajero fuera atrapado ni bien pusiera un pie en el aeropuerto de Ezeiza,

Eso no sucedió. Claudet llamó a Paris desde un teléfono público de la terminal aérea. Así supo la mala nueva además de recibir la indicación de que regresara en el primer vuelo a la Ciudad Luz.

Sin embargo no había ninguno hasta la mañana siguiente. Su próximo paso fue llamar a la arquitecta para ponerla con pocas palabras al tanto de la situación y decirle que se alojará en el Hotel Liberty, de la avenida Corrientes al 600. Alicia quedó en encontrarse con él allí.

Orden de captura de José Osvaldo Riveiro

Los agentes la vieron salir del edificio de la calle Montevideo. Y así se inició un discreto seguimiento sobre ella, quien –dicho sea de paso– no fue al Liberty sino a su casa familiar de Barrio Norte. Balita había impartido la orden de no tocarle un pelo. Lo cierto que la presencia de esa mujer en medio de la operación lo ponía sumamente nervioso.

Al filo de la medianoche Claudet fue secuestrado en su habitación del hotel. Balita encabezaba la patota. También fue de la partida el encargado de la estación local de la DINA, Enrique Arancibia Clavel.

Éste, dos semanas después, consignó en un télex enviado desde Buenos Aires a la sede del Servicio Exterior de la DINA que al cautivo “le requisaron 97 microfilms con instrucciones de París”. El remate concluía con una frase sombría: “Claudet ahora ya no existe”.

Su desaparición causó una sacudida extrema entre los exiliados chilenos en Argentina. Recién a fines de noviembre la otra Alicia –muy acongojada por lo ocurrido– blanqueó la existencia de la arquitecta ante un militante del MIR. Desde entonces esta última fue depositaria de todas las sospechas. Eso se vio robustecido por el hecho de haberse mudado, además de renunciar a su trabajo y no ver más a sus amistades; o sea, se hizo humo.

Mientras tanto Balita enfrentaba problemas políticos y privados. Entre los primeros, una interna con el jefe de la SIDE, Otto Paladino, por el control en el país del Plan Cóndor; entre los segundos, el derrumbe de su matrimonio con la señora Susana Purcaro, algo muy mal visto en círculos castrenses.

Con el paso de los años aquella historia se fue desdibujando.

En 1987 –ya bajo el gobierno de Raúl Alfonsín– la evanecente figura de la Carbonell reapareció al no poder eludir su presentación como testigo de la causa Claudet en el juzgado de instrucción a cargo del doctor Emilio García Méndez. Allí dijo que al hombre del MIR lo había visto una sola vez por pura casualidad, y que el nexo fue la otra Alicia por ser amiga de los dos. Después, agregó: “Ni me acuerdo de su cara”.

En esa audiencia estuvo presente el abogado Horacio Méndez Carrera, quien representaba a familiares de los franceses desaparecidos en Argentina. Entonces se propuso querellar a esa mujer por falso testimonio.

No pudo ser: las leyes de Punto Final y Obediencia Debida sepultaron dicho expediente en el ostracismo.

Tres lustros más tarde Méndez Carrera encontró en su estudio una copia amarillenta de ese testimonio. Y algo concitó su interés: la dirección –Güemes 920, de Acassuso– en la cual ella fijaba su domicilio. Ese sitio no estaba lejos de su propia casa; de modo que decidió efectuar una visita de cortesía.

Alicia Carbonell -primera desde la izquierda- jurando como arquitecta

Era el mediodía del primer sábado de 2003 cuando él llegó a un chalet cercado con chapas verdes y rejas. Por el portero eléctrico preguntó por Alicia Carbonell y, sin rodeos, explicó la razón de su presencia.

Por toda respuesta, una voz femenina gritó:

–¡Yo no tengo nada que decirle!

También se oían los alaridos de un hombre.

Méndez Carrera volvió a tocar el botón del aparato.

Entonces vio que la mujer salía de la casa fuera de sí. Quien parecía ser su marido corrió tras ella y la atajó por la cintura. Éste –un individuo bastante mayor que ella– intentaba calmarla. Tras darse por vencido, le gritó al intruso:

–¡Mándese a mudar, carajo!

