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Lecturas Recomendadas

El Iphone de Messi y la infame privatización de lo público, por José Luis Lanao

Publicado en Página 12, el 5 de enero de 2022

De la aleación de carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno se ha servido nuestro cerebro para crear la idea de eternidad, y de estos cuatro elementos también se compone el miedo, la culpa, el odio y la crueldad unida al instinto de supervivencia. 

En medio de la dureza del paisaje virtual donde navegan los secretos y miserias de la humanidad, sus perversiones, confidencias, sueños adolescentes, deseos inconfesables, se refugia el presente de esa eternidad envasada, atrapada para siempre en un centro de datos. Hoy el lugar que ocupan los dioses lo ocupa tu iPhone. Es tu conciencia. Lo sabe todo de ti. Duerme bajo tu almohada, pegado a tus sueños, a tu deseo de inmortalidad.

El iPhone de Messi ardió estos días. El “virus este de mierda” -palabras de fin de año- anidó de forma sorpresiva en el jugador argentino. Los dispositivos inteligentes del mundo se estremecieron, y en ese estremecimiento desmesurado se define hoy el núcleo de la modernidad. Serás lo que tu iPhone quiera que seas, y veas.

En 1976, Steve Jobs, fundaba Apple en el garage de su casa. Se sabe que todo buen emprendedor necesita de un garage. Forma parte de la leyenda épica del más famoso “innovador” de todos los tiempos. Desde su diminuto habitáculo californiano emprendió la “larga marcha” que sentó las bases del neocapitalismo feudal tecno-comercial de hoy que lo impregna todo. 

Hay que ver lo que rendían los garages en aquella época. Pronto se consolidó la idea de que el iPhone era un producto nacido de la invención de un cerebro privilegiado, y del emprendimiento exitoso e individual de un desarrollo privado. La máxima fue repetida por el mercado cada día de nuestras vidas. El modelo necesitaba de un relato. 

Tanta meritocracia de garage le resultó excesiva a la profesora de Economía de la Innovación en la Universidad College de Londres, Mariana Mazzucato. Fue entonces cuando la investigadora decidió tirar del hilo y se encontró con una madeja de aplicaciones utilizadas por el iPhone de Jobs, que eran en realidad el resultado de años de investigación pública sostenida con el dinero de los contribuyentes. 

“Toda la tecnología que hace del iPhone un teléfono inteligente es deudora de la visión y el apoyo del Estado”, declaró Mazzucato. Hoy sabemos que la pantalla multitáctil de Jobs -su cola más extendida de pavo real y su secreto mejor guardado- fue un proyecto de éxito de la Universidad de Delaware a través de la Fundación Pública Nacional para la Ciencia. El http, en sus siglas en inglés Hypertext Transfer Protocol, el alma gótica de internet y la base de cualquier intercambio de datos en la Web -documentos, imágenes, videos, scripts- lo desarrolló la Organización Europea para la Energía Nuclear (CERN), de Ginebra. 

La batería de ion de litio el Departamento Público de Energía. El GPS e Internet el Departamento de Defensa. Incluso la voz del asistente Siri recibió dinero del Estado. Las inversiones de alto riesgo y de elevado capital del último siglo nacieron bajo la liquidez del erario público. En su autobiografía Steve Jobs no menciona ni una sola página de aportación pública en su diseño del iPhone. Confesiones inconfesas de un ególatra solemne. Un mérito público convertido en un beneficio privado de cientos de miles de millones de dólares sin una redistribución equitativa de renta y de riqueza. Asombroso.

Y el relato continua. La narrativa nos sigue contando de que la parte dinámica y creativa la proporciona el sector privado, mientras que el Estado es un elefante ineficiente y obsoleto. Si hay algo que nos ha enseñado esta pandemia es que sin lo público somos insignificantes.

Cada época tiene sus ensoñaciones malsanas. Hoy sabemos que cuando Messi envía desde su iPhone un saludo de fin de año lo está enviando la educación pública. Es el cumplimiento de un deseo, de una búsqueda, de un camino. Un lugar sencillo, humano, con las puertas y las voluntades abiertas, donde concebir esa utopía del espíritu.

