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Elijo no creer, por Laura Giussani Constenla
Desde el fondo del alma, una niña nos mira.
Tenía dieciseis años cuando todos mis proyectos se fueron al diablo. No por culpa mía, claro. Por entonces tenía solo dos objetivos: terminar la secundaria a los 17 y convertirme en una martir de la revolución. Parece cuento, pero sí. Cuando los Montoneros dijeron que iba a morir el 70% de los militantes pero que con el 30 restante era suficiente para llegar a la meta, no tuve dudas en que iba a ser una de las que iban a dar su vida para construir un mundo justo. Por aquellos años setenta nadie peleaba por un cargo, más bien por una estatua o una foto.
Ninguna de las dos cosas ocurrió. No me mataron y la secundaria por ahí de los 20 años. Para peor, el mundo siguió siendo injusto. Ningún objetivo cumplido.
El exilio siempre te parte al medio. Mejor dicho: una dictadura siempre te parte al medio.
Después de esa debacle, solo una cosa me quedó clara: de nada sirve proyectar algo a muy largo plazo porque, a pesar de que hagas todo lo que tenés que hacer, siempre puede aparecer un imponderable, un Tsunami, un novio psicópata, muertes a las cuales es difícil sobrevivir, una enfermedad o el naufragio, como solía llamar el Negro Pasquini Durán a lo que nos ocurría en el exilio.
Naufragué en la adolescencia. Eso de “volver a los 17” a mí me produce escozor, fue la peor edad de mi vida. Solo muerte, dolor, tristeza, extrañamiento, culpa. Pasaba días enteros leyendo a Sartre y los existencialistas. Quedé absolutamente identificada con Paul Nizán quien comienza su relato, Adén Arabia, con la contundente frase: “Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida.”
Cuando conseguí remontar la cuesta y decidir que me tocaba vivir nomás, elegí no creer. Ahora, que está de moda el ‘elijo creer’ confieso que la encuentro absolutamente naif, inocente y también peligrosa. Parafraseando al General: mejor que creer es hacer.
Una sola cosa tenía en claro: todo lo que emprendiera podía estar condenado al fracaso. Con esa perspectiva la presión es menor. Eso sí, me comprometí con cada trabajo en el que me embarqué, puse lo mejor de mí, el fracaso nunca me hizo perder la pasión. Y debí elegir entre muchas opciones. Elecciones puntuales, día a día. Me habitué a tener siempre un plan ‘B’. Y ‘C’ y ‘D’, por las dudas. Nunca más la vida me iba a encontrar desatenta frente a la adversidad.
Claro que nada de esto era una actitud conciente. En realidad, fue un hecho absolutamente banal el que me dio la pista de cómo manejarme en la vida.
Serendipia existencial. Descubrimiento fortuito.
Andaba relajada en una extensa playa de Punta del Diablo y se me ocurrió intentar, por primera vez, remontar un barrilete -y no es una figura literaria-. Nunca lo había hecho y un día ventoso en el mar era una ocasión insuperable. Después de varios intentos, logré que echara vuelo pero el verdadero desafío era mantenerlo en el aire. No era fácil, había que tirar o aflojar el cordón siguiendo la corriente del viento. Para mí fue toda una revelación. Algo que se sentía en el cuerpo, en el índice que se apoyaba en el piolín, como cuando uno pesca. Hay que saber cuando pegar el tirón, cambiar la dirección o aflojar el hilo. Era el año 1997, menemismo a full, persecusión a periodistas, hora de desembarcar en el país vecino y tomar cierta distancia.
Así la vida me fue llevando de un lado al otro de la orilla. Cruzando las grandes y las pequeñas aguas, al decir del I Ching.
Primero atraveséel océano y en la vieja Europa me dediqué a vender en la calle las boberías que conseguía hacer. Mantera al fin, disfrazada de artesana. Desandé el camino y volví a la orilla de éste lado al regreso de la democracia. Se respiraba el perfume de la libertad y el reencuentro. Pasé de secretaria a periodista, fui productora o gestora cultural,hasta que los vientos me llevaron a cruzar el río y aquerenciarme en la otra orilla del uruguay. Allí hice una huerta, crié a mis hijos y escribí algún libro. Ligera de equipaje entre armar una balsa para ir a naufragar nuevamente, elegí instalarme volver al Río de la Plata. De buenas a primeras me convertí en archivista. Pero, a pesar de tando cambio, siempre fui la misma.
Y aquí estoy, aquí estamos, enfrentando una nueva etapa, nuevamente del otro lado del río. Sin miedo ni coraje (también el coraje conlleva sus peligros, como ya hemos visto). Caminando por los caminos que la vida ofrece. Cultivando afectos que es lo único que, al final, importa. Con mil proyectos en la cabeza, como siempre. Ideas chiquitas que a fuerza de trabajo y cariño pueden hacerse grandes, o no. Lo importante es el entusiasmo y después se verá. El placer de caminar, descubrir, construir. Sentir perfumes, ver colores, saborear comidas, abrazar, bailar, vivir. Claro que siempre algo tiene que haber en el horizonte, quizás aquel arcoriris que dicen tiene una bolsa de oro a sus pies.
Que la realidad no nos impida soñar.
A veces conviene recordar de dónde venimos para que esta realidad distópica no nos confunda. El mundo nunca fue un campo de algodón. Hemos atravesado montes de espinas machete en mano. Lo fundamental es enfrentar el desafío y que el miedo o la incertidumbre no nos paralice. Las hemos pasado peor y debemos poner lo mejor de nosotros para que no destruyan lo que somos. No creo en las fuerzas del cielo, pero sí en saber escuchar el viento.