Y forzó una postura pendenciera.

No era otro que el coronel José Osvaldo Riveiro.

El gran secreto de aquellos dos seres acababa de quebrarse. Poco después la casa fue vendida. Y ellos pusieron los pies en polvorosa.

La segunda oportunidad

José Osvaldo Riveiro

Este fue apenas un resumen del relato que volqué en Los Doblados a lo largo de 47 páginas. Lo que se llama, una historia con “final abierto”. Porque más allá de la incógnita fáctica sobre el paradero del viejo militar y la ahora veterana arquitecta, también flotaban en el aire otros misterios.

Nunca dejé de preguntarme cómo nació el vínculo amoroso entre ellos. Ni cuáles fueron los motivos personales y las condiciones anímicas de Alicia Carbonell durante los acontecimientos que impulsaron tan espantosa relación. Es difícil saber si –antes o inmediatamente después del secuestro de Claudet– ella fue consciente de haber trazado el camino de su desaparición definitiva. De no ser así, ¿por qué diablos se prestó a ese juego? Y de ser así, ¿qué grave encono la habría lanzado a un crimen semejante? Pero de lo que no hay dudas es de que ella y Balita edificaron su pareja sobre ese delito de lesa humanidad. Y que su vida matrimonial debió ser notable. Esos y otros enigmas perduraban congelados por sus ausencias.

Aunque no para siempre. La prolongada huida de Riveiro se desplomó a principios de mayo en la recepción del Hospital Militar de un modo por demás insólito: el coronel apareció allí para sacar un turno médico; cuando dio sus datos, el sistema lo detectó como prófugo y se llamó a la policía.

Sobre él pesa un trámite de extradición a Francia, donde un tribunal lo condenó in absentia a 25 años de cárcel debido al crimen de Claudet.

También lo requiere un tribunal federal de Mendoza por 43 homicidios ordenados por él en 1978 desde el Destacamento 144 de Inteligencia. En razón a esta causa el Ministerio de Justicia había ofrecido en 2014 una recompensa de cien mil pesos por datos acerca de su paradero.

La cuestión es que Balita quedó en el Hospital Militar bajo arresto y con diagnóstico de “demencia senil”.

Ahora todo indica que el destino fue benévolo con él. Tanto es así que no tardó en obtener el beneficio del arresto domiciliario. ¿Acaso su increíble ida a tal centro de salud –quizás ideada por su familia– haya tenido justamente ese propósito para así acabar con la pesadilla de la clandestinidad?

Días pasados me escribió una amiga para comentar mi libro, y como al pasar, soltó: “Encontré a esa Alicia Carbonell por Facebook y me impresionó mucho. Supongo que vos también la viste”.

Yo no había visto nada. Y me apresuré en buscar su muro.

Lo primero que encontré fue una imagen de la feliz pareja colgada el 23 de junio. Y alguien comenta: “Al fin terminó todo. Qué lindo es poder ver una foto de ustedes juntos. ¡Los quiero muchísimo!”.

También hay otro comentario: “Un amor eterno, en las buenas y en las malas”. Su autor: el ex diputado de la UCD, Alberto Albamonte, nada menos que pareja de una hija del coronel. Ella, Alejandra Riveiro, a su vez aclara que no se trata de una fotografía actual, y completa: “Papá está en otra situación de salud, lamentablemente. ¡Pero por suerte está!”.

En el propio muro de aquella mujer hay un álbum con cinco imágenes subidas el 20 de julio. La primera es añeja, tomada en algún momento de los ‘80, y lo muestra a Balita con Alicia y un bebé en brazos en lo que parece ser un bautismo. Las otras cuatro son actuales. Y exhiben al genocida sin ocultar una leve expresión de chochera, pero muy contento de posar con las hijas y un bisnieto. Tal posteo está encabezado por la siguiente frase: “La vida nos dio una segunda oportunidad, papá. ¡Agarrémosla con las manos!”. Un himno a la esperanza.