(*) Ex jugador de Vélez, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

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Reconstruyendo la utopía, por Juan Manuel Sánchez Puntigliano

Publicado en bitacoradodo.wordpress.com


  1. Somos solarpunks porque nos han arrebatado el optimismo y estamos tratando de recuperarlo.
  2. Somos solarpunks porque las únicas otras opciones son el negacionismo o la desesperación.

    (Primeros dos puntos de un manifiesto solarpunk) -1-

Genealogía de un término

El padre del Solarpunk es el Cyberpunk, subgénero de la ciencia ficción, caracterizado por un ambiente urbano en que la tecnología y las grandes corporaciones se alían para oprimir a las masas. Blade Runner y Matrix son dos conocidos ejemplos. Sus hermanos mayores son el Steampunk y el Dieselpunk. El primero propone un mundo en el que la tecnología del motor a vapor se fue perfeccionando hasta lograr un desarrollo similar al que tenemos hoy en día, pero dentro de una estética victoriana. La premisa del segundo es muy similar, salvo que los niveles de perfeccionamiento se lograron con el motor a explosión y estéticamente recuerda al período de entre guerras o a la Segunda Guerra Mundial.

Dado que el término steam significa en inglés chorro de vapor y diesel se explica por sí mismo, no resultaría muy difícil imaginarse a qué apunta el solarpunk. Lo que hace al Solarpunk la oveja negra de su familia es que mientras sus parientes se caracterizan por el pesimismo llegando, en muchos casos, a construir mundos distópicos, el Solarpunk apunta al optimismo y no tiene vergüenza de definirse como utópico.


Diseñando la utopía

22 El solarpunk:

  1. es diverso
  2. tiene espacio para la coexistencia de espiritualidad y ciencia
  3. es bello
  4. puede pasar. Ahora

    (Último punto del mismo manifiesto)

Estéticamente, el Solarpunk puede definirse como una mezcla armoniosa entre vanguardia tecnológica, art nouveau y sustentabilidad ecológica. Y lo que resulta políticamente muy lúcido, es que en un mundo en el que la escritura va perdiendo relevancia cultural respecto a los medios audiovisuales; la utopía no puede ser solamente elaborada a través de ensayos. Hay también que ilustrarla, diseñarla.

Y si bien, el aspecto visual del Solarpunk es hasta este momento el que más se ha desarrollado, no debemos desdeñar sus ideas políticas. Ya, desde las ilustraciones, existe en el Solarpunk una celebración del espacio público y los medios de transporte colectivo, lo que es una clara contraposición a la lógica neoliberal en la que se intenta sustituir los lugares públicos por los privados como forma de maximizar el lucro empresarial. Estos espacios públicos, la sustentabilidad ecológica son posibles, porque existe un poder no económico (llámese estado o sociedad civil) que vela por ella. Si bien el Solarpunk dista de tener un programa político único, existe un consenso general de que una sociedad más igualitaria es necesaria -2- y que no es recomendable dejarlo todo librado al mercado.



Juéguele todas las fichas a la fusión nuclear

La fusión nuclear es el proceso por el cual se unen dos átomos livianos para formar uno más pesado. Es justamente lo contrario a la fisión nuclear en la que se divide un átomo pesado en dos más liviano y al revés que esta, produce muchísima más energía y no es prácticamente contaminante. Los escépticos de este proceso, deberían elevar la vista al cielo. Las estrellas, incluido el Sol, son gigantescos reactores de fusión nuclear.

El gran reto, es lograr construir un reactor de fusión nuclear acá en la Tierra. A lo largo del globo hay varios equipos de científicos e ingenieros trabajando en eso. Los retos de ingeniería son muchos pero van avanzando en eso, algunas estimaciones dicen que para 2035 estaría el primer reactor de fusión nuclear operativo -3- .

Todos parecen estar de acuerdo que una vez la fusión nuclear sea posible, se desencadenará una antes y después tecnológico similar al ocurrido en la revolución industrial. Hay quienes especulan que la humanidad llegaría rápidamente a ser una civilización de clase 1 en la escala de Kardashev; con la tecnología necesaria para obtener toda la energía que existe en el planeta de una forma sustentable. A manera de comparación se estima que hoy en día somos una civilización tipo 0,6 o 0,7. Incluso hay voces más optimistas que sugieren que por primera vez en la historia de la humanidad, podría alcanzarse una economía post-escasez. Una mundo donde todo los bienes y servicios básicos resultan tan baratos de producir que su acceso universal está garantizado -4- .

