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La Columna Vertebral

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Opinión

Crónicas de la pandemia: La crisis es clasista, por Alvaro Hilario

Alvaro Hilario (desde Portugalete, País Vasco)

Solo la primavera, llegando de a poco a nuestras calles, parece conservar el ritmo normal que todo acostumbraba a tener hace unos pocos días. Son ya 13 los días de aislamiento, dos menos en Estado de Alarma, y 15 más los que, como mínimo, se vienen por delante.

Los días pasan despacio, monótonos, pero envueltos en una vorágine de acontecimientos que, al ritmo del contagio, se suceden a nuestro alrededor (¿O debiéramos decir a nuestro margen?), haciendo que la situación sea aún más confusa y sorprendente.

El salto que el covid 19 ha dado hasta tierras americanas hace que el espectáculo cobre una nueva dimensión para todas aquellas personas que tenemos el castellano como principal lengua vehicular. Si antes intuíamos que los despropósitos de las clases políticas y las élites económicas se contagiaban al ritmo del virus, tenemos ahora la certeza de que el capital reacciona de una sola forma, rapaz y torticera, que hoy, viernes, 27 de marzo, en entrevista realizada en Hala Bedi, Raúl Zibechi definía como caracterizada por “lo peor de China y lo peor de Occidente”. Esto es, aislamiento y control social de la población, pero, a diferencia de China, “manteniendo la acumulación de capital”, manteniendo las fábricas abiertas.

Un lugar para los abrazos

Nunca antes en estos últimos 20 años había sentidos más cercanos mi País Vasco y mi Río de la plata, sometidos a la misma incertidumbre, devorados por las mismas preguntas que, en estos momentos, se abren paso en un mismo idioma que quizás nos ayude a construir saberes con los que afrontar colectivamente todo esto que se nos viene; idioma este que también nos permite transmitir una infinidad de deseos y mandar todos esos abrazos que hoy, por desgracia, no podemos darnos. Digo esto, antes de otras consideraciones, porque quiero que tengamos un momento para mandar ánimos a quienes sufren y, en concreto, a todas esas personas de nuestra comunidad, del mundo de la comunicación horizontal, que se han visto golpeados por el virus en estas semanas. Como el compañero Juan Ibarrondo (fundador de medios populares como la revista antiautoritaria “Resiste” o la radio libre Hala Bedi, de Vitoria; escritor, guionista, compañero y amigo), que ha sufrido pérdidas familiares. Y como el compañero Pablo Solanas, colaborador de La Columna Vertebral y partícipe de un buen número de experiencias comunicacionales en Colombia y Argentina. Un abrazo, hermanos.

Al capitalismo se le saltan las costuras

A medida que pasan los días, al sistema se le van saltando las costuras. No se paraliza, no colapsa, pero todos los días nos desayunamos con alguna nueva mala noticia que nos desnuda la amoral identidad del capitalismo, de la voracidad y la codicia que nos han conducido a la situación actual.

Caracterizaremos la situación a grandes rasgos: la población aislada físicamente, recluida en sus hogares, bajo la amenaza del virus y de los cuerpos policiales y militares dispuestos por las autoridades que han decretado el aislamiento. Aislamiento que no es total porque, en todo el Occidente libre, desde Turín hasta Santiago de Chile, pasando por Portugalete y La Plata, no se ha detenido la actividad económica, no se ha detenido la actividad industrial ya que las autoridades, esas que han decretado nuestro arresto, laten al compás de las élites económicas y no de la ciudadanía a quien dicen representar.

Sin embargo, los despidos no cesan. No estamos hablando de suspensiones temporales de la actividad laboral, de expedientes reguladores temporales de empleo, ERTE, sino de cese de la relación entre la persona contratada y la empresa. Despidos que, para el caso del Estado español, hay quien ya cifra en un millón. Además, están los ERTE.

«A medida que pasan los días, al sistema se le van saltando las costuras. No se paraliza, no colapsa, pero todos los días nos desayunamos con alguna nueva mala noticia que nos desnuda la amoral identidad del capitalismo, de la voracidad y la codicia que nos han conducido a la situación actual.»

