Opinión
Crónicas de la pandemia: La crisis es clasista, por Alvaro Hilario
Alvaro Hilario (desde Portugalete, País Vasco)
Solo la primavera, llegando de a poco a nuestras calles, parece conservar el ritmo normal que todo acostumbraba a tener hace unos pocos días. Son ya 13 los días de aislamiento, dos menos en Estado de Alarma, y 15 más los que, como mínimo, se vienen por delante.
Los días pasan despacio, monótonos, pero envueltos en una vorágine de acontecimientos que, al ritmo del contagio, se suceden a nuestro alrededor (¿O debiéramos decir a nuestro margen?), haciendo que la situación sea aún más confusa y sorprendente.
El salto que el covid 19 ha dado hasta tierras americanas hace que el espectáculo cobre una nueva dimensión para todas aquellas personas que tenemos el castellano como principal lengua vehicular. Si antes intuíamos que los despropósitos de las clases políticas y las élites económicas se contagiaban al ritmo del virus, tenemos ahora la certeza de que el capital reacciona de una sola forma, rapaz y torticera, que hoy, viernes, 27 de marzo, en entrevista realizada en Hala Bedi, Raúl Zibechi definía como caracterizada por “lo peor de China y lo peor de Occidente”. Esto es, aislamiento y control social de la población, pero, a diferencia de China, “manteniendo la acumulación de capital”, manteniendo las fábricas abiertas.
Un lugar para los abrazos
Nunca antes en estos últimos 20 años había sentidos más cercanos mi País Vasco y mi Río de la plata, sometidos a la misma incertidumbre, devorados por las mismas preguntas que, en estos momentos, se abren paso en un mismo idioma que quizás nos ayude a construir saberes con los que afrontar colectivamente todo esto que se nos viene; idioma este que también nos permite transmitir una infinidad de deseos y mandar todos esos abrazos que hoy, por desgracia, no podemos darnos. Digo esto, antes de otras consideraciones, porque quiero que tengamos un momento para mandar ánimos a quienes sufren y, en concreto, a todas esas personas de nuestra comunidad, del mundo de la comunicación horizontal, que se han visto golpeados por el virus en estas semanas. Como el compañero Juan Ibarrondo (fundador de medios populares como la revista antiautoritaria “Resiste” o la radio libre Hala Bedi, de Vitoria; escritor, guionista, compañero y amigo), que ha sufrido pérdidas familiares. Y como el compañero Pablo Solanas, colaborador de La Columna Vertebral y partícipe de un buen número de experiencias comunicacionales en Colombia y Argentina. Un abrazo, hermanos.
Al capitalismo se le saltan las costuras
A medida que pasan los días, al sistema se le van saltando las costuras. No se paraliza, no colapsa, pero todos los días nos desayunamos con alguna nueva mala noticia que nos desnuda la amoral identidad del capitalismo, de la voracidad y la codicia que nos han conducido a la situación actual.
Caracterizaremos la situación a grandes rasgos: la población aislada físicamente, recluida en sus hogares, bajo la amenaza del virus y de los cuerpos policiales y militares dispuestos por las autoridades que han decretado el aislamiento. Aislamiento que no es total porque, en todo el Occidente libre, desde Turín hasta Santiago de Chile, pasando por Portugalete y La Plata, no se ha detenido la actividad económica, no se ha detenido la actividad industrial ya que las autoridades, esas que han decretado nuestro arresto, laten al compás de las élites económicas y no de la ciudadanía a quien dicen representar.
Sin embargo, los despidos no cesan. No estamos hablando de suspensiones temporales de la actividad laboral, de expedientes reguladores temporales de empleo, ERTE, sino de cese de la relación entre la persona contratada y la empresa. Despidos que, para el caso del Estado español, hay quien ya cifra en un millón. Además, están los ERTE.