Si bien, la fusión nuclear no suele ser parte del menú vinculado al Solarpunk, puede verse como una progresión lógica. Sustituir los paneles solares por pequeños soles generados en la propia Tierra. Por esperanzador que sea un futuro donde la fusión nuclear sea moneda corriente, no deja de ser una herramienta. En las manos adecuadas, puede ser una clave para que todos logremos un nivel de vida digno. Ahora, si grandes corporaciones se hacen con su monopolio, probablemente el resultado sea un mundo aún más desigual.



Tomar el futuro por asalto

El Solarpunk es una narrativa cultural muy poderosa que puede
unir esfuerzos a través de varios sectores de una manera organizada.
(Traducido del artículo de la BBC)



Como contrapartida a la promesa de la derecha de un mundo de prosperidad y lujos, en el que se suele omitir la letra chica del contrato en que ese tren de vida solo será para unos pocos. La izquierda a través del Solarpunk puede prometer un futuro más justo, igualitario, sustentable, donde todos tengan su lugar. Frente a la frase hecha de que las políticas de izquierda sólo pueden repartir pobreza, el Solarpunk es la conceptualización de una forma de elevar el nivel de vida en general, donde cada ser humano tenga un digno pasar.

Por su parte, la fusión nuclear es una realidad que llegará tarde o temprano. Un avance tecnológico tan sustancial será una oportunidad única para replantear y cambiar los mecanismos de poder que operan en el mundo. Esto sumado a que mientras la era del petróleo está en gran medida determinada por la geopolítica de los yacimientos petrolíferos. El deuterio, combustible necesario para la fusión nuclear, puede obtenerse de los grandes volúmenes de agua.

La fusión nuclear, es un asunto que también debe ocupar y preocupar a la izquierda uruguaya como latinoamericana. No puede pasarnos que un buen día amanezcamos con la noticia de que el primer reactor de fusión se encuentra operativo, sin que se haya planificado el desarrollo de tales tecnologías en nuestras latitudes. Por esta razones la fusión nuclear debe comenzar a ser parte de la agenda política, no sólo su desarrollo sino de qué manera construiremos un futuro mejor apoyados en tales tecnologías. De lo contrario, corremos el riesgo de que otros lleguen antes y lo construyan acorde a sus intereses financieros.

Si en cambio, estamos listo para aprovechar la oportunidad histórica única que se presentará en un par de décadas, podremos tomar el futuro por asalto.




NOTAS

1 – https://www.re-des.org/un-manifiesto-solarpunk/
2 – https://www.bbc.com/news/business-57761297
3 – De hecho, considero que la primera mitad del Siglo XXI será recordado como la humanidad trabajando a contra reloj para desarrollar la fusión nuclear antes de que llegue el colapso civilizatorio.
4 – Hay quienes conciben la Europa Occidental del período 1955-1980 como lo más parecido a lo que podría ser un ejemplo histórico de una economía post-escasez.



Juan Manuel Sánchez Puntigliano 

Montevideo, 1983 . Es licenciado en Letras y Técnico Universitario en Museología. 

Actualmente se desempeña como Monitor de Sala en el Museo Figari y como docente de Análisis y Producción de Textos en el sistema UTU. Ha colaborado con diversas publicaciones culturales como «Axxón», «Maldoror», «Lento», «Guita» y escrito reseñas para la sección cultural de «La Diaria».
 

Fotografía: Gloria Moreno.

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El pueblo que murió de pie, por Pablo Solana

¿Es, acaso, ´morir de pie´, una metáfora válida para referir a algo parecido a la dignidad? (“Aunque me haya equivocao, vivo parao… y que me entierren parao”). Algo de eso hay en la fascinación que producen los árboles muertos de Epecuén. Hace más de tres décadas el agua salada de una laguna desbordada los tapó; permanecieron bajo ese agua mortífera durante años y, con la bajante, ahí quedaron. Petrificados. Ya sin vida. De pie.