Tan pesada viene la mano que el Gobierno español ha aprobado hoy mismo, en Consejo de Ministros extraordinario, una moratoria en los despidos que tiene como objetivo canalizar los ajustes de plantilla a través de los ERTE. Así, durante la crisis, el Gobierno prohíbe a las empresas realizar despidos. “No se puede utilizar el coronavirus para despedir”, ha manifestado la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz.

La crisis, como todas, es clasista. Hay quien pasa la reclusión en un country y quien lo hace en un apartamento de dos ambientes en Capital; quien trabaja desde casa con su computadora y quien debe ir a la fábrica, el super o el hospital.

La ciudadanía que no debe ir a laburar permanece en sus casas amarrada por el miedo y el monopolio de la violencia, por las fuerzas armadas del estado. En este armado, es imprescindible el papel de los medios de formación de masas, máquinas de fabricar miedo y de alabar la inexistente tarea social de las fuerzas armadas, fuerzas armadas que, recordemos, se reservan unas multimillonarias cantidades de los presupuestos de todos los estados que bien podrían destinarse a gasto social y no a defender los intereses económicos del 1% de la población que controla la mayor parte de los recursos económicos mundiales.

«Siendo animales sociales, esta angustia habría de ser enfrentada de modo colectivo.»

Más madera, es el capital

He estado días sin encender la televisión. Lo monotemático de todas las programaciones y las reposiciones de las mismas películas me han ahuyentado del sofá. Como también lo hace esa maldita visión única de los acontecimientos que no se cansan de transmitir: balcones, unidad nacional; unidad nacional, ejército y policía.

No he dejado, sin embargo, de escuchar radio; aunque en esto, como con las redes sociales, hay que poner límites para que la cabeza pueda respirar. Quien más, quien menos sabe lo que es pasar un par de horas atendiendo a dos o tres conversaciones diferentes a la vez por whatsapp.

Ayer, prendí la caja tonta. Al igual que en la radio, la publicidad, esa chispa inherente al capital, no se detiene. Es cierto que ya no pasan propagandas de viajes en crucero ni las muy habituales de comparadores de seguros, autos y compañías que compran autos usados. En estos dichosos días, las propagandas corren de la mano de todas esas compañías que se benefician de mercados cautivos (nunca mejor dicho), como las compañías telefónicas y las eléctricas. A ellas se unen todas las que están haciendo caja con la crisis: todas las empresas de juego online (otra tradicional lacra capitalista aumentada al infinito gracias a las NTI) y de entretenimiento, las grandes cadenas de alimentación, los bancos… Todas incluyen algún mensaje de pretendido ánimo o utilidad social, burdo remedo de disculpa por el fangote de guita acumulado.

Esta misma semana, cambiando impresiones con un amigo y compañero sobre el colapso o no del sistema capitalista, decía yo que el sistema funciona; que unos sectores no producen, pero que lo hacen otros (como alcoholes, barbijos). También, señalaba, hace ya tiempo que la globalización ha convertido todo el sistema en un juguete en manos de los capitales especulativos, capitales que no están relacionados con la producción y que buscan beneficios en plazo inmediato, y que este era un momento muy bueno para estos especuladores –eso que llaman mercado- y para que el proceso de concentración de capital en pocas manos se acelerase; que estos capitales no tienen patria; que, en definitiva, el sistema funcionaba. Y los perjudicados, los de siempre.

 «Habrá que apuntar esta tarea de reconstrucción de identidades de clase, de recuperación de nuestras manos, nuestro trabajo y nuestra vida en la lista de la compra. Y mucho amor.»

El compañero no estaba de acuerdo: con gran parte de la población sin producir ni consumir, estamos fuera de toda lógica capitalista. Y las élites económicas locales y regionales aún tienen algo que decir: ni el mundo está tan globalizado ni se puede prescindir de la producción industrial tan alegremente, menos todavía cuando, como en el caso vasco, el centro de gravedad de la economía se ha ido trasladando, poco a poco, de la industria al sector terciario, al sector servicios, con especial importancia de turismo y hostelería, subsectores en plena debacle en estos tiempos de crisis.

Y sí, las élites económicas están nerviosas. En Gran Bretaña, en Estados Unidos (donde 3 millones de personas pidieron el subsidio de desempleo solo en esta semana), en España, en Italia y en el País Vasco, por ejemplo, las patronales piden que se siga produciendo para que el día después no sea peor. Les importan más los beneficios que la salud de la gente que labura.