«A medida que pasan los días, al sistema se le van saltando las costuras. No se paraliza, no colapsa, pero todos los días nos desayunamos con alguna nueva mala noticia que nos desnuda la amoral identidad del capitalismo, de la voracidad y la codicia que nos han conducido a la situación actual.»
Tan pesada viene la mano que el Gobierno español ha aprobado hoy mismo, en Consejo de Ministros extraordinario, una moratoria en los despidos que tiene como objetivo canalizar los ajustes de plantilla a través de los ERTE. Así, durante la crisis, el Gobierno prohíbe a las empresas realizar despidos. “No se puede utilizar el coronavirus para despedir”, ha manifestado la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz.
La crisis, como todas, es clasista. Hay quien pasa la reclusión en un country y quien lo hace en un apartamento de dos ambientes en Capital; quien trabaja desde casa con su computadora y quien debe ir a la fábrica, el super o el hospital.
La ciudadanía que no debe ir a laburar permanece en sus casas amarrada por el miedo y el monopolio de la violencia, por las fuerzas armadas del estado. En este armado, es imprescindible el papel de los medios de formación de masas, máquinas de fabricar miedo y de alabar la inexistente tarea social de las fuerzas armadas, fuerzas armadas que, recordemos, se reservan unas multimillonarias cantidades de los presupuestos de todos los estados que bien podrían destinarse a gasto social y no a defender los intereses económicos del 1% de la población que controla la mayor parte de los recursos económicos mundiales.
«Siendo animales sociales, esta angustia habría de ser enfrentada de modo colectivo.»
Más madera, es el capital
He estado días sin encender la televisión. Lo monotemático de todas las programaciones y las reposiciones de las mismas películas me han ahuyentado del sofá. Como también lo hace esa maldita visión única de los acontecimientos que no se cansan de transmitir: balcones, unidad nacional; unidad nacional, ejército y policía.
No he dejado, sin embargo, de escuchar radio; aunque en esto, como con las redes sociales, hay que poner límites para que la cabeza pueda respirar. Quien más, quien menos sabe lo que es pasar un par de horas atendiendo a dos o tres conversaciones diferentes a la vez por whatsapp.
Ayer, prendí la caja tonta. Al igual que en la radio, la publicidad, esa chispa inherente al capital, no se detiene. Es cierto que ya no pasan propagandas de viajes en crucero ni las muy habituales de comparadores de seguros, autos y compañías que compran autos usados. En estos dichosos días, las propagandas corren de la mano de todas esas compañías que se benefician de mercados cautivos (nunca mejor dicho), como las compañías telefónicas y las eléctricas. A ellas se unen todas las que están haciendo caja con la crisis: todas las empresas de juego online (otra tradicional lacra capitalista aumentada al infinito gracias a las NTI) y de entretenimiento, las grandes cadenas de alimentación, los bancos… Todas incluyen algún mensaje de pretendido ánimo o utilidad social, burdo remedo de disculpa por el fangote de guita acumulado.
Esta misma semana, cambiando impresiones con un amigo y compañero sobre el colapso o no del sistema capitalista, decía yo que el sistema funciona; que unos sectores no producen, pero que lo hacen otros (como alcoholes, barbijos). También, señalaba, hace ya tiempo que la globalización ha convertido todo el sistema en un juguete en manos de los capitales especulativos, capitales que no están relacionados con la producción y que buscan beneficios en plazo inmediato, y que este era un momento muy bueno para estos especuladores –eso que llaman mercado- y para que el proceso de concentración de capital en pocas manos se acelerase; que estos capitales no tienen patria; que, en definitiva, el sistema funcionaba. Y los perjudicados, los de siempre.
«Habrá que apuntar esta tarea de reconstrucción de identidades de clase, de recuperación de nuestras manos, nuestro trabajo y nuestra vida en la lista de la compra. Y mucho amor.»
