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El precio del silencio, por Ricardo Ragendorfer
Ya había caído la noche del 20 de diciembre de 1978. Una noche pegajosa e infernal, tan infernal como la vida cotidiana bajo la última dictadura. Pero ello no impedía que, en ese tramo de la avenida Santa Fe, las luces de las vidrieras impregnaran semejante maldición histórica con un aire navideño.
Exactamente a las 20,45, un Fiat 128 Rural dobló por la calle Uruguay, y su conductora, una mujer menuda de mediana edad, aminoró la velocidad al acercarse al garaje situado casi en la esquina con Arenales. En ese instante, la cruzó un Chevy celeste, de cuya cabina saltaron dos siluetas armadas.
La acción fue breve y muy profesional: la mujer fue sacada del Fiat a los tirones. Ella se resistía y hasta llegó a pedir auxilio, pero la silenciaron con un culatazo mientras era metida a golpes al otro vehículo. Así se la llevaron.
Los pocos peatones que vieron la escena retomaron sus pasos sin abrir la boca, tal vez pensando que la víctima “algo habría hecho”.
Claro que, a pesar del inequívoco carácter policial o castrense de sus hacedores, ese no había sido precisamente un “operativo antisubversivo”.
París era una fiesta
En la repartija ministerial acordada tras el golpe de Estado por los integrantes de la Junta Militar, la Armada obtuvo –entre otras carteras– la Cancillería. De modo que al frente de la misma fue designado el vicealmirante Oscar Montes. Éste, no obstante, envió a París a un sujeto vinculado al Ejército, el embajador Tomas de Anchorena, quien allí se topó con la señora Elena Holmberg.

Ella en realidad era una diplomática de segunda línea pero su influencia era notable. Porque, en el aspecto práctico, la delegación había quedado en sus manos en el lapso comprendido entre la partida del embajador peronista y la llegada de Anchorena. Además, a los 45 años de edad, aquella mujer petisa, enjuta, de aspecto torvo, carácter áspero y visceralmente gorila, pertenecía a una familia de prosapia, siendo su primo hermano nada menos que el teniente general Alejandro Agustín Lanusse, por lo que el Ejército la consideraba una de las suyas. Claro que también había otra razón que apuntalaba su cuota de poder: los informes sobre “extremistas” exiliados que ella escribía y enviaba semanalmente al Palacio San Martín, con copia al Edificio Libertador.
Se dice que esos papers secretos inspiraron al almirante Emilio Eduardo Massera en la creación del Centro Piloto de París (CPP), con el doble objetivo de hacer inteligencia y contrarrestar la denominada “Campaña Antiargentina en el Exterior”. Aquello comenzó a organizarse en julio de 1977, once menes antes del Mundial de Fútbol en Argentina.
Una embajada paralela atendida por ‘diplomáticos’ que pertenecían a Grupos de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA)
A tal efecto, con una parte de los 100 mil dólares que Anchorena recibió para armar el asunto, alquiló un lujoso caserón en el 83 de la Avenue Henry Martín. Aquella sería una embajada paralela atendida por “diplomáticos” que, en rigor, pertenecían al Grupo de Tareas 3.3.2 (GT 3.3.2) con cuartel general en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). .
Recién a fines de ese año se produjo el arribo de su alegre muchachada. Entre ellos resaltaban Eugenio Bilardo, Enrique Carlos Yon, Antonio Pernías, y Alfredo Astiz, además de tres mujeres cautivas en la ESMA, las cuales eran obligadas al trabajo esclavo. Habían sido llevadas allí porque sabían hablar en francés, lengua que ninguno de esos represores dominaba.
La responsable administrativa del CPP –y enlace con el embajador– fue la señora Holmberg, quien además continuaba aportando sus informes.
Dilapidaban el presupuesto operativo en juergas con prostitutas
Ella no tardó en ver con malos ojos como los marinos –algunos incluso con sus cónyuges– se daban allí la gran vida. Lo cierto es que dilapidaban el presupuesto operativo en juergas con prostitutas de abultada tarifa y giraban a la cuenta de la Embajada el gasto de los tapados de visón que regalaban a sus esposas. Holmberg tomaba nota de eso. Y le confió la cuestión al embajador.