(Título original: “Un Facebook para el Batallón 601”)

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La memoria argentina del escritor Marek Halter, por Oscar Taffetani

Esta semana recuperamos un nuevo documento inédito en las redes. La entrevista que Oscar Taffetani publicó el 7 de octubre de 1986 en el diario La Razón matutina, momentos antes de que Marek Halter fuera a reunirse con el presidente Raúl Alfónsín. Reconocido escritor, artista y activista de derechos humanos, nacido en Polonia con nacionalidad francesa, Halter tuvo un vínculo especial con Argentina, su ‘tercera patria’.  Libros como Pero… la incierta vida de Marco Mahler o Argentina, Argentina le habían dado notoriedad, hasta que La memoria de Abraham lo convirtió en un bestseller mundial. En esta entrevista repasa la historia de los judíos, cómo conoció a Perón, reflexiones sobre la política argentina y varias anécdotas con el poeta Juan Gelman, entre otra cosas.

Publicación original La Razón matutina 7 de octubre 1986

La cita es en la oficina de Ada Korn, esmerada editora argentina que ha lanzado hace algunos meses la versión castellana de La memoire d’Abraham, última novela de Marek Halter que lleva en Francia más de 300.000 ejemplares vendidos y que promete en la Argentina y el mundo hispanohablante una cifra similar. Con los prejuicios, por tanto, de quien va a entrevistarse con un best-seller, nos acercamos a la oficina de la calle Uruguay, en pleno Tribunales, a la hora convenida.

Marek, barbado, inquieto y de ademanes francos —alguna semejanza con el joven Marx que pinta Erich Fromm en su biografía— nos invita a sentarnos y nos informa que en media hora será recibido por el presidente de la Nación, por lo que sugiere tengamos una conversación en dos tiempos: una parte en la oficina y la otra a bordo del automóvil que lo llevará a la Casa Rosada.

Me informa usted que será recibido por el Presidente en media hora. Le haré la pregunta periodística de rigor: ¿Cuál es el objeto de su visita a la Argentina?

—En primer lugar, hacer la promoción de La memoria de Abraham, mi libro, del que acaba de salir en este país su versión castellana. Trabajé seis años en él. Seis años, en la vida de un hombre, es mucho. Cuando empecé, mi barba era negra. Cuando terminé, ya empezó a ser un poco blanca. Cambié por fuera, entonces: y también por dentro, porque descubrí una historia que ignoraba, la historia de mi familia y, sobre todo, la de mi pueblo. El pueblo judío cree que conoce su historia, pero no es así. Conoce la historia del martirologio, la de las persecuciones, pero eso no es toda nuestra historia. Y esto es importante decirlo: yo no creo que haya fatalidad en la historia humana, ni grupos que estén condenados a ser siempre perseguidos, o perseguidores… El segundo motivo de mi visita es un pedido del gobierno francés, que me solicitó hacer un viaje por Uruguay y por la Argentina dando conferencias como representantes de las letras francesas. El tercer motivo es visitar —esto parece cabalístico— una de mis tres patrias.

¿Dónde nació usted?

—Nací en Polonia en 1936, y crecí en Francia, pero viví mis primeros sucesos, mis primeros amores y mis primeras reflexiones en la Argentina. Llegué aquí por primera vez a los diecisiete años y permanecí hasta los diecinueve. Luego vine otras veces. Ya la Argentina es parte de mi souvenir, de mi memoria personal. He escrito un libro sobre eso, Argentina, Argentina que va a ser reeditado en Francia y también llevado al cine, en una coproducción franco-argentina.

Cuéntenos un poco de sus anteriores visitas al país.

—Antes de ésta yo estuve aquí dos veces y media. No es que lo diga para evitar el número tres, ya verá. La primera vez fue en 1954, en tiempos de Perón. Lo conocí a él, en ocasión de exponer mis obras en la galería Peuser.

¿Era pintor?

—En aquel tiempo era pintor, un joven pintor. Recuerdo que Perón vino y me compró dos telas.También a los otros que exponían…

Autorretrato del joven Marek Halter

¿Alguna vez más lo vio a Perón?

—Si, varias veces. El decía que quería convertir a la Argentina en el centro cultural latinoamericano. Alguien le había hablado de una época de oro en España, de cuando cristianos musulmanes y judíos trabajaron juntos…había hecho venir a muchos escritores refugiados, a poetas judíos, pero ellos sólo hablaban y escribían en idisch. Cuando me vio a mí, tan joven, hablando inglés, francés y ya un poco de castellano, me obligó a tomar una tarjeta del partido…

Un carnet de afiliación.