Por otro lado, el celo con el que las diferentes policías se emplean para que se mantenga el confinamiento brilla por su ausencia si de comprobar las medidas de seguridad para evitar el contagio en los centros de trabajo se trata.

Los gobiernos respaldan estas directrices a la par que intentan buscar soluciones económicas para paliar el desastre que se viene sobre los hogares más humildes y las empresas familiares y/o más chicas, como pueden ser los quioscos y todos los emprendimientos personales, de autónomos. Esto parece tener difícil solución si la respuesta a la crisis recae sobre papá estado.

Sin consumo la inviabilidad de los diferentes capitalismos estatales está cantada y, por otro lado, unas capas populares ya despojadas y carenciadas podrían optar por el estallido social si las cosas, como parece, empeoran. De ahí propuestas como la realizada por Luis de Guindos, ex ministro de Economía español con Mariano Rajoy y actual vicepresidente del Banco Central Europeo, de crear una “renta mínima de emergencia”. “Tiene que actuar el Estado en este período transitorio para que después de la crisis sanitaria, con un impacto económico intenso y profundo, no se produzca una crisis social”.

Sí, el capital tiene miedo de la revuelta y es por ello que ha sacado los tanques a la calle. Puede que las medidas ante una emergencia médica nunca antes imaginada se tomen a las apuradas, sin previsión alguna, pero no sucede lo mismo si de controlar a la población se refiere.

Esto lo estamos viendo en Italia, en las calles del País Vasco (donde pareciera que el virus puede combatirse poniendo, una y otra vez, el himno español desde los vehículos blindados del Ejército) y. con especial virulencia, en las villas y barrios carenciados de Sudamérica. Mucho trabajo para la gendarmería argenta o para las fuerzas armadas uruguayas que lo suyo han aprendido de prácticas antimotines en el Congo y Haití.

El rostro de la crisis

No sabemos quién va a pagar la factura. Mientras el sector privado se borra de la escena, parece ser que va a ser el Estado quien pague los platos rotos, como en 2008. De ser así, llovería sobre mojado. Podemos imaginarnos una etapa de ajustes y recortes en el gasto social más severos que los sufridos durante la década anterior. En un lugar como el Reino de España, donde el estado del bienestar se desmanteló antes de estar construido, con una estructura económica endeble y un desempleo estructural grande, el futuro no es nada halagüeño.

Zibechi, en la radio, sugería que deben ser las empresas que tanto capital han acumulado en estos últimos 30 años, como la Banca, quienes se hagan cargo de pagar los platos rotos de esta situación a la que nos han conducido y que esta emergencia sanitaria no ha hecho más que resaltar, poner negro sobre blanco.

Hemos oído, en estos tiempos, en infinidad de veces, decir que la crisis tiene rostro de mujer y los tiempos del coronavirus no hacen más que subrayar tal afirmación. En nuestro pequeño país vasco, ese que nuestra derecha quiere vender como el “oasis vasco”, un país con mayoría de gente grande, de población envejecida y crecimiento natural inexistente, el mercado laboral reposa en gran parte en los servicios, sector precarizado hasta la saciedad. 

En este tenemos algunas actividades fundamentales en estos días y precarizadas hasta la saciedad: el negocio de la alimentación, la limpieza y los cuidados a mayores, a la gente grande. Empleos desempeñados mayoritariamente por mujeres. Lo mismo podríamos decir de hostelería y comercio, unidos al turismo, que se encuentran cerrados y cuentan con una mano de obra femenina en gran proporción.

«En ambas márgenes del Atlántico existe una angustia provocada por lo desconocido, por la virulencia del capital y por lo complicado del momento actual, de la coyuntura. Siendo animales sociales, esta angustia habría de ser enfrentada de modo colectivo.»

Si miramos hacia el cuidado a la gente grande nos encontraremos con que la gente empleada en ello suele ser mujer e inmigrante, que en rara ocasión (como las empleadas de limpieza doméstica) tienen contrato y que al ser los ancianos grupo de riesgo se han quedado sin laburo y sin sueldo.

Más allá de quién pague la factura, estas trabajadoras ya están sufriendo los efectos de la emergencia sanitaria y no tienen ninguna cobertura.