El compañero no estaba de acuerdo: con gran parte de la población sin producir ni consumir, estamos fuera de toda lógica capitalista. Y las élites económicas locales y regionales aún tienen algo que decir: ni el mundo está tan globalizado ni se puede prescindir de la producción industrial tan alegremente, menos todavía cuando, como en el caso vasco, el centro de gravedad de la economía se ha ido trasladando, poco a poco, de la industria al sector terciario, al sector servicios, con especial importancia de turismo y hostelería, subsectores en plena debacle en estos tiempos de crisis.
Y sí, las élites económicas están nerviosas. En Gran Bretaña, en Estados Unidos (donde 3 millones de personas pidieron el subsidio de desempleo solo en esta semana), en España, en Italia y en el País Vasco, por ejemplo, las patronales piden que se siga produciendo para que el día después no sea peor. Les importan más los beneficios que la salud de la gente que labura.
Por otro lado, el celo con el que las diferentes policías se emplean para que se mantenga el confinamiento brilla por su ausencia si de comprobar las medidas de seguridad para evitar el contagio en los centros de trabajo se trata.
Los gobiernos respaldan estas directrices a la par que intentan buscar soluciones económicas para paliar el desastre que se viene sobre los hogares más humildes y las empresas familiares y/o más chicas, como pueden ser los quioscos y todos los emprendimientos personales, de autónomos. Esto parece tener difícil solución si la respuesta a la crisis recae sobre papá estado.
Sin consumo la inviabilidad de los diferentes capitalismos estatales está cantada y, por otro lado, unas capas populares ya despojadas y carenciadas podrían optar por el estallido social si las cosas, como parece, empeoran. De ahí propuestas como la realizada por Luis de Guindos, ex ministro de Economía español con Mariano Rajoy y actual vicepresidente del Banco Central Europeo, de crear una “renta mínima de emergencia”. “Tiene que actuar el Estado en este período transitorio para que después de la crisis sanitaria, con un impacto económico intenso y profundo, no se produzca una crisis social”.
Sí, el capital tiene miedo de la revuelta y es por ello que ha sacado los tanques a la calle. Puede que las medidas ante una emergencia médica nunca antes imaginada se tomen a las apuradas, sin previsión alguna, pero no sucede lo mismo si de controlar a la población se refiere.
Esto lo estamos viendo en Italia, en las calles del País Vasco (donde pareciera que el virus puede combatirse poniendo, una y otra vez, el himno español desde los vehículos blindados del Ejército) y. con especial virulencia, en las villas y barrios carenciados de Sudamérica. Mucho trabajo para la gendarmería argenta o para las fuerzas armadas uruguayas que lo suyo han aprendido de prácticas antimotines en el Congo y Haití.
El rostro de la crisis
No sabemos quién va a pagar la factura. Mientras el sector privado se borra de la escena, parece ser que va a ser el Estado quien pague los platos rotos, como en 2008. De ser así, llovería sobre mojado. Podemos imaginarnos una etapa de ajustes y recortes en el gasto social más severos que los sufridos durante la década anterior. En un lugar como el Reino de España, donde el estado del bienestar se desmanteló antes de estar construido, con una estructura económica endeble y un desempleo estructural grande, el futuro no es nada halagüeño.
Zibechi, en la radio, sugería que deben ser las empresas que tanto capital han acumulado en estos últimos 30 años, como la Banca, quienes se hagan cargo de pagar los platos rotos de esta situación a la que nos han conducido y que esta emergencia sanitaria no ha hecho más que resaltar, poner negro sobre blanco.
Hemos oído, en estos tiempos, en infinidad de veces, decir que la crisis tiene rostro de mujer y los tiempos del coronavirus no hacen más que subrayar tal afirmación. En nuestro pequeño país vasco, ese que nuestra derecha quiere vender como el “oasis vasco”, un país con mayoría de gente grande, de población envejecida y crecimiento natural inexistente, el mercado laboral reposa en gran parte en los servicios, sector precarizado hasta la saciedad.