—Sí, eso. Luego no nos pusimos mucho de acuerdo y me expulsó. Claro que a él tampoco le fue muy bien, porque a los pocos meses lo expulsaron del gobierno y de la Argentina…

¿Cuando vino por segunda vez?

—Veinte años más tarde, cuando el país había cambiado mucho. La violencia había ganado un lugar en la vida del país. Recuerdo que publiqué una entrevista sobre la guerra del Medio Oriente, en el último número de Noticias.

¿Del diario Noticias?

—Si, fue el momento en que los Montoneros decidieron entrar en la clandestinidad. Yo conocí mucho a esa gente. Pertenecíamos a la misma generación, comenzamos juntos a escribir, a hacer política. Una vez estuve en una reunión en donde se hablaba de salir a poner bombas. Yo decía “si todavía se puede hablar, hay que hablar”, les decía que la palabra tiene un poder movilizador extraordinario: y que las bombas preparan siempre la venida del fascismo. Porque yo creo que poner bombas siempre es fascista. Ninguna ideología vale lo que una vida humana. Ellos dijeron entonces que yo tenía “complejos de ghetto”

¿Pudo hablar, posteriormente, con alguno de aquellos militantes?

—Sí, con varios. Un día Juan Gelman, por ejemplo, me fue a ver a mi casa en París. Estaba muy mal. Me dijo: “¿Te acordás de nuestro debate, aquella vez? Vos tenías razón. No somos más que pequeños jefes fascistas. Mandamos a toda una generación a la muerte y no hemos conseguido nada”.

¿Ha puesto algo de esto en sus libros?

—Sí, algo aparece. Pero le voy a contar algo relacionado con aquello y con mi último libro. Estaba escribiendo la novela —que es la historia de 2000 años de una familia judía, parte de la vida de mi propia familia— y pensaba entonces: Pueden contarse las vidas, los amores, los nacimientos y decesos de ochenta generaciones, pero, ¿cómo interesar al lector? El lector sólo puede identificarse con un personaje; o con dos, a lo sumo. ¿Cómo hacer para comunicar, para unir veinte siglos en una sola historia? Yo recordaba que mi abuelo Abraham me había hablado de un Libro Familiar y quería poner un libro en el centro de la historia, pero no sabía cómo. Un día vino Juan Gelman a mi casa y me dijo: “Voy a darte una carta que recibí de mi madre en Buenos Aires”. El no se había interesado antes por conocer la historia de su familia, y lo necesitaba en ese momento para superar el dolor y las pérdidas que había sufrido. Su madre, entonces, a quien yo conocía, le contaba en la carta que el abuelo de ella había sido rabino en una aldea de Lituania, y que este rabino tenía un documento, un pergamino del siglo XVI en donde estaban inscriptos los nombres de la familia,con las fechas de nacimiento y muerte. Cada vez que venía una catástrofe o un pogrom, la familia se juntaba y el rabino leía esos nombres, esos datos. Cuando Juan terminó de leerme la carta, descubrí lo que estaba buscando.

El nexo, el elemento común a todas las historias.

—Sí. Pensé que si eso había existido en la familia de Gelman, bien podía haber existido en la mía. Ya ve usted como, indirectamente, la Argentina tiene que ver con La memoria de Abraham.

El título que lo convirtió en Bestseller

Todavía tiene que contarnos de la “media vez” que estuvo en la Argentina.

—Ah, eso fue en tiempo de Videla. Me amenazaron y tuve que viajar a Brasil enseguida. No estuve más de un día.

¿Por qué lo amenazaron?

—Yo trabajaba activamente en la creación de una corriente de opinión pública por la democratización en la Argentina. A los militares no les gustó mucho. Tomás de Anchorena, embajador en Francia y el mismo Videla hablaron en contra de mi. Yo estaba dolido personalmente por la desaparición de amigos, e incluso de familiares míos, durante el Proceso. Por eso cuando regresó la democracia a la Argentina lo celebré muchísimo. La Argentina no es ninguna abstracción para mi…

El automóvil se detiene frente a la valla de hierro del estacionamiento de la Casa Rosada. Marek se despide con un apretón de manos. Bajo el brazo lleva un ejemplar de La memoria de Abraham. El cuello desabrochado de su camisa blanca, su barba y su melena gris no alcanzan a inquietar a los granaderos de la entrada, que miran de reojo pasar la tarde.

