“Cuando su mujer murió, Macedonio abandonó todo, a sus hijos, su título de abogado, inclusos sus escritos de medicina y de filosofía, y empezó a vivir sin nada, como un linyera. Había descubierto la existencia de los núcleos verbales que preservan el recuerdo, palabras que habían sido usadas y que traían a la memoria todo el dolor. Las estaba anulando de su vocabulario, trataba de suprimirlas y fundar una lengua privada que no tuviera ningún recuerdo adherido. Un lenguaje sin memoria personal, mezclaba un idioma con otro para no rozar la piel de las palabras que había usado con Elena. Al final pasaba las horas sentado solo, en el patio de la casa que le habían prestado unos amigos, en el partido de Azul, dedicado a pensar, tomando mate y mirando la llanura. La había conocido en ese mismo lugar. Después de dar vueltas y vueltas por la provincia de Buenos Aires, había terminado en el punto donde había empezado. Macedonio se enamoró de Elena antes de conocerla, según decía, porque le habían hablado tanto de ella, que lo visitaba como un espíritu antes de haberla visto e incluso muchas de las cosas que hizo al principio de su vida fue para impresionarla a distancia y enamorarla. Siempre pensó que esa pasión que la había enfermado y siempre pensó que ella había muerto por su culpa. Macedonio la vio por primera vez en la casa de una prima el día en que ella cumplía dieciocho años y la volvió a encontrar por azar una tarde en una calle de Azul y ese encuentro fue definitivo. Se había bajado del tren porque estaba haciendo un experimento de medición del pensamiento y se bajó de la estación sin saber dónde estaba, porque ya tenía recorridas las leguas que necesitaba pensar y decidió mandar desde ahí un telegrama para avisar que iba a llegar con retraso y cuando salió de la oficina de correo se sentó a tomar una caña en el almacén de la esquina y después siguió por la calle del costado y encontró a Elena que estaba mirando la vidriera de una zapatería como si la hubieran puesto en el lugar para que Macedonio la encontrara. Ella se empezó a reír, porque le pareció gracioso ver a ese hombre vestido de traje oscuro y camisa blanca caminando como un sonámbulo a la hora de la siesta por un pueblo abandonado de la pampa. Parecía un seminarista que va a pedir limosna para los pobres de la parroquia. Y era limosna lo que yo iba a pedirle, decía Macedonio, porque ella me dio la gracia de su belleza y de su inteligencia, que era clara como la luz de la mañana. La invitó a tomar un tecito en el bar de la estación y desde esa tarde estuvieron juntos hasta que ella murió.”

(publicado en el grupo público de facebook Ricardo Piglia, el 1 de junio de 2021)

  • Macedonio Fernández (1874-1952), escritor, abogado y filósofo argentino.​ Autor de poesías, novelas, cuentos, prosa y ensayo, entre los que se destaca el libro experimental Museo de la Novela de la Eterna, publicado en 1967, a quince años de su muerte. Tuvo especial influencia en la literatura argentina del siglo XX en autores de la talla Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ricardo Piglia.​

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