Si el estado y sus soluciones militares no funcionan para las clases populares, habrá que responder desde lo colectivo. Al capitalismo se le saltan las costuras.

En este mundo caracterizado por unas cada día más y mayores carencias en nuestras condiciones de vida y trabajo, agudizadas por este fenómeno del covid 19, la familia tradicional, fuente reproductora de mano de obra, está siendo golpeada. El cambio en las costumbres, en las mentalidades, en la cultura y la aparición de otras realidades, otro tipo de familia más allá de la clásica heteroparental, no ha hecho tanto daño a la familia clásica como el producido por su tutor, el capitalismo. La precarización de trabajo y sueldo, la desaparición del trabajo genuino, la desigualdad entre ingresos y gastos, el costo de la vivienda, la usura, han ido provocando que en las familias trabajen las dos personas que componen la pareja; han provocado que la natalidad disminuya y que se tenga descendencia a edad más avanzada. Esto ha ido dejando desamparada a nuestra gente grande, a nuestros mayores: de la tradicional atención familiar hemos pasado a que esta sea ejercida por el Estado.

En estos días, vemos la cruda realidad que encierra la atención a la tercera edad. El coronavirus está desnudando lo inhumano de esta atención, de este trato que si ya era malo, ha llegado a ser lo peor después de los recortes de los últimos años.

A fecha de hoy, en el Estado español, se registran 64.095 casos confirmados de contagio por coronavirus y 4.934 muertes. En las últimas 24 horas, han fallecido 769 personas. 9.500 profesionales de la Sanidad, contagiados. Dos de cada tres muertos son mayores de 80 años; un tercio del total de decesos corresponde a ancianos ingresados en residencias.

Nuestros mayores, muchos de los cuales padecieron la guerra de 1936-1939, desatada por el golpe de estado fascista, y la posguerra; nuestros mayores, que con sus pequeñas pensiones de jubilación mantuvieron a flote a no pocas familias durante la última crisis, esos que llevan más de un año de lucha por un sistema de pensiones digno, mueren a cientos en morideros de viejos. Al capitalismo se le saltan las costuras.

Responder desde lo colectivo

El democratacristiano Partido Nacionalista Vasco (PNV), creador de la institucionalidad vasca que lleva dirigiendo desde hace tres décadas, acostumbra a referirse a la comunidad autónoma que gobierna como el “oasis vasco”. Los males que aquejan a España no se dan acá.

Sí es cierto que una buena parte de la población –toda la que vota al PNV y al socialismo, al menos- vive satisfecha con el estado de las cosas y confía en sus autoridades. No se puede generalizar ni estigmatizar a grupos de población, pero me atrevería a decir que la aceptación del actual autoritarismo y de los eslóganes que el poder lanza es mayor en los barrios de clases burguesas -baja, media y alta- que en los barrios menesterosos. Cuando se es el último en el reparto, suele pasar.

Teniendo como referente lo que compañeras, amigos y familiares me cuentan respecto al tema de aplausos y otros espectáculos de balcón, estos son más fervorosos en el centro burgués de las ciudades, incluyendo en sus aplausos a las fuerzas policiales, algo que en los barrios populares yo, al menos, no vi aún.

Como en otras ocasiones, tenemos una parte de la población satisfecha y que espera que el sistema representativo de solución a sus necesidades y demandas.

Tenemos otro grupo poblacional, más disperso, menos homogéneo, que desconfía y pone en marcha su capacidad de crítica, de análisis, de trabajo y colaboración para, siquiera, entender qué está sucediendo. En ambas márgenes del Atlántico existe una angustia provocada por lo desconocido, por la virulencia del capital y por lo complicado del momento actual, de la coyuntura. Siendo animales sociales, esta angustia habría de ser enfrentada de modo colectivo.

Así se está haciendo en relación a otro tipo de necesidades y carencias (que varían dependiendo de las regiones y su situación económica), como las redes solidarias para atender a gente grande y demás; como todas las redes de afecto, amor y política que tanto bien nos hacen a la hora de contenernos.

Hemos de decir, en este sentido, que en plena acrítica aceptación de lo que sucede y de las medidas que nuestras autoridades toman, nos encontramos con el hecho de que tanto como individualidades como colectivo no tenemos herramientas, no tenemos saberes, para poder comprobar si es cierto lo que nos dicen, si las medidas que se toman son las acertadas. No tenemos información y sin información, no hay poder.

