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La memoria argentina del escritor Marek Halter, por Oscar Taffetani
Esta semana recuperamos un nuevo documento inédito en las redes. La entrevista que Oscar Taffetani publicó el 7 de octubre de 1986 en el diario La Razón matutina, momentos antes de que Marek Halter fuera a reunirse con el presidente Raúl Alfónsín. Reconocido escritor, artista y activista de derechos humanos, nacido en Polonia con nacionalidad francesa, Halter tuvo un vínculo especial con Argentina, su ‘tercera patria’. Libros como Pero… la incierta vida de Marco Mahler o Argentina, Argentina le habían dado notoriedad, hasta que La memoria de Abraham lo convirtió en un bestseller mundial. En esta entrevista repasa la historia de los judíos, cómo conoció a Perón, reflexiones sobre la política argentina y varias anécdotas con el poeta Juan Gelman, entre otra cosas.

La cita es en la oficina de Ada Korn, esmerada editora argentina que ha lanzado hace algunos meses la versión castellana de La memoire d’Abraham, última novela de Marek Halter que lleva en Francia más de 300.000 ejemplares vendidos y que promete en la Argentina y el mundo hispanohablante una cifra similar. Con los prejuicios, por tanto, de quien va a entrevistarse con un best-seller, nos acercamos a la oficina de la calle Uruguay, en pleno Tribunales, a la hora convenida.
Marek, barbado, inquieto y de ademanes francos —alguna semejanza con el joven Marx que pinta Erich Fromm en su biografía— nos invita a sentarnos y nos informa que en media hora será recibido por el presidente de la Nación, por lo que sugiere tengamos una conversación en dos tiempos: una parte en la oficina y la otra a bordo del automóvil que lo llevará a la Casa Rosada.
—Me informa usted que será recibido por el Presidente en media hora. Le haré la pregunta periodística de rigor: ¿Cuál es el objeto de su visita a la Argentina?
—En primer lugar, hacer la promoción de La memoria de Abraham, mi libro, del que acaba de salir en este país su versión castellana. Trabajé seis años en él. Seis años, en la vida de un hombre, es mucho. Cuando empecé, mi barba era negra. Cuando terminé, ya empezó a ser un poco blanca. Cambié por fuera, entonces: y también por dentro, porque descubrí una historia que ignoraba, la historia de mi familia y, sobre todo, la de mi pueblo. El pueblo judío cree que conoce su historia, pero no es así. Conoce la historia del martirologio, la de las persecuciones, pero eso no es toda nuestra historia. Y esto es importante decirlo: yo no creo que haya fatalidad en la historia humana, ni grupos que estén condenados a ser siempre perseguidos, o perseguidores… El segundo motivo de mi visita es un pedido del gobierno francés, que me solicitó hacer un viaje por Uruguay y por la Argentina dando conferencias como representantes de las letras francesas. El tercer motivo es visitar —esto parece cabalístico— una de mis tres patrias.
—¿Dónde nació usted?
—Nací en Polonia en 1936, y crecí en Francia, pero viví mis primeros sucesos, mis primeros amores y mis primeras reflexiones en la Argentina. Llegué aquí por primera vez a los diecisiete años y permanecí hasta los diecinueve. Luego vine otras veces. Ya la Argentina es parte de mi souvenir, de mi memoria personal. He escrito un libro sobre eso, Argentina, Argentina que va a ser reeditado en Francia y también llevado al cine, en una coproducción franco-argentina.
—Cuéntenos un poco de sus anteriores visitas al país.
—Antes de ésta yo estuve aquí dos veces y media. No es que lo diga para evitar el número tres, ya verá. La primera vez fue en 1954, en tiempos de Perón. Lo conocí a él, en ocasión de exponer mis obras en la galería Peuser.
—¿Era pintor?
—En aquel tiempo era pintor, un joven pintor. Recuerdo que Perón vino y me compró dos telas.También a los otros que exponían…

