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Byung-Chul Han: la sociedad de la transparencia, autoexplotación neoliberal y psicopolítica, por Adolfo Vázquez Rocca

Byung-Chul Han es un filósofo de moda. Nacido en 1959 en Corea del Sur que ha desarrollado toda su carrera académica en Alemania en diálogo permanente con un amplio abanico de intelectuales, desde Heidegger hasta Marx, Foucault, Baudrillard y Benjamín. Se doctoró con una tesis sobre Heidegger. Sin embargo, su mérito coincide con su defecto: escribe de manera clara, directa y simple. No te chocarás en sus textos con ningún ‘eurístico’, más bien con palabras sin definición filosófica como ‘transparente’, dando por descontado que todos los lectores entendemos a qué se refiere. Y, en efecto, todos lo comprendemos, menos sus colegas, a quienes estas simplezas y sus éxitos editoriales hacen que lo vean con desconfianza. Un divulgador, piensan, como si se tratara de algo bajo: divulgar el conocimiento, con una base académica importante. Por eso elegimos recomendar un ensayo muy enriquecedor sobre su sobre su obra escrito por Adolfo Vásquez Rocca, en Nómadas, Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas en octubre de 2017.

“Las obras de Byung-Chul Han —La sociedad del cansancio; La sociedad de la transparencia; La agonía de Eros; En el Enjambre y Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder — recurren a varias metáforas y figuras emblemáticas de la historia cultural y literaria para explicar la figura del sujeto de rendimiento. Sometido a un exitismo patológico y una auto-explotación productiva que entre otras consecuencias ha producido un declinar del deseo sexual o la agonía del eros. Ni siquiera el ocio o la sexualidad pueden rehuir el imperativo del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un afán competitivo, de allí que el síntoma de nuestra época es el cansancio. El sistema neoliberal ha sido internalizado
hasta el punto de que ya no necesita coerción externa para existir. Asimismo La sociedad de la transparencia lleva a la información total, no permite lagunas de información ni de visión” y acelera el flujo de datos empíricos. El mundo es hoy un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades. (…)”

“Este nuevo tipo de explotación es mucho más eficiente que la anterior porque “va unida al sentimiento de libertad. Con ello la explotación es posible sin dominio”. El neoliberalismo entiende al sujeto como proyecto y no como explotado. De esta forma el fracaso lo asume el sujeto: “no hay nadie a quien pueda hacer responsable de su fracaso”. Esta idea rebate la concepción de Benjamin (“el capitalismo es una religión”): el capitalismo no es ninguna religión porque “toda religión maneja las categorías de deuda (culpa) y desendeudamiento (perdón). El capitalismo es solamente endeudador”. El resultado es la depresión y el síndrome del agotamiento.”


“La sociedad disciplinaria de Foucault, que constaba de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con nuestra sociedad, en su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres
de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento.32 La topología de la iedad del rendimiento se compone así de aeropuertos, torres de oficinas, shopping mall, escaparates bien iluminados, grandes ventanales y espacios abiertos. Los espacios de la sociedad disciplinaria son lugares cerrados y en penumbra, sustraídos a la vista, regimientos, centros penitenciarios, manicomios y fronteras. Una vez más el cambio parece positivo: se ha pasado de la opacidad y el secreto de una sociedad basada en relaciones de enemistad (conflicto) a la transparencia de un mundo donde lo otro ha sido transmutado en accesible y cercano. De allí que Han insista en La sociedad de la transparencia, que el problema reside en que la transparencia, que parece (y se presenta como) voluntaria, resulta ser obligatoria.”

“Es en la sobreabundancia de lo idéntico, en ese exceso de afabilidad que no crea anticuerpos, que no genera ningún rechazo ni implica ninguna negatividad, donde Byung-Chul Han encuentra las razones para explicar la proliferación de los estados patológicos neuronales. La
violencia hoy ha dejado de responder a los esquemas inmunológicos virales de lo propio y lo extraño, como la planteaba Baudrillard. La violencia hoy es neuronal e inmanente al sistema, sentencia el autor, quien atribuye al “superrendimiento”, la “supercomunicación” y la
“superproducción” actual las razones que generan un colapso del Yo, en lo que denomina “infartos psíquicos”

“Con la irrupción de lo digital y la consiguiente pérdida de la distancia, donde el mundo se ha vuelto denso y todo acontece simultáneamente, es la era de la llegada generalizada, donde todo llega en el momento mismo de partir, es la reducción del mundo al espectáculo de su
simultaneidad, todo se ha vuelto parte de un espectáculo.”