Tanto peor envejecieron, tras la catástrofe, todas las demás cosas. Las casas fueron derruidas casi por completo. Villa Epecuén es un pueblo muerto. El cadáver insepulto de un pueblo arrasado por aquella inundación. Lo más vistoso después de la tragedia son los restos del Cementerio, un Jesús crucificado a la vera del camino y un edificio que resalta, en letras gigantes: Matadero (parece un mal guion de película de terror, pero así es).

De chico mis viejxs solían ir y un par de veces fui con ellxs. Las aguas saladas de la laguna de Epecuén tenían propiedades curativas, se decía, y entonces ir a “las termas” era un plan de veraneo reparador, aunque para mí todo ese rollo se acercaba más a la superstición. Hasta ahora guardaba algunos tiernos recuerdos con la nostalgia mejorada que dan los sitios de la infancia. Ahora que volví, a pesar de la tierra arrasada, recordé inmediatamente algunas sensaciones: el tenue dolor de caminar descalzo por la sal reseca de las playas en torno a la laguna, que con los años se pudieron recuperar; el ardor en los labios después de meter la cabeza bajo el agua salada; la calma de una laguna siempre quieta. No pude, en cambio, ubicar el lugar de la única foto de aquellas vacaciones que conservo, donde estoy jugando a las cartas con un viejo del lugar. Pregunté a todo pueblerino que vi y finalmente el dueño de la pizzería del centro de Caruhé (el pueblo de al lado que se salvó) me aseguró que es allí. Coinciden las mesas y el ventanal, pero el resto del lugar no parece ser el mismo. Sería extraño que lo fuera, que estuviera igual, después de todo. Durante el rato de la búsqueda me sentí, por otro rato, aquel pequeñín que de la foto. Aunque no del todo inocente, capaz de disfrutar unas vacaciones en cualquier lugar.

Sobre los motivos de la inundación, todas las versiones (las oficiales y las oficiosas, las que se dan a lxs turistas y curiosxs) apuntan a las históricas lluvias del ´85 y las inundaciones en toda la provincia. Indudablemente ese factor climático existió, pero no fue solo eso.

La periodista Josefina Licitra dedicó un libro a contar la historia de esa tragedia: ´El agua mala. Crónica de Epecuén y las casas hundidas´. Allí explica que hubo alertas antes de la inundación, que hubo propuestas para hacer drenajes en las lagunas anteriores para que el agua excesiva no se viniera a la de Epecuén, pero que estancieros y el gobierno provincial priorizaron maximizar el uso de las tierras con fines económicos antes que realizar las obras hidráulicas necesarias para evitar la desaparición del pueblo.

Hoy, 35 años después, la hierba vuelve a disputar espacios a las ruinas, aún sobre la tierra salada. Volvieron los flamencos, patos, algunos teros. Y de a poco la gente de Caruhé se las va ingeniando para atender nuevamente al turismo. Las imágenes ya no son tan impactantes como las que mostró Pino Solanas en su película ´El viaje´ (1992), cuando la laguna desbordada apenas dejaba ver unos pocos techos resquebrajados y todo yacía bajo el nivel del agua. Las imágenes panorámicas que se pudieron ver durante el concierto de Los Fundamentalistas (2021) son resultado de un preciso dron, el sobrevuelo resalta la dimensión. Sin embargo, recorrer a pie el lugar no es menos impactante.

Si en algún punto el arte es metáfora, lo que quedó de Epecuén bien podría ser considerado una obra de arte de la naturaleza. Trágica, apocalíptica, pero no por eso menos bella.

*Pablo Solana. Ex editor de la revista Lanzas y Letras, colaborador de diversas publicaciones autogestionadas, entre ellas La Columna Vertebral, y coautor del libro “No me arrepiento de este Amor” de reciente aparición a 20 años de la rebelión de diciembre de 2021.

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El hombre que nos enseñó a tener frío, por Juan Forn

Horacio Quiroga adoraba a Martínez Estrada como a un hermano menor y le regaló una hectárea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. La desmontó él mismo a machete limpio, le mandó por correo el título de propiedad y los planos de la casita de madera que podía construirle con sus manos. Hasta los muebles le ofrecía hacer (y eran famosamente cómodos los muebles que hacía Quiroga, con ayuda del mensú devenido carpintero Jacinto Escalera).