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Ambiente

Almorzando con Barrick (y con sus amigos), por Oscar Taffetani


El paquete legislativo recientemente enviado al Congreso, titulado “Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos”, o también “Ley Omnibus”, contiene entre otras materias “desregulaciones que afectan legislaciones vinculadas a la conservación y protección del medio ambiente como la Ley de Glaciares, la Ley de Bosques y la ley de Protección Ambiental para Control de Actividades de Quema”. Esta nueva “desregulación” (eufemismo que oculta la desprotección de un patrimonio natural de valor incalculable) da actualidad a una nota publicada por el autor el 12 de julio de 2010 en la agencia Pelota de Trapo, que fue reproducida en portales amigos como el de CTA/FETERA. Hay elementos nuevos (por ejemplo, la inversión conjunta de Barrick Gold –en Chile y en la Argentina- con la china Shandong Gold. Sólo la palabra “gold” las une: la búsqueda de oro y de minerales preciosos en condilleras y precordilleras, no importa a qué costo.

Minería a cielo abierto. Barrick Gold en acción

“¿Puedes venderme tierra -escribe Nicolás Guillén-, la profunda / noche de las raíces; dientes / de dinosaurios y la cal / dispersa de lejanos esqueletos? / ¿Puedes venderme selvas ya sepultadas, aves muertas, / peces de piedra, azufre / de los volcanes, mil millones de años / en espiral subiendo? ¿Puedes / venderme tierra, puedes / venderme tierra, puedes?”.

El gobernador de San Juan, José Luis Gioja, puede. El de Salta, Juan Manuel Urtubey, también. Y puede el de Santiago del Estero, Gerardo Zamora. Y el de Jujuy, Walter Barrionuevo. Y el de La Rioja, Luis Beder Herrera…

Claro que la tierra no es de ellos. Pertenece a sus pueblos. Nos pertenece a todos. Y ni siquiera a nosotros. Pertenece a nuestros hijos. Y a los hijos de nuestros hijos.

Sin embargo, todos ellos se sentaron, junto con la presidenta Cristina Fernández, a la mesa del gerente general de la Barrick Gold, que fue anfitrión en Canadá de la delegación argentina que participó de la cumbre del G-20.

Barrick Gold es denunciada en todo el mundo por sus proyectos mineros depredadores, que borran montañas con dinamita, separan el oro utilizando cianuro y agotan las reservas de agua potable.

La máscara de las “inversiones” sirve a esos gobernadores (sátrapas corruptos, como aquellos que denunciaba el Persa), para justificar la entrega del patrimonio público.

Y eso no sería lo peor (ya que algún día los sátrapas se van a morir, como todos nos moriremos). Lo peor es que el daño ambiental que dejen la Barrick Gold, la Panamerican Silver, la Lithium America y todas esas empresas, será pagado por las futuras generaciones argentinas.

El presidente de la Barrick Gold reunido con la presidenta Cristina Fernández, su vice Amado Boudou y gobernadores de provincias mineras como Gioja y Urtubey

Lamento por el bosque perdido

En el marco del Programa de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación, la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación y el INTA publicaron en 2004 un informe sobre el daño irreparable que produjo la empresa británica La Forestal en el norte de Santa Fe, durante la primera mitad del siglo XX.

“De 1.100.000 kilómetros cuadrados de bosques naturales que contabilizó el censo forestal de 1935 -dice el Informe- sólo quedan poco más de 330.000. En aquel entonces, el 39 por ciento del territorio nacional estaba cubierto de bosques; hoy, la superficie boscosa no llega al 12 por ciento. Santa Fe perdió casi el 90% de sus bosques”.

En los años ’30, auge de la extracción del tanino, La Forestal utilizó a gobernadores débiles y corruptos de Santa Fe para cobrarse “en especie” un préstamo en libras esterlinas otorgado a la provincia. Así, se apropió del agua, del aire y de los bosques de quebracho que pertenecían a todos los santafesinos.