Hasta tal punto estamos alienados que hemos perdido los saberes colectivos, los tejidos sociales que nos han hecho sobrevivir como raza y como clase. 

Habrá que apuntar esta tarea de reconstrucción de identidades de clase, de recuperación de nuestras manos, nuestro trabajo y nuestra vida en la lista de la compra. Y mucho amor.

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Opinión

«No alcanza con la formalidad de la protesta», por Héctor Amichetti

A falta de documentos orgánicos de análisis de la realidad y de directivas centralizadas para la acción, tal como ocurría en aquellos años en que nos llegaban en forma clandestina desde Madrid, cuando el Movimiento tenía conducción, voy a alimentar la práctica de muchos compañeros y compañeras que militan incansablemente, que enfrentan en las calles las políticas destructivas del actual gobierno y descargan por escrito algunas de sus inquietudes reflexionando acerca de cómo salir de esta encrucijada.

Hace algunas horas marchamos –una vez más- con un grupo de trabajadoras y trabajadores gráficos encolumnados bajo la bandera de nuestra Federación Gráfica Bonaerense hasta el Ministerio de Producción, la convocatoria fue de la CGT y la consigna: “Las Malvinas son Argentina y la Industria Nacional también”.

Si tomamos como referencia los duros datos de la realidad, esta movilización debería haber sido multitudinaria, desde que asumió el gobierno de Milei cerraron más de 30 mil empresas y se perdieron más de 460.000 puestos de trabajo, sin embargo, la foto de la concentración desnuda la característica formal que han adquirido desde hace algún tiempo las movilizaciones callejeras convocadas por las centrales obreras, presencia de mucho activismo militante, una dirigencia con mensaje de poco alcance, a la que por falta de un sonido amplificado, solo escuchan los que están más cerca y, de vez en cuando, algún oportunista que se suma como invitado para la foto aunque poco tenga que ver con las luchas que cotidianamente llevan adelante quienes sufren el cierre de sus fábricas y la incertidumbre de sus familias.

La cuestión es que se ha debilitado significativamente la conexión imprescindible y estratégica entre en las demandas de las bases y las decisiones de la estructura sindical creada para unificarlas y canalizarlas y, lo que es aún más preocupante, entre los sindicatos y el sector de la clase trabajadora que permanece en la informalidad, sin organización que los agrupe masivamente y defienda los derechos que tienen aunque no le son reconocidos.

SIN PROGRAMA NO HAY GUIA PARA LA ACCION

Lo más destacable de la valiosa historia de lucha de la clase trabajadora argentina desde el golpe militar de septiembre de 1955, acontecimiento que interrumpió su protagonismo esencial en la realización de un Proyecto Nacional basado en la producción, el trabajo digno y la reafirmación de la soberanía, es que superando la proscripción y las persecuciones, la estrategia de resistencia tuvo como eje la unidad en torno a un Programa que definía claramente las reivindicaciones  sociales, políticas y económicas, junto a las estrictamente laborales, y delineaba un plan de acción orientado a derrotar el proyecto enemigo.

La Falda en 1957, Huerta Grande en el ’62, CGT de los Argentinos en el ’68… paros, sabotajes, plan de lucha con toma de fábricas, huelgas generales, Cordobazo e infinidad de puebladas, marcaron el camino que frustró las ambiciones dictatoriales, desbarató los planes liberales e hizo posible la recuperación de la democracia y el retorno de Perón a su patria.

Hoy, aún reconociendo un escenario distinto, esta concepción a la que llamamos Sindicalismo de Liberación, está ausente, no hay postura clara y contundente del movimiento obrero organizado con respecto al endeudamiento externo  como lo señalábamos, más cerca en el tiempo, en aquel programa de 26 puntos de la CGT que conducía el recordado Saúl Ubaldini, es más, no se sabe muy bien que transmiten en nombre de la clase trabajadora los dirigentes de nuestra CGT cuando se reúnen con funcionarios del FMI. ¿Cuál es nuestra postura en relación con el sistema financiero y el comercio exterior?, o con respecto al control estatal en áreas claves y planificación de la economía.