“También la extrañeza se reduce a una fórmula de consumo. Lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre. El turista o el consumidor ya no es más un sujeto inmunológico. Se comprende ahora la metáfora inmunológica: la sociedad es un cuerpo que ha
desarrollado un sistema defensivo contra eventuales ataques bacterianos o virales: el cuerpo es el “yo”, el virus es el “otro”.

El “emprendedor de sí mismo” de la sociedad del rendimiento, señala Han en La sociedad del cansancio, está exhausto; sus enfermedades características no son víricas sino neuronales. Padecen depresión y un amplio espectro de trastornos por hiperactividad y fatiga neuro-funcional.

“Mientras que para la disciplina el verbo imperante era deber, en el rendimiento es poder; mientras que en la primera se obliga al individuo al trabajo, en la segunda se lo motiva apelando a su capacidad: ya no se conjuga tú debes sino tú puedes. Se produce así un aparente tránsito de la coacción a la libertad en tanto en cuanto se elimina la instancia externa que ordena y se estimula la autogestión y autoexigencia de quien se gobierna.
¿Por qué, sin embargo, este paso del deber al poder es solo aparentemente liberador? ¿Cómo podría el estímulo y la motivación conducir, en última instancia, al fracaso? La respuesta parece un acertijo: el “emprendedor de sí mismo” puede poder pero no puede no poder, es decir, poder constituye para él un deber. Han explica que hay dos formas de potencia: la positiva (decir “sí puedo”) y la negativa (decir “no puedo”—que se distingue netamente de la impotencia) y advierte de que si se elimina la segunda, si el individuo no puede decir
“no puedo”, se ve coaccionado para tener que poder siempre. El resultado: hiperactividad, agitación, histeria del trabajo y de la producción y, finalmente, cansancio y depresión”

“La transformación global de la cultura y los negocios no es progresista ni está marcada por los equilibrios. Las posibilidades tecnológicas de los nuevos media se inscriben en un marco de relaciones globales que son violentamente desiguales respecto a las capacidades de producción y distribución. Su desarrollo está sesgado por intereses económicos y militares que nada tienen que ver con la cultura en un sentido global, humano.”

“Un mundo donde lo que vale no es el ser, sino el aparecer, aunque el placer exige cierto ocultamiento, lo contrario de esta desnudez y transparencia pornográficas, cuyo ejemplo más evidente sería Facebook. Del capitalismo, donde lo esencial era el tener, pasamos a una sociedad neoliberal exhibicionista, donde lo fundamental es “aparecer”.
La sociedad de la transparencia valora la exposición. Cada sujeto “es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica”. Vivimos en un mundo que tiende a la hipervisibilidad, un espacio sin secretos ni
misterios ocultos. A la sociedad de la transparencia toda distancia le parece una negatividad que hay que eliminar: constituye un obstáculo para la aceleración de los ciclos de la comunicación y del capital.”

(Fragmentos del artículo : “Byung-Chul Han: la sociedad de la transparencia, autoexplotación neoliberal y psicopolítica. De lo viral-inmunológico a lo neuronal-estresante”, publicado en Nómadas, Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, octubre 2017)

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Senectus mundi. Demencia senil y nihilismo atómico, por Franco ‘Bifo’ Berardi

Si el fascismo del siglo XX fue la agresión depredadora de jóvenes que albergaban la ambición de conquistar el mundo, de someter a los pueblos, el fascismo del siglo XXI es el fascismo de viejos enfurecidos por su propia impotencia.