Hasta ejército propio tenía La Forestal en sus dominios. Lo sufrieron los anarquistas y sindicalistas que lucharon por acabar con la infame explotación del mensú.

Y bien ¿qué le dejó La Forestal a Santa Fe, cuando se terminó la fiebre del tanino? Le dejó la ausencia del bosque. Le dejó una tristeza sin fin.

Deberían meditar esos funcionarios de Medio Ambiente que luchan contra la Desertificación. Las mineras como Barrick, que no respetan los glaciares y que consumen el agua potable de zonas áridas, son agentes claros de la Desertificación.

Aquí, allá y en todas partes

Quien visite el sitio de Internet de la Barrick Gold, podrá ver una lista de los lugares del mundo donde la empresa está “invirtiendo” (es decir, donde está haciendo daño): Pascua Lama y Zaldívar en Chile; Lagunas Norte y Pierina en Perú; Pascua Lama y Veladero en la Argentina. Y República Dominicana. Y los Estados Unidos. Y África. Y Australia.

La protesta contra Barrick y contra la minería a cielo abierto se ha extendido por todo el mundo. Aquel No a la mina de los vecinos de Esquel se repite en distintos escenarios. Eso es alentador. Ya que la empresa es global (y se sienta a comer con los presidentes donde quiere y cuando quiere), viene bien que la protesta sea global.

La conciencia ambiental, felizmente, se está despertando en el mundo. Y les dice a los gobernantes, usando palabras de un sabio leñador llamado Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todos algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todos todo el tiempo”.

(APe/CTA, 12/07/2010)

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El día que Maradona baleó a un agente de ultraderecha, por Ricardo Ragendorfer

Corría el anochecer de un miércoles invernal de 1995 cuando fui enviado por la revista Noticias al apart hotel Aspen Suites, en la calle Esmeralda al 900 del centro porteño, para relevar a otro cronista que desde el mediodía montaba guardia en la vereda. Al director de dicho semanario, Héctor D’Amico, un adalid de lo que Jorge Asís suele llamar “periodismo patrullero”, aquella cobertura le interesaba de sobremanera. Es que Diego Maradona, en medio de una reyerta conyugal estaba recluido allí para recuperarse de alguna ingesta toxicológica.

Semejante circunstancia encabezaba por esos días la agenda de los medios. Tanto es así que una horda de movileros se agrupaba en esa cuadra entre camiones de exteriores que se extendían hasta la calle Florida y trípodes con cámaras televisivas colocadas en hilera frente al edificio en cuestión. Las horas transcurrían sin ninguna novedad. Hasta que, de manera fortuita, pasé una mano ante el dispositivo fotoeléctrico del portón de la cochera. Entonces, una chicharra acompañó la apertura de su enorme hoja metálica. Tal sonido hizo que la jauría se precipitara a la rampa blandiendo sus micrófonos. Pero, lógicamente, en vano.   

Fascinado por la escena, repetí la acción otras dos veces con idéntico resultado. Al rato, ya sin mi intervención, la chicharra volvió a repicar. Sin embargo, en esa oportunidad, los reporteros reaccionaron con indiferencia. De modo que casi nadie advirtió a tiempo la rauda salida de una camioneta roja. Al volante iba un ex delantero de Boca, sindicado como el dealer del ídolo.

Entre Maradona y ciertos medios de prensa existía una gran inquina

En resumen, a los presentes se les había escabullido el plato fuerte de la jornada. Menos al camarógrafo de Crónica TV. Eso provocó que uno de sus colegas lo increpara, en nombre del resto, con severidad: “Si llevás el casete al canal a nosotros nos sancionan”.  Aquella frase poseía un dejo amenazante. El tipo asintió con mansedumbre.

Aire comprimido

Lo cierto es que entre Maradona y ciertos medios de prensa existía una gran inquina, originada el 26 de abril de 1991, cuando el ídolo fue detenido por una comisión de la Policía Federal en un departamento del barrio de Caballito con una cantidad indeterminada de cocaína en su poder, y él en un estado penoso. Algunos periodistas, puntualmente convocados allí por quien comandaba ese operativo, el comisario Jorge “Fino” Palacios –el mismo que 17 años después sería el primer jefe de la mazorca macrista en la Ciudad–, reflejaron el asunto de un modo despiadado.

