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Elijo no creer, por Laura Giussani Constenla

Desde el fondo del alma, una niña nos mira.

Tenía dieciseis años cuando todos mis proyectos se fueron al diablo. No por culpa mía, claro. Por entonces tenía solo dos objetivos: terminar la secundaria a los 17 y convertirme en una martir de la revolución. Parece cuento, pero sí. Cuando los Montoneros dijeron que iba a morir el 70% de los militantes pero que con el 30 restante era suficiente para llegar a la meta, no tuve dudas en que iba a ser una de las que iban a dar su vida para construir un mundo justo. Por aquellos años setenta nadie peleaba por un cargo, más bien por una estatua o una foto.

Ninguna de las dos cosas ocurrió. No me mataron y la secundaria por ahí de los 20 años. Para peor, el mundo siguió siendo injusto. Ningún objetivo cumplido.

El exilio siempre te parte al medio. Mejor dicho: una dictadura siempre te parte al medio.

Después de esa debacle, solo una cosa me quedó clara: de nada sirve proyectar algo a muy largo plazo porque, a pesar de que hagas todo lo que tenés que hacer, siempre puede aparecer un imponderable, un Tsunami, un novio psicópata, muertes a las cuales es difícil sobrevivir, una enfermedad o el naufragio, como solía llamar el Negro Pasquini Durán a lo que nos ocurría en el exilio.

Naufragué en la adolescencia. Eso de “volver a los 17” a mí me produce escozor, fue la peor edad de mi vida. Solo muerte, dolor, tristeza, extrañamiento, culpa. Pasaba días enteros leyendo a Sartre y los existencialistas. Quedé absolutamente identificada con Paul Nizán quien comienza su relato, Adén Arabia, con la contundente frase: “Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida.”

Cuando conseguí remontar la cuesta y decidir que me tocaba vivir nomás, elegí no creer. Ahora, que está de moda el ‘elijo creer’ confieso que la encuentro absolutamente naif, inocente y también peligrosa. Parafraseando al General: mejor que creer es hacer.

Una sola cosa tenía en claro: todo lo que emprendiera podía estar condenado al fracaso. Con esa perspectiva la presión es menor. Eso sí, me comprometí con cada trabajo en el que me embarqué, puse lo mejor de mí, el fracaso nunca me hizo perder la pasión. Y debí elegir entre muchas opciones. Elecciones puntuales, día a día. Me habitué a tener siempre un plan ‘B’. Y ‘C’ y ‘D’, por las dudas. Nunca más la vida me iba a encontrar desatenta frente a la adversidad.

Claro que nada de esto era una actitud conciente. En realidad, fue un hecho absolutamente banal el que me dio la pista de cómo manejarme en la vida.

Serendipia existencial. Descubrimiento fortuito.

Andaba relajada en una extensa playa de Punta del Diablo y se me ocurrió intentar, por primera vez, remontar un barrilete -y no es una figura literaria-. Nunca lo había hecho y un día ventoso en el mar era una ocasión insuperable. Después de varios intentos, logré que echara vuelo pero el verdadero desafío era mantenerlo en el aire. No era fácil, había que tirar o aflojar el cordón siguiendo la corriente del viento. Para mí fue toda una revelación. Algo que se sentía en el cuerpo, en el índice que se apoyaba en el piolín, como cuando uno pesca. Hay que saber cuando pegar el tirón, cambiar la dirección o aflojar el hilo. Era el año 1997, menemismo a full, persecusión a periodistas, hora de desembarcar en el país vecino y tomar cierta distancia.

Así la vida me fue llevando de un lado al otro de la orilla. Cruzando las grandes y las pequeñas aguas, al decir del I Ching.

Primero atraveséel océano y en la vieja Europa me dediqué a vender en la calle las boberías que conseguía hacer. Mantera al fin, disfrazada de artesana. Desandé el camino y volví a la orilla de éste lado al regreso de la democracia. Se respiraba el perfume de la libertad y el reencuentro. Pasé de secretaria a periodista, fui productora o gestora cultural,hasta que los vientos me llevaron a cruzar el río y aquerenciarme en la otra orilla del uruguay. Allí hice una huerta, crié a mis hijos y escribí algún libro. Ligera de equipaje entre armar una balsa para ir a naufragar nuevamente, elegí instalarme volver al Río de la Plata. De buenas a primeras me convertí en archivista. Pero, a pesar de tando cambio, siempre fui la misma.