Hemos visto a los dos flácidos gladiadores destrozarse como perros de pelea exhaustos para deleite de millones de espectadores, que además tienen que decidir cuál de los dos merece ser el presidente de una nación que lleva mucho tiempo mostrando claros signos de descomposición moral, psíquica y política.

Uno de los dos es un violador en serie, mentiroso compulsivo, empresario fracasado y estafador; el otro es un asesino genocida. No me gustaría estar obligado a elegir, pero por suerte no soy estadounidense. En los últimos tiempos, nos hemos acostumbrado a presenciar en directo tales y tantos espectáculos de horror y crueldad (la matanza de inocentes en Palestina, la tortura de todo un pueblo por las bestias sionistas, la matanza de jóvenes ucranianos y rusos, el ahogamiento de inmigrantes arrojados al mar por las diversas guardias costeras, el asesinato de trabajadores agrícolas empleados sin contrato…), que la consternación que siento ante el último espectáculo de crueldad ofrecido por la mediateca mundial puede parecer estúpida: la exhibición de un duelo entre dos viejos por los que parecería imposible albergar un sentimiento de piedad. Y, sin embargo, al contemplar los tartamudeos de ese viejo de 81 años, confuso y vacilante, y al presenciar las muecas de burla de ese otro viejo de 78 años, prepotente e ignorante, sentí (también) piedad. ¿Se puede sentir piedad por un criminal que suministra armas al genocidio sionista, se puede sentir piedad por un violador en serie que predica el exterminio de los migrantes en la frontera? Los odio a ambos en tanto que máximos representantes de la democracia estadounidense. Sin embargo, sentí piedad por ellos en tanto que viejos.

En la voz exánime de Biden, reconocí el enronquecimiento triste de mi propia voz. Tengo 75 años y veo en mí todos los signos del sufrimiento inconfesable, que experimentan los hombres blancos en el mundo entero: el declive de la fuerza física, el debilitamiento de los sentidos y de la voz, el inexorable desvanecimiento de la mente. No se habla de la vejez salvo con vergüenza e hipocresía. El respeto por los viejos es una muestra del desprecio que todo joven siente por quienes ostentan un poder que ya no dispone de un cuerpo, sino sólo de técnica. No se habla de ello y, sin embargo, el envejecimiento del mundo blanco occidental es el tema político más importante sobre la mesa.

Por razones de corrección política y de comprensible pudor, el envejecimiento es difícil de analizar: el propio Freud prefirió no ocuparse de sus aspectos psíquicos. En cambio, un autoanálisis del envejecimiento es hoy una tarea prioritaria del psicoanálisis, pero también del pensamiento político. No comprenderemos la ola reaccionaria mundial sin reflexionar sobre la senectud. Los movimientos culturales y políticos del siglo XX expresaron la energía juvenil de una población en expansión rapidísima en la que el componente juvenil constituía la gran mayoría. El futurismo de los movimientos culturales y políticos del siglo XX era la expresión de esta composición generacional: la expansión era una condición biopolítica antes que económica. A partir de cierto momento dos fenómenos concomitantes modificaron radicalmente la composición generacional: la prolongación de la duración de la vida y la drástica caída de la natalidad durante las últimas décadas. Si el fascismo del siglo XX fue la agresión depredadora de jóvenes que albergaban la ambición de conquistar el mundo, de someter a los pueblos, el fascismo del siglo XXI es el fascismo de viejos enfurecidos por su propia impotencia y, al mismo tiempo, aterrorizados por el avance implacable de masas jóvenes ávidas de venganza.

La impotencia es el núcleo del fascismo actual y no tiene importancia que los racistas de hoy sean también votados por votantes jóvenes. Son jóvenes viejos, psíquicamente frágiles: la civilización blanca dominante agoniza tanto por razones demográficas (un tercio de los habitantes de Europa tiene más de 60 años) como por razones psicopolíticas: depresión, adicción a los psicofármacos, dependencia de la máquina semiótica que absorbe toda emoción y toda energía. Una senectud rabiosa y, por consiguiente, demente se cierne sobre el horizonte de un siglo que acaba de empezar y que ya agoniza, y esta senectud trae la muerte para todos, porque los viejos odian el mundo que podría sobrevivirles. Por eso lo destruirán, por eso ya lo están destruyendo.