Foto: Víctor Sockolowicz. La melancolía del exilio. Una joven Laura nos mira desde el subsuelo de la memoria.
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«Autorrepresentación y mitos de la memoria obrera». Charla con el historiador italiano Camillo Robertini
Camillo Robertini es un historiador italiano que tuvo un intercambio universitario en Argentina y eligió para su tesis de doctorado la historia de la Fiat en Argentina. Hijo de una familia de izquierda, llegó al ‘país de las revoluciones’ con una mirada impregnada de imágenes del Cordobazo o el Rosariazo, de puebladas y rebeliones. Comprobó que había cantidad de estudios, ensayos y bibliografía sobre la lucha obrera en nuestro país. Curiosamente, nadie apuntó su mirada hacia aquellos trabajadores que no fueron igual de combativos. Cuyos líderes no eran Tosco, Piccinini ni Ongaro.

Cómo entender lo que pasó en el país si nadie estudiaba a ‘los otros obreros’? Los que no estaban dispuestos a dar sus vidas por la revolución. Eligió la planta de Palomar de la FIAT, cuyos delegados obedecían al vandorismo en los sesenta. Entrevistó a decenas de obreros, consultó archivos estatales, militares, policiales, empresarios, tanto argentinos como italianos, y escribió «Erase una vez la Fiat en Argentina (1964-1980)». Un material imprescindible para comprender el ascenso y caída del desarrollismo, el mito del progreso o del ascenso social. Aquí la versión completa de la charla realizada por Zoom por Laura Giussani C. desde el corazón de Italia, su centro geográfico en Umbria, y el profesor Robertini desde el sur profundo, en Messina.
En tiempos de Reforma Laboral, mientras Patricia Bullrich arenga empresarios para volver a aquellos buenos tiempos en los que cada fábrica negociaba con el sindicato local, y la FIAT Palomar tenía una dirigencia por demás dialoguista, en donde los obreros respondían a la propaganda del buen empresario paternalista que los invitaba a formar parte de una gran familia, que se jubilaba en el mismo establecimiento en el que había obtenido su primer trabajo, mientras la policía provincial realizaba informes sobre posibles organizadores subversivos. En esa planta ‘no combativa’ igual fueron secuestrados 14 obreros. Una entrevista sin prejuicios, que nos ayuda a entender que buena parte de esa clase media argentina, que apoyó el golpe, estaba conformada por obreros e hijos de obreros, también. Muchos de los cuales entraron a formar parte del país pobre y endeudado que los militares dejaron y la democracia no quiso o no pudo revertir. Hoy el 50% de los habitantes no ganan lo suficiente para comprar una canasta básica. Por eso, tenemos que revisar nuestra historia, no apelar sólo a la memoria. Agradecemos a Camilo Robertini por ayudarnos en este recorrido.
Internacionales
El día que todos gritamos «No al Rey».
Planeta Giussani desde Italia. El día que todos gritamos No King. No sólo en Estados Unidos, en varios países europeos también. Roma tuvo la marcha más grade de la región, con 300.000 personas en Roma y una convocatoria a 10, 100, 1000 plazas que se hizo sentir en ciudades y pueblos. Aquí el relato de Laura de una ‘giornata particolare’
LCV
50 Años. La falacia de la memoria completa y las verdaderas razones de la masacre, por Laura Giussani C.
El año pasado, una investigación especial de LCV echaba luz sobre las características de Agustín Laje y otros personajes que impulsan el discurso de la memoria completa, educados por el Opus Dei y una escuela de anti-insurgencia del Pentágono. Más allá de las ideologías, como concepto es inadecuado pensar en una ‘Memoria Completa’.
La búsqueda de una explicación única y absoluta, buscar una ‘completitud´de la memoria es simplemente imposible. Alguien decía por ahí, «las cosas no son como son sino como se las recuerda». Tampoco es acertado analizar lo que significó el golpe militar sin darle una proyección histórica. No basta la memoria, aún si la Historia tampoco es completa, al menos se basa en documentación que puede ser contrastada o complementar los conocimientos ya adquiridos. En este caso, carecemos de documentación por estricta decisión del gobierno militar que no aportó los datos necesarios para dar con los desaparecidos.
Si hablamos de razones históricas, disputar entre números de muertos no sólo es mezquindad asesina, también inconducente -inútil repetir que no es lo mismo la acción de grupos revolucionarios o sectores de oposición que la violación sistemática de reglas elementares de humanidad de parte del Estado-. Sin mencionar que era un gobierno ilegal que se apropio de todos los recursos del Estado gracias al apoyo de los grandes grupos económicos, sectores eclesiásticos y la venia de Estados Unidos que aportó su escuela de la Américas para enseñar los últimos avances en represión y tortura. Un horror por dónde se lo vea.
El tema es porqué necesitaron utilizar esa crueldad. Es cierto que todos sabíamos que se venía un golpe. Algunos lo esperaban con alivio, otros pensaban que formaría parte de la ya conocida experiencia de gobiernos militares en el país desde el año 1930 en adelante. Nadie -nadie- imaginó que habría campos de concentración en Argentina, con un plan de tortura y persecusión de una crueldad inenarrable. Tanta fue la perversidad, que dejaron que algunos de los sobrevivientes de las catacumbas salieran y pudieran contar lo que allí ocurría. Necesitaban sembrar el terror, y lo hicieron. Para qué?
