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De honestos y canallas, por Hernán López Echagüe
Publicación original: 29 de noviembre de 2003, en el Semanario El Eco, Uruguay, Colonia
“Nunca desconfiamos bastante de las palabras. Parecen nada las palabras, sin peligro, pequeños soplos, un ruido de la boca sin frío ni calor. No desconfiamos de ellas y viene la catástrofe. Hay palabras escondidas entre las otras, como piedras. No las descubrimos, pero ellas nos envenenan la vida”. Louis Ferdinand Céline
Tenía previsto escribir acerca del discurso que pronunció semanas atrás, en Bolivia, en la XIII Cumbre Iberoamericana de Presidentes, el líder indígena boliviano Carlos Eduardo Medina. Pero anoche cometí la imprudencia de encender la radio, y, en el mísero lapso de una hora, escuché a funcionarios del gobierno y dirigentes políticos empleando de manera bastarda el término honestidad. Al parecer, todos ellos son honestos. Y sus adversarios, claro está, una colosal maraña de gente impúdica y ramplona.
Hurguemos, indaguemos e interpretemos. Según los tradicionales diccionarios de sinónimos, el vocablo honestidad posee un sinfin de acepciones: recato, castidad, pureza, decencia y honor; decoro, pudor, modestia, pudicicia, moderación y vergüenza; virtud, honra, urbanidad y cortesía; educación, delicadeza y miramiento.
Así las cosas, el hombre que se autodetermina representante y dueño de tan extensa e inapreciable nómina de cualidades, no puede menos que ser un falso dios, o, por qué no, un astuto deshonesto que con vehemencia desea alcanzar el éxito. Quien ofrece todo esto, debería cobrar por sus servicios. Y de buen grado muchos le pagarían.
Hay, desde luego, seres, objetos y geografías de cuya honestidad persona alguna abriga dudas. La luna, un racimo de uvas, una hoja en blanco.
Ocurre que la honestidad es una categoría vaga y expuesta al avatar que solamente adquiere vuelo e identidad con el correr del tiempo, y nunca jamás a partir de su mera enunciación. Decir a boca de jarro que uno es honesto, por tanto, comporta una osadía, suena a insolencia y falta de decoro. El hombre que desde el llano se declara solemnemente honesto, incurre en un atrevimiento, pues su honestidad no puede ni debe ser declarada, sí, en cambio, advertida, admirada y celebrada, pero no por él sino por el otro, por el vecino. No infrecuentemente el honesto va a la tumba lleno de remordimientos: su pudor, su decencia y su miramiento, lo llevan a sospechar que alguna canallada ha cometido. Por lo demás, esta imperiosa necesidad de hacerle saber a la sociedad que se es decente, puro y honrado, mueve a pensar no ya que quien lo afirma lejos está de serlo, sino, también, que la falta de confianza en sí mismo es tan grave y profunda que hasta los espejos se opacan a su paso.
La cuestión es muy sencilla. El que quiere honra, dice García Lorca, que se porte bien.
Existen numerosas maneras de corroborar la veracidad de estas espléndidas cualidades. Una de ellas, por ejemplo, consiste en detenerse frente al televisor e inspeccionar minuciosamente al funcionario o dirigente que funda en la honestidad su palabrerío. Su mirada, quizá lobuna, tal vez descentrada, podrá delatar el engaño; también sus gestos, acaso el timbre de la voz o el tamaño y formato del nudo de la corbata. Otro modo, habitualmente utilizado en estas playas, es bucear en el pasado del pobre hombre. De esa manera, podrá uno descubrir o recordar que éste vive de rentas y aquél ha estafado diez veces al Estado; que el otro está vinculado al lavado de narcodólares y el de más allá ha sido funcionario de alguna dictadura y como tal un verdadero lastre.
Encontraríamos, tal vez, improductividad, corrupción, ineptitud, y, ante todo, falta de escrúpulos y de decencia. Pocos quedarían en pie. Sólo la luna, el racimo de uvas y la hoja en blanco.