En su libro sobre la obsolescencia del ser humano, Gunther Anders (que cada día se antoja más como el gran pensador de nuestro posfuturo) observa que la técnica es el sustituto del poder humano y que la bomba atómica es el culmen de este subrogado del poder. La raza dominante, blanca y occidental, está furibunda ante su impotencia para gobernar la complejidad ingobernable del mundo global. Si la inteligencia artificial es el sustituto estúpido y emocionalmente paralítico de la pérdida de capacidad de pensamiento por parte de los seres humanos, la bomba nuclear es el sustituto de la potencia viril perdida de la raza dominante. Por ello no escaparemos a la maldición final, porque la raza dominante, como Sansón y como Netanyahu, decidirá exterminar a los jóvenes, cada vez más asustados, cada vez más incapaces de autonomía y de revuelta.

Esta raza de impotentes hiperarmados, la raza infame de Biden, Trump, Netanyahu y Putin, utilizará la única potencia de la que dispone: la potencia de aniquilarlo todo.

Publicada el elsaltodiario.com el 4 de julio de 2024

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Reflexiones sobre “Voyager”, ensayo de Nona Fernández: estrellas, recuerdos y memoria/Por Marcos López Echagüe

Siempre tuve problemas para encontrar las constelaciones. La que por lo general detecto es la de las Tres Marías, que supongo que debe ser la más obvia. Tengo vagos recuerdos de distintas personas explicándome cuál era la constelación de Capricornio, de Cáncer, o de algún otro signo zodiacal. Pero no hubo caso. En esos escrutinios siempre terminaba conformándome con las Tres Marías. Quizás hay algo de sublime en ese caos estelar, en ese desorden en el que no encontramos patrones que seguir. Algo cautivante. No sé si en eso también habrá pensado Nona Fernández en Voyager cuando vio las imágenes del funcionamiento de las neuronas de su madre en un monitor. Pero lo cierto es que, mientras el doctor le pedía a la madre de Fernández que evoque recuerdos para que las neuronas se activen, le recordó a las constelaciones de estrellas. Y aquí da por comenzado un hermoso viaje a las estrellas en el que hablará de su madre, la memoria, la dictadura de Augusto Pinochet, las constelaciones zodiacales y su hijo. 

Mis amigas me regalaron el libro para mi cumpleaños. Al instante de empezar a leerlo, caló hondo en mí y entendí por qué lo habían elegido. Es uno de esos libros que dan ganas de subrayarlos todos y anotarse las citas para no perderlas. Por ejemplo, en la página 14, Fernández escribe: “Entiendo a mi madre. Tengo la teoría de que estamos hechos de esos recuerdos diarios. No es una idea original, pero creo en ella. El despertar en la mañana, la elección del desayuno, la calle recorrida, el aguacero inesperado, la molestia por tal o cual cosa, la sorpresa que llegó a mediodía, la noticia en el diario, la llamada que recibimos, la canción en la radio, la comida que preparamos, el olor que salió de la olla, el reclamo que hicimos, el grito que escuchamos. Cada día y cada noche vividos año tras año, con toda su cuota de acción e inacción, de vértigo y rutina, es lo que en su almacenamiento continuo podemos traducir como una historia personal. Ese archivo de recuerdos es lo más parecido a un registro de identidad”. 

La madre de Nona Fernández sufre de epilepsia, lo que hace que tenga desmayos durante los que pierde una porción de minutos. De potenciales recuerdos. Sin embargo, hay recuerdos que activan las neuronas de la madre. Como cuando al comienzo del ensayo el doctor le pide a la señora que evoque un recuerdo muy feliz. Luego de ver en el monitor las neuronas activas de su madre, Nona le pregunta de qué recuerdo se trata y ella le responde que pensó en el momento de su nacimiento. Más adelante, la autora cuenta cómo decidió participar de un proyecto que consistía en colocarle a las estrellas nombres de desaparecidos en dictadura. Esos desaparecidos cuyos restos los militares ocultaron bajo la arena del desierto de Atacama y sobre cuya búsqueda el documentalista Patricio Guzmán habla en Nostalgia de la luz (2010). Mujeres que recorren el desierto con el fin de encontrar los restos de sus seres queridos. Una mujer afirma a la cámara: “Ojalá los telescopios no miraran solo al cielo, sino que pudieran traspasar la tierra para poderlos ubicar”. En el libro, Fernández también habla sobre una mujer, Violeta, a cuya pareja Mario Argüelles asesinaron. La estrella que amadrinará Fernández se llamará como él.