–Elena, quédese en el molde –le dijo Anchorena, por toda reacción.
– ¡Usted es un cobarde! –fue la respuesta de Holmberg.
Pero hubo una circunstancia que congeló súbitamente su indignación: la llegada a París del capitán de navío Jorge Perrén. Ocurre que el flechazo entre ellos fue arrebatador.
El amor en tiempos de cólera
Este oficial, de 39 años, era para Holmberg todo lo que estaba bien. El hecho de ser hijo del contralmirante homónimo que en 1955 sublevó la base naval de Puerto Belgrano, uno de los focos iniciales de la Revolución Libertadora, supo robustecer en ella su atracción En eso también incidió el hecho de que él era jefe de Operaciones del GT 3.3.2., donde usaba el atractivo alias de “Puma”.
Pero no era muy estimado por sus pares, quienes lo llamaban el “Oreja” por la gran dimensión de sus pabellones auditivos. En la ESMA solían tomarlo para el churrete por habérsele escapado un tiro en el Salón Dorado, que pasó a centímetros de la cabeza del vicealmirante Rubén Chamorro, el capo del lugar. Era camarada de promoción del jefe del GT, capitán de fragata Jorge “Tigre” Acosta, quien lo convirtió en su ladero por su carácter dócil y obediente.
Cuando los chismes de su amorío con Elena llegaron a Buenos Aires, los verdugos del principal campo de concentración naval bromeaban a viva voz: “El oreja está de novio ¡Qué quilombo que se le va armar!”.
Razón no les faltaba: la esposa del adúltero estaba a punto de viajar a Francia para acompañarlo en tierras tan lejanas.
Un gran diamante colgaba del cuello de la esposa de Massera, Delia Vieyra (a) ‘Lily’
Solidarios al fin, el Tigre y sus esbirros hacían lo imposible para retrasar su partida. Pero a sus trucos se les iba acabando la cuerda.
Mientras tanto, en París, Holmberg provocó un extraño episodio. Fue durante una recepción ofrecida en la Embajada con motivo de la presencia de Massera y su esposa, Delia Vieyra (a) “Lily”, a quien le colgaba del cuello un diamante de gran tamaño. La diplomática, con gesto admirativo, lo tomó entre sus dedos, y dijo:
– ¡Qué lindo diamante! ¿Eso también se lo regaló Firmenich?
Los presentes se miraron con las cejas enarcadas. Y Anchorena tomó de un brazo a la diplomática con delicadeza para retirarla de la escena.
Lo cierto es que, poco antes, Holmberg había oído parte de un diálogo entre dos marinos del CPP. Allí, entre risas, uno se refirió al “palo verde que nos regaló Firmenich”. Y aquella frase bastó para que ella imaginara tratativas secretas del jefe montonero con el almirante.
Muchos años después, Roberto Cirilo Perdía, quien fuera miembro de la Conducción Nacional de Montoneros, señalaría al respecto:
“Esos tipos se referían al millón de dólares que nos robaron en Suiza”.
Esa historia fue protagonizada por un cuadro montonero llamado Pablo González de Langarica (a) “Tonio”, quien, al caer en las garras del GT 3.3.2., se quebró. Como solía viajar a Europa para negociar la compra de armas por cuenta de la organización, fue llevado a Zúrich por dos marinos, ya que solo él tenía acceso a la caja de seguridad del banco que atesoraba un bolso con más de un millón de dólares obtenidos por el secuestro de los hermanos Born, y así se apoderaron de aquella suma. Aquel trío –completado por el teniente Miguel Benazzi y el capitán Alberto González Menotti– incurrió en un papelón al ser desenmascarado durante una conferencia de prensa en el hotel Eurobuilding, de Madrid, cuando se hacían pasar por “montoneros arrepentidos”.
Pero la trama suiza bastó para que Holmberg alucinara un encuentro a la luz del día, y en una confitería de París, entre Massera y Firmenich.