Martínez Estrada tenía un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decidía a partir a Misiones, así que Quiroga apeló a un último recurso para convencer a su melómano amigo: le mandó un violín hecho en madera de timbó. “Era tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, tenía un clavijero prehistórico, las efes labradas torpemente a gubia y emitía un sonido de gato en celo, mitad hipnótico y mitad horripilante.” Martínez Estrada entendió con el corazón estremecido que así sería la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libró de escribir esa carta cruel porque su amigo apareció por Buenos Aires.

Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba. Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo. Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación.

Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa. Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte.

Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó. “Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre. “No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.

Ni Lugones, que había sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que había sido su amante, acompañaron las cenizas del difunto al Uruguay. Borges, en cambio, que había dicho que Quiroga era “una superstición uruguaya, que escribía mal lo que Kipling escribió bien”, sí fue de la comitiva.

Eran fechas de Carnaval y contó que el corso se interrumpía al paso del cortejo y que los niños pedían tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia había tallado la cara del difunto. A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pasó algo parecido con Quiroga; él también lo había escarnecido; en una aguafuerte sobre la fundación de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribió: “La idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefaradí y una catadura de falsificador de moneda que espanta”. Pero cuenta Onetti que, el día en que murió Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que llegó su amigo Kostia y contó que tres días antes se había cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba más de la mitad de la cara, venía siguiendo desde el Parque Japonés a la última mujer que siguió por la calle, una beldad que cortaba la respiración. Era la famosa viuda de Gómez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint-Exupéry. Kostia se lo estaba diciendo cuando el francés salió del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abrazó. Quiroga, contemplando la escena, murmuró: “Me hubiera gustado ser aviador”, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Clínicas. Desde el fondo de la mesa, detrás del humo de su cigarrillo, se oyó la voz de Arlt: “He cambiado mi opinión de Quiroga”. No podía ser de otra manera. Quiroga había dicho: “Soy el primer infectado por Dostoievski en América del Sur”. Arlt fue el siguiente.

Como Arlt, Quiroga carecía de lo que algunos llaman tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas. A los veinte años partió de Montevideo a París vestido como un dandy, en camarote propio. Volvió tres meses después, en tercera clase, con los pantalones raídos y las solapas levantadas para que no se viera que no tenía cuello en la camisa. “¿Por qué escriben como españoles si son argentinos?”, le dijo en la cara a Larreta cuando llegó a Buenos Aires. “No soporto los gauchos de Carnaval”, le dijo a Lugones. Escandalizó a Manuel Gálvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relación con Ana María Cires, la muchacha que se llevó a vivir a Misiones y le dio dos hijos y después se suicidó de manera atroz. A esos hijos los crió en el amor a la selva, dejándolos dormir solos arriba de un árbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre. Cuando ella murió, volvió con esos hijos a Buenos Aires, vivió primero en un sótano de la calle Canning y después en un caserón en Vicente López, donde tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y el yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente y que no parecía una embarcación, sino una criatura de las aguas.

Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilización. Cuando publicó su famoso decálogo del perfecto cuentista, Nalé Roxlo dijo que parecía el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. “Es un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres”, dijo Alvaro Yunque cuando lo invitó a la URSS y Quiroga le contestó que prefería volverse a la selva. Y eso hizo, con una segunda esposa treinta años más joven que él, que prefirió abandonarlo antes de enloquecer. Tampoco en la selva lo entendían: se burlaban del hermoso laberinto de bambúes que había hecho para su segunda esposa, con un jardín de orquídeas en el medio. Las cuadrillas que pasaban y lo veían deslomándose al sol le gritaban: “¿No tiene personal, patrón? ¡No le robe trabajo a los peones!”.

Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (“ebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta”). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera. En la última carta a sus hijos les dijo: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”. Martínez Estrada escribió después de su muerte: “Con él aprendimos a contar en serio”, y si miramos la literatura desde acá, no hay manera de no estar de acuerdo.

Publicado en Pagina 12/19 diciembre 2014

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