«Versiones de lo real», de Ana Fornaro, Brecha

Las cortinas metálicas de los negocios del Once están cada vez más bajas. Todas las semanas cierra algún negocio. Una ochava con escalerita se transforma en escenario callejero y un nene de unos 4 años, desde el escalón más alto, tira unos pasos reggaetoneros. Su padre lo filma con su teléfono. Su hermano mayor lo arenga. El cuadro no fue elegido al azar: el fondo metalizado y la luz tenue de farol arman una escenografía de videoclip. El padre dice: “Mueve, mueve, negrito”. El nene mira a la cámara serio, concentrado, mientras mueve las caderas. En un momento se cansa –o se distrae– y para. Entonces el hermano le grita: “¡Baila, baila!”. Y el padre, que también está serio, le vuelve a decir: “Vamos, negro, no pares”. El nene empieza otra vez con el bailecito, esta vez más mecánico que caribeño. Lo que al principio parecía simpático, en un segundo se transformó en una escena rara, forzada, medio explotadora. Son venezolanos, pienso, deteniéndome en el acento, y me pregunto qué hará esa familia para sobrevivir. ¿Podrán convertir al nene en una estrella de Youtube? Argentina está hundida en crisis de todo tipo, pero para la diáspora venezolana sigue siendo un lugar más oportuno que su país de origen. Lo dicen los taxistas y los uberistas, y quienes atienden bares de Palermo o venden arepas en las calles. Un portal titula: “Cada 20 minutos llega un venezolano a Argentina”.

Una señal clara de que empieza a haber desesperación son comentarios xenófobos de gente que en otro contexto abrazaría la patria grande. Una chica joven que trabajaba de camarera y que ahora dejó ese trabajo porque le bajaron el sueldo “por culpa” de venezolanos que cobran menos. O el progre que los mira torcido porque los lee gusanos. O el que, directamente, les pregunta: “¿Acá vienen, ahora?, ¿justo a este país que se cae a pedazos?”. O la migrante uruguaya que mira una escena callejera y especula con trabajo infantil.

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En el último tiempo, con la incertidumbre provocada por el alza desbocada del dólar y la caída en picada del poder adquisitivo de la mayoría, vivir en Argentina es ver el accidente en cámara rápida. Una y otra vez. Las heridas de 2001 se abren enseguida. En estos tiempos afloran, tanto en redes sociales como en conversaciones de calle y casas, anécdotas que van desde la clásica pérdida o licuación de ahorros por corralito hasta historias más crudas de familias enteras que cenaban mate cocido y pan. Síndrome pre-postraumático. Clases medias que conocían el hambre. Los pobres devenidos marginales. Los marginales, muertos. La amenaza del estallido social. La amenaza del estallido.

El mes pasado explotó una escuela en Moreno, provincia de Buenos Aires. Volaron su vicedirectora y un auxiliar. Sandra Calamaro y Rubén Rodríguez iban más temprano para que los niños –que sólo comían allí– pudieran tener un desayuno caliente. Ya habían denunciado varias veces las fugas de gas, como varias escuelas. El Estado nunca respondió. Bum.

Ismael Ramírez vivía en Presidencia Sáenz Peña, en la periferia de Chaco, una provincia donde los índices de pobreza y desnutrición arrasan. El 3 de setiembre pasó por un supermercado donde varios miembros de la comunidad qom –a la que pertenece su mamá– le reclamaban al dueño usurero, que les retenía sus tarjetas de alimentos. Alguien abrió fuego. Él quedó en el medio y murió camino al hospital en los brazos de su hermano. Tenía 13 años. Pum.

Hacía 40 días que Corina de Bonis acampaba junto a otros maestros frente al Consejo Escolar de Moreno para reclamar por la muerte de sus compañeros Sandra y Rubén. Como las escuelas del Municipio están cerradas desde la explosión, hay miles de niños que no reciben sus comidas diarias. Por eso en el acampe se hacen ollas populares para la comunidad. La semana pasada la secuestraron y torturaron. El mensaje que mandaron – en la misma tónica de otras amenazas anónimas– es contra la militancia barrial de base. Le pusieron una bolsa en la cabeza y le escribieron en la panza con un punzón: “Ollas no”.