“Lo curioso –agregó Perdía– fue que aquel infundio se viralizó, al punto de ser sostenido durante años hasta por periodistas serios”.
En medio de tales circunstancias, la esposa de Perrén llegó a Paris. Y el escándalo fue mayúsculo.
Ella juró venganza. Y tenía con qué: una copia de planillas en donde constaba el despilfarro de las noches de alegría de los marinos en París.
Fue entonces cuando él le dijo a Elena:
–Lo nuestro ha terminado.
Ella juró venganza. Y tenía con qué: una copia de planillas con toda la rendición de gastos del CPP, que probaba el despilfarro de los marinos en sus noches de alegría.
Oreja, presionado, simuló reconsiderar su decisión.
Pero quedaron en no verse hasta que la señora Perrén se calmara.
La otra “guerra sucia”
En mayo, apenas a tres semanas del Mundial, Elena Holmberg no se mostró gratamente sorprendida por su inesperado traslado a Buenos Aires.
Es posible que, en París, Perrén haya sentido un merecido alivio, ya que a partir de entonces se limitó a cumplir con ella por vía telefónica y epistolar, deslizando palabras de amor y prometiéndole un venturoso porvenir.
El peligro seguía latente.
Todo el GT 3.3.2. estaba pendiente de esa “hipótesis de guerra”, al igual que el propio Massera, quien poco después dejó la comandancia de la Armada en manos del almirante Armando Lambruschini para entregarse de lleno a su ensoñación política.
Recién en octubre se desmanteló el CPP y sus integrantes regresaron al país. Entonces, para Perrén comenzó otra vez la pesadilla.
Si bien el embuste del encuentro con Firmenich favorecía la impostura “aperturista” de Massera, las pruebas de la corruptela del CPP que Holmberg amenazaba con difundir desvelaba al GT 3.3.2.
A mediados de diciembre, Elena se cruzó casualmente en una avenida de Recoleta con Gregorio Dupont, un diplomático de carrera que trabajó con ella en la Cancillería, y fueron a tomar algo en el bar Colony.
El 19 de diciembre, Elena habló por última vez con Perrén por teléfono y le anunció que estaba por reunirse con el general Lanusse
Esa tarde, Dupont se convirtió en su confesor. Ella le soltó de corrido sus pesares amorosos y también las represalias que tenía en mente.
El bueno de Gregorio le aconsejó prudencia.
El 19 de diciembre, Elena habló por última vez con Perrén por teléfono. En aquella ocasión, casi como al pasar, le anunció que estaba por reunirse con su primo, el general Lanusse.
– ¿Para qué? –quiso saber él, con un dejo de alarma.
–Ya te vas a enterar, mi amor.
Su voz sonaba deliberadamente aguda.
– ¡Pará Elenita! Encontrémonos antes de esa reunión.
Así fijaron una cita para dentro de dos días.
Elena Holmberg no pudo acudir. Esa misma noche fue secuestrada en la esquina de Uruguay y Arenales por los sicarios predilectos del Tigre Acosta: Adolfo Donda Tigel y Jorge Radice, según testimonios posteriores.
El 11 de enero, sus huesos, quemados con ácido, aparecieron en el río Luján, a la altura de Tigre
La osamenta de la diplomática, parcialmente desencarnada con ácido, apareció el 11 de enero de 1979, en el río Lujan, a la altura de Tigre.
Recién a fines de 1982, ya con Massera arrinconado por varias causas penales, Gregorio Dupont lo denunció públicamente por ese crimen.
La repercusión más categórica de semejante osadía fue el secuestro de su hermano, el publicista Marcelo Dupont, quien –ya sin vida– fue arrojado el 7 de octubre desde la terraza de una obra en construcción de Palermo Chico.
Ambos asesinatos quedaron impunes.
Fue una paradoja que Elena Holmberg pasara del ser al no ser mediante las metodologías del terrorismo de Estado que ella tanto trabajó para ocultar.
(Artículo publicado por la agencia Télam el 26 de noviembre de 2021).
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.