Y aquí estoy, aquí estamos, enfrentando una nueva etapa, nuevamente del otro lado del río. Sin miedo ni coraje (también el coraje conlleva sus peligros, como ya hemos visto). Caminando por los caminos que la vida ofrece. Cultivando afectos que es lo único que, al final, importa. Con mil proyectos en la cabeza, como siempre. Ideas chiquitas que a fuerza de trabajo y cariño pueden hacerse grandes, o no. Lo importante es el entusiasmo y después se verá. El placer de caminar, descubrir, construir. Sentir perfumes, ver colores, saborear comidas, abrazar, bailar, vivir. Claro que siempre algo tiene que haber en el horizonte, quizás aquel arcoriris que dicen tiene una bolsa de oro a sus pies.

Que la realidad no nos impida soñar.

A veces conviene recordar de dónde venimos para que esta realidad distópica no nos confunda. El mundo nunca fue un campo de algodón. Hemos atravesado montes de espinas machete en mano. Lo fundamental es enfrentar el desafío y que el miedo o la incertidumbre no nos paralice. Las hemos pasado peor y debemos poner lo mejor de nosotros para que no destruyan lo que somos. No creo en las fuerzas del cielo, pero sí en saber escuchar el viento.

Foto: Víctor Sockolowicz. La melancolía del exilio. Una joven Laura nos mira desde el subsuelo de la memoria.

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El día que quemaron los viñedos

Llegó a mis manos un vino Malbec con nombre inquietante: “El Injusto” y una etiqueta en donde puede verse casi una gigantografía que cubre la mayor parte de la botella con la foto de Agustín Pedro Justo, ex presidente de la Nación entre 1932 y 1938, sí en la famosa década infame. Debajo, una breve explicación dice: “En 1934, Agustín P. Justo prohibió la vitivinicultura en Entre Ríos. Esta es nuestra respuesta

Exquisita revancha histórica de la familia Tornatore, de Victoria, dueña de la bodega Borde Río. Porfiados los Tornatore, no quisieron que a nadie se le escapara la razón de su amor por las vides junto a su orgullo entrerriano, en el revés de la etiqueta insisten: “Una ley injusta, en una década infame, destruyó los sueños de toda una provincia y su gente. Esta es nuestra respuesta“.

La ley injusta de Justo, fue tomada como una verdadera traición, resulta que el ex presidente había nacido en Concepción del Uruguay, así que quitarle esa tradición a sus propios paisanos era una ofensa inconcebible.

Y si de Concepción del Uruguay se trata, no pude menos que pensar en nuestro amigo, Américo Schwarztman filósofo, viñetista, periodista y sobre todo, entrerriano a morir, para que me contara un poco más. Y me contó.

A mediados del siglo XIX, es decir, allá por 1850/60 se comienzan a plantar viñedos en la región del río Uruguay. Urquiza fue impulsor, con vides traídas desde Francia. Aunque no fue el único, claro, muchos de los inmigrantes de la Colonia San José habían traído sus uvas. Más de veinte cepas se cultivaban en la región, haciendo florecer una diversidad de vinos y una industria prometedora, que además estaba en manos de numerosos pequeños productores.

Malbec, cabernet, pinot noir, semillón, gamay, chateau margot, sauter y, fundamentalmente “lorda” (una variedad que tiene su propia y apasionante historia, porque el nombre que recibió era el del apodo del vasco “Lorda” Jáuregui, que fue quien la trajo desde los Bajos Pirineos). Esas eran las cepas de los viñedos entrerrianos que suizos, franceses, vascos, italianos y españoles extendieron por los campos de Entre Ríos en emprendimientos que crecían paralelos al río Uruguay.

La industria creciente era tan exitosa que a la Exposición de París de 1889 se llevaron los vinos producidos en Concordia, que recibieron varios premios por su calidad. En 1907 Entre Ríos ocupaba el cuarto lugar en el Centro Nacional de Viñas, con casi cinco mil hectáreas cultivadas, por 30 bodegas radicadas en Colonia San José, Concordia, Victoria y Federación. Tan promisorio era el cultivo que veinte años después, en 1928, las bodegas entrerrianas se habían multiplicado casi por cuatro: ya eran 115.