Tanto este film como el libro tratan la conexión entre las estrellas, que se pueden observar a través de grandes telescopios, y el desierto. Y es que en ese terreno diáfano se pueden contemplar muy bien las estrellas en el cielo. Aproximándonos al final del libro, la autora cuenta cómo a Carl Sagan le encomendaron la tarea de colocar en las sondas espaciales Voyager 1 y 2 discos con información de la Tierra: fotografías, música, audios de saludos y frases en distintos idiomas, sonidos de animales, trenes, entre otros, y hasta “los pensamientos y sensaciones de un ser humano”. Páginas antes de esta historia, Fernández cuenta que al festejarle el cumpleaños número 80 a su madre ella aunó los tres deseos al soplar la velita en uno solo, pero que repitió en su interior: “no olvidar este momento”.

Hace un tiempo que terminé de leer Voyager. Ahora cobra otro significado. El 24 de mayo es, para mí, una efeméride que retorna con fuerza este año, al acercarse el (primer) aniversario de la muerte de mi papá. Pero no es por la cercanía con esta fecha este retorno, sino que se cumplen 6 años del momento en el que encontrábamos a mi viejo tras una desaparición de 3 días. Días infernales, días de potenciales recuerdos con él que nadie podrá recuperar. Recuerdo que cuando acudimos a la comisaría en la que estaba, su relato era desordenado. El hecho de que en esos días no había tomado su medicación para el Alzheimer más el shock de haber estado fuera de su casa eran un combo de por sí explosivo. Nunca sabremos qué pasó pero de algo que sí nos acordaremos con certeza es del nacimiento de mi sobrino Benicio. En Voyager, Fernández escribe “Recuerdo aquellas descargas eléctricas que vi en su examen neurológico. Esas constelaciones en las que se ordenaban sus recuerdos y se me antoja pensar, de manera bastante obvia, que los paréntesis de su cerebro son como los agujeros negros que existen en el cosmos. Enigmáticos y oscuros espacios cargados de información oculta. Es poco lo que entiendo de ellos”.

Luego de reencontrarnos con mi viejo, nos llevaron a ver a un médico de la policía para que evalúe su estado. Al volver, tuve que declarar en la comisaría ya que había sido yo el que hizo la denuncia por desaparición. Y en ese momento mi prima, como si fuese una película, irrumpe diciendo que mi cuñada daría a luz. Ahora que lo escribo pareciera que esto pasó en un lapso de dos días pero juro que fue la misma noche y que solo transcurrieron apenas algunas horas. El sábado tuve el cumple de mi sobrino y mi hermano y mi cuñada decidieron festejarlo en un salón de fiestas infantiles. Los niños fueron muy felices y corretearon por toda la extensión del lugar. En un párrafo hermoso de Voyager, a raíz del festejo de cumpleaños de su madre, Fernández escribe: “¿A dónde iremos a dar más allá de esta foto y del recuerdo? ¿Cuánto artificio hará falta para agujerear las capas de tiempo que sedimentarán este instante? ¿A dónde irá a parar la risa de estas mujeres, el olor a humo de las velas ya apagadas, las migas de chocolate sobre el blanco mantel? ¿Se reciclarán de alguna forma? ¿Se convertirán en sueños?”. Y luego continúa: “¿Podrá la memoria restaurar todo eso? ¿Tendrá una copia exacta a la que acudir cuando la necesitemos? ¿Un guion claro para no olvidar las voces, los peinados, los olores de cada cuerpo, los silencios de la conversación? ¿Podremos representar este momento, por lo menos una vez más, en el cerebro de alguien?”. 

