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El muerto que está solo y espera, por Juan José Salinas
Publicado el 3 de mayo de 2009 en Miradas al Sur
Felipe Romeo, el vocero de la Triple A, murió de sida. Nadie reclama su cadáver. Fanático de Hitler, admiraba a la Legión española, cuyo himno es Soy el novio de la muerte. En esa tónica, la obscena celebración del asesinato del diputado nacional Rodolfo Ortega Peña por el semanario que dirigía hicieron que la Cámara de Diputados debatiera sin éxito su arresto.
Fue un prófugo con muy buena suerte. A fines de 2006, al reabrir la causa sobre la Triple A, el juez federal Norberto Oyarbide ordenó su captura. A partir de entonces, su paradero fue un enigma. Y se conjeturaba que estaba en el exterior. Luego se supo que se había establecido en la ciudad brasilera de Florianópolis. En los primeros días de enero fue repatriado por sus familiares con un gravísimo cuadro de sida, quedando bajo arresto en el Hospital Fernández. Pero él no llegó a enterarse de su nueva situación, dado que ya se encontraba en estado de coma. Felipe Romeo, el otrora temible director de la revista El Caudillo, exhaló su último suspiro hace un mes. Sin embargo, los suyos no reclamaron su cadáver, el cual aún yace en una heladera del citado nosocomio.
Es improbable que Romeo haya sido uno de los jefes militares de la Triple A, a la que se le atribuyen unos 1.500 crímenes cometidos entre fines de 1973 y 1976. Pero no hay dudas de que fue su vocero, en total sintonía con su líder, José López Rega.
El nexo entre ellos fue el vocero del Ministerio de Bienestar Social, Jorge Conti, un antiguo movilero de Canal 11, quien terminó casándose con la hija del Brujo, siendo Romeo uno de los testigos de la boda.
A pesar de que le gustaba presumir de su Magnum 44, Romeo no tenía agallas para la acción. Fanático de Hitler, admiraba a la Legión española, cuyo himno es Soy el novio de la muerte. En esa tónica, la obscena celebración del asesinato del diputado nacional Rodolfo Ortega Peña por el semanario que dirigía hicieron que la Cámara de Diputados debatiera sin éxito su arresto. Que ahora su cadáver lleve casi un mes en una morguera sin que nadie lo reclame es algo así como una paradoja del destino.
Prófugo, Romeo se escondió en Florianópolis, a donde solía visitarlo su amiga y socia, Carolina Rojo. Se dice que la Secretaría de Inteligencia y la Policía Federal lo tenían ubicado. Por ello es incomprensible que nunca hayan intentado detenerlo. Al ser dejado en el Fernández, presentaba una aguda deficiencia respiratoria, por lo que fue entubado en la sala de terapia intensiva y atiborrado de antibióticos.
A los 70 años, poco y nada quedaba en su rostro de sus facciones armoniosas; consumido por el sida, con un ojo desfigurado por el golpe de un policía (del que, más tarde, dicen, se hizo amigo) y con las neuronas estragadas por su adicción a la cocaína –cuya comercialización le valió dos detenciones–, aquel tipo sadomasoquista y perverso hacía mucho que se había convertido en un personaje estrafalario y bizarro. Tanto que solía jactarse de la ferocidad y obediencia de su perro, al que le ceñía la cartuchera con una pistola para desenfundar el arma y pavonearse ante sus amistades de la rapidez de esos movimientos.
Quien desconoce su pasado sólo podía ver en él a un misántropo paranoico que gustaba encerrarse en un búnker dotado de puertas blindadas, cámaras de video y sofisticados sistemas electrónicos de seguridad. Y que apenas salía para participar en la restauración de algunas cúpulas, actividad que compartía con la señora Rojo y con un arquitecto especializado en conferirles un aspecto “a lo Gaudí”.
Un quehacer, por cierto, que –según sospechan algunos– le servía para lavar dinero procedente de uno de los principales bancos estadounidenses, de muy antigua radicación en Argentina, cuyos antecedentes en esa tarea lo hizo merecedor de varias investigaciones en los Estados Unidos.
Un muchacho de barrio. Romeo nació en Italia, se naturalizó argentino, hizo la colimba en la Fuerza Aérea, pasó por Tacuara y se unió a su escisión ultraderechista, la Guardia Restauradora Nacionalista, cuyos vasos comunicantes con la Iglesia preconciliar y el servicio de informaciones de la PFA eran harto evidentes. Vecino de Florencio Varela, comenzó a editar El Caudillo con el auspicio de Bienestar Social en 1973, justo cuando la Triple A inició sus acciones con un atentado explosivo de neta factura policial al senador Hipólito Solari Yrigoyen, que resultó gravemente herido.
En enero de 1974, se hospitalizó con un balazo en el muslo tras un confuso episodio en el que denunció haber sido tiroteado cuando manejaba su Fiat 128 cerca de su casa. Dijo que había repelido la agresión a tiros, luego de parapetarse tras un árbol. Para entonces, Desde El Caudillo (y particularmente en una sección llamada imperativamente ¡Oíme!) marcaba impunemente a quienes muchas veces eran luego asesinados por la Triple A.