Esa circunstancia fue el antecedente más remoto de otro. Al respecto es necesario resumir el contexto.

Maradona transitaba a comienzos de 1994 por su etapa en Newell’s Old Boys. Entonces jugó en Mar del Plata un amistoso con el Vasco da Gama que terminó en un anodino 1 a 1. Fue la última vez que se puso la camiseta roja y negra. Pero aún nadie lo sabía.

De esa pretemporada quedaban algunos encuentros. Y en el hotel donde el equipo se alojaba, él compartía una habitación con Mauricio Pochettino. Al despertar el 2 de febrero, el defensor se dio cuenta de que Maradona no estaba en su cama. Ni en el hotel. No se sabía su paradero. Hasta que, ya después del almuerzo, el técnico Jorge Castelli prendió un televisor. Y no dio crédito a sus ojos: el Diez –en vivo y en directo– practicaba tiro al blanco con un rifle de aire comprimido sobre periodistas que corrían en diferentes direcciones. La escena  transcurría en una casaquinta situada a 400 kilómetros de allí.

Aquella propiedad de dos hectáreas estaba situada entre las calles Plus Ultra y Triunvirato del barrio Trujui, en el partido bonaerense de Moreno. Se trataba del primer regalo de envergadura que el mejor jugador del mundo les hizo a sus padres. Y su intempestiva presencia en ese lugar –acompañado por su esposa, Claudia, y las aún pequeñas Dalma y Gianinna– fue su manera de romper el contrato con el club rosarino a raíz de diferencias irreconciliables con el Profe Castelli y algunos dirigentes.  

Ese miércoles, el arribo de Maradona y su familia a Moreno fue filtrado a la prensa, posiblemente por algún vecino. Y el dato se diseminó a través de todas las redacciones como por un reguero de pólvora. Así fue como a media mañana partieron desde la antigua sede de la editorial Perfil, en la esquina de Talcahuano y Corrientes, dos autos con movileros de las revistas Noticias y Caras. Entre ellos, el fotógrafo Raúl Rogelio Moleón.

Paula Trapani recibió un baldazo de agua. Al minuto sonaron los primeros disparos

Al llegar, había aproximadamente un centenar de periodistas y el clima ya estaba caldeado. Parada sobre un banquito junto al muro perimetral y con el micrófono en la mano, la movilera de Telefé, Paula Trapani, recibió del propio Maradona un baldazo de agua. Fue entonces cuando Moleón bajó de un salto del vehículo, empuñando su cámara con un enorme teleobjetivo como si fuera un fusil de asalto. Al minuto sonaron los primeros disparos.

Sus estampidos secos y breves se mezclaban con el griterío. Fue cuando todos corrían en diferentes direcciones. Moleón giró sobre sí para zambullirse en el auto de Caras; entonces sintió un ardor en la nalga izquierda, y otro en la parte posterior de un muslo. Los estampidos se hicieron más espaciados hasta cesar por completo. El griterío persistía.

También hubo otros cinco periodistas con perdigonadas superficiales.

A continuación, los movileros se agruparon junto al enrejado del portón, hacia donde Maradona se encaminó con cara de pocos amigos.

– ¿Por qué estás agrediendo a la prensa? –le soltó una cronista.

– ¡Ya dije que acá no quiero a nadie! –fue la respuesta.

– Nos estás lastimando, Diego… – soltó otro cronista, con voz plañidera.

– Los voy a seguir lastimando. ¡Acá no quiero que rompan los huevos a mis hijas! ¿Estamos? –contestó Maradona.

Y se retiró hacia el interior de la propiedad.

Moleón, tumbado boca abajo en el asiento trasero del auto, escuchó a la distancia ese diálogo con una expresión lindante entre la furia y el dolor.

¿Acaso los balines que recibió lo convirtieron en un héroe viviente del ejercicio periodístico o el proceder de Maradona –en lo que a Moleón atañe– fue en realidad un acto involuntario de justicia?

Tal interrogante exige reconstruir una añeja historia.