Al final del libro, Fernández piensa y elige qué cosas colocaría en una sonda espacial, en su propia “cápsula de memoria personal”. Me parece un ejercicio muy lindo para pensar. Ya lo conté en una entrada anterior de este newsletter, pero cuando estaba cursando la licenciatura en artes audiovisuales me tocó cursar una materia de guion documental. Con ayuda de mi profesora, entendí que lo que realmente quería hacer era un documental en primera persona que hablase de mi relación con mi papá. La dificultad que veía en ese momento, que es un poco la que me hizo desechar finalmente la idea, era la falta de material de archivo (fotos, videos) que tenía de nuestro vínculo.

En un momento muy bonito de La cámara lúcida, Roland Barthes decía: “Quizás tengamos una resistencia invencible a creer en el pasado, en la Historia, como no sea en forma de mito. La Fotografía, por vez primera, hace cesar tal resistencia: el pasado es desde entonces tan seguro como lo que se toca”. El otro día, revisando viejos álbumes encontré algunas fotos que tengo con él. No son muchas, y carezco de videos familiares pero alcanzan para integrar mi propia cápsula. A veces cuando empiezo un libro nuevo de mi biblioteca de libros propios y heredados, encuentro alguna nota o algún número de teléfono escrito con su letra ¿Qué otros materiales integrarían mi cápsula? Fotos con mi mamá, mis hermanos, mis amigos; fotos de mis mascotas; algunos audios lindos de mis queridas amistades; palabras afectuosas de profesores y amigos; poemas de los que me sienta -al menos algo- orgulloso. Les pregunto: ¿Qué cosas conformarían su propia cápsula? 

En la última foto soy el pequeño que está sentado en el regazo de mi viejo. A la izquierda está mi hermano mayor Francisco con mi primo Manuel y a la derecha de la foto mi prima Camila

Ilustración de Portada: Joan Miró, de su serie ‘Constelaciones’. ¿Somos humanos porque miramos las estrellas, o miramos a las estrellas porque somos humanos? (Neil Gaiman)
En un periodo de profunda depresión, Joan Miró decidió mirar al universo y pintó sus «Constelaciones«.

(Publicación original en El blog de Marquisse: https://marquisse.substack.com/ Si te gustó, entrá y dale un me gusta, o algo que sea una palmadita en la espalda)

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Elogio de la ociosidad, por Bertand Russell

Fragmento del ensayo escrito por el filósofo Bertand Russell en el año 1932.

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán “La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución. Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de 1o que siempre se ha predicado.

Todo el mundo conoce la historia del viajero que vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía 1o correcto. Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes de la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano.

Antes de presentar mis propios argumentos en favor de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar. Cada vez que alguien que ya dispone de 1o suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar 1o que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.

Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas de guerras pasadas o en la preparación de guerras futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se halla en la misma situación que el malvado de Shakespeare que alquila asesinos. El resultado estricto de los hábitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas armadas del estado al que presta sus economías. Resulta evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun cuando lo gastara en bebida o en juego. Pero -se me dirá- el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en empresas industriales. Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto significa que una gran cantidad de trabajo humano, que hubiera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas que, una vez construidas, permanecen paradas y no benefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus ahorros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero -digamos- en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán -cabe esperarlo-, al tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta -digamos- en tender rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un considerable volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola. Nada de esto pasa de lo preliminar.

Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél. Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda. En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera clase de hombres, más respetada que cualquiera de las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que otros paguen por el privilegio de que les consienta existir y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente, su ociosidad solamente resulta posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.

(Los invitamos a leer el texto completo -alrededor de 22 páginas- en cualquiera de los sitios que lo han publicado en internet. En este caso lo hemos consultado en la página de Dialnet, que publicó la reproducción realizada por la Revista Colombiana de Psicología. Tomado del libro “Elogio de la ociocidad y otros ensayos”. Traducción: María Helena Rius. Edhasa, Barcelona,1986: (file:///C:/Users/Pc/Downloads/Dialnet-ElogioDeLaOciosidad-4895216%20(3).pdf )

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