En este tenemos algunas actividades fundamentales en estos días y precarizadas hasta la saciedad: el negocio de la alimentación, la limpieza y los cuidados a mayores, a la gente grande. Empleos desempeñados mayoritariamente por mujeres. Lo mismo podríamos decir de hostelería y comercio, unidos al turismo, que se encuentran cerrados y cuentan con una mano de obra femenina en gran proporción.
«En ambas márgenes del Atlántico existe una angustia provocada por lo desconocido, por la virulencia del capital y por lo complicado del momento actual, de la coyuntura. Siendo animales sociales, esta angustia habría de ser enfrentada de modo colectivo.»
Si miramos hacia el cuidado a la gente grande nos encontraremos con que la gente empleada en ello suele ser mujer e inmigrante, que en rara ocasión (como las empleadas de limpieza doméstica) tienen contrato y que al ser los ancianos grupo de riesgo se han quedado sin laburo y sin sueldo.
Más allá de quién pague la factura, estas trabajadoras ya están sufriendo los efectos de la emergencia sanitaria y no tienen ninguna cobertura.
Si el estado y sus soluciones militares no funcionan para las clases populares, habrá que responder desde lo colectivo. Al capitalismo se le saltan las costuras.
En este mundo caracterizado por unas cada día más y mayores carencias en nuestras condiciones de vida y trabajo, agudizadas por este fenómeno del covid 19, la familia tradicional, fuente reproductora de mano de obra, está siendo golpeada. El cambio en las costumbres, en las mentalidades, en la cultura y la aparición de otras realidades, otro tipo de familia más allá de la clásica heteroparental, no ha hecho tanto daño a la familia clásica como el producido por su tutor, el capitalismo. La precarización de trabajo y sueldo, la desaparición del trabajo genuino, la desigualdad entre ingresos y gastos, el costo de la vivienda, la usura, han ido provocando que en las familias trabajen las dos personas que componen la pareja; han provocado que la natalidad disminuya y que se tenga descendencia a edad más avanzada. Esto ha ido dejando desamparada a nuestra gente grande, a nuestros mayores: de la tradicional atención familiar hemos pasado a que esta sea ejercida por el Estado.
En estos días, vemos la cruda realidad que encierra la atención a la tercera edad. El coronavirus está desnudando lo inhumano de esta atención, de este trato que si ya era malo, ha llegado a ser lo peor después de los recortes de los últimos años.
A fecha de hoy, en el Estado español, se registran 64.095 casos confirmados de contagio por coronavirus y 4.934 muertes. En las últimas 24 horas, han fallecido 769 personas. 9.500 profesionales de la Sanidad, contagiados. Dos de cada tres muertos son mayores de 80 años; un tercio del total de decesos corresponde a ancianos ingresados en residencias.
Nuestros mayores, muchos de los cuales padecieron la guerra de 1936-1939, desatada por el golpe de estado fascista, y la posguerra; nuestros mayores, que con sus pequeñas pensiones de jubilación mantuvieron a flote a no pocas familias durante la última crisis, esos que llevan más de un año de lucha por un sistema de pensiones digno, mueren a cientos en morideros de viejos. Al capitalismo se le saltan las costuras.
Responder desde lo colectivo
El democratacristiano Partido Nacionalista Vasco (PNV), creador de la institucionalidad vasca que lleva dirigiendo desde hace tres décadas, acostumbra a referirse a la comunidad autónoma que gobierna como el “oasis vasco”. Los males que aquejan a España no se dan acá.
Sí es cierto que una buena parte de la población –toda la que vota al PNV y al socialismo, al menos- vive satisfecha con el estado de las cosas y confía en sus autoridades. No se puede generalizar ni estigmatizar a grupos de población, pero me atrevería a decir que la aceptación del actual autoritarismo y de los eslóganes que el poder lanza es mayor en los barrios de clases burguesas -baja, media y alta- que en los barrios menesterosos. Cuando se es el último en el reparto, suele pasar.
Teniendo como referente lo que compañeras, amigos y familiares me cuentan respecto al tema de aplausos y otros espectáculos de balcón, estos son más fervorosos en el centro burgués de las ciudades, incluyendo en sus aplausos a las fuerzas policiales, algo que en los barrios populares yo, al menos, no vi aún.