Raúl Rogelio Moleón

Cinco por uno

A comienzos de la década del ’90 el marplatense Moleón comenzó a trabajar como fotógrafo en la revista Caras.

Su presencia en aquella redacción sobresaltó a otro reportero gráfico, el también marplatense Tito La Penna, quien de inmediato acudió a su jefe:

– ¿Vos sabés quién es este tipo?

– Bueno… por referencias. ¿Por qué?

La Penna, entonces, se lo dijo.

En este punto es necesario retroceder al lejano 6 de diciembre de 1971, cuando una patota de la falange ultraderechista CNU (Concentración Nacional Universitaria) tomó por asalto el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Provincial de Mar del Plata para malograr el desarrollo de una asamblea estudiantil. Primero hubo cadenazos sobre los presentes; luego, bombas molotov y, finalmente, varios balazos congelaron la escena. Entonces la estudiante Silvia Filler, de 18 años, cayó al suelo ya agonizando. Y dejó de existir cuando era llevada a un hospital.       

El hecho fue investigado por el juez Adolfo Martijena, quien condenó a Oscar Corres como autor material del crimen; idéntica suerte corrieron otros 13 agresores, entre los cuales estaba nada menos que Moleón, de 20 años.

En virtud a un tecnicismo judicial, el futuro fotógrafo salió en libertad a fines de 1972. El resto, con la amnistía camporista del año siguiente.

En 1975 la CNU ya era socia de la Triple A en sus acciones criminales contra militantes de izquierda y del peronismo revolucionario, especialmente en La Plata y Mar del Plata, donde poseían cierto desarrollo.

En la Ciudad Feliz, el jefe de la CNU era Ernesto Piantoni, un abogado con aceitados lazos con los sectores más ortodoxos de la burocracia sindical. El 20 de marzo de ese año fue ajusticiado por un comando montonero.

Aquella misma noche, en el velatorio, se ideó la venganza, cifrada en un cálculo matemático: cinco por uno. Y desde la mismísima empresa de pompas fúnebres partió un grupo de la CNU a consumarla.

La seguidilla de secuestros y muertes comenzó durante madrugada con el médico Bernardo Goldenmberg, que pertenecía a una agrupación marxista. También fue ejecutado el teniente retirado Jorge Enrique Videla, junto a dos hijos, Jorge Lisandro y Guillermo –que militaban en la Juventud Universitaria Peronista (JUP); el último turno fue para el integrante de la Juventud Peronista (JP), Enrique Elizagaray.

La causa por el quíntuple crimen cayó en el despacho del joven fiscal Gustavo Demarchi. Un golpe de suerte: era uno de los asesinos.

Desde luego el bueno de Moleón no fue ajeno a la masacre, junto con otros 11 camaradas de correrías.

Ninguno de ellos, por entonces, fue rozado por el Código Penal.

Son un misterio las actividades de Moleón a partir del 24 de marzo de 1976. Hay quienes dicen que fue parte de un Grupo de Tareas dependiente del Primer Cuerpo del Ejército, aunque no hay precisiones al respecto.

Recién volvió a la luz pública en la revista Caras al comenzar los ’90. Fue cuando Tito La Penna le reveló su pedigree al jefe de fotografía. Pero tal advertencia no pasó a mayores.

Ya se sabe que, a comienzos de 1994, Moleón tuvo aquel desafortunado percance con Maradona en la casaquinta de Moreno.

Tiempo después embolsó por ello una indemnización de 15 mil dólares.  

A comienzos de 2011 fue detenido por el presunto rol que le cupo en la Masacre del Cinco por Uno.

Con Demarchi a la cabeza, Moleón y otros ocho integrantes de la CNU fueron juzgados por el Tribunal Oral Federal Nº1 de Mar del Plata.

A fines de 2016, un fallo salomónico condenó a perpetua al ex fiscal y a dos camaradas de ruta; también se anunciaron penas lindantes entre siete y tres años de prisión para otros cinco procesados, mientras los dos restantes fueron absueltos por “falta de mérito”. Uno era Moleón.

Desde entonces solo se dedica a pelearse por Facebook con quienes le enrostran su ominoso pasado.

Es posible que alguna vez Maradona se haya enterado de esta historia.

Publicación original en Contra Editorial, diciembre de 2020

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