Claro que no era el único lugar del país que nos regalaba vinos de calidad. Hoy todos conocemos los vinos de Cuyo o de Salta. Nadie dice, es un riquísimo vino entrerriano. Qué pasó? A de la década del 20, los productores de San Juan y Mendoza presionaron para que se creara Junta Reguladora de Vinos, cosa que consiguieron en 1934 gracias a la Ley 12.137 que tenía a su cargo decidir quiénes y cuánto producirían. Créase o no, el gobierno de Justo, el Inusto entrerriano, ordenó un “plan de extirpación de viñedos”, que se llevó adelante durante ese año y el siguiente. El objetivo era establecer a la región de Cuyo como única productora de vinos. Se envió a las tropas nacionales a cumplir con el tremendo decreto, destruyendo los viñedos entrerrianos. Muchos recuerdan el llanto de las familias al ver a las fuerzas federales destruir sus instalaciones y quemar los viñedos.

Esto me lo cuenta don Américo, pero está escrito en distintos libros de historiadores de la provincia como Héctor N. Guionet o Susana Domínguez Soler, no vayan a creer que es puro cuento.

Fue en la década del noventa, cuando una ley promovida por otro entrerriano, Augusto Alasino, la prohibición fue eliminada. Algo bueno tenía que tener el menemismo. Hoy en Entre Ríos florecen nuevas bodegas, aunque todavía no se ha llegado al brillo de aquellas producciones de un siglo atrás.

El 4 de enero de 2018, el diario El Entre Ríos, celebraba la vuelta de los viñedos en la provincia bajo el título: “Como el Ave Fenix, resurgen en suelo entrerriano”. “Actualmente, y poco a poco, buscan resurgir de sus cenizas, apostando más a la “bodega boutique” que a la gran producción masiva. Pero para conocer y dimensionar la realidad de la producción entrerriana, primero hay que hacer un poco de historia, porque es imposible entender este presente sin conocer el pasado.”

Antigua bodega Robinson en Entre Ríos

La charla con Schwartzman (cuyo apellido nunca lograré escribir bien) tuvo inquietantes derivaciones. Ustedes sabrán que el vino Tannat, es para Uruguay, la cepa estrella, como el Malbec en Argentina. Pues bien, el irreverente de mi amigo – entrerriano hasta la médula- sostiene que la uva del Tannat pasó antes por Entre Ríos.

“El cultivo de Tannat en Uruguay inicia en Salto gracias a un vasco francés oriundo de los Pirineos, llamado Pascual Harriague (por eso durante décadas se le llamaba “vino de Harriague”). Y el que le da esa cepa a Harriague es otro vasco, Juan Jáuregui, apodado “Lorda”, quien a su vez la había atesorado de sus ancestros de los Pirineos y producía ese vino en Concordia (por eso en esa zona el Tannat se llamaba “Lorda”). Se sabe incluso que Lorda le dio alrededor de 16 sarmientos de esa uva a su paisano Harriague. La primera vendimia de Harriague en Salto fue en 1876. Todo esto está documentado y aparece en diferentes libros que tratan la historia de la región Es decir que en el origen del vino más exitoso del Uruguay está un entrerriano. Dicho de paso, en el Uruguay el Dia Nacional del Vino se celebra el 14 de abril, día del nacimiento de Harriague”, nos ilustró Américo.

Y pude corroborar que, en efecto, el Tannat era el vino preferido del rey Luis XVI. Así lo confirma el agrónomo e historiador francés Alexis Peyret, también conocido como Alejo Peyret, en su libro “Una visita a las colonias de la República Argentina” (publicado en Buenos Aires en 1889!). “Parece ser que el monarca tenía debilidad por las uvas de Madiran y había prohibido expresamente a sus servidores robar gajos de esas plantas. Pero un mayordomo habría desobedecido la orden y entregado 14 sarmientos entreverados con los restos de la poda a un tal Jáuregui, que ni lerdo ni perezoso los plantó en la localidad de Iroléguy (Irulegui, en euskera) – “el viñedo más pequeño de Francia y el más grande del País Vasco”– en los Pirineos. El mayordomo desobediente fue sentenciado a 14 años de prisión, uno por cada sarmiento hurtado, pena que no llegó a cumplir porque “lo salvó” la Revolución Francesa. El nieto de Jáuregui, apodado “Lorda”, habría introducido la cepa en Concordia casi 80 años después, en 1861. Y otro vasco francés residente en Uruguay, Pascual Harriague (o Arriaga), habría conseguido que Juan Jáuregui le regalara (o le vendiera) 16 sarmientos de esa “uva diferente”, que luego plantó con éxito en Salto, donde realizó su primera vendimia en 1876.” Como ven, conocemos la historia gracias a buen Peyret que se ocupó de escribirla a poco de ocurrida. La importancia de dejar testimonio, siempre.