No hay una definición contundente con respecto al alineamiento que nuestro país debería tener en el ámbito internacional, ni un claro rechazo ante la Embajada de los Estados Unidos frente al plan de apropiación de recursos por parte de las multinacionales y sometimiento de nuestro territorio a su doctrina de dominación.

SUPERAR LA CRISIS

En estos tiempos de desembozado intervencionismo imperial con capacidad para intervenir en una elección para salvar a un presidente afín o secuestrar en un operativo relámpago a otro porque no se disciplina a sus planes, se le  impone al movimiento obrero organizado el desafío de recuperar una organización sindical con sentido de poder, voluntad de representar a la totalidad de la clase trabajadora y de liderar un gran frente patriótico, si ello no ocurre será muy difícil rescatar a la política de la profunda crisis que enfrenta, agotada en inexplicables tensiones, condicionada por injustas proscripciones y atrapada en una visión estrictamente electoralista que pareciera no comprender los límites que el sistema neoliberal la ha puesto a una democracia que apenas si respeta el derecho al voto.

Como en otros momentos de nuestra interminable historia de resistencias, lo que no surja desde las tradicionales superestructuras sindicales, habrá de venir de esa organización que se construye y crece ineludiblemente desde abajo mismo de la comunidad con la maravillosa creatividad de quienes en cada batalla por lo esencial están disputando, de manera consciente o no, un pedazo del poder popular que pretende ser definitivamente arrebatado por otro que actúa abiertamente por fuera de cualquier regla democrática.

(publicación original en radiografica.com.ar / 11 de octubre de 2026)

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Destacada

El Latinobarómetro y sus trampas, por María Urruzola

Montevideo, 10 de octubre de 2026
Desde hace varios días aparecieron referencias en los medios uruguayos -y en boca de varios dirigentes políticos- a la encuesta del año 2026 del «Latinobarómetro», una organización privada de origen chileno que monitorea desde hace 30 años el “estado de opinión” en 18 países de América Latina.
El mismo Sanguinetti se refirió a la edición de este año del ‘Latinobarómetro’, porque el tema, al parecer, sería “la democracia”. Digo «al parecer sería» porque en realidad el tema real es la “democracia liberal”. No cualquier otra versión posible de la democracia, sino la liberal.
Es decir, un sistema que se basa en las garantías “políticas” de ejercicio de la ciudadanía (elecciones libres, libertades políticas, pluralismo, separación de poderes, igualdad ante la ley, economía de mercado y propiedad privada, básicamente), y no a otras versiones de la democracia, como la social, que básicamente se diferencia por darle a la equidad, la justicia social, el bienestar y la intervención del Estado en el mercado, igual relevancia que a las garantías políticas.
El tema es que el informe del Latinobarómetro empieza hablando de la “democracia liberal”, pero después pierde el apellido por el camino y sigue hablando de “la democracia”. Y entonces ahí, aparece el descontento con “la democracia”, el apoyo en El Salvador al sistema Bukele (que viola los derechos humanos de la A a la Z), la cantidad de uruguayos que cada vez creen menos en “la democracia”… así son las preguntas (“usted cree que la democracia es preferible a cualquier otro sistema de gobierno”?, “un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático”).
No importa que cada vez que en Latinoamérica nos ponen un ejemplo de “buen desempeño” en lo educativo sea una democracia social (Finlandia); no importa que las referencias en garantías laborales y en productividad sean democracias sociales (Alemania, Austria); o que los sistemas de cuidado que tanto se admiran también vengan de democracias sociales (Suecia, Dinamarca).
Quizás si tuviesen la honestidad de preguntar por la democracia liberal y la democracia social, la gente se enteraría que hay más de una versión posible, dentro del capitalismo, sin duda, pero con efectos totalmente diferentes en la vida cotidiana. Claro, habría que explicar las diferencias. Quizás entonces la gente entendería por qué la sociedad española se levantó en masas por el derecho a la vivienda, o incluso le resultaría más claro el levantamiento ciudadano en Albania en contra del yerno de Trump y la defensa del medioambiente.
Alguien podrá decir que en Uruguay no hay plata suficiente para hacer una democracia social, o que en Latam no la hay. Pero ahí entraríamos en el capítulo “desigualdad”, ya que somos el continente más desigual del mundo: el 10% más acaudalado acumula el 77% de la riqueza total.
Nada… se puede leer en internet el informe 2026 del Latinobarómetro. Tiene otras trampas conceptuales, pero mejor que cada quien lo lea con su “matriz” de comprensión.
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Destacada

AYSA: Negocio cerrado, derechos congelados, por Javier Touzón

Con la adjudicación del paquete accionario mayoritario, la red de agua y saneamiento del AMBA queda en manos privadas ¿Qué cambia para los usuarios y qué pasa con el histórico reclamo de agua potable en la periferia?