Como en otras ocasiones, tenemos una parte de la población satisfecha y que espera que el sistema representativo de solución a sus necesidades y demandas.
Tenemos otro grupo poblacional, más disperso, menos homogéneo, que desconfía y pone en marcha su capacidad de crítica, de análisis, de trabajo y colaboración para, siquiera, entender qué está sucediendo. En ambas márgenes del Atlántico existe una angustia provocada por lo desconocido, por la virulencia del capital y por lo complicado del momento actual, de la coyuntura. Siendo animales sociales, esta angustia habría de ser enfrentada de modo colectivo.
Así se está haciendo en relación a otro tipo de necesidades y carencias (que varían dependiendo de las regiones y su situación económica), como las redes solidarias para atender a gente grande y demás; como todas las redes de afecto, amor y política que tanto bien nos hacen a la hora de contenernos.
Hemos de decir, en este sentido, que en plena acrítica aceptación de lo que sucede y de las medidas que nuestras autoridades toman, nos encontramos con el hecho de que tanto como individualidades como colectivo no tenemos herramientas, no tenemos saberes, para poder comprobar si es cierto lo que nos dicen, si las medidas que se toman son las acertadas. No tenemos información y sin información, no hay poder.
Hasta tal punto estamos alienados que hemos perdido los saberes colectivos, los tejidos sociales que nos han hecho sobrevivir como raza y como clase.
Habrá que apuntar esta tarea de reconstrucción de identidades de clase, de recuperación de nuestras manos, nuestro trabajo y nuestra vida en la lista de la compra. Y mucho amor.
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Toda sociedad profundamente desigual domina el arte de fabricar inferiores. No alcanza con distribuir de manera desigual la riqueza; también necesita convencer a quienes la habitan de que esa desigualdad es natural. El racismo fue una de las formas históricas más eficaces de producir esa ilusión.
Después del Mundial volvieron a aparecer acusaciones que presentaban a la Argentina como uno de los países más racistas del mundo. Como suele ocurrir, la discusión se dividió rápidamente entre quienes negaban el problema y quienes afirmaban que éramos una versión latinoamericana de los Estados Unidos. Ambas posiciones compartían un mismo error: suponían que el racismo adopta siempre las mismas formas.
Pero las sociedades no producen idénticos mecanismos de exclusión. Cada una organiza sus jerarquías a partir de su propia historia. La pregunta, entonces, no es si Argentina es o no es racista, sino qué mecanismos produjo nuestra historia para transformar las diferencias en inferioridades.
Eso es lo que entiendo por inferiorización: es el proceso político y cultural mediante el cual una diferencia producida por la historia comienza a experimentarse como una inferioridad dictada por la naturaleza.
Toda sociedad colonial clasifica personas antes incluso de organizar la distribución de la riqueza. Establece quiénes representan la civilización y quiénes el atraso; quiénes gobiernan y quiénes obedecen. Mientras en los Estados Unidos la segregación convirtió el color de la piel en la frontera visible de esa desigualdad, en la Argentina la historia fue distinta. Aquí existieron el exterminio de los pueblos originarios, la invisibilización de la población afrodescendiente y el ideal de construir una nación blanca y europea. Pero las diferencias étnicas terminaron entrelazándose con las diferencias de clase. La pobreza, el barrio, la forma de hablar o ciertos rasgos físicos comenzaron a funcionar como marcas de inferioridad.
La etnia empezó a hablar el idioma de la clase social.
¿Por qué ocurrió eso?
Porque las sociedades coloniales nunca comienzan de cero. El capitalismo no reemplazó las viejas jerarquías; se edificó sobre ellas. Las antiguas diferencias raciales se tradujeron lentamente en diferencias económicas, culturales y sociales. Las jerarquías cambiaron de lenguaje, pero no de función.