En fin, historias de pioneros, traidores y tercos memoriosos.

* Escrita por Laura Giussani Constenla para La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores, el 17 de febrero de 2023. Escuchanos todos los lunes de 18 a 20 por larz.com.ar

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La hora de los millenials

Señoras y señores, damas y caballeros, oyentes y oyentas de cualquier grupo y factor: llegó la hora de los millenials en el poder. No canten las hurras, todavía.

Quienes son esos famosos Millenials, o generación Y? No hay conseso absoluto. Para unos son los nacidos entre 1982 y 1994, mientras otros consideran el comienzo de la generación de los millenials desde 1980 y termina en el el año 2000. Es decir, todos aquellos que Iniciaron su vida activa con el nuevo milenio, de ahí su nombre. Crecieron a la luz de la tecnología, una pantalla y un ordenador fueron sus mejores aliados. Juegos digitales en los que fueron maestros en derrotar a los superpoderosos pueden haberles dado una sensación de ser los dueños del mundo. Fue la primera promoción del planeta, digital.

Cualquiera que haya nacido 10 años antes que ellos ya se siente un hombre o una mujer de Cromagnon, una fuera de sistema, cuasi analfabeta: apenas sabe para qué sirven las aplicaciones. Deben apelar a hijos, compañeros de trabajo, vecinos o nietos para hacer cualquier trámite on line. De nada sirve saber física cuántica, no conseguir configurar una plataforma te pone a nivel ‘abuelo’. Los que se pasaron la vida estudiando historia o filosofía, parecen curiosidades sociales. Para qué? A quién se le ocurre vivir formulando preguntas si ya están dadas todas las respuestas? A la basura con viejos conceptos. Vamos a destruir las ideologías. Al menos, las conocidas hasta hoy, uno de aquellos viejos filósofos podría explicarles que esa cosmovisión tecnológica del mundo es tan ideológica como cualquier otra, pero seguramente su interlocutor se aburrirá en la tercera frase y ya estará repasando fotos de instagram.

Así pues, los analfabetos pre millenials nos vemos enfrascados en un mundo incomprensible. Los catalogadores generacionales de la historia (antes hablábamos de Eras, ahora de generaciones) explican que los millenials se encuentran entre la generación Z o centenials (los que nacieron después del 95), que todavía son jóvenes, y la que los precede, esos que nacieron antes de los 80, es decir los de los años 60/70 Pues bien, a esa, nuestra generación le pusieron de nombre la letra X y es también llamada la generación Peter Pan.

Me resulta simpático pertenecer a la cofradía de los Peter Pan, pero se me hace que es una tomada de pelo. Pasamos por todo tipo de revoluciones, políticas, sociales, sexuales, educativas, culturales, etc; sufrimos represiones de todo tipo, torturas, secuestros, cárcel, exilio, y una de las peores: el silencio y la complicidad del entorno. Pero nos identifican con un simpático duende inocente que no quiso crecer, con su campanita adosada, volando por una nube de fantasía.

Ayer fue elegido presidente de un país un millenials de pura cepa: Nayib Bukele. Nació en 1981. Poco tiene que ver con su padre, Armando Bukele, químico industrial y representante de la comunidad palestina en El Salvador, quien después trabajó en prensa del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. Allí, el joven Nayib aprendió lo que luego sería su oficio: publicista y político

Inició su carrera política en 2012 y bajo la bandera del FMLN. Fue alcalde del poblado de Nuevo Cuscatlán y de la capital salvadoreña de 2015 a 2018. Tras un incidente con una concejal, fue expulsado del FMLN en 2017. “No me considero ni de derecha ni izquierda”, dice ahora Bukele. Escaló a la cumbre del poder en 2019 al conectar con los jóvenes y los decepcionados de los dos partidos que se alternaban en el gobierno tras la guerra civil (1980-1992).

El papá de Bukele murió en el 2015, cuando su hijo llegaba a la intendencia de la capital, por suerte o por desgracia no pudo verlo asumir la presidencia de su país cuatro años después, en junio de 2019 obtenía su primer mandato.