8 de octubre de 2026 — La escena se repite como un déjà vu trágico para la historia argentina. En los despachos del Ministerio de Economía, entre planillas de cálculo y discursos que celebran la lógica del mercado, se dio un paso decisivo para la privatización de AySA. Con la apertura de las ofertas económicas de la Licitación Pública Nacional e Internacional N° 504/2-0003-LPU26, el Gobierno nacional avanza en la entrega del 90% de las acciones de la compañía a manos privadas, dejando apenas un 10% para los trabajadores mediante el Programa de Propiedad Participada.

Entre las ofertas presentadas para asumir el rol de «operador estratégico», el Consorcio Rowing (integrado por Rowing S.A., Arcos, Transclor, PHX, entre otros) ofertó USD 340.200.000, mientras que el Consorcio Roggio Roas S.A.U. presentó un monto de USD 285.000.000.

La peor noticia en tiempos de riesgo hídrico

Las tormenta anunciadas por el fenómeno del Niño empeoran la situación en la barriadas populares y podría profundizar la falta de agua potable que padecen los asentamientos del país:  4.000 de los 6.467 barrios populares de Argentina están expuestos al riesgo hídrico. Quienes no solo se verán sometidos a una estructural carencia de agua para vivir sino a posibles inundaciones por falta de servicios de desagüe y cloacas que empeorarán el impacto de las tormentas.

Sin ir más lejos, hoy mismo, jueves 8 de octubre se anuncia  posible falta de agua en distintos puntos de la zona oeste debido a una nueva inspección de Ríos Subterráneos en el Norte y Oeste del AMBA que se estará realizando durante la noche. Según informaron desde la empresa, la inspección de los tramos San Martín – Saavedra y Barrancas – Devoto se llevará a cabo para evaluar la situación estructural del río subterráneo. Después de un diluvio que azoto la región de AMBA, quizás no sea el mejor momento para tareas de infraestructura. Mientras empresarios y funcionarios festejan, los habitantes tratarán de sobrevivir en forma comunitaria a una situación insostenible.

La falacia del «costo cero» y el negocio del agua

Fiel al libreto oficial, el comunicado con el que la cartera de Economía festejó el avance de la licitación recurre a la estigmatización de la gestión pública. Calificando a AySA como un «modelo de disfunción administrativa», el Ejecutivo justifica el remate señalando los USD 13.400 millones recibidos en transferencias entre 2006 y 2023. Sin embargo, omiten deliberadamente que la extensión de redes de agua potable y cloacas en los barrios más postergados del Conurbano Bonaerense nunca fue ni será un negocio rentable para el capital privado, sino una obligación social e indispensable del Estado.

El nuevo esquema impone obligaciones de inversión al privado por más de USD 2.000 millones y un Plan de Acción contractual de $2,89 billones para el quinquenio 2027-2031. No obstante, la experiencia histórica en el país enseña que las metas de expansión en manos de concesionarios privados suelen quedar subordinadas a la rentabilidad financiera y al ajuste tarifario. Cuando los números no cierran para las empresas, los platos rotos los pagan los usuarios con tarifas impagables o con la suspensión de obras esenciales en la periferia.

Los trabajadores y las mayorías, los olvidados de siempre

El argumento de «cuidar los recursos de los pagadores de impuestos» encubre una retirada del Estado de su rol garante de derechos humanos fundamentales. El agua potable y el saneamiento no son mercancías sueltas en un mostrador de oferta y demanda; son condiciones esenciales para la salud pública, la dignidad y la vida.

Mientras las autoridades nacionales celebran que «la libertad y la Argentina avanzan» al ritmo de la enajenación del patrimonio público, los trabajadores del sector y las familias que aún esperan por una conexión de agua potable ven con incertidumbre cómo el acceso a un derecho primordial queda, una vez más, supeditado a la rentabilidad del mejor postor.

 

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