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Del otro lado, camino a Washington para reunirse por enésima vez con el Fmi; o frente a una cámara hablando de luces y túneles, recortando ministerios a la mitad; echándole la culpa de todo al gobierno anterior; o jugando al pádel; hablándole a “los mercados” que no escuchan; comunicando a partir de mensajes grabados o editoriales de sus diarios con metáforas marítimas y meteorológicas, como si una crisis política y económica se tratara de fuerzas naturales, están ellos, los transparentes. Llegaron al gobierno con la promesa de un cambio, cabezas de financistas y estrategias comunicacionales del tercer sector: gobernabilidad, datos abiertos, impacto, “emprendedurismo”. Pero en la plata escondida de las cuentas offshore aparecen indefectiblemente sus nombres.

Se rasgaron las vestiduras por la supuesta independencia judicial y nombraron por decreto a dos jueces de la Corte Suprema. Uno de ellos, Carlos Rosenkrantz, el año pasado votó a favor de reducir a la mitad las penas de los genocidas. Ahora este ex abogado del grupo Clarín fue nombrado como futuro presidente de la Corte.

La prensa oficialista y los trolls del gobierno sólo hablan de “los cuadernos” y de querer ver presa a Cristina Fernández en una causa por corrupción en la obra pública llena de irregularidades. Siguen excavando en el sur. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, habla de agujeros en la tierra “con forma de cajas fuertes”. Lilita Carrió twitea pasajes de la Biblia y dice que las crisis la divierten, porque le dan adrenalina.

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En el medio, las clases medias y su batalla cotidiana con las versiones de lo real.

Ahogadas por el aumento de los servicios, alquileres, transporte, tasas de créditos hipotecarios, muchas personas prefieren apretar los dientes y seguir hablando de Pbi enterrados. Para la prensa, la inseguridad ya fue.

Cuando mataron a Ismael, enseguida circuló en las redes y algunos medios una foto falsa de un niño con un arma. Cuando explotó la escuela de Moreno, el diario Clarín intentó culpar a las víctimas, diciendo que habían dejado abierta una perilla. Cuando secuestraron y torturaron a la maestra, el gobierno instaló una hipótesis narco. La emoción es más fuerte. La guerra de los memes es feroz.

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¿Cómo se vive en momentos así? ¿Cómo se piensa en momentos así? Los días empiezan y terminan. Las persianas metálicas se multiplican. Las ochavas se transforman en escenarios fugaces. Mueve, mueve, negrito.

* Contratapa de la prestigiosa revista uruguaya Brecha: https://brecha.com.uy

Autora de contratapas de Brecha y colaboradora en varios medios. Entre ellos, Anfibia, que así la presenta: Ana Fornaro nació en Montevideo en 1983 sin tres cosas fundamentales: amígdalas, manías y sentido de la orientación. Por eso suele tener otitis, es desordenada y apenas sale de su casa debe pedir indicaciones sobre qué calle tomar. Vive en Buenos Aires desde principios de 2012. Antes pasó una temporada en Lille, donde se licenció en Letras e hizo un master en Literatura Comparada en la Universidad Lille3 Charles de Gaulle. Al día siguiente de defender la tesis se tomó un avión y se fue al Sahara Occidental para realizar un reportaje sobre los saharauis con el fotógrafo brasileño Rogério Ferrari que luego se transformó en un libro. También escribió para la Inrocks francesa.
De nuevo en Uruguay, Fornaro fue editora en la mesa regional de la Agencia FrancePresse (AFP) y en la corresponsalía de la CNN. Siempre fue lectora vertiginosa. El primer libro “para grandes” que leyó fue Desde el Jardín, de Jerzy Kozinski. Lo leyó en la playa y recuerda que Wall Street estaba traducido como La Pared. Siempre estuvo entre la literatura y el periodismo: escribió –y lo sigue haciendo- sobre libros en El País y La Diaria. De este lado de la orilla lo hace en Radar, el suplemento cultural de Página/12. En 2012 publicó De a ratos, un libro de poesía.
Cuando duerme, habla mucho, ríe y hasta canta. Y amanece pensando en lo lindo que sería abrir su propio restaurante. Se fundiría pronto: en su casa cocina –guisos, pescados- para seis personas cuando apenas son dos.

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