Su carrera fue meteórica, como corresponde a un líder millenial, desde antes de ser presidente catapultó su imagen a través de las redes sociales, en las que suele escribir en inglés. Ya en su cargo, hace importantes anuncios vía X, en la que se autodenomina “Philosopher king” (rey filósofo) y se burla de sus críticos. “Un fenómeno de culto que se instaló en el país”, gracias a su maquinaria mediática en redes sociales, resume el director de Investigaciones de la Universidad Francisco Gavidia, Óscar Picardo. El mismo Oscar Picardo que fue su profesor en la secundaria y la recuerda como un estudiante mediocre, aunque tan sarcástico como ahora. Jamás olvidó el profe Picardo aquel anuario escolar en el que un adolescente Bukele se describió como “Class terrorist” (terrorista de clase). Parece que para el presidente de El Salvador tener clase es lo que importa. Hoy Bukele se ríe de las críticas por su permanente violación de los derechos humanos y se autoproclama Dictador Cool así como antes quería ser un Terrorista con clase.

Hoy, Nayhib no puede con su alegría, casi tan megalómana como la de su colega argentino: ganó por el 85% de los votos, y dice que es la primera vez en la historia mundial de la democracia que un presidente llega al poder con el apoyo de todo el pueblo.

(Milei se había vanagloriado de ser el primer presidente anarco-libertario de la historia de la humanidad). No hay dudas en que ambos están en sintonía, se simpatizan. Los dos patearon el tablero y se apoyaron en el mundo virtual para conquistar el real.

La victoria la logró, según dicen, por haber terminado con la violencia callejera, 75.000 pandilleros, o pseudo pandilleros o familiares de pandilleros, terminaron en cárceles bajo extremas medidas que incluyen vejámenes de diverso tipo. La población notó la diferencia, ‘ahora se puede salir de noche’. Y es cierto. Pero tienen otros problemitas.

Como buen millenial, Bukele no sólo dolarizó la economía, también adoptó el bitcoin como moneda de curso legal. Muy bien no le fue. France Press consigna que la deuda pública durante su gobierno casi se triplicó. Pasó de 8.896.8 millones de dólares a 25.709 millones. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha advertido de la insostenibilidad de la misma.

Un informe de las Naciones Unidas dice que en El Salvador hay inseguridad alimentaria, ya que la mitad de la población no logra satisfacer sus necesidades básicas. Hay inseguridades de muchos tipos.

Y aquí estamos, preguntándonos cómo estos hombres criados en la virtualidad lograron desmoronar la realidad. Aunque, ya sé, no debe ser solo cuestión de generaciones. Muchos, demasiados viejos vinagres apoyan a estos pseudojóvenes porque son más obedientes que muchos Peter Panes.

(Laura Giussani Constenla, 5 de enero de 2024, para La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores)

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Menemismo a la uruguaya, por Laura Giussani Constenla

Creo que todos esperamos ansiosos a los letristas murgueros de este año. Ojalá estén a la altura para retratar la desconcertante realidad uruguaya, plagada de escándalos y escandaletes que se suceden sin tregua.

Ya hemos mencionado en este espacio a varios de ellos: el caso Astesiano, un asesor y guardián del presidente, denunciado por tráfico de influencias, repartiendo dádivas aquí y allá. Penadés, el senador probo del Partido Nacional, amigo del presidente, envuelto en una causa de trata de menores que ya tiene varios testigos por abuso sexual y pedofilia. Un joven narcotráficante, uruguayo de pura cepa, Marset, que hizo estallar al gabinete, y sigue prófugo, y da entrevistas desde recónditos lugares amazónicos o parguayos o bolivianos, y comienza a pisar fuerte como influencer en las redes.

Entre tanto, el presidente, Luis Lacalle Pou, protagonizó otra situación farandulera. Montado en una Harley Davidson, la Fab Bob de alta cilindrada, conocida por los fanáticos como ‘Bob el Poderoso”, recorrió las calles de Punta del Este a gran velocidad, con un casco más digno de un soldado en plena selva que de un motoquero. Además, el motor estaba adulterado y era antirreglamentario. Venía de una fiesta en un yate y llegó feliz a dar una vueltita en moto. El video fue viral, y las multas de tránsito se le siguen acumulando. El presidente responde sonriendo: ‘no sabía que tenía otro motor’. Imposible no recordar a Menem y su Ferrari. Las similitudes no terminan ahí. Es comidilla de todos los medios la presentacion de su divorcio de común acuerdo de Lorena Ponce de León, después de 23 años de casados.

Uno de los hechos más escandalosos del gobierno de Lacalle Pou fue la entrega del control del movimiento del puerto de Montevideo a una multinacional por cincuenta años sin licitación.