Romeo dirigió la revista durante el apogeo de la Triple A. En esos días, los Montoneros mataron al comisario Villar –uno de sus jefes– tras colocar una bomba en su yate en un apostadero del Tigre. Eso fue en noviembre de 1974. En marzo de 1975, dos oficiales del Ejército que investigaban a la Triple A –el teniente coronel Martín Rico y el coronel retirado Jorge Oscar Montiel– fueron eliminados, todo indica que por orden de la propia Inteligencia del Ejército, que estaba colonizando la Triple A.
Montiel había sido puesto al frente de la Superintendencia de Seguridad Federal (la vieja Coordinación Federal) por Perón, pero había renunciado en enero de 1974, luego de enfrentarse con Villar –por entonces subjefe de la PFA– a causa de la tortura y asesinato de dos de los asaltantes del cuartel de la ciudad Azul, llevados subrepticiamente sin su conocimiento al lúgubre edificio policial de Moreno 1417.
Un mes después, un capitán de Granaderos, Juan Segura, golpeó la puerta de la nueva y paqueta redacción de la revista en la avenida Figueroa Alcorta y, so pretexto de un desperfecto mecánico, logró ser invitado a entrar por custodios armados, quienes le enseñaron, ufanos, un arsenal. El informe firmado por Segura inició un dossier sobre la Triple A que el Ejército entregó, entre otros, a políticos de la oposición radical y del cual, que se sepa, no se conservan copias. Segura murió en 1979 cuando su paracaídas no se abrió durante unos ejercicios bélicos realizados en Córdoba.
Todo marchó bien mientras se mantuvo la alianza de López Rega con los sindicatos que cofinanciaban la revista. Pero cuando a mediados de 1975, la movilización gremial desbancó a López Rega, obligándolo a marcharse del país, en la quinta de Olivos los Granaderos desarmaron a sus custodios y, de paso, también a los de María Estela Martínez, que ya era virtual prisionera en jaula de oro de los comandantes de las Fuerzas Armadas. Entonces, Ramón Morales, Eduardo Almirón y Miguel Ángel Rovira, entre otros homicidas, acompañaron a López Rega al exilio madrileño, comienzo de su accidentado periplo como “embajador plenipotenciario”.
Entonces, Romeo se escondió, pero en octubre de 1975 reapareció para relanzar la revista, invocando obediencia a la Presidente y ansias de acompañar las operaciones de aniquilamiento de la guerrilla que el Ejército había iniciado en Tucumán.
Para entonces, las Triple A habían pasado a ser –como decía Rodolfo Walsh– “las Tres Armas”. Particularmente, un coto del Ejército, como lo había sido desde siempre su rama cordobesa, llamada Comando Libertadores de América.
Triste, solitario y final. Tras el golpe, Romeo se exilió en España. Pero regresó a la Argentina de la mano del general Ramón Camps, quien siempre se jactó de haber decidido la muerte de miles de prisioneros desaparecidos cuando era jefe de la Policía Bonaerense. Con él, Romeo formó la editorial Roca ( Romeo-Camps) que publicó los panfletos con los que Camps pretendió justificarse.
Romeo intentó, en 1982, una efímera resurrección de El Caudillo, después tuvo una heladería y dicen que también un prostíbulo en sus pagos de Varela. También se habría especializado en truchar tarjetas de crédito. Lo cierto es que fue detenido dos veces por vender cocaína, una de ellas en un boliche de la calle Gascón cuando tenía encima 110 gramos. Y que hacía rato parecía acabado.
El Chango Morales murió octogenario en el Hospital Churruca. En cuanto a Almirón, luego de sufrir un nuevo accidente cerebrovascular el pasado fin de semana, fue trasladado no a ese hospital policial, sino, curiosamente, al Ramos Mejía. Entre el personal del Ramos Mejía hubo siete desaparecidos durante la dictadura, en cuyo honor funciona una Comisión de la Memoria. Esa comisión organizó el miércoles un ruidoso escrache de protesta por la presencia del represor. A pesar de que un despacho de la agencia DyN anunció su realización, a pesar de que Crónica TV acudió con sus cámaras y registró la protesta, las imágenes no fueron emitidas, y ningún diario informó nada al respecto. Una de las médicas que organizó el escrache reveló indignada a Miradas del Sur que Almirón parecía tener dificultades para hablar pero sonrió cínicamente al alcanzarle un papel en el que escribió: “Estoy libre y seguiré libre”. Toda una declaración de principios.
Si Almirón fuera declarado inimputable, sólo quedaría acusado Rovira, hasta hace unos años jefe de seguridad de los subtes de Buenos Aires concesionados por Metrovías, del Grupo Roggio.
A pesar de no haber cumplido los 70 años preceptivos y de gozar de muy buena salud, el juez Norberto Oyarbide –a quien la PFA considera “propia tropa”– le concedió como antes había hecho con Morales y Almirón, el beneficio de la prisión domiciliaria, recientemente ratificada, que cumpliría (nunca hay custodia a la vista) en su casa de Pasco al 1100.
La causa está paralizada. Y un buen documental sobre la Triple A que hace ya casi tres años rodó Cuatro Cabezas para ser emitido por Telefé permanece tan congelado como el cadáver de Romeo.
A pesar de que lo cierra con mucha gracia Nacha Guevara, la cantante que acompañará a su amigo Daniel Scioli como candidata a diputada. Nacha aboga en esa última escena por que las investigaciones se lleven hasta el final. Si así se lo hiciera, varios adversarios duhaldistas y PROperonistas de los Kirchner y de Scioli tendrían sobrados motivos para preocuparse.
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.