Quizá ningún texto exprese mejor esa traducción que Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento. La oposición entre civilización y barbarie parecía describir una diferencia cultural, pero organizaba una jerarquía social. El gaucho, el indígena y el habitante del interior dejaban de ser simplemente diferentes para convertirse en la representación del atraso. Ya no hacía falta hablar de razas. Bastaba con hablar de barbarie.
Décadas más tarde esa misma matriz reapareció con el peronismo. Los trabajadores llegados desde el interior fueron llamados «cabecitas negras», y la expresión «aluvión zoológico», utilizada por el diputado radical Ernesto Sammartino, no describía solo una posición política: animalizaba a una parte del pueblo. Allí el desprecio de clase y la racialización quedaron definitivamente entrelazados.
Desde entonces cambiaron las palabras, pero no la operación. «Negro de mierda»; «villero»; «planero»; «bolita»; «paragua»; «marrón»; «kuka»; «zurdo». No significan lo mismo. Pero todas participan de un mismo proceso de inferiorización: convierten diferencias históricas, sociales o políticas en defectos aparentemente naturales.
Eso explica una escena que suele desconcertar a muchos extranjeros. En Argentina alguien puede llamar «negro de mierda» a una persona más rubia que él. La contradicción es solo aparente. Hace tiempo que «negro» dejó de nombrar exclusivamente un color de piel para convertirse en una categoría de descalificación social. No clasificamos demasiado bien las etnias. En cambio, clasificamos con enorme eficacia quién merece reconocimiento y quién puede convertirse en objeto de desprecio.
La discriminación nunca opera solamente sobre quien la recibe. También produce subjetividad en quien discrimina. El prejuicio organiza los afectos antes que los argumentos. Enseña qué sentir frente al otro. Produce miedo, desprecio o asco antes incluso de producir razones.
Toda hegemonía necesita producir una sensibilidad que vuelva aceptable el orden existente. Las élites no solo administran recursos. También administran las formas de sentir, percibir y nombrar al otro. En otras palabras, administran la sensibilidad colectiva. Cuando una sociedad aprende a mirar a ciertos grupos como vagos, bárbaros, peligrosos o parásitos, la desigualdad deja de percibirse como una injusticia y comienza a experimentarse como un orden natural.
Por eso resulta caricaturesco que muchos analistas extranjeros reduzcan a la Argentina a un simple cliché racista. No porque nuestro país esté libre de esa historia (sería absurdo sostenerlo), sino porque esa simplificación reproduce exactamente la misma operación que pretende denunciar: transforma una realidad compleja en un estereotipo.
El problema, sin embargo, va mucho más allá del racismo. El verdadero problema es la producción política de la inferioridad. El racismo fue apenas una de sus formas históricas. Más tarde aparecieron otras: la meritocracia convertida en explicación absoluta de la pobreza, la estigmatización de los sectores populares, la criminalización del excluido o la demonización del adversario político. Todas responden a una misma lógica: convertir desigualdades históricas en diferencias aparentemente naturales o, en sus versiones más recientes, en cuestiones de carácter o de voluntad individual.
Toda sociedad profundamente desigual necesita romper el vínculo de empatía que une a quienes la habitan. La psicología social enseña que solo cuando el otro deja de ser percibido como un semejante la exclusión puede volverse moralmente tolerable. Solo entonces la injusticia deja de provocar indignación y comienza a parecer merecida.
La desigualdad no se sostiene solamente distribuyendo de manera desigual la riqueza. Se sostiene produciendo sujetos que parezcan naturalmente inferiores.
Quizá esa sea la herencia más persistente del colonialismo: haber transformado la fabricación de inferiores en una tecnología política que sobrevivió incluso al propio racismo biológico. Cuando una inferioridad históricamente producida logra convertirse, en el sentido común de una época, en una condición que parece dictada por la naturaleza, deja de hablar la biología.
Empieza a hablar el poder.
*Jorge Cascallar: Docente Universitario y psicólogo social.