—¿Alguna vez más lo vio a Perón?
—Si, varias veces. El decía que quería convertir a la Argentina en el centro cultural latinoamericano. Alguien le había hablado de una época de oro en España, de cuando cristianos musulmanes y judíos trabajaron juntos…había hecho venir a muchos escritores refugiados, a poetas judíos, pero ellos sólo hablaban y escribían en idisch. Cuando me vio a mí, tan joven, hablando inglés, francés y ya un poco de castellano, me obligó a tomar una tarjeta del partido…
—Un carnet de afiliación.
—Sí, eso. Luego no nos pusimos mucho de acuerdo y me expulsó. Claro que a él tampoco le fue muy bien, porque a los pocos meses lo expulsaron del gobierno y de la Argentina…
—¿Cuando vino por segunda vez?
—Veinte años más tarde, cuando el país había cambiado mucho. La violencia había ganado un lugar en la vida del país. Recuerdo que publiqué una entrevista sobre la guerra del Medio Oriente, en el último número de Noticias.
—¿Del diario Noticias?
—Si, fue el momento en que los Montoneros decidieron entrar en la clandestinidad. Yo conocí mucho a esa gente. Pertenecíamos a la misma generación, comenzamos juntos a escribir, a hacer política. Una vez estuve en una reunión en donde se hablaba de salir a poner bombas. Yo decía “si todavía se puede hablar, hay que hablar”, les decía que la palabra tiene un poder movilizador extraordinario: y que las bombas preparan siempre la venida del fascismo. Porque yo creo que poner bombas siempre es fascista. Ninguna ideología vale lo que una vida humana. Ellos dijeron entonces que yo tenía “complejos de ghetto”
—¿Pudo hablar, posteriormente, con alguno de aquellos militantes?
—Sí, con varios. Un día Juan Gelman, por ejemplo, me fue a ver a mi casa en París. Estaba muy mal. Me dijo: “¿Te acordás de nuestro debate, aquella vez? Vos tenías razón. No somos más que pequeños jefes fascistas. Mandamos a toda una generación a la muerte y no hemos conseguido nada”.
—¿Ha puesto algo de esto en sus libros?
—Sí, algo aparece. Pero le voy a contar algo relacionado con aquello y con mi último libro. Estaba escribiendo la novela —que es la historia de 2000 años de una familia judía, parte de la vida de mi propia familia— y pensaba entonces: Pueden contarse las vidas, los amores, los nacimientos y decesos de ochenta generaciones, pero, ¿cómo interesar al lector? El lector sólo puede identificarse con un personaje; o con dos, a lo sumo. ¿Cómo hacer para comunicar, para unir veinte siglos en una sola historia? Yo recordaba que mi abuelo Abraham me había hablado de un Libro Familiar y quería poner un libro en el centro de la historia, pero no sabía cómo. Un día vino Juan Gelman a mi casa y me dijo: “Voy a darte una carta que recibí de mi madre en Buenos Aires”. El no se había interesado antes por conocer la historia de su familia, y lo necesitaba en ese momento para superar el dolor y las pérdidas que había sufrido. Su madre, entonces, a quien yo conocía, le contaba en la carta que el abuelo de ella había sido rabino en una aldea de Lituania, y que este rabino tenía un documento, un pergamino del siglo XVI en donde estaban inscriptos los nombres de la familia,con las fechas de nacimiento y muerte. Cada vez que venía una catástrofe o un pogrom, la familia se juntaba y el rabino leía esos nombres, esos datos. Cuando Juan terminó de leerme la carta, descubrí lo que estaba buscando.
—El nexo, el elemento común a todas las historias.
—Sí. Pensé que si eso había existido en la familia de Gelman, bien podía haber existido en la mía. Ya ve usted como, indirectamente, la Argentina tiene que ver con La memoria de Abraham.

—Todavía tiene que contarnos de la “media vez” que estuvo en la Argentina.
—Ah, eso fue en tiempo de Videla. Me amenazaron y tuve que viajar a Brasil enseguida. No estuve más de un día.
—¿Por qué lo amenazaron?
—Yo trabajaba activamente en la creación de una corriente de opinión pública por la democratización en la Argentina. A los militares no les gustó mucho. Tomás de Anchorena, embajador en Francia y el mismo Videla hablaron en contra de mi. Yo estaba dolido personalmente por la desaparición de amigos, e incluso de familiares míos, durante el Proceso. Por eso cuando regresó la democracia a la Argentina lo celebré muchísimo. La Argentina no es ninguna abstracción para mi…
El automóvil se detiene frente a la valla de hierro del estacionamiento de la Casa Rosada. Marek se despide con un apretón de manos. Bajo el brazo lleva un ejemplar de La memoria de Abraham. El cuello desabrochado de su camisa blanca, su barba y su melena gris no alcanzan a inquietar a los granaderos de la entrada, que miran de reojo pasar la tarde.
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.