Todo esto podría mover a risa si no fuera porque el descalabro moral y legal está corrompiendo las bases de lo que fue la Suiza de América. La llegada del narcotráfico, con o sin Marset, se está haciendo sentir con sus pandillas en algunas barriadas populares.

¿Cómo pudo llegarse a esta situación?

No solo con un par de funcionarios generosos que otorgan pasaportes en 24 horas a reconocidos narcotraficantes buscados por interpol. Uno de los hechos más graves y escandalosos de la gestión de Lacalle Pou fue la entrega de la operatoria del Puerto de Montevideo, en el 2021, a la multinacional belga Katoen Natie por 50 años. Sí, una compañía extranjera se llevó el contro del principal puerto del país hasta el 2071.

A fines del año pasado un informe de la fundación argentina Nuestro Mar encendía las alarmas: “más de 700 buques extranjeros pesqueros (el director de Dinara dijo en Ecuador que son 2.000 barcos) que operan en el Puerto de Montevideo capturan ilegalmente recursos pesqueros argentinos en Malvinas y los migratorios originarios de ambos países en alta mar, violando Uruguay las declaraciones de la CELAC de 2011 y 2014, la resolución de la UNASUR de Asunción del 17/3/2012 y el Tratado del Río de la Plata de 1973/4. En este puerto se recambia el combustible, se reemplazan tripulantes, se transbordan capturas, se arman y reponen alimentos e insumos de buques que pescan ilegalmente. Operaciones que representarían a Uruguay un ingreso de 300 millones dólares anuales, aunque violando todas las normativas”, decía el informe de la ONG.

¿Qué otras cosas podrían contrabandearse sin control en el puerto uruguayo? Nadie lo sabe o nadie lo dice.

Es cierto que se abrió una causa judicial para establecer cuál fue el motivo que impulsó al gobierno uruguayo a entregar en forma directa, por decreto y sin licitación el grueso de la actividad portuaria a una sola empresa. Las denuncias fueron tantas que provocaron la renuncia del entonces ministro de transporte, Luis Alberto Heber, que pasó a ser ministro del Interior. En ese cargo estaba cuando declaró frente a la fiscalía que sabían que podían enfrentar un juicio pero “una cosa es el juicio y otra cosa era la inversión, porque si me van a poner 455 millones de dólares, que es la mayor inversión en la historia del Uruguay en el puerto, naturalmente tenemos que dar algo. Los cincuenta años no se dan por el juicio, se dan por la inversión”.

Lamentablemente la justicia decidió archivar esa investigación en diciembre de 2023. El ahora senador Heber se lamenta porque no pudo demostrar su inocencia. Lo cierto es que el puerto sigue dando que hablar.

Sentada en el tradicional bar Las Flores que mantiene el encanto de los cafés de antes y honra al rock argentino en sus cuadros y el Indio Solari te mira desde el mural en la entrada, repaso las noticias del periódico que gentilmente me acerca el mozo, y el encanto de Montevideo se esfuma de pronto. No hay riomar ni rambla ni casas tradicionales repletas de murales y graffities que resistan.

Abren sumario a 5 policías por la fuga de una prisión ‘modelo’ del cuñado del narco-influencer Marset en abril de 2021. Lenta la justicia, tardó dos años pero le tomó declaración a uno de ellos. Lo cierto es que no le resultó difícil evadir a la justicia. Le pidió a un guarda si podía salir a sacar la basura. El policía, accedió gentilmente y lo acompañó sin armas. En el container una moto de gruesa cilindrada lo aguardaba para salir volando de la cárcel. Desde la penitenciaría se asombran: no era el día en que se debía sacar la basura, y que el cuñado pichón de Marset no estaba en la lista de autorizados. Informan hoy. Parece que tampoco sabían que era el cuñado de un narco. Créase o no, así fue, así pasó.

Pedidos Ya, despide a todos los trabajadores que se sindicalizaron, dice un título. Hay otro chanchuyo con el puerto del que ya es difícil seguir el hilo. En Maldonado, donde los argentinos con plata van a pasar las vacaciones, la intendencia les brinda seguridad rescatando una vieja ley de los años cuarenta que permite detener o expulsar a quien no pueda explicar el motivo de su visita o el dinero que posee: Ley de Vagancia que deja al arbitrio lombrosiano de algún agente establecer quién es digno de pasar una noche en el mar. Y así sigue y sigue La Diaria dándonos buenas noticias. Ah! el año que viene van a elecciones dos nuevos partidos, uno de ellos el libertario. Feliz Carnaval para todos y todas.

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