Al fin y al cabo, ser honesto no es tarea enojosa y menos aún enredada. Es hombre honrado, dice Stendhal, el que es todo lo que hay que ser para no morir colgado. Y ya nadie pide tanto. Apenas un léxico verosímil y probable, y, desde luego, una conducta consecuente. Si todo el mundo fuera puro, decente y recatado, la vida sería en extremo aburrida, y hasta el más honesto de los honestos algún día tendría que morir ahorcado. Para avivar el ánimo y desentumecer el juicio, digo.
Ahora que observo el reloj, y además advierto que tengo espacio y el tema viene al caso, pues de honestidad estamos hablando, retomo la idea original de este artículo: las palabras de Carlos Eduardo Medina. Ruego, nomás, que se figuren la escena: Medina, líder de los kallawallas bolivianos, diciendo de cara a todos los presidentes iberoamercianos y el mismísimo rey de España lo que a continuación compendio y transcribo: “He aquí nosotros, hablando frente a ustedes. Quién lo diría. Una vez más un gobierno creyó que gobernar no era representar, sino someter. Y tuvimos que demostrar, a precio de sangre y luto, que no es así. Una vez más tuvimos que hacerlo. Nosotros, mestizos, aimaras, quechuas, guaraníes, chiquitanos y tantos otros. Indios, como nos dieron en llamar quienes equivocaron la ruta a las Indias y por una fatalidad nos encontraron y creyeron descubrirnos (…) Vengo a comunicarles, con el permiso de ustedes, algunos resultados de tres días de deliberaciones populares, en los que hemos aprendido algunos y enseñados otros y concordado, todos y todas los presentes aquí, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, qué país queremos, con la sensación de estar acompañados por el pensamiento de los cientos de millones que habitamos la América Latina. Cosas que de tan repetidas parecen infantilismos. Y no lo son. Por ejemplo, que la tierra es nuestra y todo lo que hay debajo de ella también. Por ejemplo, la libertad absoluta de nuestros derechos, salud digna, vivienda digna, trabajo digno, educación digna, el respeto a la dignidad de la soberanía de los pueblos, el respeto a la dignidad de la autodeterminación de los pueblos. El respeto a la dignidad de las Naciones que conforman nuestra república. Tal parece que todo podría reducirse a la dignidad. En la creencia que esta dignidad no nos es conferida por nadie, sino que es una actitud, una forma de ver la vida, una manera de existir. Sabemos que insistir en la dignidad nos puede llevar trabajosamente a lugares de mucho dolor. Pero también sabemos que es mejor ese dolor que la vergüenza de ser indignos (…) Nos negamos a la firma del ALCA, habida cuenta que es un sistema perverso que, entre otras muchas calamidades, nos inundará aun más de productos extranjeros que acabarán de fundir la poca producción que tenemos, y que no nos permite competir libremente en mercados mayores, habida cuenta la política subvencionista de los Estados Unidos de América y su política de presión sobre el resto de los países. Sabemos que ese tratado será la ruina económica, cultural y ecológica de la región y no queremos formar parte de eso. Señor presidente de Bolivia, no necesitamos referir aquí el valor de nuestro pueblo, para decirle que tiene usted todo nuestro apoyo para hacer que esto deje de suceder. Sabemos las muchas consecuencias que esto podría traer, y estamos dispuestos y dispuestas a soportarlo. Y esto no es buscar la confrontación, somos gente de paz. Pero estamos aquí, y esta tierra es nuestra”.
Y todos los presidentes aplaudieron las palabras de Medina, francas, desprovistas de piedras, libres de veneno. Lo hicieron con rara cortesía, con absoluta honestidad. También lo hizo el rey Juan Carlos, que a causa de su real y atávica ignorancia todavía no ha comprendido que Medina, cuando le dirigía la mirada, veía en él, en el pomposo atuendo de su majestad, el comienzo de todos nuestros males.
El Eco, 29.11.03. (El autor cree que buena parte de este artículo fue publicado en la revista Humor de los años noventa, y luego reversionado)
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.